"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

viernes, 11 de mayo de 2018

LA COPA VACÍA (Relatos de la tierra amarga)






—¿Adolfo...?
—Sí, mamá.
—¿Te pasa algo, hijo?
—No, perdona. El trabajo... Estoy de los nervios.
—¿Puedes hablar ahora?
—Así así... Acabo de terminar las clases y me pillas a punto de entrar a una reunión bastante importante...
—Sólo era para preguntarte si puedes pasarte por casa, tengo una cosa para ti.
—¿Es urgente?
—No, hijo. Cuando tú puedas...
—Hoy lo tengo muy complicado. Si no se me tuercen las cosas, mañana tarde me paso a que me invites a un café, ¿vale?
—Está bien. Cuídate, que a tu edad...
—¿Me estás llamando viejo?
—No... Viejo, no. Pero ya no eres ningún crío... Bueno, no te entretengo. Hasta mañana.
—Hasta mañana, mamá. Un beso.


*   *   *


—Hola, guapetona.
—Pasa, pasa... Voy directa a la cocina, que tengo la cafetera al fuego.
—He traído unas rosquillas del santo...
¡Ay, malhijo! Me malcrías...
—Sólo media docenita, mamá.
—Yo no debería. Pero es que tú menos aún... Te van a estallar los botones de la camisa.
—Será que ha encogido al meterla en la lavadora.
—Anda, anda... Que tienes más cuentos que Callejas. Siéntate en el comedor, ya llevo el café.
 —Deja, lo llevo yo.
—¿Te crees que soy una inútil?
—No es eso. Lo decía...
—Bueno. Porque a mis ochenta y siete años, me conservo mucho mejor que tú..., que no te cuidas nada. Seguro que hasta sigues fumando...
—Las mujeres de la familia habéis sido todas muy longevas... Mira la abuela Eulalia, hasta los noventa y muchos...
—De eso quería hablarte, precisamente... El café ¿lo quieres con leche?
—No te molestes, ya me lo sirvo yo.
—Te tiembla la mano. ¿Estás nervioso?
—Estresado, más bien... Ya te dije que tenemos problemas en el trabajo, gordos de verdad. La Comunidad pretende fusionarnos con otro instituto, lo que es un disparate. El tren dividen el pueblo a su paso por la zona. Si nos fusionáramos, el propio trazado de las vías obligaría a nuestros alumnos a dar un rodeo enorme para ir a clase... Y tampoco es que el número de niños haya descendido como para justificar una medida así. Extraoficialmente hemos sabido que piensan ceder nuestro edificio a un colegio religioso.
—¿Y eso pueden hacerlo?
—Pueden hacer lo que quieran, usan la ley a su antojo. Llevamos más de un mes de reuniones con la administración, con los padres... Manifestaciones, recogidas de firmas, concentraciones ante el ayuntamiento... Se ríen de nosotros.
—Tú no te alteres. Para lo que te queda ya de trabajo... Antes de que lo pienses, estás jubilado y que cada cual se apañe con su vela.
—Eso es lo que más me fastidia, mamá. Después de tantos años entregado a la enseñanza, ver cómo nos utilizan y nos degradan por motivos puramente electoralistas, nunca con un criterio pedagógico, sino ideológico o, en el peor de los casos, economicista... Es que me comen los demonios.
—Piensa en tu hermana, ella sí que las está pasando canutas. Con un sueldo de trescientos euros... y dando gracias a Dios, que es lo único que ha encontrado después de tantos meses en el paro.
—Lo sé, mamá. En el fondo, me quejo de vicio.
—No, Adolfo. Te quejas porque hay que quejarse, porque para eso nos dio Dios la boca, para no callarnos las cosas...
—¿Y qué era eso que tenías que darme?
—Verás. ¿Te acuerdas que en semana santa pasó unos días en el pueblo?
—Sí, fuiste a vender la casa de la abuela.
—Efectivamente. Tu tía por fin ha visto que una casa deshabitada lo único que hace es deteriorarse. Y ya ni sus nietos querían pasar las vacaciones allí. Normal, son de ciudad...
—Cuando falleció la abuela Eulalia, ya te dije que lo mejor era venderla y así quitaros de problemas y de gastos por algo que no se utiliza.
—Si ya lo sé, pero tu tía... El caso es que por fin la pusimos en venta y nos hemos repartido entre las dos hermanas los cuatro cachivaches que quedaban, nada del otro mundo. Yo me traje el juego de tocador de la bisabuela y un par de fruslerías más que me traían recuerdos. Pero la mayoría del mobiliario la donamos a una asociación caritativa.
—Hicisteis bien. No tiene ningún sentido abarrotar estos pisos tan pequeños con antiguallas y armatostes.
—Lo único que sí me hacía ilusión y me traje es el fanal con el niño Jesús de Praga. Lo habrás visto muchas veces, cuando íbamos al pueblo. El que estaba sobre la cómoda del dormitorio de tu abuela. No sé si lo recuerdas.
—Muy vagamente...
—Es una pieza antigua, de las que se estilaban a principios de siglo, un fanal de cristal con figuritas de pastores y ovejas y con caracolas diminutas y flores de tela, en torno a un niño Jesús vestido con ropita de verdad y con melena de pelo auténtico.
—Me suena que Galdós describe algo así en alguna de sus novelas.
—Es una cosa muy antigua, mi madre lo heredaría de la suya seguramente... El caso es que lo he llevado a restaurar y, en el proceso, han descubierto un doble fondo en la peana.
—Qué emocionante, como una película de detectives...
—Sí, muy emocionante..., hasta me hizo llorar.
—¿Y había algo dentro?
—Eso es precisamente lo emocionante. Dentro encontraron una libretita de tapas de cuero gastado, con las esquinas un poco arqueadas, y con hojas con rayas. Quiero que sea para ti.
—¿Y eso...?
—Tú sabrás apreciarlo más que tu hermana. A ella, estas cosas antiguas y sin valor...



*   *   *



DIARIO

Hoy, 13 de julio, regreso al pueblo con mi grado de magisterio. Mamá me dice que vaya a hablar con los Salesianos a ver si me contratan. Le he dicho que no hay prisa. Ante todo, necesito meditar bien lo que quiero hacer con mi vida.

Hoy he acompañado a papá a llevar la piara a la dehesa. He recuperado el olor de la tierra tostada por el sol, el aroma acre de las hierbas silvestres, la perfumada sombra de las encinas. Hoy he recuperado mi infancia. Eché en el zurrón a mi querido Machado, qué hora de la siesta tan profunda, avivada por las palabras del poeta y el zumbido de las moscas.

