"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

viernes, 11 de mayo de 2018

LA COPA VACÍA (Relatos de la tierra amarga)






—¿Adolfo...?
—Sí, mamá.
—¿Te pasa algo, hijo?
—No, perdona. El trabajo... Estoy de los nervios.
—¿Puedes hablar ahora?
—Así así... Acabo de terminar las clases y me pillas a punto de entrar a una reunión bastante importante...
—Sólo era para preguntarte si puedes pasarte por casa, tengo una cosa para ti.
—¿Es urgente?
—No, hijo. Cuando tú puedas...
—Hoy lo tengo muy complicado. Si no se me tuercen las cosas, mañana tarde me paso a que me invites a un café, ¿vale?
—Está bien. Cuídate, que a tu edad...
—¿Me estás llamando viejo?
—No... Viejo, no. Pero ya no eres ningún crío... Bueno, no te entretengo. Hasta mañana.
—Hasta mañana, mamá. Un beso.


*   *   *


—Hola, guapetona.
—Pasa, pasa... Voy directa a la cocina, que tengo la cafetera al fuego.
—He traído unas rosquillas del santo...
¡Ay, malhijo! Me malcrías...
—Sólo media docenita, mamá.
—Yo no debería. Pero es que tú menos aún... Te van a estallar los botones de la camisa.
—Será que ha encogido al meterla en la lavadora.
—Anda, anda... Que tienes más cuentos que Callejas. Siéntate en el comedor, ya llevo el café.
 —Deja, lo llevo yo.
—¿Te crees que soy una inútil?
—No es eso. Lo decía...
—Bueno. Porque a mis ochenta y siete años, me conservo mucho mejor que tú..., que no te cuidas nada. Seguro que hasta sigues fumando...
—Las mujeres de la familia habéis sido todas muy longevas... Mira la abuela Eulalia, hasta los noventa y muchos...
—De eso quería hablarte, precisamente... El café ¿lo quieres con leche?
—No te molestes, ya me lo sirvo yo.
—Te tiembla la mano. ¿Estás nervioso?
—Estresado, más bien... Ya te dije que tenemos problemas en el trabajo, gordos de verdad. La Comunidad pretende fusionarnos con otro instituto, lo que es un disparate. El tren dividen el pueblo a su paso por la zona. Si nos fusionáramos, el propio trazado de las vías obligaría a nuestros alumnos a dar un rodeo enorme para ir a clase... Y tampoco es que el número de niños haya descendido como para justificar una medida así. Extraoficialmente hemos sabido que piensan ceder nuestro edificio a un colegio religioso.
—¿Y eso pueden hacerlo?
—Pueden hacer lo que quieran, usan la ley a su antojo. Llevamos más de un mes de reuniones con la administración, con los padres... Manifestaciones, recogidas de firmas, concentraciones ante el ayuntamiento... Se ríen de nosotros.
—Tú no te alteres. Para lo que te queda ya de trabajo... Antes de que lo pienses, estás jubilado y que cada cual se apañe con su vela.
—Eso es lo que más me fastidia, mamá. Después de tantos años entregado a la enseñanza, ver cómo nos utilizan y nos degradan por motivos puramente electoralistas, nunca con un criterio pedagógico, sino ideológico o, en el peor de los casos, economicista... Es que me comen los demonios.
—Piensa en tu hermana, ella sí que las está pasando canutas. Con un sueldo de trescientos euros... y dando gracias a Dios, que es lo único que ha encontrado después de tantos meses en el paro.
—Lo sé, mamá. En el fondo, me quejo de vicio.
—No, Adolfo. Te quejas porque hay que quejarse, porque para eso nos dio Dios la boca, para no callarnos las cosas...
—¿Y qué era eso que tenías que darme?
—Verás. ¿Te acuerdas que en semana santa pasó unos días en el pueblo?
—Sí, fuiste a vender la casa de la abuela.
—Efectivamente. Tu tía por fin ha visto que una casa deshabitada lo único que hace es deteriorarse. Y ya ni sus nietos querían pasar las vacaciones allí. Normal, son de ciudad...
—Cuando falleció la abuela Eulalia, ya te dije que lo mejor era venderla y así quitaros de problemas y de gastos por algo que no se utiliza.
—Si ya lo sé, pero tu tía... El caso es que por fin la pusimos en venta y nos hemos repartido entre las dos hermanas los cuatro cachivaches que quedaban, nada del otro mundo. Yo me traje el juego de tocador de la bisabuela y un par de fruslerías más que me traían recuerdos. Pero la mayoría del mobiliario la donamos a una asociación caritativa.
—Hicisteis bien. No tiene ningún sentido abarrotar estos pisos tan pequeños con antiguallas y armatostes.
—Lo único que sí me hacía ilusión y me traje es el fanal con el niño Jesús de Praga. Lo habrás visto muchas veces, cuando íbamos al pueblo. El que estaba sobre la cómoda del dormitorio de tu abuela. No sé si lo recuerdas.
—Muy vagamente...
—Es una pieza antigua, de las que se estilaban a principios de siglo, un fanal de cristal con figuritas de pastores y ovejas y con caracolas diminutas y flores de tela, en torno a un niño Jesús vestido con ropita de verdad y con melena de pelo auténtico.
—Me suena que Galdós describe algo así en alguna de sus novelas.
—Es una cosa muy antigua, mi madre lo heredaría de la suya seguramente... El caso es que lo he llevado a restaurar y, en el proceso, han descubierto un doble fondo en la peana.
—Qué emocionante, como una película de detectives...
—Sí, muy emocionante..., hasta me hizo llorar.
—¿Y había algo dentro?
—Eso es precisamente lo emocionante. Dentro encontraron una libretita de tapas de cuero gastado, con las esquinas un poco arqueadas, y con hojas con rayas. Quiero que sea para ti.
—¿Y eso...?
—Tú sabrás apreciarlo más que tu hermana. A ella, estas cosas antiguas y sin valor...



