"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

martes, 3 de octubre de 2017

LA MEZQUINDAD DE LOS MEDIANOS



Antonio Machado. Fuente de la imagen:
www.biografiasyvidas.com/biografia/m/machado.htm



LA MEZQUINDAD DE LOS MEDIANOS


     La envidia es el deporte nacional, muy por encima de espectáculos estrella como el fútbol o Gran Hermano. La envidia es el motor histórico de eso que pomposamente, con la boca llena de bilis y de sangre, proclaman "España".
     No aquella envidia admirativa de la que hablaban los antiguos griegos y que suponía un estímulo mimético para la propia superación. Sino la envidia ruin que llevaba al gigante Procrustes a cortar las extremidades de todo viajero de mayores proporciones que su parco lecho, o a estirarlo hasta descoyuntarle los huesos para que alcanzara las medidas, cuando el viajero era de menor tamaño.


Teseo y Procustes. Cerámica ática. Fuente:
http://propelperform.com/bed-procrustes/


     La misma envidia que sacó a hordas sedientas de patriotismo criminal a despedir entre vítores y pendones a las tropas de ocupación, camino del aplastamiento de esos catalanes.

*   *   *

     Por mi situación de profesor desplazado, en los últimos años he ido pasando por algunos de los así llamados "centros históricos", los institutos más antiguos y de más prestigio de la capital, que no hace muchos meses fueron galardonados por la presidenta de la Comunidad con una medalla distintiva simplemente por eso, por "antiguos", olvidando y menospreciando en el día a día a tantos centros de estudio que, haciendo milagros con la desatención presupuestaria y dotacional, trabajan sin premio para ofrecer una educación igual para todas y todos y de calidad en zonas urbanas menos distinguidas pero mucho más necesitadas.

     En algunos de estos institutos de rancia tradición, es costumbre convocar a los nuevos profesores recién incorporados para una visita guiada por las dependencias. Dos de estas visitas han sido tremendamente ilustrativas del ambiente intelectual que en ellos se respira.
     En el primero de estos institutos, cuyo nombre lógicamente no daré por razones obvias, la propia jefa de estudios comentaba, con entonación de cotilleo doméstico, que en dicho centro impartió clases Antonio Machado, y aún conservan las actas donde se puede comprobar las veces que el poeta faltó a clase, debido a su situación amorosa.
     En otro de ellos, con guiño de compadre, se nos señaló como timbre de honor del instituto el certificado escolar de Antonio Machado como estudiante histórico del centro, resaltando socarronamente el número de suspensos que allí figuran.

     Ni una ni otro hicieron la mínima alusión a su poesía.


Antonio machado en el Café de las Salesas. Fuente:
www.museoreinasofia.es/coleccion/obra/antonio-machado-cafe-salesas



jueves, 7 de septiembre de 2017

MI PADRE


     La única forma de inmortalidad en la que creo es la impronta que dejamos en los demás, la memoria de nuestro paso por la existencia en aquellos que nos sobreviven.

     Mi padre se nos fue el pasado 16 de agosto. Serenamente, al filo de la cama, lo abandonó el aliento.



     
     Como cualquier otro hombre, tenía sus luces y sus sombras. Y la muerte no lo ha hecho ni mejor ni peor de lo que era. Sencilla y radicalmente, nos ha privado de su presencia.

     Mi padre pertenecía a la generación del miedo.
     Uno de sus recuerdos infantiles más recurrentes era cuando se escondía aterrorizado bajo la cama o en las faldas de su madre mientras caían las bombas. Ese terror, engendrado en una España en guerra y luego alimentado por los demonios de la Dictadura, fue el motor de su existencia. Un miedo mamado en su primera infancia, al que, ya en la madurez, dio respuesta con una mentalidad conservadora y tradicionalista, con una personalidad adocenada y dependiente. Siempre votó al PP, era lo que hacían aquellas pocas personas a cuyo amparo había depositado sus interrogantes, era el faldón de mamá bajo el que protegerse del miedo a lo otro.




     Mi ideología inconformista siempre estuvo en las antípodas de la suya. Y, sin embargo, nunca escuché reproche alguno, jamás discutió mi posicionamiento. Muy al contrario, cuando todavía era posible ver algún debate político en televisión, le gustaba que los viéramos juntos, a pesar de nuestras diferencias ideológicas. No sólo prestaba atención a mis continuos comentarios, sino que además me los solicitaba cuando yo permanecía en silencio. No creo que atendiera al significado de mis palabras, sencillamente le enorgullecía la retórica de las palabras en boca de su hijo.
     Mi padre siempre fue de poco hablar, mejor escuchar.