Hoy he ido a la estafeta de correos para enviar una carta. En el mostrador, me ha atendido una simpática chica, la hija de Bartolo el Caracoles. Una mujer al frente de la correspondencia. Veo con satisfacción que incluso a un rincón tan cerril como mi pueblo han llegado los nuevos vientos republicanos. Su sonrisa es la sonrisa de esta España que por fin despierta de su sueño milenario.

Pasan los días, días de calor y de indolencia. El tiempo pasa con una cadencia de chicharras ensolecidas. Leo mucho. Intento pensar en mi futuro, pero el presente es tan pleno, tan satisfactorio.

A veces me ocupo yo de los marranos un rato, cuando a papá le toca el turno de riego para nuestro pequeño huerto familiar. Es tan agradable leer a la sombra de un alcornoque, mientras el ritmo de la vida palpita alrededor cual mariposa ofuscada por el esplendor de su propia brevedad.

Hoy he visto a Genaro, mi amigo de infancia. A su paso por el pueblo, ha sabido que yo estaba aquí y me ha invitado a unos chatos de vino. Está entusiasmado con el nuevo rumbo político. Me ha hecho contarle tres veces cómo viví la jornada del 14 de abril, si estuve en la Puerta del Sol, si... Me cuenta que aquí, en el pueblo, los curas están impidiendo que el sindicato actúe según las normas gubernamentales para que no se contrate a jornaleros de fuera mientras no tengan trabajo los lugareños. Aquí siguen siendo los curas quienes deciden, a través de los terratenientes, quiénes trabajarán la peonada, según su fervor religioso. Me cuenta también que, cuando el nuevo alcalde tomó posesión de su cargo, salió de San Bartolomé una procesión de beatas, todas de luto, con rosarios y farolillos de cera. Pero estos elementos retrógrados no van a impedir que el pueblo tome la dignidad que le ha sido escatimada desde la infancia de nuestra historia. Me comenta que él está participando en varios comités de instrucción y defensa de los derechos fundamentales en la región. Ahora tiene que salir de viaje unos días, pero hemos quedado en volver a vernos a su regreso.

Empieza a pesarme la inactividad. Leo con avidez manuales extranjeros sobre nuevas técnicas de enseñanza. Pero aún no tengo decidido qué haré. Mamá insiste en los Salesianos. Por ahora, me resisto a besarles el anillo a cambio de un trabajo.

Hoy he acompañado a papá a la bodega. La modernidad está llegando a muchos rincones, se advierte sobre todo en los pequeños detalles. Por encima del bronco chicoleo de los parroquianos, de las risotadas ácidas y los golpes de fichas de dominó sobre las mesas, vibraba como bancal de grillos un enorme aparato de radio. Incluso se ha podido escuchar mal que bien una de esas canciones de negros tan de moda en Francia. A los más jóvenes, se les han iluminado los ojos, como si después de mucho tiempo hubieran abierto los postigos a la luz del sol.

Hemos vuelto a vernos Genaro y yo. Viene exultante de su recorrido por las zonas más pobres de la comarca. Hay tanto que hacer, tanto querer hacer. Me ha hablado de una partida aprobada por el gobierno para la creación de escuelas laicas en los municipios que carecen de centros de instrucción. Precisamente viene de Burguillos, donde más de la mitad de los niños nunca han sido escolarizados y la otra mitad debe recorrer cada día casi veinte kilómetros para venir hasta nuestro pueblo a los Salesianos, con lo que son muchos quienes antes o después terminan desistiendo. Me dice que el alcalde está muy receptivo a la creación de una escuela en su municipio. Me doy cuenta de que intenta captarme para la causa. Yo le digo que espere, todavía no he tomado una decisión sobre lo que haré a partir de ahora.

No paro de darle vueltas en la cabeza. Por un lado, empezar de cero, construir tus propias normas y tus propias condiciones pedagógicas, puede ser apasionante; pero el inmenso trabajo de preparación y su desarrollo, sin una base material de la que partir, vencer todos los impedimentos que pondrán los elementos más recalcitrantes de ese pueblo en el que todos se conocen. Sólo pensarlo... Y, sin embargo, poder poner en práctica nuevos métodos, nuevos enfoques... Juntar en una misma clase a niños y niñas, sin distinción, sólo personas... Aprovechar la cercanía de la naturaleza para resolver los misterios del entorno con la ayuda de las ciencias... Invitar a mis amistades literarias de Madrid para que unos mocosos perdidos en este rincón del mapa puedan hablar con ellos y aprender directamente de su boca... Se me ocurren tantas cosas. Vibra dentro de mí una energía que necesita salir y proyectarse en un futuro más luminoso, más justo, más humano.

Hoy he visto en la dehesa unas mariposas azules que no había visto nunca. Y menos en una época tan avanzada del año. Juan Ramón habría hecho un hermoso poema con la levedad de esas diminutas cometas vivas revoloteando sobre la tierra sedienta.

Genaro ha venido a casa. Insiste e insiste en que lo acompañe a Burguillos, sin compromiso, sólo para tener otro elemento de juicio in situ. Finalmente, medio a regañadientes, le he dicho que sí.

La entrevista con el alcalde ha resultado apoteósica. Cuánto entusiasmo dormido ha hecho aflorar el cambio político. Él mismo en persona nos ha acompañado a visitar los barrios donde viven críos desharrapados, que no han visto un libro en su vida, salvo el misario. Sus caras, como las caras de un animalillo indefenso... No se merecen cristiana caridad, sino justicia, el acceso a un conocimiento que es patrimonio universal y no de unos pocos. Nos ha enseñado el salón municipal donde se supone que se instalaría la escuela laica. El dicho alcalde, un viejo corchero sin instrucción académica, pero dotado de un saber innato, fruto de una curiosidad universal, y un experto conocedor de las gentes de la zona, no paraba de pedirme con los ojos mi implicación en el proyecto. No sé qué le habrá contado Genaro de mí. Yo tenía temblando el sí en los labios, tenía que sujetarme para no lanzarme de cabeza a ello, pero le he pedido un tiempo para meditarlo. Con un dejo de melancolía, me ha advertido de que el sueldo de maestro, aunque ha mejorado algo gracias al nuevo gobierno, sigue siendo una miseria. Le respondo que esa es una cuestión secundaria, sin peso en mi toma de decisión. Nos hemos despedido con un fuerte apretón de manos, reconociéndonos en nuestro amor a la cultura y al conocimiento, y por supuesto a las personas.

Días de gran concentración. En mi cuarto con ventana a la plaza, alentado por el olor del jazminero que hasta aquí trepa, relleno cuadernos y cuadernos con ideas pedagógicas y organizativas. Noches hay en que la emoción me impide conciliar el sueño hasta altas horas de la madrugada.

