"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

martes, 8 de julio de 2014

Yo, Jesús Taboada. Presentación.

   
   Nací en Granada
   Lo que no es decir nada. Hay tantas Granadas como ojos que la miran o mentes que la sueñan.


Huerta de las Almenillas (Granada)

   Mis ojos se abrieron por primera vez a una exuberante vega tendida a los pies de montes imponentes, a menudo cubiertos de nieve. Mis ojos aprendieron a mirar a la altura de las hierbas anónimas y de las cañas de maíz o de la flor de la patata, aprendieron a mirar las manos encallecidas de los hombres y mujeres que trabajaban aquellas tierras y la mano tenaz que acaricia cuando inculca el primer paso, aprendieron a alzar la vista a alturas distantes y a la luz que en sus cumbres se refleja, a apreciar la paciente lentitud del gusano y la indolente autarquía del gato.
   Mis oídos aprendieron a escuchar el correr de las acequias y el impenetrable mugir de los animales de granja. Mi nariz, a reconocer el áspero aroma de los secaderos de tabaco y la mística fragancia de las celindas y alhelíes.
   
   La voracidad especulativa se cebó con aquella vega, hasta dejarla acorralada por el cemento y reducida a una presencia testimonial. La huerta donde nací pereció bajo cuatro bloques de pisos, mal diseñados y peor construidos, siendo yo todavía un niño. Nos mudamos "al centro". Habíamos cambiado de estatus, aparentemente y no tan aparentemente, aunque apenas nos habíamos movido unos seiscientos metros.

Torre de la Catedral en Ferias (Granada)
  
   Nací un 13 de mayo
  (por cierto, fue viernes)

   Desde que tengo memoria, y hasta bien entrada ya la adolescencia, cada aniversario me era recordado y celebrado con una cancioncilla religiosa bien popular entonces, la misma que tararea el repique de campanas de la basílica de la Virgen de las Angustias:

El trece de mayo
la Virgen María
bajó de los cielos
a Cova de Iría.
   
   Hoy felizmente la sociedad se ha secularizado, un poco, sólo un poquito y como a regañadientes, y la mayoría desconoce esa canción. Ahora me veo en la coyuntura de tener que poner cara de telediario ante el archiconocido Cumpleaños feliz. No sé qué es peor.

   Viví el infierno de una niñez y una adolescencia sometidas a la arbitrariedad y el oscurantismo de una educación católica. Me costó luego desprenderme de las lacras y la irracionalidad con que habían enturbiado mi visión del mundo y de mí mismo. Tuve que volver a aprender el sentido primigenio de las palabras. Tuve que volver a aprender los fundamentos de una dignidad personal que la moral coercitiva de las sotanas había intentado castrar. Tuve que volver a aprender a leer la realidad, despojándola de dudosos y venales  trascendentalismos de ultratumba.

   Descubrí desde bien pronto, con el fervor del enamorado, la poesía, el teatro, el cine, la civilización griega; no tanto a través de los canales educativos, cuanto desde el impulso vital de que me había dotado el contacto primigenio con la tierra y con la luz que cada día desciende de alturas nevadas.

   Me hice profesor de griego antiguo cuando todavía me esforzaba en arrancarles la máscara a mis demonios interiores. Durante cuatro años, a la espera de poder acceder a una plaza en Granada, impartí clases en el instituto de Adra, en Almería.

Puerto de Adra (Almería)
   La elección de Adra como destino laboral fue el resultado de una afortunada serie de malentendidos. 
   Entre las diferentes opciones que se me ofrecían, sólo tenía alguna referencia sobre dicho pueblo y ésta a través de dos conductos: una de mis tías era oriunda de allí y por ella sabía que se trataba de algún lugar junto al mar; por otro lado, mis padres tuvieron durante años un puesto de frutas y hortalizas en Mercagranada, donde también yo eché una mano con relativa frecuencia y allí pude comprobar que habichuelas, berenjenas, tomates procedían precisamente de aquel pueblo. Mi conclusión fue tan ejemplar como errónea: Adra debía de ser un vergel  junto al mar.
   Y me encontré un mar de plásticos sobre una tierra requemada.

