"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

martes, 18 de septiembre de 2018

CASTA DIVA (Relatos de la tierra amarga)









CASTA DIVA

(Relatos de la tierra amarga)


     En el equipo de música, los últimos acordes del Casta Diva de la Norma de Bellini, en la inigualable interpretación de María Callas registrada en Milán en 1954. En una esquina de la mesa de la cocina, un vaso alto con dos rosas algo desmayadas junto a una vela encendida. En el centro, un plato con restos de comida y los cubiertos cruzados sobre él. La copa caída ha derramado por la blanca superficie de formica un charquito de vino tinto. Al otro extremo de la mesa, una mano de hombre está escribiendo en un posit amarillo: "Vivir contigo no puedo, sin ti es imposible". Deja el bolígrafo sobre el papel y se vuelve al fregadero, de donde recoge el cuchillo de cocina. Completamente limpio y seco, lo devuelve a su ranura en el cuchillero. Se da la vuelta. Su pie roza una fotografía enmarcada, con el cristal roto. Tranquilamente, echa un último vistazo a su alrededor, antes de salir de la cocina. Para ello, tiene que pasar por encima del cuerpo de la mujer, acurrucada en el suelo, como dormida, si no fuera por esa mancha pastosa de sangre que brota de su vientre encogido. El hombre coge un maletín y la gabardina del respaldo de la silla. Con la prenda doblada en el brazo, atraviesa el pasillo y abandona el edificio. La noche está deshabitada, el silencio es ligero. En la primera alcantarilla que encuentra, tira las llaves.


jueves, 5 de julio de 2018

EL NUEVO (Relatos de la tierra amarga)






EL NUEVO
(Relatos de la tierra amarga)


     Cuando el nuevo llegó, mediado ya el curso, lógicamente fue centro de interés durante algún tiempo. La jefa de estudios en persona interrumpió la clase de física, lo que siempre es de agradecer, para presentárnoslo y recomendarnos que lo acogiéramos como uno más, sin aclarar qué quería decir eso de "uno más". ¿Uno como Iván?, un busca broncas, siempre luciendo la pulserita con la bandera de España, un cazurro que nunca en su vida ha visto más de un tres en las calificaciones pero quiere ser policía, aunque está más gordo que un jamón y no se mueve ni para tirar el chicle a la papelera, siempre manda a alguno de sus comparsas a que se lo tire. ¿Uno como Ilías?, que lleva menos de un año en España y casi no sabe ni papa de español pero lo chapurrea tan bien que hasta lo entiendes más que a algunos de los bocazas del patio, y siempre encuentra la ocasión de hacerse el gracioso para que los demás se rían y lo jaleen, y sabe un huevo de cine, se ha bajado todas las películas del mundo, porque quiere ser director, pero todo lo que no sea el cine no le interesa para nada y en clase se dedica a dibujar viñetas que dice que son escenas de su película, cuando apruebe cuarto y se meta en un ciclo de imagen y se haga un director famoso. ¿Uno como Kenneth?, que parece un gatito, porque siempre se ríe enseñando los colmillos, sin ruido, con la cabeza encogida en los hombros y meneándola como si estuviera sujeta en un muelle, y poco más, porque su especialidad es esa, reírse de todo, de la última metedura de pata de Mónica, del tic en el ojo del profe de mates cuando alborotamos y se pone hecho un basilisco, se ríe porque ha sonado el timbre del recreo justo cuando le tocaba salir a la pizarra, o porque se le ha olvidado el bocata en casa, o cuando le han preguntado por la revolución industrial y él salta por peteneras y se pone a hablar de cualquier cosa que ha visto en la tele, se ríe incluso cuando llora porque le han dado cinco cates en la evaluación y se le saltan las lágrimas pero sin dejar de reír, con los colmillos fuera, se ríe de todo lo que pasa a su alrededor, pero él no aporta nada de sí, es como un recipiente que sólo absorbe, como un gato que mira lo que pasa en la calle desde el poyete de la ventana. ¿Uno como Rodrigo?, cuya máxima aspiración en la vida es ver en persona a su Real Madrid en el Bernabéu, y todo lo que no sea fútbol es cosa de maricones, hasta la física es cosa de maricones, apoltronados como abuelas y no corriendo detrás de un balón, aunque el profe le dijo que la física explica los movimientos y las variables que intervienen en el recorrido de un balón, pero para él todo lo que no sea sudar una camiseta es cosa de niñas. ¿Uno como David?, hiperactivo diagnosticado, que parece que le han metido un matasuegras en el cuerpo y no puede estarse quieto ni cuando le estás contando un chismorreo, y todos le dan esquinazo porque cuando vas a gastar una broma o una travesura es un bocachanclas y con sus aspavientos o con sus yo sé una cosa que tú no sabes siempre acaba sabiéndose todo antes de tiempo y siempre termina destripándote la travesura. ¿Uno como Juan Antonio?, serio como un domingo, que jamás habla con nadie que no sea el cuello de su camisa, tieso más que un palo, que suspende lengua examen tras examen pero sin inmutarse, como si fuera arroyo por el que corre el agua cuando llueve y, cuando no, pues está seco, y eso le pasa a Juan Antonio con Conchi, que por más que ella le explica con ejemplos el complemento directo y el sujeto y los sintagmas, y aunque él le pone una cara como la de los jueces de las pelis y de las series, pues no se está enterando de nada, y eso que quiere ser escritor y escribir novelas y hacerse rico. ¿Uno como Isra?, que por la pinta parece que va a esperarte a la salida para darte cuatro hostias y por eso los profes lo tratan como un macarra, pero es un tío legal más que merienda de campamento, que nunca te da un desplante si no vas por la vida pisándolo, que siempre te ayuda si puede, porque está acostumbrado a ayudar, él solo se encarga de sus cuatro hermanos menores, mientras su madre hace todas las peonadas que puede, su padre no sabemos qué es de él, lo que sí es verdad es que Isra ha hecho el cálculo de lo justo que tiene que estudiar para aprobar, ni una décima más, sin que eso le impida atender las tareas de casa, y parece que le van saliendo los cálculos, nunca más de un cinco, pero menos tampoco. ¿Uno como yo, por ejemplo? Y eso sin contar a las chicas, que, para el caso del nuevo, claro, no cuentan.