Tarea inmediata. Vencer la resistencia de mamá a que me convierta en un maestrillo de escuela en ese pueblucho, vaya destino más pobre. Papá dice que haga lo que yo considere mejor.

Sin necesidad de ir a ellos, los Salesianos han venido a mí. No sé cómo, se han enterado de mi proyecto. Bueno, esto es un pueblo, todo se sabe. Ahora me ofrecen un puesto en ese colegio donde aprendí de carrerilla las tablas de multiplicar, la lista de los reyes godos y las declinaciones, a golpe de palmeta, bajo el terror a manchar con mi conducta el dulce nombre de Jesús. Quería responderles, pero cualquier respuesta habría sido indecorosa y he optado por las virtudes del silencio.

Nueva visita a Burguillos, hoy sin Genaro. El alcalde no cabe en sí de gozo ante el proyecto que le he presentado. Dice que lo enviará inmediatamente al ministerio. Me pregunta si pienso ocupar la plaza inmediatamente. Antes debo ir al pueblo a por mis libros y mis prendas personales. Necesitaré alquilar alguna mula o un carro pequeño para traerlo todo hasta aquí.

Mamá ha llorado cuando he partido con todos mis enseres, no sé si de pena o de felicidad, me gustaría creer que lo segundo. Papá me ha mirado con orgullo, en silencio, me ha ayudado a subir las cosas a la carreta.

Qué gratificante el trabajo físico cuando un ideal lo alienta. He tenido que dar de escoba y bayeta para empezar a organizar este viejo salón municipal que pretende ser en breve la primera escuela laica de la comarca. Me lo repito una vez y otra, escuela laica, escuela laica, y el pecho me quiere estallar de gozo. Mientras encalo las paredes, pienso que ese blanco puro, casi hiriente, debe ser el horizonte adonde encaminar las mentes candorosas de estos niños, ya que el candor se vuelve duro como la piedra si no se abre a la razón y a la filantropía.

Las primeras lluvias nos han sorprendido durante el traslado de las mesas y sillas del antiguo casino ultramarino, hoy en fantasmal abandono, para usarlas como pupitres. Tengo que aprender a marchas forzadas oficios que me son desconocidos. Lijar, encolar y encerar todo este mobiliario es una labor tediosa, pero el olor de la cera resulta tan evocador que las penalidades del esfuerzo físico se aligeran con la volátil fantasía de los proyectos.

Albricias. El presupuesto ha sido aprobado en su integridad. Podremos encargar una pizarra y mapas y lápices y cuadernos.

Ayudado por un representante del ayuntamiento, estamos visitando a las familias con hijos en edad escolar, para convencerlas de la necesidad de que éstos adquieran una instrucción para la vida, que no se vean condenados a las pocas perspectivas de su existencia actual. Hay quienes nos miran con recelo, sospechando alguna estafa en nuestra oferta, o algo peor. El atavismo arraigado en estas gentes las ha vuelto desconfiadas. Va a resultar difícil vencer su resistencia. Cada casa que visito es un nuevo argumento a favor de la necesidad de una alfabetización del pueblo. Pero la mayoría nos dicen: no sé, ya veremos... Ya veremos.

Mi entusiasta ayudante me dice que lo importante es convencer a tres o cuatro familias y las demás irán detrás, por no ser menos. Elegimos a aquellas que nos parecen más proclives a dar su consentimiento y las visitamos de nuevo. Les he garantizado a los niños desayuno y merienda a cargo de la escuela. Vicente, mi ayudante, se ha sorprendido con la iniciativa. En un aparte, le he dicho que, si hacía falta, esos vasos de leche y las galletas correrían de mi cuenta. Me dice que hablará con el alcalde, a ver qué se puede hacer.

No he podido dormir en toda la noche. Hoy daban comienzo las clases en la nueva escuela. Cinco minutos antes, no había venido nadie. Ni había trazas de que fueran a venir. Me he sentado en el poyete a ver pasar las nubes. Al rato, se me ha presentado una niña de unos siete años, preguntándome si era aquí donde daban el desayuno. Mi primera alumna. Mientras se tomaba el vaso de leche, han acudido cuatro más, tres niños y una niña, no mayores que la primera. Hemos dedicado este primer día a que se familiaricen entre ellos y con el espacio. Hemos cantado juntos canciones de toda la vida, les he preguntado qué juegos conocen y les hemos dado un nuevo sentido, más didáctico.

Cada día se incorpora algún crío nuevo, sin interferir con la novedad los hábitos del grupo. Al fin y al cabo, ya se conocen de antemano. Ni uno solo sabe leer, cuando menos escribir. He advertido en ellos cierta resistencia a utilizar el lápiz, un utensilio que les resulta extraño, fabulosa herramienta en la oreja del tendero o del carpintero. Aprovechando que todavía hace buen tiempo, me los he llevado hasta el lecho casi seco del río. Cada uno ha cogido un palo. Con un palo, se sienten más familiarizados. La o es la cara de un hombre calvo. Todos a dibujar calvos con el palo en la tierra, les han puesto ojos y boca; algunos, hasta bigote. La a es de mujer, porque tiene una coleta. Los niños entonces se han negado a escribir esa letra, porque era de mujeres. Les he contado el cuento de Aquiles, que era un guerrero y tenía coleta. Me miraban con escepticismo. Luego les he dicho que Jesús también tenía el pelo largo, lo han visto en la iglesia, ¿no? Todos como locos, trazando con el palo en el suelo círculos con coleta.

Hoy tenía pensado subirlos a los restos del castillo para hablarles de la historia de su pueblo, pero ha amanecido lluvioso. En su lugar, ha venido a visitarnos una muchacha encantadora, la hija de Adolfo el Truenos, el carpintero local. Me dice que es la encargada de la biblioteca que el alcalde quiere abrir en el antiguo Hospital de Franciscanos. Viene a ofrecernos su colaboración. Todos los críos la conocían, claro, y la asaeteaban a preguntas, a peticiones de juego. Ella les respondía con el cariño y la autoridad de una hermana mayor. Ha terminado pasando la mañana con nosotros. Hemos aprendido los números con canciones y con acertijos.

Hemos desplegado por primera vez el mapa de España. Nunca habían visto uno. He tenido que explicarles qué era lo que allí veían, los montes, los valles, su pueblo, los ríos... Rosita me ha preguntado cómo no se derramaba el agua de los ríos, puestos así en la pared. Ramoncete se extraña de que los montes y los valles sean igual de planos. Se me ha ocurrido que tengo que hacer en el suelo del patio trasero un mapa de España en relieve, con la cuenca de los ríos en hueco para poder llenarlos de agua auténtica. No sé qué materiales serán los más apropiados para ello, tendré que pedir consejo a algún albañil del pueblo.

