"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

jueves, 28 de marzo de 2019

UNA MAÑANA EN EL INVERNADERO









UNA MAÑANA EN EL INVERNADERO

(Galería fotográfica)






     En medio de esta torre de Babel en que se ha convertido nuestro existir confuso, silenciados por el ruido y la furia de la intolerancia, exacerbados por voceros del individualismo más agresivo, desorientados en el maremágnum de noticias falsas y execrables populismos, huérfanos de una justicia sin dueño, escorada hoy hacia un autoritarismo doctrinario y punitivo, ensordecidos por las jaurías del oscurantismo, exigimos a la vida emociones en cinemascope.






Solicitamos un protagonismo de caché estrafalario.





Borramos de nuestro horizonte cualquier destino que no nos aúpe a los escaparates de la megalomanía.






Discriminamos la realidad con el anteojo de acharoladas fantasmagorías comerciales.






Nos jugamos al todo o nada nuestra existencia emocional.






Requerimos megafonías mayúsculas para el discurso artístico y los requiebros de la sensibilidad.






Negamos existencia incluso a nosotros mismos, si no aparecemos ante el mundo en titulares de 72 puntos.
















Mientras tanto, ignoramos la infinita riqueza de formas con que la vida responde a las condiciones de su existencia.














Nos hacemos ciegos a la prodigiosa variedad de diseños y recursos.










Olvidamos la esencia inefable de la hermosura, acabada y sublime en estructuras mínimas, ante las que pasamos de largo con insensible arrogancia.










Despreciamos la plenitud magistral de todo lo que celebra su propia realización por debajo de la altura de nuestros ojos.











Desdeñamos la grandiosa humildad con que la auténtica belleza se manifiesta en lo pequeño e intrascendente, siempre fiel a sí mismo, como respuesta a los estímulos y condicionantes del entorno.

















Para acabar, con nuestra voracidad pantagruélica, poniendo en riesgo el frágil equilibrio de nuestra propia realidad.
















Imágenes realizadas en colaboración con Javier Arellano en el jardín botánico de Ginebra, marzo 2019.

domingo, 10 de febrero de 2019

UN INSTANTE NO HACE TIEMPO (Relatos de la tierra amarga)






UN INSTANTE NO HACE TIEMPO,
PERO HACE HISTORIA

(Relatos de la tierra amarga)


     Se había tomado un par de vinitos durante la comida, pero hacía bastante más de una hora y tenía que coger el coche sí o sí para acudir a la cita con unos clientes en el norte de Madrid.

     Cuando esta mañana se le echó encima la hora de cierre comercial, todavía le quedaban un par de visitas por el barrio, antes de concluir la jornada con una breve ronda en establecimientos de la zona norte. Tenía que esperar a que se reanudara el horario comercial, por lo que decidió aprovechar ese hueco para comer un menú donde Isidro. Éste insistió en que acompañara la comida con un vinito. Carmina le dijo que luego tenía que conducir. Sólo un vasito comiendo, y hasta que cogiera el coche, ¿dónde estaba el problema? Hubo una confusión con el segundo plato, pero Carmina no permitió bajo ningún concepto que Isidro le retirara la costilla de cerdo para cambiársela por el lenguado solicidato, y él la recompensó con un par de dedos más de ese delicioso Rioja. Tan poca cantidad no iba a subírsele a la cabeza. Ya quemaría el alcohol pateándose el barrio antes de coger el coche.
     Dichas visitas se prolongaron luego más de lo previsto. Los nuevos catálogos, de cara a las navidades, requerían mayores explicaciones y una operación de marketing más cuidadosa, por lo que la media hora programada se alargó hasta la hora y pico. Del vino ingerido en la comida no le quedaba ya ni el recuerdo. Al final, como siempre, el tiempo se le había echado encima y ya iba tarde para las siguientes citas. No por ello descuidó la conducción del vehículo, simplemente iba más nerviosa. Tanto que, al llegar y encontrar milagrosamente un aparcamiento libre cerca de su destino, calculó mal las maniobras y rozó, sólo rozó el coche aparcado delante, ni siquiera llegó a ser un choque, estrictamente hablando. Pero inmediatamente salieron de él dos fortachones directamente hacia ella, con cara de sabuesos.
     En el momento en que Carmina vio venir hacia sí a esos dos individuos en actitud pendenciera, los nervios por el retraso acabaron desatando un inoportuno brote de ansiedad. Pero no se dejó vencer por la tensión. Sacaba ya del bolso el móvil para darles su número y que los respectivos seguros se hicieran cargo del accidente, cuando uno de ellos le plantó ante la ventanilla una placa de policía. Secretas, por supuesto, y el coche que acababa de rayar, un coche oficial camuflado, sin número de matrícula, se percató sólo entonces.
     Con esa petulancia intimidatoria, característica de los agentes del orden, le solicitaron el DNI, el carné de conducir, los papeles del vehículo, haciendo oídos sordos a sus explicaciones exculpatorias. Ni la necesidad de concluir su trabajo ni su predisposición a colaborar ni la levedad de los daños sufridos consiguieron atravesar ese escudo de hombría patibularia tras el que se parapetaba la inhumana indiferencia de ambos secretas.
     Tras comprobar que todo estaba en orden, se dispusieron a hacerle la prueba del alcohol. En ese sentido, estaba tranquila. No había bebido ni dos chatos de vino y hacía ya casi dos horas, o más. No debían de quedarle ni los efluvios. Lo que Carmina no sabía es que el pico de máximo efecto del alcohol no se alcanza hasta casi las dos horas después de su ingestión. Consecuencia: seis puntos menos y retirada del carné.