     Hasta tres veces más de lo habitual ha tenido que llamarlo a Jonathan su madre para que baje a desayunar. Lo de todos los días, pero hoy ha sido distinto. No estaba remoloneando bajo el edredón. El móvil no dejaba de pitar y lo primero que hizo nada más brincar de la cama fue abrir el instagram para comprobar qué era eso tan popular.

     El nuevo tenía un algo especial en la cara que te lo hacía atractivo, la forma de mirar, la sonrisa, el comportamiento, un no sé qué que te invitaba a hablar con él, a confiarte a él, y al mismo tiempo te intimidaba. Si su silencio fue interpretado desde el primer minuto como timidez, en seguida nos dimos cuenta de que tímido para nada. Respondía a los profes con una seguridad que pocos de nosotros usamos. Y sin pavonearse. Como la cosa más natural del mundo.
     Pero lo que más nos intrigaba era la causa de su incorporación tan tardía, la jefa de estudios no nos había dicho que hubieran trasladado a su padre o cualquiera de las razones por las que habitualmente vienen alumnos fuera de plazo. Nos dijo que se incorporaba uno nuevo y que debíamos tratarlo con respeto y compañerismo. Nada más. Ahí que nos lo dejó.

     Jonathan encuentra en la encimera su vaso de leche con cacao y la puta magdalena. ¿Por qué se empeña su madre en hacer de cocinicas y no le compra en el supermercado bollos empaquetados como todas las madres del mundo? Aunque eso hoy le da más o menos igual. Aparta con gesto de asco la canastilla de las magdalenas, como también apartaría el bollo industrial más apetitoso, y se pone a beber el cacao, sentado en el taburete, sorbo a sorbo, dilatándolos, mientras la madre le dice no sé qué de algo que su padre le ha dejado en la mesa del comedor antes de irse al almacén, y luego pasa a otra cosa y sigue hablando y preguntando, como cada mañana, hablando como una cotorra, pero él no la escucha.

