"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

domingo, 28 de junio de 2015

APOLOGÍA (relato)





    En la madrugada del 28 de junio de 1969, la policía neoyorquina irrumpía en el pub Stonewall Inn, frecuentado por homosexuales, para llevar a cabo una de sus habituales redadas contra dicho colectivo. Pero esa redada marcó un antes y un después. Por primera vez, la comunidad homosexual se desembarazó de la cobardía y del miedo y respondió de inmediato con numerosas manifestaciones que acabaron en violentos enfrentamientos con la policía.
     Así comenzaba una larga lucha por la visibilización y la normalización de opciones sexuales diferentes a la dominante, con avances y retrocesos, un duro combate contra la intolerancia y el oscurantismo, un combate que no sólo atañe a un colectivo históricamente marginado y reprimido, cuando no perseguido e incluso condenado a la tortura y el exterminio, ya que la libertad de uno es la libertad de todos y la exclusión de uno sólo supone la exclusión de cualquier posibilidad de construir una sociedad libre, igual y fraternal.
     Aquella fecha quedó como efemérides mundial para la reclamación de una igualdad efectiva entre todos los seres humanos en virtud de su condición sexual. Recibió un nombre inglés, gay pride, cuya mala traducción desmerece el sentido reivindicativo de la jornada, imprimiéndole un carácter más festivo. La dignidad homosexual, ésa que todo individuo sin distinción merece, improvisó en castellano un orgullo gay más castizo y desenfadado.

Madrid. Orgullo Gay 2008

     Mucho ha llovido desde aquel 28 de junio de 1969. Las conquistas obtenidas suponen un claro avance, no exento de continuas contraofensivas reaccionarias, hacia una sociedad más libre y justa. Pero no hay que bajar la guardia, ni olvidar de dónde venimos ni abandonarnos a la complacencia y a la adulación de los mercados. El nivel de discriminación en muchos ámbitos laborales, culturales o geográficos sigue siendo todavía brutal.

Madrid. Orgullo Gay 2010

     Entre tanto, dicha efemérides reivindicativa ha ido tomando los modos de una celebración festiva, con sus adeptos y sus detractores. No es mi intención ahora entrar en dicho debate. Simplemente me hago a mí mismo una pregunta: ¿puede lo lúdico ser también revolucionario?, ¿ha de ser toda revolución necesariamente contraria a la alegría?

Madrid. Orgullo Gay 2012

     Hoy, 28 de junio de 2015, recupero aquí un antiguo relato, escrito en épocas en que el arco iris empezaba a desplegarse sobre los cielos de Madrid, pero todavía no acogía en su abrazo a la ciudadanía general, mucho era aún el miedo y la vergüenza, ni lucía los colores brillantes y satinados que en estos días revestirán las calles de muchas de nuestras ciudades.



APOLOGÍA
(relato)

     Yo también pasé las tardes de los sábados en el viejo cine Florida, viendo películas de Tarzán y de romanos. No soy nada original, ¿qué se le va a hacer? Ya de mayor, las pasaba en casa de mi hermana y su marido. Por hacerles compañía, más que otra cosa. Sobre todo a él, ya que Amelia trabajaba muchos sábados, y el pobre no sabe ni ponerse el plato en la mesa. Ella nos dejaba el cocido preparado y yo hacía las veces de su mujer. En lo tocante a las faenas domésticas, se entiende. Para lo otro, ya tenía a su Amelia que le calmara las calenturas.
     Para cuando yo había terminado de fregar los cacharros, el bueno de Sebas estaba ya hechico un tronco en el sofá, sobando a pierna suelta mientras la tele atronaba con cualquier competición deportiva, sin dejar de roncar ni de rascarse sus partes, en camiseta de tirantes, igualito igualito que Marlon Brando en el Tranvía llamado deseo.Yo miraba a Sebas más que la tele, como una clueca mira a su pollo. Y es que él se lo merece. Siempre me ha tratado con consideración.
     Cuando Amelia libraba, era distinto. A mí me eximía de obligaciones culinarias, aunque me imponía otras, nos las imponía a los dos: su santa voluntad. Ella siempre ha sido un poco sargentona. Pero si no le llevas mucho la contra, se la soporta. No es mala persona.