     En enero del año pasado, presenté mi obra de teatro "Tarde de toros" en el salón de actos de la Biblioteca de Andalucía, en Granada.
     La obra es un esperpento mordaz, que utiliza el mundo de la tauromaquia como emblema de esa España inmovilista e intolerante que se perpetúa generación tras generación, la España de crucifijo y bayoneta, de traje de luces y olor alcanforado, de muertos anónimos en las cunetas y vidas malvividas en la jungla de la picaresca, una España inquisitorial de la que todos, en mayor o menor medida, por acción o por omisión, somos víctimas y culpables.

     Mi padre estaba entre el público, en primera fila.
     Para amenizar la presentación, preparé un montaje de fotografías encadenadas, personales unas y otras públicas, cuyas imágenes, sobre un fondo musical de pasodobles toreros, explicaban de manera más o menos explícita el contenido y el sentido de la obra. Por ejemplo, la continuidad en el tiempo de unos mismos patrones venía reflejada en una sucesión de instantáneas de Franco y su esposa en un tendido taurino, del dictador y del príncipe Juan Carlos en un tendido taurino, del rey Juan Carlos y esposa en un tendido taurino, del rey Felipe y esposa en un tendido taurino, del rey emérito y sus nietos en un tendido taurino.

     Al acabar la proyección, con los sones del último pasodoble todavía enseñoreándose de la sala, mi padre, visiblemente emocionado, rompió todo protocolo y se abalanzó hacia el escenario para darme un abrazo.




     No creo que él fuera consciente de la ironía implícita en aquellas imágenes y aquella música. En absoluto podía estar de acuerdo con aquella ridiculización de lo que había sido y seguía siendo su propio mundo. Lo único que él veía sobre el escenario era a su hijo, era un faldón de orgullo y afecto con el que vencer al miedo.

     Ése es el recuerdo suyo que quisiera conservar dentro de mí, ese abrazo, hijo del corazón, para derrotar a las incercias de la intolerancia.

lunes, 24 de julio de 2017

JARDÍN DE ENCUENTRO





JARDÍN DE ENCUENTRO


     No fue éste el único nombre que barajé para el blog, pero sí el que más se adecuaba a lo pretendido con este espacio virtual; no un jardín privado para el disfrute particular, sino el jardín como invitación a la intimidad del diálogo, como lugar de encuentro con el otro, con quien, siendo diferente a mí, comparte mi misma naturaleza.
     El jardín, así, no es un decorado, ni un mero escenario, sino un espacio propicio para la confidencia, para el intercambio de ideas y emociones, para la amistad, sin dejar de ser al mismo tiempo un interlocutor propio.
     La voluptuosidad de la naturaleza, recreada por la mano del hombre para mejor comprender y amar la propia naturaleza a una escala más humana, no busca aquí el hedonismo individualista y decadente de finales del siglo XIX, hedonismo articulado en clave capitalista para consumo particular. Más bien, surge de la nostalgia de ese jardín tan presente en la poesía tradicional persa y en parte de la literatura árabe, heredero directo del jardín de Epicuro, así como de la Academia platónica y el Liceo de Aristóteles. En ellos, la angustia ante la precariedad y las dificultades de la existencia, interrogada en un espacio artificial que aprehende con mirada humana la múltiple variedad de la vida, dicha angustia se ve, si no superada, sí atemperada al calor de la amistad y de los afectos.
     En el jardín de Epicuro, como en el jardín de Omar Jayyam, contemplamos en la caducidad de lo existente nuestra propia caducidad, pero no nos enfrentamos a ella desde la soledad, sino que es interrogante trascendido por la presencia del amigo, cuyo aliento se hace nuestro aliento.

     No se viene a este jardín a competir, sino a compartir, compartir la complejidad de la naturaleza y las herramientas con las que intentar comprender el entorno y comprendernos a nosotros mismos.




     Es por ello que éste se pretende un espacio abierto, y busca los comentarios, las discrepancias, las puntualizaciones, la controversia, el intercambio fluido de pensamiento y emoción. Pero siempre desde la empatía, desde el respeto, desde la amistad.
     No sólo no serán bienvenidos los insultos, el sarcasmo cáustico, la invectiva, la intolerancia, el fanatismo, la acritud. Son monstruos del más ciego narcisismo que no tienen cabida en este jardín, siempre quedarán fuera.




     Sólo las voces cordialmente discrepantes, no antagónicas, son capaces de crear un auténtico acorde, como aquellos acentos oscuros y sobrecogedores en el laúd de Los Gazales de Hafiz.






                                                    "Pasó la privamera, el tiempo vuela
                                                     y Hafiz tiene aún su copa medio llena."

(Los Gazales de Hafiz,
traducción: Enrique Fernández Latour, ed. VISOR)