     El nuevo incluso pasó las pruebas de novato con notoriedad. Cuando el bruto de Iván lo acorraló en el patio con su cuadrilla, Julio César, Mondragón y Andrei, tres monigotes que, si los pillas solos de uno en uno, no se atreven ni a levantar los ojos del suelo, pero que, a la sombra de Iván, van que parecen a punto de sacar la pistola de la cartuchera, pues Alex no se acobardó ni borró su sonrisa. Cuando el jefe de la manada le exigió que le enseñara los gayumbos a ver si cumplía los requisitos de un machote en regla, el nuevo no se asustó, le respondió sin inmutarse que usaba bóxer de color blanco, pero que tenía ocupaciones más importantes que esas chiquilladas y se abrió paso con toda naturalidad entre el grupo que lo había encerrado en su círculo, sin perder la sonrisa, se marchó a un banco al sol para leer, un libro.
     El nuevo parecía perfecto, amigable y cumplidor hasta en clase de gimnasia, pero también impenetrable. Y eso despertaba todavía más nuestra intriga. Lógicamente, ante ese pelito rubio y esa cara de pastel, las primeras que intentaron un acercamiento con Alex fueron las chicas. Y la primera de todas, Vane, con sus dos tetonas, y bien que las echa para adelante cuando te habla. Le dijo al nuevo si quería que ella fuera su guía en el instituto, y eso el segundo día. Él le dio las gracias, con apariencia de ángel, y volvió al ejercicio que estaba terminando antes de que entrara la profesora. La Vane, claro, se sintió despechada y echó a correr la bola de que era un blando. Las tres Alicias también hicieron una aproximación, en cuanto vieron que era un hacha en matemáticas, pidiéndole que les explicara los polinomios. En el fondo, como siempre, lo que querían es que él les hiciera los ejercicios, y cuando Alex las retuvo en clase durante el recreo para explicárselo, las Alicias salieron despavoridas, diciéndole a todo el mundo que el nuevo era un pelma.
     Hubo mucha intriga y mucho misterio en torno a Alex, los primeros días. Pero como él no soltaba prenda, a todo respondía con una sonrisa que te dejaba sin argumentos, pronto el misterio dejó de ser interesante y su presencia entre nosotros perdió novedad.
     Bueno, a mí me seguía gustando girar la vista hacia la puerta de clase y encontrarme su perfil, esa expresión, siempre luminosa, como si no hubiera tormentas en su cabeza, sentado solo en la última silla junto a la pared, siempre aplicado en las tareas, sin distraerse. No sé, me proporcionaba serenidad. No es que quisiera ser su amigo. En realidad, nunca he tenido amigos de verdad. He tenido compañeros, eso sí, muchos, compañeros con los que te entretienes y a veces te peleas y luego lo olvidas y sigues pero a quienes no confiarías tus secretos más hondos. El nuevo era un compañero más, agradable, pero distante.

     Jonathan no soporta más el interrogatorio matutino de su madre y se deja medio vaso de cacao sin beber. Sube a su cuarto. Mira otra vez el móvil. En lugar de vestirse para ir al instituto, vuelve a tumbarse en la cama, boca arriba, mirando al techo.

     Bastante después, dos semanas por lo menos, Cloe Emilia nos contó que el nuevo no vivía en el pueblo. Cloe Emilia se lo había encontrado en la estación de autobuses, todavía con la mochila de los libros a la espalda, y él le dijo que estaba esperando el bus de Alhaurín de las Minas para volver a casa. ¿Allí vivía?, ¿tan lejos? ¿Es que no había instituto en Alhaurín? Aquello resucitó en clase los chismorreos, pero de allí a dos días se jugaba el tradicional partido de fútbol entre profesores y alumnos y aquel acontecimiento era lo suficientemente importante como para acaparar nuestra atención, aunque fuera para zafarse del evento, como es mi caso, o para arremeter contra los chicos por parte de las Alicias, diciéndoles a los forofos de la pelota que no son unos más que unos machos y que, en el fondo, se refugian como tales en un exhibicionismo infantiloide porque en el fondo no saben lo que quieren las mujeres, ni cómo tratarlas ni cómo estar a la altura de una hembra.
     Después de las vacaciones de semana santa, fui yo quien me lo encontré una tarde en la biblioteca municipal, él solo, estudiando. Me saludó con una sonrisa que parecía sincera, su sonrisa, y yo le devolví el saludo, con torpeza, tropezando con una silla al lanzarle un gesto con la mano, y me senté en otra fila distinta de la suya. Pero Alex recogió sus cosas y vino a sentarse a mi lado. Me preguntó si llevaba en la mochila el libro de tecnología, ese día no habíamos tenido clase de esa asignatura y le gustaría aprovechar para acabar los deberes. Yo había ido a la biblioteca para hacer un trabajo de geografía en el ordenador, el de mi padre estaba lleno de virus y lo había llevado a reparar. Él, sin yo pedírselo, se puso a ayudarme; me dijo que ya había entregado el suyo y la profesora le había puesto un visto con un más. Aunque su trabajo y el mío no trataban de lo mismo, Alex tenía muy claro cómo plantear el tema que yo había elegido. Me fue guiando en el proceso de búsqueda y recopilación de datos y de imágenes, y en lo que yo habría echado toda la tarde y más, con él al lado, lo terminamos en menos de una hora. Luego me acompañó a casa, mientras hacía tiempo para el autobús, y yo luego lo acompañé a él a la estación, y todavía tuvimos un buen rato para seguir charlando.
     De tímido, nada. Todo lo que decía era como si lo dijera un adulto pero con la forma de entender el mundo de alguien de nuestra edad. Lo que más le gusta en la vida es la cocina, me sorpredió,pero no guisar como nuestras madres, por obligación y por rutina, quiere dedicarse a la cocina a lo grande, viajar y aprender cómo comen en cada sitio. Su idea es terminar el bachillerato, por imposición paterna, y luego matricularse en un módulo superior. Yo no sabía qué quería ser de mayor, me atraen muchas cosas pero ninguna me llena del todo.
     Su sinceridad tan espontánea invocaba mi propia sinceridad, y eso me hacía sentirme bien, muy bien. También me dijo que en su pueblo sí que había instituto, pero que tuvo que dejarlo en mitad de curso y sus padres decidieron matricularlo aquí. ¿Lo habían expulsado? Algo muy gordo tendría que haber hecho. No le pegaba nada. Me dijo que no, que habían sido otros los motivos, pero que ya me lo contaría más despacio, que su autobús estaba a punto de salir.
     No sé por qué, dudé de que ésa fuera la auténtica razón, todavía tuvimos que esperar unos minutos a que saliera, pero el balance entre la confianza con el nuevo aquella tarde y ese hermetismo final dejaba un saldo tan positivo que volví a casa corriendo, en volandas, como si el mundo se hubiera hecho más grande.
     Al día siguiente, al entrar en clase, temía que Alex aireara delante de todos nuestra reciente confianza, son tantas las envidias y tantos los celos dentro del insti, son tantos los oídos y los ojos atentos a cualquier novedad que nos saque de nuestro aburrimiento, pero mucho más temía su indiferencia. Yo lo saludé con una cautelosa sonrisa y él me devolvió el saludo con la suya. Pero no era la suya, era su sonrisa y algo más, algo que la individualizaba para mí. Ocupé mi asiento embebido en la feliz posibilidad de haber encontrado mi primer auténtico amigo.