     El ánimo se le fue a los pies. Como comercial, el coche le era imprescindible para su trabajo. Ya sola, en plena acera, con el coche inmovilizado por los agentes y los dos maletones de catálogos y muestras a cuestas, Carmina sintió que todo su mundo se le hacía añicos. ¿Qué iba a hacer ella ahora sin coche? Paralizada por la rabia, por la impotencia, se veía a sí misma arrastrando esos pesados bultos por los cuatro puntos cardinales de la gran ciudad. Tendría que trasladarse en transporte público, lo que no sólo perjudicaría la imagen de la empresa, sino que además la retrasaría en acudir a las citas, impidiéndole así todavía más superar el número requerido para cobrar el plus de productividad, sin el cual su sueldo se le quedaría completamente raquítico, insuficiente para hacer frente a todos los gastos domésticos. Podría intentar hacerlo en bicicleta, pero ella no se siente segura sobre dos ruedas, más el peso añadido del material. El rigor de la impotencia bloqueaba su mente para buscar una solución.
     Arrastrando aquellos dos maletones por la acera, se daba cuenta de que aquélla no era forma de realizar bien su trabajo. Se veía a sí misma en lo sucesivo bajando y subiendo escalerillas del metro, tirando de ese peso desproporcionado, cogiendo autobuses, rodando aceras. Las dificultades para desplazarse la obligarían a echar más horas de trabajo, para compensar este tiempo de más en los desplazamientos. Claro que, en los tiempos que corren, con esa urgencia que nos ha entrado a todos de querer las cosas para ya y un internet que vuela siete pasos por delante de una, imposible que los clientes no fueran poco a poco dándole de lado a una peatona incapaz de acudir a la cita con la premura necesaria.
     Carmina se veía ya perdiendo pedidos a chorros. Se veía ante la inconmovible figura de don Pablo, abroncándola por sus ventas menguantes, desplazándola a las zonas menos rentables para el negocio, amenazándola con el despido. Se veía a sí misma ya despedida; al fin y al cabo, si había perdido el carné de conducir por borracha, eso diría don Pablo, no era problema suyo. Carmina se veía irremediablemente en el paro, a sus cuarenta y siete años, con dos hijos en el hervor de la adolescencia, que encima la culpaban a ella de haber espantado a papá. Se veía sin recursos, en la calle. ¿Cómo iba a terminar de pagar la hipoteca? Se veía a sí misma desahuciada, la vergüenza delante de sus chicos, delante del vecindario, durmiendo en las aceras. La angustia le iba haciendo un nudo en la garganta conforme se iba acercando al bazar chino con los catálogos y muestrarios.
     ¿De dónde iba a sacar ella fuerzas para sobreponerse a la situación? Se veía en el hoyo, definitivamente en el hoyo. Todo por un riojita en la comida y el desafortunado encontronazo con esos secretas aparcados. Siente un ansia infinita de liarse a llorar, dejar correr por los ojos toda la rabia y todo el miedo que la invaden. Pero es una mujer fuerte, aprieta los labios. Y sigue.