   Allí aprendí esa fascinante tarea que es enseñar, sus complejidades y sus dones. Allí aprendí a desnudarme de los fatuos oropeles de la adolescencia. Aprendí a amar la belleza esencial del desierto.

   La felicidad, sin embargo, además de compleja es estanca y onanista, termina obstruyendo las vías de comunicación con cualquier otra realidad.

La Casa de Campo en otoño (Madrid)

   Mi afán de desarrollo personal me llevó a Madrid; en principio, para unos pocos años, el tiempo preciso de satisfacer otra antigua pasión: el cine y el teatro.
   Así, en cierta academia madrileña algo puntera por aquel entonces, me formé en interpretación escénica y cámara de cine, estudios que completé con otros cursillos de guión cinematográfico.
   Luego me fui enredando en otras actividades y, sobre todo, relaciones personales que me iban reteniendo y postergando el pretendido retorno a Granada.
   Vine a Madrid con un propósito muy concreto y por un tiempo más o menos breve. Pero los años fueron pasando y, más de veinte después, aquí sigo.

   En cierto momento, la vida me deparó uno de esos encuentros prodigiosos, fundamentales. Hasta entonces, todo mi conocimiento y pasión por la civilización griega se detenía como mucho en los filólogos bizantinos, salvando algún que otro nombre muy puntual, como el del gran Konstantino Kavafis.

   En Madrid tuve la inmensa suerte de estudiar griego moderno con una mujer maravillosa que, como supremo don de amistad, me brindó su inmensa pasión por la voz de Seferis, de Elytis, de Ritsos, por la voz de Jatzidakis, Markópoulos, Theodorakis, por la voz de Monastiraki, Exarjia, Sunion... 
   
Crepúsculo en Cabo Sunion (Grecia)
   El acceso a la lengua griega moderna, a su cultura tetramilenaria y siempre viva, a su realidad histórica, a sus paisajes y sus gentes, ha terminado de hacer de Grecia mi segunda naturaleza, mi patria espiritual.



   Entre tanto, nunca he dejado de escrutar la realidad a través de las palabras, las palabras que, citándome a mí mismo, son herencia y son destino. Nunca he dejado de buscar en las palabras el sentido de una dignidad y una responsabilidad libres y solidarias.

11 junio 2011 (Madrid)

   La realidad contemporánea, dura y compleja como es, está despojando a las palabras de las máscaras con que la historia más reciente las había adulterado. No es un proceso fácil, porque las palabras crean la realidad y la realidad tiende a perpetuarse con todas sus energías, que son muchas.
   El lastre del inmovilismo es mucho más poderoso que la voluntad de transformación, pero las palabras conservan, bajo su cáscara, su potencial creativo: aquel Hágase la luz que puede ser el comienzo de todo.
   Con el 15M, hemos aprendido a sacar el monólogo individual de su impotencia para integrarlo en el diálogo de la plaza pública. La palabra "política" comienza a recuperar su sentido originario, sin trampantojos. Así nació en Grecia la democracia. No fue un regalo de los poderosos, fue un proceso continuamente renovado de empoderamiento general, con sus titubeos y sus insuficiencias.

   A partir de ese diálogo con el río de Heráclito y con los fotogramas trucados de las emociones y los afectos, he ido escribiendo unos cuantos poemas, alguna novela, cierta obra de teatro, artículos filológicos. He publicado alguna cosilla. He sido premiado en alguna que otra ocasión. Pero el premio del que me siento más orgulloso son todas las personas que he ido conociendo y que siempre me han enriquecido con su afecto.

   Por todas ellas, sobre todo, hoy me decido a abrir este blog con la intención de que sea un jardín abierto para muchos, en el que confluyan el jardín de Epicuro y los efímeros jardines de Afrodita, un jardín de encuentro.