     Vuelve a abrir instagram. No puede creer lo que está viendo. Las visitas crecen por momentos. Se arranca el pijama con rabia y, en calzoncillos, va repasando su colección de chándales y renunciando a cada uno de ellos como si estuvieran poseídos todos por un monstruo infernal. Su madre, desde la planta baja, lo conmina a terminar de arreglarse para el cole, va haciéndosele tarde y ella tiene que irse a la oficina del almacén con el padre.

     Alex y yo, sin acordarlo, empezamos a estudiar juntos en la biblioteca. Cuando terminábamos pronto los deberes, nos dábamos un paseo hasta las afueras, mientras haciámos tiempo hasta la hora del autobús a Alhaurín de las Minas. Durante esos paseos, hablábamos de todo lo habido y por haber. Era increíble, incluso en temas que yo mismo ignoraba que me interesaran, con él me descubría una opinión que no tenía que ser obligatoriamente la misma que la suya, pero nunca discutíamos. Era maravilloso comprobar que algo podía ser como lo concebía él y al mismo tiempo como lo concebía yo, y eso no nos separaba, al contrario, nos hacía más amigos.
     Un día le pregunté qué hacía esas dos horas desde que salíamos del insti hasta que abrían la biblioteca, me respondió que se iba al parque municipal a comerse lo que su madre le había puesto en el tupper. ¿Y cuando llovía? Entonces se iba a la sala de espera de la estación. Yo le pregunté a mi madre si podía venir a comer a casa un compañero de clase y le expuse por encima las razones, sin concretar demasiado. Mamá, tan feliz de comprobar con sus propios ojos con quién se relacionaba su hijo. Alex estuvo encantador, incluso se levantó a llevar los platos a la cocina. Respondió al interrogatorio de mamá con amabilidad de serafín, aunque sin prodigar tampoco demasiados detalles. Mamá le dijo que, gustándole tanto la cocina, su madre estaría encantada con la ayuda, pero él le explicó que precisamente en casa no lo dejaban cocinas, sus padres opinaban que ésa era tarea de mujeres y no iban a permitir que un hijo suyo pusiera un pie en el territorio de ellas, a lo que papá comentó que él no había querido intervenir hasta entonces pero que, en su opinión, sus padres tenían razón, y mamá soltó una carcajada, que yo sabía que era ficticia, diciéndole a papá que era un antiguo, que hoy día un hombre puede ya coger un cucharón sin que eso lo convierta en un maricón.

     Jonathan se enfunda el chándal más raído, el más desgastado, como si se vistiera para una ejecución. Se cuelga a la espalda la mochila, sin comprobar si lleva todos los libros del día, y antes de cerrar su cuarto de un portazo echa un último vistazo al móvil. La rabia empieza a convertirse en preocupación.