     —¿Don Pablo...?
     —Pase. ¿Qué se le ofrece de nuevo, señorita?
     —Verá... Tengo que informarle de un terrible contratiempo, don Pablo. Ayer, durante las visitas de la tarde, tuve un inoportuno encuentro con la policía, quienes me retiraron el permiso de conducir.
     —Está jodida la cosa, sí.
     —Usted sabe perfectamente que en los últimos trimestres me he esforzado a tope y he aumentado y consolidado una buena cartera de clientes.
     —Bueno, bueno. Tampoco lancemos campanas a vuelo.
     —¿No es así, don Pablo? ¿No estoy en lo cierto?
     —Sus resultados, señorita, han aumentado, es verdad, pero aún andan muy lejos de los mínimos planificados para que la empresa pueda respirar con solvencia.
     —Pero recuerde, don Pablo, que atravesamos malos tiempos. Su empresa es de las pocas del sector que han conseguido capear más o menos el temporal. Y eso gracias al esfuerzo de sus comerciales, nosotras, que llevamos ya seis meses echando horas extra por un tubo, a pesar de la reducción de las primas de productividad y la supresión de las dietas.
     —Todos hemos tenido que apretarnos el cinturón.
     —Sí, pero unas más que otras... Disculpe si le parezco impertinente.
     —Me lo parece, pero no voy a tenérselo en cuenta.
     —El caso es que había pensado que, si no le parece mal, podría usted asignarme, aunque sólo fuera provisionalmente, mientras dure mi problema, una zona con mayores facilidades de movilidad. Creo que, en todos estos años, le he demostrado mi dedicación a la empresa, sin recibir nunca a cambio favores especiales.
     —Era lo que se esperaba de usted, como de todas sus compañeras.
     —Bueno, todas, todas...
     —¿Tiene alguna objeción?
     —Hay quienes, con muchísimo menos tiempo en nómina, disfrutan casi desde el principio de las mejores zonas de venta, las de mayor densidad de clientes.
     —Se lo habrán merecido.
     —Es fácil merecérselo cuanto tienes asignados unos clientes que ya de antemano, por la ubicación de sus establecimientos, mantienen un nivel de pedidos muy superior al del resto.
     —¿Está usted envidiosa, señorita? Eso hay que ganárselo.
     —Y ¿me podría usted especificar qué méritos en concreto se necesitan para optar a una asignación así?
     —A una mujer de su experiencia, deberían sobrarle las palabras.
     —Pues perdone usted, pero, a pesar de mi experiencia, no le entiendo con la suficiente claridad. ¿Podría ser un poco más explícito?
     —Siendo mujer, tiene usted todas las cartas para escalar posiciones dentro de la empresa. Si es que no quiere utilizar sus recursos naturales, eso ya es problema suyo.
     —¿Recursos naturales...?
     —A buen entendedor...
     —¿Quiere eso decir que, si no consiento en concederle ciertos favores personales, no va a estudiar una solución a mi problema?, que al fin y al cabo es también su problema.
     —No, señorita. No eche balones fuera. El problema es un problema exclusivamente suyo. Si no puede controlarse con el alcohol...
     —Usted sabe perfectamente que, en todos los años que llevo trabajando aquí, jamás he tenido problemas con el alcohol, ni siquiera en las cenas de empresa. Al contrario, incluso soy una de sus empleadas más reticentes a su consumo.
     —Sí, un poco austera siempre lo ha sido, en todos los sentidos. Y no estamos hablando de favores personales, sino de poner en pleno funcionamiento sus propios recursos naturales.
     —El único recurso natural que no he puesto en práctica como comercial ha sido mi propio cuerpo, ¿se refiere a eso?
     —Tendría que observarse esas deficiencias de carácter, en un trabajo como éste, tan de cara a un público mayoritariamente de hombres. Su manera de vestir, por ejemplo, tan poco femenina...
     —Si me visto con falda y con escotes y me pinto como una puerta, ¿me asignaría el distrito centro?, sólo durante el tiempo que permanezca sin carné de conducir.
     —Ese bombón del negocio requiere un compromiso más directo con la dirección.
     —¿A qué se refiere exactamente con ese compromiso?
     —Además, que es una zona ya asignada. La persona que lo lleva presenta mes a mes un balance de ventas muy superior al del resto.
     —Normal. El centro concentra la mayor cantidad de clientes.
     —Cada una lo que se merece, según su implicación en la empresa.
     —¿Y esa persona también le hace un volumen de mamadas superior al del resto?
     —Señorita, tampoco tiene por qué emplear un lenguaje tan soez.
     —No es soez, don Pablo. Es sincero.
     —En este trabajo, la sinceridad ha de supeditarse a la discreción.
     —Con la máxima discreción, ¿quiere eso decir que, si se la chupo ahora mismo, podría asignarme una zona en la que no necesitara obligatoriamente el vehículo?
     —Podríamos empezar a hablar de ello.
     —¿Podríamos...?
     —Mi predisposición a atender su solicitud recibiría un aliciente.
     —¿Y en caso de negarme...?
     —Puestos a negarnos, nos negaríamos todos. Es lo justo, ¿no? Y ahora, si no le importa, comience con su ronda de visitas y no me haga más perder el tiempo.