Rosita ha acusado a Perico de haberse comido sus galletas. Quería pegarle. Les he explicado lo que significa la justicia frente a la venganza y en qué consiste un juicio. Ellos mismos han nombrado un acusador, un defensor y un juez. A pesar del barullo, el juicio ha resultado ejemplar, tan ejemplar que, al tanto de las razones por las que Perico ha cometido el hurto, la propia Rosita lo ha perdonado y se ha hecho su amiga.

A medida que pasan las semanas, esos ojos que antes se asomaban al mundo desde una barrera de desconfianza y egoísmo, hoy miran con una seguridad y con un compañerismo que bien valen todos mis desvelos.

La joven bibliotecaria nos ha visitado hoy para regalarnos una tosca figura humana desmontable en piezas de madera. Nos la ha tallado ex profeso su padre, el Truenos. Lo hemos bautizado don Ramón, después de una votación de lo más acalorada. Hemos aprendido el cuerpo humano con juegos en los que don Ramón era el protagonista. Cuando los críos se han marchado, entusiasmados con todas las cosas que tenemos en el cuerpo, ella se ha quedado un rato conmigo, charlando y ayudándome a ordenar y asear el aula. Por prudencia, he abierto de par en par las ventanas, más que por airear el espacio, para no comprometer a esta joven, sola con un hombre. Su risa tiene el color de los amarillos jaramagos. Sus palabras, la profundidad de océanos inexplorados.

Hoy han venido al pueblo los hombres del cinematógrafo. Están tomando imágenes de la comarca. El alcalde los ha invitado a charlar con nuestros alumnos, quienes primero estaban recelosos con esas máquinas, pero luego se han soltado y han encandilado a los técnicos con sus preguntas imprevisibles y su espontaneidad tan libre.

Genaro ha venido a visitarme. Pasaba cerca en viaje de trabajo y se ha desviado un poco para cultivar los gozos de la amistad. Ha presenciado lo que son nuestras clases y ha salido emocionado. Trae noticias de otras muchas iniciativas en la comarca, puestas en marcha por hombres y por mujeres que no se arredran ante las dificultades de remover los sedimentos del inmovilismo. Es mucho el entusiasmo que se respira. Muchos también los obstáculos que las fuerzas del antiguo orden intentan imponer con todos los medios. Le he presentado a nuestra bibliotecaria. Charlando con ellos dos, me sentía en un Elíseo que no sé si merecemos, pero del que cada día intento hacerme merecedor.

Esta mañana me han dado plantón. Eran más de las diez y todavía no había venido ninguno. A media mañana, me he acercado a nuestra pequeño biblioteca para ver si mi amiga conoce la razón de un abandono tan absoluto. Me ha explicado que acaba de comenzar la recolección de la aceituna y, en esa tarea, participa tradicionalmente la familia al completo, incluidos los niños. Incluso tienen establecidos turnos para recolectar entre varias familias primero un olivar y luego otro y así sucesivamente. Son los padres de mis alumnos, ellos no pueden costearse jornaleros como los terratenientes. Así que hemos vuelto los dos a la escuela y, después de coger el material necesario, los hemos localizado en el campo y allí mismo, mientras ayudaban a los mayores a coger del suelo el sagrado fruto de Atenea, hemos improvisado una clase de matemáticas y economía práctica que ha transformado la rudeza del trabajo en un lúdico aprendizaje. Algunos de los más viejos nos miraban con desconfianza, pero no sólo no interferían mis lecciones en el rendimiento de sus vástagos, sino que incluso trabajaban con más ahínco, espoleados por el juego de aprender. Sus padres no tenían nada que objetar. Así tendremos que seguir al menos un par de semanas. Aprovecharé para explicar naturaleza.

Esta mañana han amanecido rotos a pedradas los cristales de las ventanas de la escuela. Para que no entrara el frío, he tenido que cubrirlas con papel de estraza clavado con alfileres, aunque apenas dejaba pasar la luz. Nuestra querida bibliotecaria ha conseguido de sus vecinas varias viejas sábanas con remiendos, más translúcidas que el papel de envolver los huevos y el bacalao.

Los atardeceres nos sorprenden a ella y a mí paseando, charlando por los alrededores. Su inteligencia y su sensibilidad son lucero indicador en estos cielos malvas del despertar de la primavera. Corren por el pueblo habladurías. Es un pueblo, ¿acaso esperaba otra cosa?

Después de mucho hablarlo y mucho meditarlo, me he decidido. He visitado al Truenos para pedirle la mano de su hija Eulalia. Yo estaba mucho más nervioso que el primer día de escuela, mucho más nervioso que en mi examen final ante el tribunal. Pero ese hombre hosco y hercúleo me ha respondido con un apretón de manos y ha sellado el compromiso con una copita de aguardiente.



*   *   *

     Los últimos párrafos han sido leídos por Adolfo con ojos empañados. Esas palabras venidas de la noche de los tiempos iluminan de pronto las sombras de su propia infancia.
     Con un escalofrío desgarrador, intuye ahora por qué a la abuela Eulalia la apodaban en el pueblo la Pelona.
     De pronto adquiere otro significado la perpetua ausencia de menciones al abuelo y la respuesta que invariablemente le daban al pequeño Adolfito cuando preguntaba por él: "Al abuelo se lo han llevado de paseo".
     Al fin tiene pleno sentido, un sentido aterrador, aquella copa vacía sobre la mesa, siempre presente en las cenas navideñas de su infancia. Si a alguien, ignorante de un pasado amortajado en el silencio, se le ocurría retirarla del ágape familiar, la abuela le ordenaba con la autoridad del corazón que la restituyera a su sitio.
     —Pero ¿para quién es esa copa, abuela Eulalia? Si ya tenemos cada uno la nuestra.
     —Para los que se han ido.

jueves, 19 de abril de 2018

PRESENTACIÓN EN ASTORGA ¿Puedo hacer algo por usted? (Galería fotográfica)



¿PUEDO HACER ALGO POR USTED?

de Jesús Taboada


Obra ganadora de la IV edición del Premio Oscar Wilde de Novela Breve




PRESENTACIÓN EN ASTORGA

13 ABRIL 2018


     El viernes 13 de abril, víspera del 87º aniversario de la proclamación de la IIª República española, presentábamos en la ciudad de Astorga mi novela ¿Puedo hacer algo por usted?