     Mamá dio a Alex su aprobación, con sobresaliente. Ese amigo te conviene, me dijo, aprende de él a comportarte como un ser civilizado y a tener un horizonte en la vida. Yo le pregunté si podíamos estudiar juntos en casa por las tardes. Le habría pedido que lo invitara también a comer con nosotros cada día, pero Alex me había dicho que se sentiría cortado. También me dijo que mejor así, no que nos vieran siempre juntos y comenzaran las habladurías.
     Teníamos un concepto muy parecido del resto de nuestros compañeros. Jugábamos a que éramos uno zoo y le poníamos un nombre de animal a cada uno. Alex me dijo que yo sería el gato, porque parecía ajeno al mundo y a mi bola pero, en el fondo, buscaba en los otros tanto cariño como el que más. Me gustó lo que me dijo, y yo lo identifiqué a él con el caballo, por su energía y su nobleza.
     Luego en clase cada uno nos sentábamos en nuestro sitio y nos tratábamos con la misma distancia que a los demás. Pero, a la distancia y todo, encontrábamos miradas furtivas, gestos inadvertidos, sonrisas que reafirmaban nuestra complicidad y me hacían sentirme único. Ya no era yo Jonathan y sus inseguridades, Jonathan y su incomunicación con mis padres, Jonathan y el suspenso seguro como no escondas la play el fin de semana e hinques los codos, Jonathan y qué pesadas las chicas con esa feria de novios de quita y pon que se traen, Jonathan y la vergüenza a verse desnudo en el espejo, Jonathan y sus miedos. La mirada de Alex me hacía Jonathan, a secas, todo eso.
     Una tarde nos eternizamos hablando y perdió el autobús, no salía otro hasta la mañana siguiente.

     Jonathan coge el camino más largo para ir al instituto, el que da más revueltas. Así evita también las calles más concurridas, y el posible encuentro con compañeros de camino también a clase. Durante el trayecto, abre instagram. Lo que ve en la pantalla le da miedo. En apenas un par de horas, más de cinco mil visitas. Se apoya en una tapia. Respira hondo.

     Mamá no vio inconveniente alguno en que Alex se quedara a dormir, previa llamada a su casa para tranquilizar a sus padres. Le preparó el cuarto de Rodrigo, desocupado ahora que éste se ha ido a la capital a estudiar en la universidad. Bueno, desocupado de todo menos de esos horribles pósteres mangas. Yo habría preferido que durmiera conmigo, mi cama es muy ancha, para así poder seguir charlando hasta que se nos cerraran los ojos. Pero mamá dijo que eso era una solemne tontería, habiendo camas de sobra. De todas formas, cuando mis padres se acostaron, nos salimos al patio del adosado, para hablar sin molestarlos, su dormitorio da al otro lado. No había luna, sólo estrellas, infinidad de estrellas. Alex me preguntó si yo sabía identificar las estrellas y le dije que no, él tampoco, pero de todas formas eran algo muy hermoso así, anónimas, lejanas, inaccesibles, y tan cercanas al mismo tiempo. La luz de la farola más cercana apenas si se asomaba a la tapia del patio, por lo que apenas si veía con los ojos el cuerpo de Alex a mi lado, pero mi cuerpo sabía de su presencia de otra forma muy distinta, más intensa. Sus palabras susurradas me llegaban con otro deje, como un abrazo. A su lado, bajo aquel cielo, sentía que el mundo es mágico.
     Fue bajo ese cielo de oscura intimidad donde me contó por qué había tenido que dejar su instituto y trasladarse a éste tan lejos. Siempre se ha sentido distinto, no se cree mejor ni peor que los demás, simplemente distinto, con otras metas y otros gustos diferentes a los de la mayoría de sus compañeros. Y aunque él nunca ha pretendido marcar distancias por no verse reflejado en lo que motiva a los demás, los demás sí suele tomarse "sus rarezas" como un desaire y hacerle el vacío. Incuso alguna chica que le había parecido más madura, más abierta, le respondió a su propuesta de salir juntos con que lo veía más como un hermano pequeño que como un novio, y que con los hermanos no sale una a divertirse. Del vacío al ataque hay sólo un paso. Cuando en tercero escogió de optativa "dietética y nutrición", era el único alumno de la asignatura, todas las demás eran chicas. Eso provocó que los de su clase empezaran a llamarlo en femenino. La broma tuvo buena acogida y rápidamente todo el instituto empezó a decirle Alejandra. Las bromas empezaron a ser cada vez más pesadas. Algunos relacionaron la elección de esa optativa con su afición a la cocina no como un camino de acceso sino como confirmación de una tara, y sacaron sus propias conclusiones. Aparecieron por los baños pintadas de Alejandra mariquita, Alejandra chupapollas, Alejandra puto de mierda. Una mañana, al entrar en clase, leyó en la pizarra "A Alejandra le gusta que le den por culo". El profesor de religión, que entró inmediatamente detrás, no solicitó al autor de aquella frase, sino que ordenó al propio Alex que saliera a borrar aquella ordinariez. La carcajada general fue estruendosa.
     Él no quería entrarles a aquellas provocaciones, prefirió aislarse aún más y seguir su vida en solitario. Pero, a los ojos de ellos, su indiferencia fue interpretada como confirmación de las acusaciones, y los ataques y los insultos llegaron a ser tan manifiestos, tan generalizados, que el propio jefe de estudios lo llamó a su despacho y le recomendó que cuidara sus gestos y sus palabras para dejar de provocar aquellos comentarios de mal gusto.
     De los comentarios pasaron a la acción. Un día le pusieron la zancadilla cuando se dirigía a corregir un ejercicio en la pizarra. Otro, le tiraron huevos desde una de las ventanas. Si se cruzaba por los pasillos con alguno de los más gallitos, siempre lo sobrepasaban con un violento empujón, por mucho que él hiciera por esquivarlos. En un recreo, lo agarraron entre cinco y lo llevaron al descampado detrás del gimnasio. Aunque se resistió, le quitaron toda la ropa y uno por uno, mientras los demás lo sujetaban y se reían, fueron meándosele encima. Luego lo dejaron allí, meado y sin ropa.
     La expulsión de tres días a los gamberros no hizo sino calentar más el ambiente. Prácticamente todo el instituto se le volvió en contra, por soplón, aunque él no había delatado a nadie. No era necesario, todos sabían de qué pie cojeaba cada uno. Incluso en casa, le reprochaban que él mismo se había buscado lo que tenía, por creerse por encima de los demás y querer hacer cosas de mujeres siendo un hombre. Todo fue a mayores, los insultos, las vejaciones. Llegó a tener miedo, no sabía hasta dónde podrían llegar sus compañeros contra él, el día a día excedía ya lo que cualquier persona puede tolerar sin derrumbarse.
     El jefe de estudios habló con su madre y le propuso que lo mejor sería trasladar al chico a otro instituto, donde nadie lo conociera, su actitud chocaba con la sensibilidad de los habitantes de Alhaurín y, al sentirse provocados, él personalmente no se sentía capacitado para garantizar la integridad de una persona como Alex.
     Pero ¿lo eres realmente?, quería yo preguntarle, ¿eres gay? No me atreví.