     Carmina agacha la mirada. Pero, antes de abandonar el despacho, coge el móvil que llevaba discretamente en el bolsillo superior de la chaqueta y habla por él.
     —Nieves, ¿has grabado la conversación?, ¿toda?

jueves, 20 de diciembre de 2018

PUCHERILLO DE LECHUGA (Receta)






     Me gustan las cosas sencillas. Una sonrisa transparente en una cara amiga. El calor del café entre las manos en los fríos días del invierno. La cambiante presencia de la luna a través de la inmensa serenidad del silencio cósmico. Observar los movimientos del gorrión o los requiebros del mirlo en el alféizar de la ventana. La hoja del árbol, incandescente en su amarillo otoñal, embebida en la cálida luz de la tarde. La palabra que da aliento y da estímulo. Una sonata de Mozart, redimiéndonos con la melancólica levedad y la cordial energía de su música de nuestras cadenas humanas. Contemplar los miles de gestos de solidaridad, pequeños, discretos, casi anónimos, con los que me voy cruzando por la acera. El repiqueteo de la lluvia en el paraguas y el tonificante aroma del aire húmedo, renovado. Brindar con el corazón y con los ojos. Una lectura que me devuelva la energía para ser persona y no sólo mero agente de los pensamientos de otros. La sombra del árbol desde la que admiro los juegos de luz por el paisaje.
     Sólo esas realidades gratuitas, esos gestos sencillos, espontáneos, a menudo desapercibidos, son fuente inalienable de felicidad. Ni los triunfos individuales, sean triunfos sociales o laborales, ni mucho menos los económicos. Éstos, en todo caso, pueden ser herramienta, nunca un fin en sí mismo, estrategias en el desarrollo de nuestro ser social, no de nuestra felicidad. La felicidad tiene alas ligeras, inaprensibles; necesita una integridad del ser que no perturbe, en los obtusos engranajes de los protagonismos, su vuelo intrascendente y desinteresado.
     Yo hoy he decidido ser feliz.
     En medio de un mundo cada día más desquiciado, cuando los más sombríos idearios de la historia se extienden de nuevo, nunca erradicados, como un pestífero veneno invadiendo el presente, un presente dominado por la insolidaridad, el individualismo, la intolerancia, el fanatismo, el racismo, la intransigencia, los patriotismos más xenófobos y el egoísmo identitario más beligerante; entre banderas que intentan imponer de nuevo su discurso asfixiante y excluyente; vapuleado por unas políticas que cada día degradan más y más las condiciones vitales y éticas de sus ciudadanos; esclavo a mi pesar de esta feria de las vanidades que es el escenario de nuestros días; he decidido buscar la felicidad, que no se encuentra en las grandes proclamas ni en las actitudes grandilocuentes, sino en las cosas sencillas, en los pliegues de la cotidianidad, allí por donde la mirada humana pasa de largo, ofuscada por el trompeterío vano de una sociedad mercantilista. No aspirar a remontar con alas impostadas los espacios y las estrellas, sino descubrirme y descubrir al otro en esos gestos humildes, en la bondad de esos instantes mágicos y desinteresados, a través de los cuales la vida se manifiesta generosa y plena.