     El cielo plomizo, anubarrado, preñado de agua, confabulaba con la piedra vieja, testigo de un pasado que se hace historia presente, para hacer música del paisaje y cordial confidencia de la acogida de sus habitantes.

     Nada quizás más alejado del universo urbano en que se desarrolla la novela. Y, sin embargo, recibí una de las más gratificantes lecturas de mi propia obra en sus exposiciones y comentarios.

     Para el acto, fuimos calurosamente acogidos por la Biblioteca Municipal, representada por Esperanza Marcos, excelente y afectuosa bibliotecaria que a lo largo de los años ha convertido un "mero almacén de libros" en un espacio vivo.

     Sería yo de una ingratitud despreciable si no pusiera el corazón en los labios para agradecer a Jesús Palmero una presentación del libro en la que me brindó una lectura de la novela tan personal y tan sincera como enriquecedora; así como a Victoria Yance, gran amiga y auténtica organizadora de un acto de presentación con personalidad propia y sin imprevistos que le restaran fluidez.

     Vaya por delante mi reconocimiento al Ayuntamiento de Astorga, representado allí por Laura Galindo, concejala de Servicios Sociales, quien inauguró el acto con una presentación tan espontánea como afable de mi propia persona.

     Y, por supuesto, agradezco profundamente a las personas que asistieron y participaron sin reservas en el diálogo a partir de ¿Puedo hacer algo por usted?
     Una rosa de gratitud y afecto por todas ellas, una rosa que no es efímera, sino que hace jardín donde volver a encontrarnos a través del tiempo y las distancias.



GALERÍA FOTOGRÁFICA


Con Esperanza Marcos, Jesús Palmero y Victoria Yance.



Momentos previos.


Comienza la presentación, con unas palabras de Laura Galindo








La asistencia, que va llegando.








Primeras palabras de la mesa.


Primeras reacciones.


Comienza su intervención Jesús Palmero























Los asistentes participan con sus puntos de vista.






Arranca mi intervención












Firmando ejemplares.
















     Al día siguiente, 14 de abril, no podíamos desaprovechar la ocasión de asistir al emotivo acto junto a la tapia del cementerio en homenaje a los fusilados y los paseados por el golpe de estado contra la IIª República española.




martes, 27 de marzo de 2018

YO TAMBIÉN, sin almohadilla


   Nací en un tipo de familia bastante frecuente en las zonas agrarias de la cuenca mediterránea, en un tipo de familia de larga tradición en la otrora abundante y fértil vega granadina.
      Nací en un matriarcado, un matriarcado de facto, una estructura social en la que los hombres hacían la Historia con mayúscula, la Historia bélica, la Historia discriminatoria, la Historia de la opresión; una estructura social en la que los hombres ejercían el poder del capital, no el de la economía doméstica; en la que los hombres se subían al tractor para dirigir desde esa altura a la peonada o a sus vástagos; en la que los hombres se hacían cabeza de familia no más que como reconocimiento público de su estatus social preeminente; en la que los hombres se casaban para agenciarse una criada, una cocinera, una sastra, una matrona, una cuidadora, una lavandera, una enfermera, a jornada completa, sin contraprestaciones, por sus huevos; en la que los hombres no practicaban el sexo, mucho menos hacían el amor, hacían hijos, para plantar su bandera de dominio en territorio conquistado y para que los retoños, una vez criados por sus madres lo suficiente, les sirvieran de mano de obra gratis, les hiciesen el trabajo cuyos réditos acaparaban luego para irse de parranda días y días, a beberse el fruto del trabajo ajeno o llorarle a la puta de turno y sólo volver a casa cuando ya la razón desaparecía de sus conciencias y entonces desahogar su frustración contra "esa bribona que había invadido su casa y sólo quería su dinero para hartar a los gandules de sus hijos", y la emprendían contra ella a voces, a patadas, a palos, cuando no a disparos u otros crímenes amparados bajo el palio de silencio y resignación de la sacrosanta institución familiar, "os trapos sucios se lavan en casa"; unos hombres ungidos con la aureola del patriarca, pero sin cayado efectivo de pastor, que huían de sus hogares a achicharrar con el aguardiente la garganta para no sentir el vacío de una existencia reducida al papel de meros sostenedores de una estructura en la que las mujeres, subalternas, sin entidad, hacían la historia con minúscula, la historia doméstica, la historia de la difícil supervivencia, de la nutrición del cuerpo y la nutrición del ¿alma?, ¿el espíritu?, ¿la razón?, ¿la sensibilidad?, comoquiera que lo llamemos; una estructura en la que las mujeres transmitían, con la leche de sus pechos y con su coraje para salir adelante, la ideología fundadora de esa misma situación hegemónica de la que ellas mismas eran su primera víctima. Ellos ejercían de gallo del corral, ostentaban la macarrónica cresta del postureo. Ellos eran los que imponían a la mañana su estridente quiquiriquí. Pero son las gallinas quienes hacen gallinero.

     Mi madre fue la única niña de cinco hermanos. Apenas tenía dos años cuando el golpe militar sumió al país en una guerra descarnada y una larguísima y cruel posguerra de represión y barbarie. Mi madre fue amamantada en el miedo, en el asco a sí misma, a su propio cuerpo; fue amamantada en la violencia por un padre que volvía de sus borracheras pegando tiros contra los suyos y otros abusos que el silencio materno se llevó a la tumba. A una cría de pocos años se le impuso el corsé de una moral asfixiante, se le dio a beber el ricino de la renuncia y la abnegación, se la ató a las limitaciones, de cuerda tan corta, propias de toda mujer de la época que se preciase. En las pocas fotografías de ella joven, sus ojos son tristes, asustadizos, interrogantes, pero su sonrisa es ventana abierta a las intimidades del corazón y a horizontes más límpidos.
     Su madre y ella trabaron una comunidad de afectos y de resistencia sólo comparable al inquebrantable vínculo entre Deméter y Perséfone, ese ancestral mito agrario de fundación. Ellas dos fueron energía y centro cohesionador de sus hermanos célibes primero y de esas cinco familias luego, que fueron la gran familia.

     Conservo una fotografía de mi madre todavía adolescente, casi una niña. Está sobre una bicicleta, encaramada en ella igual que un gorrión en la rama de la vida. La bicicleta no era suya, era de alguno de sus hermanos. Las mujeres entonces no tenían bicicletas, atendían la casa y bordaban su ajuar en un retiro sin voz ni alternativa. Ella cogía la bicicleta sólo cuando los hombres andaban en la vega o de juerga, y entonces daba rienda suelta al vértigo de la libertad. Soñaba con el día en que al fin rompería la crisálida y podría dejar volar la mariposa que llevaba dentro.