     Jonathan se para cada dos por tres. Querría parar el mundo, pero eso ¿cómo se hace? Lo que querría realmente es apagar el instagram de todos los móviles y que esa pesadilla cesara. Aún más imposible. No va a llorar. Todavía no sabe qué va a hacer cuando llegue al instituto, pero, desde luego, llorar no, derrumbarse, menos todavía.
     Intenta arrancar de rabia un junco verde que sobresale del seto, y éste es tan flexible aún que, en lugar de quebrarse, lo que hace es quemarle con el roce la palma de la mano. Pero eso no le duele, le duele más lo otro, lo de instagram. ¿Quién habrá sido capaz de algo tan ruin? ¿Lo sabrá Alex?, ¿lo habrá visto ya?, ¿es un seguidor activo de instagram? No le pega, raramente han hablado de ello, él mismo lleva meses sin apenas publicar nada en la aplicación. Antes sí, pero desde que conoce a Alex... ¡La foto tiene ya más de diez mil visitas! Pero ¿hay tanta gente en el mundo?, ¿en instagram?
     Patea el suelo, más que anda. Cuando dobla por Puerta Sur, Jonathan ve a lo lejos a Kenneth, que viene de la Plaza Mayor y enfila la calle del Maestro. Se encontrarán en breve. Jonathan gira con determinación por la primera transversal. No quiere encontrárselo.

     Una tarde, mientras mirábamos embobados los impresionantes arreboles del cielo desde un banco de la plaza de la Estación, Alex me preguntó si a mi madre le importaría que cocinara alguna cosa en su casa, él compraría los ingredientes, había encontrado una receta de bizcochada de fruta que le gustaría poner en práctica. Yo le dije que mejor no se lo preguntábamos y lo hacíamos, aprovechando que ella estaba en el almacén con papá. Luego lo limpiábamos todo, lo dejábamos como nos lo habíamos encontrado, y ella ni se enteraría.
     Le hicimos fotos con el móvil a la cocina, para luego volver a colocarlo todo exactamente igual. Alex se puso manos a la obra y se aisló del mundo, pero sin dejarme fuera a mí. Yo era su pinche, mucho más que su pinche, era su cómplice, en acto y en sentimiento. Me tenía maravillado la meticulosidad con que mi amigo pelaba y troceaba varias frutas, haciéndolas cuadraditos pequeños, que luego volcó en un cazo con azúcar, agua, unas gotas de limón y una ramita de canela, me fue explicando. Y lo fue removiendo con cuidado mientras aquello hervía y se volvía cada vez más denso. Alex estaba ensimismado, absorto en el cazo. Así debía de mirar un pintor el cuadro que se trae entre manos. Así miraría un escritor la pantalla que se va llenando de sus propias palabras. Así sería la mirada del violinista que encuentra en la partitura la música que lleva dentro. Yo lo miraba a él, ensimismado.
     Luego hizo en el horno como una magdalena muy grande con toda aquella fruta y aquel almíbar dentro. Su sonrisa entonces era la más radiante que he visto nunca, y era una sonrisa para mí. Nos fuimos al parque municipal a comernos tranquilamente el bizcocho. Aparte de los patos del mini estanque artificial, pocos son en el pueblo los que andan por allí, en verano algo más, a morrearse entre los setos y los árboles.
     Aunque en el fondo era una magdalena grande, como las de mamá, pero más colorida y más primorosa, me supo como si nunca antes hubiera probado algo parecido, me alimentó todo entero, no sólo el estómago, porque en aquella magdalena no sólo había harina y leche y huevos, había un ingrediente básico, había amistad.
     Yo le dije medio en broma, temblándome la voz, que qué suerte tendría la mujer que se casara con él. Pero Alex no respodió, ni lo aprobó ni lo negó, su sonrisa sólo, nada.