*   *   *



DIARIO

Hoy, 13 de julio, regreso al pueblo con mi grado de magisterio. Mamá me dice que vaya a hablar con los Salesianos a ver si me contratan. Le he dicho que no hay prisa. Ante todo, necesito meditar bien lo que quiero hacer con mi vida.

Hoy he acompañado a papá a llevar la piara a la dehesa. He recuperado el olor de la tierra tostada por el sol, el aroma acre de las hierbas silvestres, la perfumada sombra de las encinas. Hoy he recuperado mi infancia. Eché en el zurrón a mi querido Machado, qué hora de la siesta tan profunda, avivada por las palabras del poeta y el zumbido de las moscas.

Hoy he ido a la estafeta de correos para enviar una carta. En el mostrador, me ha atendido una simpática chica, la hija de Bartolo el Caracoles. Una mujer al frente de la correspondencia. Veo con satisfacción que incluso a un rincón tan cerril como mi pueblo han llegado los nuevos vientos republicanos. Su sonrisa es la sonrisa de esta España que por fin despierta de su sueño milenario.

Pasan los días, días de calor y de indolencia. El tiempo pasa con una cadencia de chicharras ensolecidas. Leo mucho. Intento pensar en mi futuro, pero el presente es tan pleno, tan satisfactorio.

A veces me ocupo yo de los marranos un rato, cuando a papá le toca el turno de riego para nuestro pequeño huerto familiar. Es tan agradable leer a la sombra de un alcornoque, mientras el ritmo de la vida palpita alrededor cual mariposa ofuscada por el esplendor de su propia brevedad.

Hoy he visto a Genaro, mi amigo de infancia. A su paso por el pueblo, ha sabido que yo estaba aquí y me ha invitado a unos chatos de vino. Está entusiasmado con el nuevo rumbo político. Me ha hecho contarle tres veces cómo viví la jornada del 14 de abril, si estuve en la Puerta del Sol, si... Me cuenta que aquí, en el pueblo, los curas están impidiendo que el sindicato actúe según las normas gubernamentales para que no se contrate a jornaleros de fuera mientras no tengan trabajo los lugareños. Aquí siguen siendo los curas quienes deciden, a través de los terratenientes, quiénes trabajarán la peonada, según su fervor religioso. Me cuenta también que, cuando el nuevo alcalde tomó posesión de su cargo, salió de San Bartolomé una procesión de beatas, todas de luto, con rosarios y farolillos de cera. Pero estos elementos retrógrados no van a impedir que el pueblo tome la dignidad que le ha sido escatimada desde la infancia de nuestra historia. Me comenta que él está participando en varios comités de instrucción y defensa de los derechos fundamentales en la región. Ahora tiene que salir de viaje unos días, pero hemos quedado en volver a vernos a su regreso.