     La única salida decente que el entorno le ofrecía para escapar de las cadenas era encadenarse a un hombre que sería dueño de sus días. Se casó con mi padre. Tuvo suerte. Era un hombre bueno, bueno porque no pegaba, no vociferaba, no volvía borracho. Tampoco contaba mucho con ella, hacía su vida de hombre y, de vez en cuando, ejercía de padre de familia un rato, luego se iba a sus "obligaciones"... 




     Pero mi madre no estuvo sola, siguió indisolublemente unida a su madre, incluso cuando hubo que vender la huerta y mudarnos a un piso, cambiar los escasos beneficios de una agricultura desfasada por las incertidumbres del autónomo.
     Bajo la nueva apariencia urbana, el matriarcado continuó su labor continuista, dispersos los cinco hermanos en pisos unifamiliares pero en contacto permanente con el centro neurálgico instalado en mi casa, en la unidad de aquellas dos mujeres que supieron ir dando respuesta adecuada a los desafíos de la vida, mi madre y mi abuela.




     Y ahí nacimos mis hermanas y yo, en un mundo agrario a punto de transformarse en urbano, en un mundo en el que los hombres rondaban a veces pero nunca se implicaban, en un mundo de mujeres, la mujer que te amamanta, la mujer que te mece en su regazo, la mujer que mientras cose te cuenta historias, la mujer que encala los muros, la que corta las patatas para la siembra, la que deshoja los tallos de tabaco, la que recoge en otoño las nueces del nogal que los hombres varean sin torcer los riñones, la que despieza, embute y guisa el cerdo al que el hombre, en su heroica demostración de fuerza, ha dado el tajo de la muerte, y punto, la que tiende la blancura de las sábanas recién lavadas sobre los arbustos al sol, la que cocina sin estorbarle tú, abrazado a su pierna, la que hierve la leche recién ordeñada y te prepara en un tazoncito esa primera nata con azúcar, delicia de ángel, la que te pasea bajo los árboles de la vereda, a todo lo largo de la acequia, la que te enseña a rezar y "con sus cortas luces" se detiene a responder tus preguntas más hondas, manos de mujeres, manos curtidas, suaves, brío de mujeres sometidas a una estructura patriarcal pero con un vitalismo de resistencia y supervivencia que derrochaba amor a manos llenas.
     Ellas no cuestionaban la razón de su cárcel, era peligroso entonces cuestionar nada. Pero, como el que no quiere la cosa, poco a poco, iban arañando las paredes de aquella estrechez que las sometía y sometía sus conciencias.





     Cuando llegué a la edad en que todo niño debe ir decantándose por el personaje que de él se espera, obtuso estereotipo de una virilidad dominante, mi propia naturaleza repudiaba la estrechez de aquel uniforme. Y no me refiero a mi naturaleza sexual, que también. Desde muy pequeño, me repelía la violencia y la competitividad en las relaciones con otros niños, en las relaciones con aquellos profesores con sotana que predicaban la intolerancia y la insolidaridad con el ejemplo, en los juegos que curtían al infante para la competición por el cetro de la manada, en la solución a los conflictos mediante voces y puñetazos en lugar de argumentos. Aborrecí la entronización escolar de las competiciones futbolísticas, pareja al menosprecio dogmático del cultivo de la poesía, el teatro, la creatividad que hace del otro un interlocutor, no un contrincante. Cuando me empezaba a cambiar la voz, sufrí la obligación de tener que acompañar a mi padre al fútbol, a los toros, a "tertulias de hombres" que no eran sino pugilatos sobreactuados de autoafirmación y hombría.
     Me gustaba cuando, de adolescente, mi padre me llevaba a la recogida de la patata. Me gustaba porque no me dejaba junto a él, capataz rector de la cuadrilla sin doblar ni un tanto así el espinazo, me metía en la peonada "para que aprendiera a hacerme un hombre". Me gustaba porque, mano con mano con aquellos jornaleros, sudando su mismo sudor, era testigo de sus conversaciones, sus palabras me abrían otros mundos, otras perspectivas, machotes de pura cepa también pero sometidos. Descubría una extraña comunidad en su sometimiento y el mío. Me gustaba sobre todo porque, adolescente urbano ya, siempre amé el contacto con la tierra y con sus frutos.

     Pero lo que más me gustaba era estar con mis hermanas y construir nuestros propios mundos imaginarios, disfrazarnos, fabular, fotografiarlas, organizar breves representaciones para las fiestas familiares.




     Siempre me apasionó leer, además del cine, el teatro, recitar, escribir y grabar en el casette con mis pocos amigos "espacios radiofónicos", ocupaciones más propias de mujeres que de hombres "como Dios manda".
     El regalo que más me ha emocionado desde que tengo memoria ha sido siempre un libro.
     Mi madre miraba con orgullo mi afición a la lectura, a una cultura, en general, que a ella le había sido negada y en la que intuía una vía de escape a su realidad tan opresiva. Se enorgullecía, pero en silencio. En su papel de madre, se hacía cómplice de los hombres y me empujaba a aquellas otras "actividades propias de mi sexo".
     Desde muy pronto, también me fascinó la cocina. Ahí donde vislumbraba alguna oportunidad creativa, me sentía inmediatamente atraído. Pero los hombres no cocinaban, eso era cosa de mujeres.
     Ella no había conocido otro mundo que el de la represión y el miedo, le asustaba el vacío existente y proscrito que habitaba fuera del "mundo tal como es".
    Cuando murió mi abuela paterna, fue ella quien me reprendió por llorar durante el funeral porque "estaba haciendo el ridículo", los hombres no lloran en público.
    Cuando fui expulsado de la asociación escolar porque estaba gordo y entorpecía las empinadas marchas de los demás y porque, para colmo, mi espacio de relación con el grupo no eran los ejercicios físicos sino los fuegos de campamento, mi madre hizo todo lo posible para que los  curas revocaran aquella decisión tan poco pedagógica, que me excluía y me condenaba al aislamiento, pero ese apoyo suyo lo supe muchísimos años después, entonces respondió a mi amargura y desconcierto con un silencio impenetrable. Los hombres debían hacerse hombres en la dureza sin sentimientos.