     Ya no quedan más vericuetos que coger. Jonathan debe enfrentarse irremediablemente a sus compañeros. Hace un momento casi se topa con las tres Alicias. Iban mirando el móvil, las tres apretujadas sobre el móvil de Vargas como las Moiras de Hércules, con un ojo para las tres, mirando la pantallita y haciendo grandes aspavientos, afortunadamente no lo vieron a él. Por lo que ralentizó el paso, agrandando la distancia con ellas.
     Pero ya no puede demorarlo más. La sirena tocará en cinco minutos. Si llega tarde, la conserje no lo dejará pasar y constará como una falta. Faltar hoy a clase sería como declararse culpable de esa mierda que vuela por instagram.
     Conchi, como cada mañana, está tocando al telefonillo de Rocío para ir juntas al insti. Cuando ha pasado Jonathan por la acera de enfrente, se ha vuelto hacia él, con total descaro, como si lo viera por primera vez, como si estuviera viendo algo monstruoso.
     En la larga avenida periférica que conduce al instituto, son ya muchos los alumnos que apuran esos últimos minutos de libertad antes del timbre, bien solitarios, bien en grupitos. Casi todos tienen el móvil en la mano, pendientes de algo sorprendente. Jonathan no sabe cómo atravesar ese túnel de miradas conspicuas. Le tiembla todo el cuerpo.

     Sin saber exactamente por qué, Jonathan empezó a sentir algo así como una amenaza sobre esa plenitud que la amistad le había descubierto. Alex seguía siendo tan encantador y sincero con él, pero había como un límite, un algo infranqueable que Jonathan empezaba a sentir como una barrera hacia el tesoro recóndito, como el muro tras el que había sido emparedada la verdad última, como un paraíso que a él le era negado, sin que hubiera negativa, ni rechazo. Jonathan no sabría explicar qué era exactamente, pero la inmensa felicidad que le dejaba Alex cada día cuando cogía el autobús a Alhaurín después de toda una tarde juntos, ahora empezaba a dejarle un regusto a melancolía. Un día, en el inminente momento en que éste iba a subir al autobús, Jonathan tuvo un arranque y lo envolvió en un abrazo de despedida, muy fuerte, luego se dio media vuelta, sin decir nada, y regresó a casa temblando.

     Lo miran a él, está claro. Señalan la pantalla del móvil y se ríen a su costa. No son sólo sus compañeros de clase, de todos los cursos, incluso los pequeñajos.
     Un mocoso de segundo se pone el índice en la mejilla y comienza a hacerle gestos burlescos al pasar él. Escucha una estentórea carcajada, reconoce esa voz como la de Mari, una de las chicas con las que tuvo más trato el curso pasado, gira la cabeza y, efectivamente, Mari está mirando el móvil de Ruth a carcajadas, que no cesan cuando sus miradas se cruzan, al contrario, arrecian.
     Jonathan agacha la cabeza, siente que un chaparrón de miradas se hincan en sus espaldas. Sus ojos se están poniendo vidriosos. Pero no puede llorar delante de ellos, no debe.