Empieza a pesarme la inactividad. Leo con avidez manuales extranjeros sobre nuevas técnicas de enseñanza. Pero aún no tengo decidido qué haré. Mamá insiste en los Salesianos. Por ahora, me resisto a besarles el anillo a cambio de un trabajo.

Hoy he acompañado a papá a la bodega. La modernidad está llegando a muchos rincones, se advierte sobre todo en los pequeños detalles. Por encima del bronco chicoleo de los parroquianos, de las risotadas ácidas y los golpes de fichas de dominó sobre las mesas, vibraba como bancal de grillos un enorme aparato de radio. Incluso se ha podido escuchar mal que bien una de esas canciones de negros tan de moda en Francia. A los más jóvenes, se les han iluminado los ojos, como si después de mucho tiempo hubieran abierto los postigos a la luz del sol.

Hemos vuelto a vernos Genaro y yo. Viene exultante de su recorrido por las zonas más pobres de la comarca. Hay tanto que hacer, tanto querer hacer. Me ha hablado de una partida aprobada por el gobierno para la creación de escuelas laicas en los municipios que carecen de centros de instrucción. Precisamente viene de Burguillos, donde más de la mitad de los niños nunca han sido escolarizados y la otra mitad debe recorrer cada día casi veinte kilómetros para venir hasta nuestro pueblo a los Salesianos, con lo que son muchos quienes antes o después terminan desistiendo. Me dice que el alcalde está muy receptivo a la creación de una escuela en su municipio. Me doy cuenta de que intenta captarme para la causa. Yo le digo que espere, todavía no he tomado una decisión sobre lo que haré a partir de ahora.

No paro de darle vueltas en la cabeza. Por un lado, empezar de cero, construir tus propias normas y tus propias condiciones pedagógicas, puede ser apasionante; pero el inmenso trabajo de preparación y su desarrollo, sin una base material de la que partir, vencer todos los impedimentos que pondrán los elementos más recalcitrantes de ese pueblo en el que todos se conocen. Sólo pensarlo... Y, sin embargo, poder poner en práctica nuevos métodos, nuevos enfoques... Juntar en una misma clase a niños y niñas, sin distinción, sólo personas... Aprovechar la cercanía de la naturaleza para resolver los misterios del entorno con la ayuda de las ciencias... Invitar a mis amistades literarias de Madrid para que unos mocosos perdidos en este rincón del mapa puedan hablar con ellos y aprender directamente de su boca... Se me ocurren tantas cosas. Vibra dentro de mí una energía que necesita salir y proyectarse en un futuro más luminoso, más justo, más humano.

Hoy he visto en la dehesa unas mariposas azules que no había visto nunca. Y menos en una época tan avanzada del año. Juan Ramón habría hecho un hermoso poema con la levedad de esas diminutas cometas vivas revoloteando sobre la tierra sedienta.

Genaro ha venido a casa. Insiste e insiste en que lo acompañe a Burguillos, sin compromiso, sólo para tener otro elemento de juicio in situ. Finalmente, medio a regañadientes, le he dicho que sí.

La entrevista con el alcalde ha resultado apoteósica. Cuánto entusiasmo dormido ha hecho aflorar el cambio político. Él mismo en persona nos ha acompañado a visitar los barrios donde viven críos desharrapados, que no han visto un libro en su vida, salvo el misario. Sus caras, como las caras de un animalillo indefenso... No se merecen cristiana caridad, sino justicia, el acceso a un conocimiento que es patrimonio universal y no de unos pocos. Nos ha enseñado el salón municipal donde se supone que se instalaría la escuela laica. El dicho alcalde, un viejo corchero sin instrucción académica, pero dotado de un saber innato, fruto de una curiosidad universal, y un experto conocedor de las gentes de la zona, no paraba de pedirme con los ojos mi implicación en el proyecto. No sé qué le habrá contado Genaro de mí. Yo tenía temblando el sí en los labios, tenía que sujetarme para no lanzarme de cabeza a ello, pero le he pedido un tiempo para meditarlo. Con un dejo de melancolía, me ha advertido de que el sueldo de maestro, aunque ha mejorado algo gracias al nuevo gobierno, sigue siendo una miseria. Le respondo que esa es una cuestión secundaria, sin peso en mi toma de decisión. Nos hemos despedido con un fuerte apretón de manos, reconociéndonos en nuestro amor a la cultura y al conocimiento, y por supuesto a las personas.