     Y, sin embargo, a pesar del terror a lo desconocido, mamá fue aprendiendo rebelión en los detalles, con la paciencia telúrica que habita en las mujeres. De joven, vio varias veces una película en la que Doris Dey aparecía con un pijama pantalón a lunares, no por su calidad cinematográfica sino para copiar el patrón y confeccionarse un pijama igual, aunque las mujeres decentes entonces vestían camisón para meterse en la cama. Usó también pantalones para ir a trabajar a las cinco de la mañana, gélidas cinco de la mañana en las naves de Mercagranada, aunque mi padre la mirara con malos ojos por no llevar falda. Fumó como las mujeres de las películas, contra la reprobación de mi padre.
     Le costaba romper las cadenas del pensamiento que le habían inculcado desde su primera infancia. Y, sin embargo, tenía muy claro que no eran esas limitaciones "propias de su sexo" lo que quería para sus hijas. Contra el desinterés de mi padre por que las niñas estudiasen, al fin y al cabo la única obligación de una mujer era prepararse para el matrimonio, fue mi madre quien se obstinó contra viento y marea en que mis hermanas estudiasen en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades que yo, vástago destinado a un papel hegemónico.
    Eso no obstaba para que, en el día a día, mamá basara la autonomía deseada para sus hijas en la formación académica pero impusiera en el presente una distribución de roles sin la cual todo su mundo ideológico de oscurantismo y sumisión caería hecho pedazos, arrastrándola a ella en la debacle. En casa, teníamos rígidamente establecidos los roles propios de una mujer y los de un hombre. Mis hermanas limpiaban los cuartos de baño y ponían la mesa. Mi tarea era recoger en el mercado la compra de los sábados y acompañar a mi padre en sus ocios masculinos.

     Y muy pronto empecé a decir no, a vivir la angustia de no saber qué era eso a lo que mi ser tendía pero con una conciencia clara de todo aquello a lo que se oponía: ese "mundo de hombres" al que tato los hombres como las mujeres, tanto educadores como feligresas, se esforzaban en amoldarme.
     Dije no a mi padre cuando me ordenó que dejara de comer y me levantara a traerle un vaso de agua para el bicarbonato, aunque él hacía un buen rato que había terminado su plato. El "cabeza de familia" debía ser servido y, en su concepto piramidal, me confería el honor de hacerlo en calidad de primogénito.
     Dije no cuando, gracias a unos fascículos, descubrí el magistral vitalismo de los antiguos mitos griegos y mi madre, asustada con esas historias tan humanas, tan carnales, tan poco divinas, me recomendó tirar aquellas revistas e ir a la iglesia a confesarme.
     Dije no cuando las mujeres de la familia pusieron el grito en el cielo por escoger letras en lugar de ciencias, "cerrándome así tantas puertas a mi futuro de hombre" (las letras eran más bien cosa de mujeres, sin oficio ni beneficio).
     Dije no a su aterradora visión de la realidad, que sometía las fuentes de la vida a una hipotética compensación de ultratumba, y dejé de asistir a los oficios religiosos. Mi madre tuvo miedo de mi decisión, pero no se opuso; mi adolescencia masculina ya no era tan accesible a su autoridad, y mi padre estaba demasiado entretenido con sus cosas.
     Dije no cuando se celebraron las primeras elecciones constituyentes porque, desde mi ignorancia política como hijo de la dictadura, no veía con claridad los pactos secretos de una transición forjada por los protagonistas de la tiranía. Mi madre me reprobó tímidamente mi falta de participación, con miedo, aquel viejo miedo a desobedecer las imposiciones de un poder que ayer castigaba la misma participación que hoy promovía, con miedo a que me "significase", a que no obrara como todo el mundo, genuina representante de la generación del miedo.
     Dije no a ocupar en las gradas de aquel espacio cerrado el palco de la masculinidad. Construí mi persona en el no.

     Y un día dije sí.
      Un sí que iluminó hasta los más oscuros rincones de ese ser negado. La felicidad, una felicidad inaudita, germinal, totalitaria, la felicidad de amar a otro hombre me aupó en sus alas hasta una identidad libre e incauta. La felicidad de reconocerme en el amor a otro hombre destrozó los grilletes de la cordura. Y cuando mi madre, a través de la ventana abierta al ojo de patio, nos vio nos vio abrazados, con su gesto y con sus palabras no me reprochó aquel abrazo sino realizarlo a la vista "de todo el mundo", con la ventana de par en par.Yo entonces no estaba en condiciones de comprender su miedo, aborrecí la hipocresía.
     Aquel reproche materno destruyó el candor de la felicidad y derribó los puentes de comunicación entre ella y yo, durante mucho tiempo. Para recuperar las bases del diálogo, fue necesario el distanciamiento, para no herirnos mutuamente en la respectiva consecución de nuestra propia entidad personal. Un distanciamiento primero afectivo, que luego se hizo material, cuando el trabajo como profesor me llevó a un destino fuera de Granada. Fue necesario que cada uno desarrollase por separado los caminos de su propia realización.

     Un viaje de ida y vuelta. Revestido de la aureola de la cátedra, ya no un paria por rechazar los privilegios y las preeminencias de la masculinidad, el afecto fue derribando miedos y abriendo compuertas al entendimiento. Ver que, siendo yo mismo, era aceptado y querido por la gente de mi nuevo entorno restableció las condiciones de la comunicación, fue trabajando los senderos del reencuentro. Incluso las alabanzas de mis compañeros a mi pericia culinaria allanó la posibilidad de que yo cocinase en casa, primero como algo extraordinario, paulatinamente asumiendo con naturalidad esa tarea cuando volvía a Granada. Mamá, no obstante, con candor emocionado, repetía "qué vergüenza que, habiendo tres mujeres en casa, seas tú el que guise".
     En ese viaje de ida y vuelta, las tres mujeres y yo pronto hicimos piña en los complejos procesos de afrontar un mundo procelosamente patriarcal, tres mujeres y un hombre que abiertamente amaba a los hombres trabamos una hermandad de confidencias, apoyos e intimidad que nos hacía fuertes para ir rompiendo las barreras, tanto interiores como exteriores, que nos imponía una concepción del mundo basada en la preeminencia del macho.
     La primera vez que conviví con una pareja, siempre de mi propio sexo, fue mi madre quien, antes que nadie, tuvo el número de teléfono de mi nuevo hogar compartido. Vino a conocer la casa y al hombre que conmigo la habitaba, lo trató con el respeto y el tacto con que trataba a sus restantes yernos.
     Y así, con toda naturalidad, fuimos convirtiéndonos en mutuos confidentes de nuestras propias complicaciones conyugales.
     Uno de otras, otras de uno, mi madre, mis hermanas y yo fuimos aprendiendo a ser personas en un mundo que divide a las personas por el sexo. Hasta su último aliento de vida, mi madre nos repetía con un leve matiz de amargura y de agradecimiento: "Qué pena no haber nacido yo treinta años después".