     Ayer fue un día especialmente triste. La tutora nos dijo quiénes tienen la probabilidad de acabar limpios el curso y los que seguramente suspenderán si no se ponen las pilas este mes escaso que nos queda. Por supuesto, se formó un follón. Ahora todo el mundo quiere aprobar y toda la hora de tutoría no dejaron de gritar, culpando de sus malas calificaciones al de física y a la de geografía o al hueso de lengua. Yo me arrebujé, no levanté los ojos ni para mirar de lejos a Alex.
     Por la tarde, no podía concentrarme en estudiar el examen para hoy. Mi amigo, como de costumbre, parecía sabérselo todo, entenderlo todo, feliz poseedor de toda la sabiduría. Y con su habitual generosidad, intentaba por todos los medios hacer que ese don del conocimiento me fuese accesible, pero yo sentía dentro de mí una tristeza sin escapatoria que me nublaba por completo el entendimiento. Veía a Alex mover los labios, gesticular con el esplendor del cariño, pero sus palabras se perdían en el fragor de aguas despeñándose en las abruptas quebradas de mis propios pensamientos. Estaba como ausente.
     Tanto es así que, después de un par de horas, Alex dijo que mejor dejábamos el examen y salíamos a dar un paseo. Mientras andábamos, iba preguntándome qué me ocurría, pero yo no sabía qué responderle. Me preguntó por qué estaba tan triste, si tenía él la culpa. Yo lo negué, pero tampoco pude darle razón alguna. Así llegamos hasta el parque. Como era de esperar, prácticamente vacío. Paseamos por la rosaleda, bordeamos el estanque junto a los sauces llorones, los patos se deslizaban elegantes e indiferentes por la superficie, nos adentramos bajo los castaños hasta las rocallas del final. De vuelta, Alex rompió el silencio. Me detuvo en seco, me cogió por los hombros, me dijo que no soportaba verme tan triste, que eso lo entristecía a él, me dijo que le hablara, de cualquier cosa, que dejara brotar las palabras y las palabras sabrían decir eso que me atormentaba.
     Yo le solté de sopetón que dentro de un mes terminaría el curso y él se quedaría en su pueblo y ya no nos veríamos por lo menos durante dos meses. Y ya no pude decir más. El resto fueron un par de lágrimas rodándome sin control por las mejillas.
     Alex me abrió su sonrisa más limpia y me estrechó entre sus brazos. Yo me abracé con todas mis fuerzas a aquel abrazo. Tenía toda la tristeza del mundo y la felicidad más insoportable dentro del cuerpo. Sentía que aquel pecho contra el que me apretujaba y en el que latía la amistad era lo único entonces que podía darme a beber de nuevo el sentido de la vida. Sentía el noble escozor de las lágrimas y la incontrolable presión del gozo, en el mismo vaso.
     Lo que no podía imaginarme era que alguien entre los arbustos, en ese preciso momento, nos estuviera espiando o pasara por allí por casualidad, lo que ya es casualidad, y nos tirara una foto así abrazados que luego colgaría en instagram con la leyenda: "Vivan los novios".

     Cuando Jonathan levanta los ojos del suelo, lo primero que ve ante sí, en la explanada de entrada al instituto, entre el mogollón de compañeros a punto de entrar a clase, es a Alex, que le sonríe a lo lejos, está claro que ignorante por completo del lío que ha montado.
     Inmediatamente después, a unos pasos, Iván está firme como una bayoneta, mirándolo con una mueca no se sabe si de sarcasmo o de asco, mirándolo como si lo fulminara. A sus espaldas, Julio César, Mondragón y Andrei se contonean con gestos procaces y lo señalan con el dedo. Conforme va acercándoseles, Jonathan puede distinguir mejor sus miradas de desprecio, sus risas como proyectiles. Apenas a unos metros, Iván grita "vivan los novios" y sus comparsas comienzan a corear el estribillo. Como si estuviera concertado de antemano, la multitud de los allí reunidos gritan "vivan los novios, vivan los novios".
     Jonathan se desprende con rabia de la mochila y, en medio de aquel barullo, se abalanza contra Alex y le pega con todas sus fuerzas un puñetazo en la cara mientras le grita "yo no soy maricón".

         Yo no soy maricón.
     Yo no soy maricón, que lo oigan todos. Que lo sepan, por eso te doy puñetazos, Alex, que me destruyen, aunque es a ti a quien derriban por el suelo, porque eres tú, precisamente tú quien recibe toda la furia de mi pánico, mientras escupo al mundo que yo no soy maricón.
     Yo no soy maricón, y cuando veo tu sangre por tus labios te pego con más rabia todavía porque, Alex, incluso ensangrentados, en esos labios que golpeo está la fuente de la vida, pero yo no soy maricón.
     Estos golpes que buscan matarte, quitarte del mundo, preservarte de él, en realidad me están matando a mí, y pego para matar sin compasión lo que ya está muerto.
     Yo no soy maricón, Alex de mierda, que lo sepan todos, aunque te quiero, porque te quiero, a muerte.


viernes, 29 de junio de 2018

Orgullo Crítico 2018 (Galería fotográfica)






Por tercer año consecutivo, el 28 de junio de 2018, Madrid ha celebrado el Orgullo Crítico, lejos del folclorismo turístico comercial de los fastos oficiales. Un Orgullo que recupera la Dignidad que le fue ninguneada al propio nombre, un Orgullo transgresor, reivindicativo, inclusivo, sin fronteras, ni sexuales, ni mentales, ni físicas, ni territoriales, ni raciales.

Hoy calla la palabra para dar voz a las imágenes.