Días de gran concentración. En mi cuarto con ventana a la plaza, alentado por el olor del jazminero que hasta aquí trepa, relleno cuadernos y cuadernos con ideas pedagógicas y organizativas. Noches hay en que la emoción me impide conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada.

Tarea inmediata. Vencer la resistencia de mamá a que me convierta en un maestrillo de escuela en ese pueblucho, vaya destino más pobre. Papá dice que haga lo que yo considere mejor.

Sin necesidad de ir a ellos, los Salesianos han venido a mí. No sé cómo, se han enterado de mi proyecto. Bueno, esto es un pueblo, todo se sabe. Ahora me ofrecen un puesto en ese colegio donde aprendí de carrerilla las tablas de multiplicar, la lista de los reyes godos y las declinaciones, a golpe de palmeta, bajo el terror a manchar con mi conducta el dulce nombre de Jesús. Quería responderles, pero cualquier respuesta habría sido indecorosa y he optado por las virtudes del silencio.

Nueva visita a Burguillos, hoy sin Genaro. El alcalde no cabe en sí de gozo ante el proyecto que le he presentado. Dice que lo enviará inmediatamente al ministerio. Me pregunta si pienso ocupar la plaza inmediatamente. Antes debo ir al pueblo a por mis libros y mis prendas personales. Necesitaré alquilar alguna mula o un carro pequeño para traerlo todo hasta aquí.

Mamá ha llorado cuando he partido con todos mis enseres, no sé si de pena o de felicidad, me gustaría creer que lo segundo. Papá me ha mirado con orgullo, en silencio, me ha ayudado a subir las cosas a la carreta.

Qué gratificante el trabajo físico cuando un ideal lo alienta. He tenido que dar de escoba y bayeta para empezar a organizar este viejo salón municipal que pretende ser en breve la primera escuela laica de la comarca. Me lo repito una vez y otra, escuela laica, escuela laica, y el pecho me quiere estallar de gozo. Mientras encalo las paredes, pienso que ese blanco puro, casi hiriente, debe ser el horizonte adonde encaminar las mentes candorosas de estos niños, ya que el candor se vuelve duro como la piedra si no se abre a la razón y a la filantropía.

Las primeras lluvias nos han sorprendido durante el traslado de las mesas y sillas del antiguo casino ultramarino, hoy en fantasmal abandono, para usarlas como pupitres. Tengo que aprender a marchas forzadas oficios que me son desconocidos. Lijar, encolar y encerar todo este mobiliario es una labor tediosa, pero el olor de la cera resulta tan evocador que las penalidades del esfuerzo físico se aligeran con la volátil fantasía de los proyectos.

Albricias. El presupuesto ha sido aprobado en su integridad. Podremos encargar una pizarra y mapas y lápices y cuadernos.

Ayudado por un representante del ayuntamiento, estamos visitando a las familias con hijos en edad escolar, para convencerlas de la necesidad de que éstos adquieran una instrucción para la vida, que no se vean condenados a las pocas perspectivas de su existencia actual. Hay quienes nos miran con recelo, sospechando alguna estafa en nuestra oferta, o algo peor. El atavismo arraigado en estas gentes las ha vuelto desconfiadas. Va a resultar difícil vencer su resistencia. Cada casa que visito es un nuevo argumento a favor de la necesidad de una alfabetización del pueblo. Pero la mayoría nos dicen: no sé, ya veremos... Ya veremos.

Mi entusiasta ayudante me dice que lo importante es convencer a tres o cuatro familias y las demás irán detrás, por no ser menos. Elegimos a aquellas que nos parecen más proclives a dar su consentimiento y las visitamos de nuevo. Les he garantizado a los niños desayuno y merienda a cargo de la escuela. Vicente, mi ayudante, se ha sorprendido con la iniciativa. En un aparte, le he dicho que, si hacía falta, esos vasos de leche y las galletas correrían de mi cuenta. Me dice que hablará con el alcalde, a ver qué se puede hacer.