     El pucherillo de lechuga es uno de esos platos cuya simplicidad sorprende por el equilibrado sabor de sus distintos ingredientes y la peculiaridad refrescante que la lechuga aporta a la densidad de todo guiso de estas características; por otro lado, la reducida presencia de ingredientes animales lo hacen ideal para cualquier época del año, más o menos fresca, más o menos calurosa.
     En casa, era una comida bastante habitual, y bien recibida por todos; sin embargo, no la recuerdo de siempre, apareció en nuestra mesa a partir de alguna fecha concreta, que no puedo precisar. Si es receta tradicional o local o novedosa, transmitida por alguien a mi madre, siempre abierta a aprender, no puedo decirlo; lo que sí es que, desde el primer momento, se incorporó con total naturalidad a nuestra dieta habitual.


PUCHERILLO DE LECHUGA


     INGREDIENTES (para unas seis u ocho raciones)
  • Garbanzos, 500 gr.
  • Arroz, 100 gr.
  • Cebolla, una.
  • Zanahoria, una.
  • Puerro, uno.
  • Lechuga, dos.
  • Ajo, un par de dientes.
  • Morcillo de ternera, 750 gr.
  • Tocino, 150 gr.
  • Chorizos frescos, uno o medio por comensal (a voluntad).
  • Punta de jamón.
  • Huesos de rodilla de ternera, dos.
  • Clavo entero, seis.
  • Comino, media cucharadita.




     Como es de rigor con las legumbres, debemos poner en remojo los garbanzos la víspera.
     En primer lugar, ponemos a cocer el morcillo, con el tocino, los huesos y la punta de jamón, a los que añadimos la cebolla, con un corte en cruz por encima, sin llegar a separarla en cuartos, y con los clavos de olor pinchados en ella en corona, más el puerro y la zanahoria.




     Cubrimos todo ello de agua, sin sobrepasarnos, ya que la lechuga soltará bastante líquido. Lo cocemos a fuego vivo hasta que arranque a hervir, momento en el cual bajamos la intensidad a fuego medio. Lo dejamos cocinando aproximadamente una hora, cuidando de quitar la espuma parduzca que se va formando en la superficie.
     Pasado este tiempo, retiramos la cebolla, la zanahoria y el puerro, y añadimos los garbanzos, le lechuga, limpia de las hojas exteriores más estropeadas y troceada en rodajas no demasiado finas.
     Por otro lado, pelamos los dientes de ajo y los majamos con media cucharadita de sal y otra media de comino molido. Puede utilizarse el comino ya molido o, preferiblemente, utilizar el comino en grano y majarlo previamente en el mortero con un movimiento circular del mango que los triture. Una vez resulte del majado una masa pastosa, la añadimos al guiso.




     Cuando vuelva a hervir, tendremos que retirar la espuma blanca que desprenden los garbanzos al cocer. Lo dejamos a fuego suave durante una hora y tres cuartos o dos horas, hasta que los garbanzos estén casi tiernos.




     Llegado este momento, retiramos los huesos y apartamos el morcillo y el tocino, junto con la punta de jamón, que puede aprovecharse también para acompañar la carne o, si resulta demasiado fibrosa y seca, simplemente retirarla, según gustos.
     Si el guiso tiene demasiado caldo, podemos apartar un poco para cubrir la carne y el tocino y que no se resequen. O bien los cubrimos con papel de aluminio o un paño.
     Finalmente, añadimos el arroz y los chorizos frescos. Éstos son facultativos, pudiéndose prescindir de ellos, si se quiere un resultado aún menos graso.




     Rectificamos de sal y lo dejamos cocer otros quince minutos, hasta que el arroz esté tierno, momento en el cual detenemos la cocción.
     Si el resultado es excesivamente caldoso y se prefiere más espeso, basta con extraer medio cucharón de garbanzos solos, con un poco de caldo, y, tras pasarlos por la batidora, incorporarlos a la olla, junto con un nuevo hervor de un par de minutos.
     Resulta adecuado dejarlo reposar un poco. Lo ideal incluso es prepararlo la víspera, para que el guiso trabe perfectamente.




Y a disfrutarlo, como siempre, mucho mejor si es compartido en amigable compañía.

Construyamos felicidad, es sencillo.