     En mi adolescencia, fantaseaba con una madre como la retratada por Gorki en su novela homónima; en la madurez, comprendí con alegría que, sin saberlo, la había tenido.
     Cuando ella nos faltó, mis dos hermanas han seguido siendo los pilares fundamentales en la creación de esa persona que ama a otras personas, independientemente del sexo y de las identidades que el mundo "tal como es" impone a cada uno según su sexo.







     Esta extensa confidencia personal me ha parecido imprescindible para, a partir de este testimonio, confirmar mi apoyo incondicional a la impresionante e imprescindible movilización femenina que culminó en la ejemplar huelga y manifestaciones del pasado 8 de Marzo; y al mismo tiempo exponer mis reticencias a su planteamiento, que no a su realización.
     Si he pospuesto su publicación a un tiempo en que la rotundidad de las controversias con los rancios garantes del "mundo tal como es" se sosegasen un poco, no sólo ha sido huyendo del oportunismo, sino fundamentalmente para no empañar con dichas reticencias mi adhesión a esa marea humana que exige una igualdad y una libertad sin la que yo tampoco podría gozar de igualdad y libertad en ese mundo "de ellos".
     Dicho lo cual, continúo con las confidencias.

     Mi primer contacto con el feminismo militante se produjo en mi primer lugar de trabajo. El profesor de filosofía invitó a dar una conferencia en el instituto a una de las figuras señeras del feminismo de los ochenta. Dos aspectos de aquella experiencia me resultaron muy chocantes.
     Durante la charla, aquella mujer, cuyo nombre prefiero mantener en el anonimato, se dirigió a aquellos adolescentes atraídos por el prestigio de la conferencia acusándolos personalmente del machismo universal, desconcertando aún más el desconcierto de muchos muchachos que, con nobleza de carácter, buscaban diálogo para trascender los límites de un pueblo costero y recibieron la bofetada del anatema, algunos de los cuales vivían entonces la misma experiencia de disfunción personal por su condición sexual.
     Tras la conferencia, tomamos un vino con algo de picar en casa del profesor anfitrión. La conversación fue distendida e instructiva. Allí pudimos plantear en privado el diálogo que en la conferencia había vetado tan agresivamente ella misma. Pero lo que más me confundió fue comprobar que su feminismo no se inscribía en la práctica en una concepción social más comprometida, comportándose en su vida privada con un clasismo desconcertante. En todo momento, el trato con su secretaria personal fue despótico, inhumano. A pesar de llevar a cuestas los muchos kilómetros que ella misma, a pesar de haber trabajado sin descanso en la organización del acto y en la anotación de la conferencia, a pesar de ser ya noche bien avanzada, se opuso a que aquella mujer participase en nuestra colación convival, porque ella no era una amiga, sino una asistenta, y antes de acostarse debía redactar el artículo correspondiente a las notas tomadas y prepararlo para su difusión a la prensa.

     Pocos años después, me trasladé a Madrid. Ahí, como siempre, trabé primero amistad con algunas de mis compañeras antes que con los compañeros. Siempre me ha resultado más fácil la complicidad con el ámbito "de las mujeres", más que con la poquedad masculina. Llegó el primer 8 de Marzo en la capital del reino y las acompañé a una fiesta de celebración. Pero se me negó la entrada, como hombre. Aquella exclusión me condenaba a un doble exilio. Un exilio interior del mundo de los hombres por mi condición de hombre que ama a otros hombres. El exilio real de quienes hasta entonces había considerado mis aliadas y mis iguales en la superación del esquema patriarcal que a todas y a todos nos oprime.

     Y fueron fundamentalmente esos dos mismos aspectos los que me ensombrecieron de alguna forma el pasado 8 de Marzo. Su planteamiento excluyente, primando un concepto sexual que deja fuera muchas alianzas igualmente atrapadas en la rueda dentada del patriarcado. Derivado del cual, esa incoherente alianza por cuestión de sexo que iguala a la hija de un dictador con la hija del que yace anónimo en la cuneta, iguala a la flamante banquera con la mujer desahuciada, iguala a la opulenta dueña de un patrimonio depositado en paraísos fiscales y a la poderosa malversadora pública con todas las mujeres que cada día se levantan antes que el sol para conseguir rascar un día más a la penuria.
     No es cierto, como he leído, que el mundo de una pareja homosexual esté libre de los condicionantes de cualquier pareja heterosexual. En todas las parejas tanto de mujeres como de hombres que he ido conociendo, independientemente del género, he visto reproducida con absoluta precisión la distribución de roles de cualquier pareja heterosexual. Porque las ramificaciones de la propia estructura patriarcal son tan profundas, están tan arraigadas en todos nosotros que, de una manera o de otra, siempre terminan imponiendo en la convivencia estrategias basadas en la sumisión y el ejercicio del poder.

     Era mi intención desarrollar con más argumentos la necesidad de derrotar al patriarcado con una visión más radical, una visión que supere el enfrentamiento y construya puentes para caminar a la par por las largas alamedas de un mundo libre de desigualdades y del ejercicio coactivo de la autoridad, en cualquiera de sus manifestaciones. Pero, a tenor de las dimensiones de todo lo anterior, pienso que sería, por una parte, algo redundante y, por otra, excedería desorbitadamente las dimensiones de un mero artículo de opinión.

     Considero de vital importancia el grito de las mujeres que ha conmocionado los cimientos del patriarcado imperante. Pero, para que esa conmoción no quede en algo testimonial, trinchera de desgaste, pienso que, junto a la unanimidad en la denuncia de lo negativo, debemos empezar a tejer complicidades y articular una respuesta, construir un discurso en positivo que abra la puerta a una efectiva erradicación de un patriarcado que tiraniza por igual tanto a sus víctimas, sean del sexo que sean, como a sus cómplices necesarios.
     Necesito de nuevo un puente de reencuentro. Y creo que lo necesitamos ya.

     Yo también me he visto acosado en la construcción de mi persona y en el desarrollo de mi propia naturaleza, desde diversos frentes, masculinos y femeninos.
     Yo también he sido víctima de mi condición de hombre en un patriarcado clasista y hegemónico. Mi única manera de dejar de sentirme víctima es poniendo todo mi esfuerzo en derribar ese patriarcado que condena a la totalidad de las mujeres a un papel subalterno y estigmatiza a los hombres que reniegan de sus atributos como varones.
     Yo también hago mío ese desafío multitudinario que inundó las calles de toda España el 8 de Marzo. Yo también, pero sin almohadilla, sin populismos justicieros, sin consignas reduccionistas, sin olvidar la cresta donde se cuece la ideología que nos enfrenta y nos esclaviza, sin el cómodo salvavidas de los 140 caracteres.





     Con una mano tendida con la que hacer puño, y con una voz que ansía el diálogo.