No he podido dormir en toda la noche. Hoy daban comienzo las clases en la nueva escuela. Cinco minutos antes, no había venido nadie. Ni había trazas de que fueran a venir. Me he sentado en el poyete a ver pasar las nubes. Al rato, se me ha presentado una niña de unos siete años, preguntándome si era aquí donde daban el desayuno. Mi primera alumna. Mientras se tomaba el vaso de leche, han acudido cuatro más, tres niños y una niña, no mayores que la primera. Hemos dedicado este primer día a que se familiaricen entre ellos y con el espacio. Hemos cantado juntos canciones de toda la vida, les he preguntado qué juegos conocen y les hemos dado un nuevo sentido, más didáctico.

Cada día se incorpora algún crío nuevo, sin interferir con la novedad los hábitos del grupo. Al fin y al cabo, ya se conocen de antemano. Ni uno solo sabe leer, cuando menos escribir. He advertido en ellos cierta resistencia a utilizar el lápiz, un utensilio que les resulta extraño, fabulosa herramienta en la oreja del tendero o del carpintero. Aprovechando que todavía hace buen tiempo, me los he llevado hasta el lecho casi seco del río. Cada uno ha cogido un palo. Con un palo, se sienten más familiarizados. La o es la cara de un hombre calvo. Todos a dibujar calvos con el palo en la tierra, les han puesto ojos y boca; algunos, hasta bigote. La a es de mujer, porque tiene una coleta. Los niños entonces se han negado a escribir esa letra, porque era de mujeres. Les he contado el cuento de Aquiles, que era un guerrero y tenía coleta. Me miraban con escepticismo. Luego les he dicho que Jesús también tenía el pelo largo, lo han visto en la iglesia, ¿no? Todos como locos, trazando con el palo en el suelo círculos con coleta.

Hoy tenía pensado subirlos a los restos del castillo para hablarles de la historia de su pueblo, pero ha amanecido lluvioso. En su lugar, ha venido a visitarnos una muchacha encantadora, la hija de Adolfo el Truenos, el carpintero local. Me dice que es la encargada de la biblioteca que el alcalde quiere abrir en el antiguo Hospital de Franciscanos. Viene a ofrecernos su colaboración. Todos los críos la conocían, claro, y la asaeteaban a preguntas, a peticiones de juego. Ella les respondía con el cariño y la autoridad de una hermana mayor. Ha terminado pasando la mañana con nosotros. Hemos aprendido los números con canciones y con acertijos.

Hemos desplegado por primera vez el mapa de España. Nunca habían visto uno. He tenido que explicarles qué era lo que allí veían, los montes, los valles, su pueblo, los ríos... Rosita me ha preguntado cómo no se derramaba el agua de los ríos, puestos así en la pared. Ramoncete se extraña de que los montes y los valles sean igual de planos. Se me ha ocurrido que tengo que hacer en el suelo del patio trasero un mapa de España en relieve, con la cuenca de los ríos en hueco para poder llenarlos de agua auténtica. No sé qué materiales serán los más apropiados para ello, tendré que pedir consejo a algún albañil del pueblo.

Rosita ha acusado a Perico de haberse comido sus galletas. Quería pegarle. Les he explicado lo que significa la justicia frente a la venganza y en qué consiste un juicio. Ellos mismos han nombrado un acusador, un defensor y un juez. A pesar del barullo, el juicio ha resultado ejemplar, tan ejemplar que, al tanto de las razones por las que Perico ha cometido el hurto, la propia Rosita lo ha perdonado y se ha hecho su amiga.

A medida que pasan las semanas, esos ojos que antes se asomaban al mundo desde una barrera de desconfianza y egoísmo, hoy miran con una seguridad y con un compañerismo que bien valen todos mis desvelos.

La joven bibliotecaria nos ha visitado hoy para regalarnos una tosca figura humana desmontable en piezas de madera. Nos la ha tallado ex profeso su padre, el Truenos. Lo hemos bautizado don Ramón, después de una votación de lo más acalorada. Hemos aprendido el cuerpo humano con juegos en los que don Ramón era el protagonista. Cuando los críos se han marchado, entusiasmados con todas las cosas que tenemos en el cuerpo, ella se ha quedado un rato conmigo, charlando y ayudándome a ordenar y asear el aula. Por prudencia, he abierto de par en par las ventanas, más que por airear el espacio, para no comprometer a esta joven, sola con un hombre. Su risa tiene el color de los amarillos jaramagos. Sus palabras, la profundidad de océanos inexplorados.

Hoy han venido al pueblo los hombres del cinematógrafo. Están tomando imágenes de la comarca. El alcalde los ha invitado a charlar con nuestros alumnos, quienes primero estaban recelosos con esas máquinas, pero luego se han soltado y han encandilado a los técnicos con sus preguntas imprevisibles y su espontaneidad tan libre.

Genaro ha venido a visitarme. Pasaba cerca en viaje de trabajo y se ha desviado un poco para cultivar los gozos de la amistad. Ha presenciado lo que son nuestras clases y ha salido emocionado. Trae noticias de otras muchas iniciativas en la comarca, puestas en marcha por hombres y por mujeres que no se arredran ante las dificultades de remover los sedimentos del inmovilismo. Es mucho el entusiasmo que se respira. Muchos también los obstáculos que las fuerzas del antiguo orden intentan imponer con todos los medios. Le he presentado a nuestra bibliotecaria. Charlando con ellos dos, me sentía en un Elíseo que no sé si merecemos, pero del que cada día intento hacerme merecedor.

Esta mañana me han dado plantón. Eran más de las diez y todavía no había venido ninguno. A media mañana, me he acercado a nuestra pequeño biblioteca para ver si mi amiga conoce la razón de un abandono tan absoluto. Me ha explicado que acaba de comenzar la recolección de la aceituna y, en esa tarea, participa tradicionalmente la familia al completo, incluidos los niños. Incluso tienen establecidos turnos para recolectar entre varias familias primero un olivar y luego otro y así sucesivamente. Son los padres de mis alumnos, ellos no pueden costearse jornaleros como los terratenientes. Así que hemos vuelto los dos a la escuela y, después de coger el material necesario, los hemos localizado en el campo y allí mismo, mientras ayudaban a los mayores a coger del suelo el sagrado fruto de Atenea, hemos improvisado una clase de matemáticas y economía práctica que ha transformado la rudeza del trabajo en un lúdico aprendizaje. Algunos de los más viejos nos miraban con desconfianza, pero no sólo no interferían mis lecciones en el rendimiento de sus vástagos, sino que incluso trabajaban con más ahínco, espoleados por el juego de aprender. Sus padres no tenían nada que objetar. Así tendremos que seguir al menos un par de semanas. Aprovecharé para explicar naturaleza.

Esta mañana han amanecido rotos a pedradas los cristales de las ventanas de la escuela. Para que no entrara el frío, he tenido que cubrirlas con papel de estraza clavado con alfileres, aunque apenas dejaba pasar la luz. Nuestra querida bibliotecaria ha conseguido de sus vecinas varias viejas sábanas con remiendos, más translúcidas que el papel de envolver los huevos y el bacalao.

Los atardeceres nos sorprenden a ella y a mí paseando, charlando por los alrededores. Su inteligencia y su sensibilidad son lucero indicador en estos cielos malvas del despertar de la primavera. Corren por el pueblo habladurías. Es un pueblo, ¿acaso esperaba otra cosa?

Después de mucho hablarlo y mucho meditarlo, me he decidido. He visitado al Truenos para pedirle la mano de su hija Eulalia. Yo estaba mucho más nervioso que el primer día de escuela, mucho más nervioso que en mi examen final ante el tribunal. Pero ese hombre hosco y hercúleo me ha respondido con un apretón de manos y ha sellado el compromiso con una copita de aguardiente.



*   *   *

     Los últimos párrafos han sido leídos por Adolfo con ojos empañados. Esas palabras venidas de la noche de los tiempos iluminan de pronto las sombras de su propia infancia.
     Con un escalofrío desgarrador, intuye ahora por qué a la abuela Eulalia la apodaban en el pueblo la Pelona.
     De pronto adquiere otro significado la perpetua ausencia de menciones al abuelo y la respuesta que invariablemente le daban al pequeño Adolfito cuando preguntaba por él: "Al abuelo se lo han llevado de paseo".
     Al fin tiene pleno sentido, un sentido aterrador, aquella copa vacía sobre la mesa, siempre presente en las cenas navideñas de su infancia. Si a alguien, ignorante de un pasado amortajado en el silencio, se le ocurría retirarla del ágape familiar, la abuela le ordenaba con la autoridad del corazón que la restituyera a su sitio.
     —Pero ¿para quién es esa copa, abuela Eulalia? Si ya tenemos cada uno la nuestra.
     —Para los que se han ido.