     Nunca tuvimos un trato muy íntimo. Ya de chica fue ella muy independiente, y un poco pendón. Le gustaban los hombres, como a mí, nos viene de familia. Pero, de los dos, aquí a un servidor le tocó conservar intacta esa ostra de ingratitud llamada virginidad. Ella no, ella se deshizo pronto de prenda tan inoportuna. Era mocita la niña y ya hacía estragos sábado sí y el siguiente también entre los aprendices de hombre de General Ricardos, mientras yo estragaba mi torpe afán embebido en los pechos de Tarzán y en el sudoroso muslamen de tanto romano.
     No es de extrañar que un día, andando el tiempo, quedara embarazada. Ella, yo no. Y mire usted por dónde, el supuesto padre de la criatura, paternidad que la niña no se cansó de poner en entredicho ante la falta de pruebas concluyentes, va y se empeña en hacerla su esposa. Así, de sopetón, su mujer. ¿Qué le vamos a hacer? Cogió el chaval esa perrera. Y ella, dime cuantos diretes que aquí una se debe a su público y no se casa. Su público era una triste comitiva de buscavidas de barrio olfateándole aquel rastro de perfumes baratos y hormonas furiosas, hipnotizados por el sugestivo bamboleo de unas ancas bien nutridas de hoyos de aceite en la hogaza.
     Amelia, como yo, había plantado sus ojos posesivos en las alturas de un segundo piso, allí donde un entusiasta de la electrónica, menospreciando la escuela de la vida, maceraba sus rubios encantos bajo la perilla eléctrica, junto a la ventana del patio de luces, enfrascado a todas horas en su curso por correspondencia. Ella no se daba por vencida. Se había prometido a sí misma que sus serenatas pasionales, mientras se secaba el pelo en la ventana de nuestro entresuelo, frente a la del rubio adonis del segundo, con una toalla que a puntico casi ni le tapaba los pezones y con el secador a toda pastilla para hacerse notar más, no quedaría sin la recompensa apetecida.
     ¿Y ahora venía este mindungui a proponerle, suplicarle, llorarle y moquearle que le permitiera ser el padre de ese hijo a quien él daría su apellido? Ni hablar. Antes muerta. Pero la turgencia de las blusas terminó proclamando su tesoro oculto y hubo que conceder derecho de paso a un padre putativo para el inminente retoño.

     El niño nació muerto, no venía con todas sus cosas bien puestas. Mi hermana no tenía entonces mientes para ir poniendo a la criatura cada una en su sitio. Estaba demasiado atareada discutiendo con mamá, que no dejaba de invocar al Cristo de Medinaceli ante ofensa tan grave contra el sentido común:
     -¿Casarte de blanco con un barrigón que abulta ya ruedo y medio de Las Ventas?
     Pero la Amelia dijo:
     -¡De blanco!
     Y mamá se apresuró a disimular aquella orografia añadiéndole al tul nupcial tanto encaje, tanta puntilla, tanto guipur, aquí un lazo, allá un pompón, sin olvidar gasas y almidones, que el día de marras mi hermana en el altar mayor parecía una inmensa tarta de merengue.

     Yo acabé tomándole afecto. Con el tiempo, ella vio en mí a ese hijo que no había tenido y que, al serle desalojado, le estropeara para siempre esa maquinaria interna de multiplicar la especie. Con repentino instinto materno, se propuso inútilmente meter algo de chicha entre mis huesos y me ordenó que los sábados fuera a su casa a comer. No creo que lo hiciera sólo por interés, únicamente para que yo la sustituyera con su Sebas cuando ella tenía turno en el Simago.
     También me gustaba ir cuando ella libraba. No hacía distingos. Me trataba como a uno más de la casa; o sea, a voces. ¿Qué mejor manera de pasar la tarde del sábado sino con un buen cocido en aquel Móstoles suburbano, con mi cuñado pringando en el tocino, con Amelia chupando con remilgos una puntita de zanahoria? El monte de su barriga, sin embarazo ahora, le resultaba un engorro.
     El tocino siempre lo apartaba con aristocrática displicencia y, de caldo, apenas sorbía una cucharadita. Pero luego... ¡Ah, luego!
     Siempre me chillaba por el interfono:
     -No habrás traído hoy también pastelitos, ¿verdad?
     Y, nada más abrirme la puerta, me arrebataba el paquete de las manos como si realmente le dieran asco. Me gritaba que yo era un diablo, un diablo tentador, y que no la quería cuando así pagaba su hospitalidad, ¡con una bandeja de pasteles!
     El día que a mí se me ocurrió que efectivamente mi hermana estaba hecha una vaca y que, antes que dulces, necesitaba un curso de aerobic, cambié los pasteles por un vídeo de Jane Fonda, la de Barbarella, enseñando cómo una mujer madura puede cuidar su cuerpo y mantenerse estilosa. Anda que no me miró con desprecio la señora, como sólo ella sabe hacerlo, mientras mandaba a su Sebas a por unas napolitanas para la merienda. Esa tarde no me dejó ganar ni un turno al Monopoly.

    Cuando estábamos los tres, siempre jugábamos al Monopoly, para hacer la digestión del cocido. Todavía no sé si mi cuñado prefería realmente jugar o dormir la siesta. De todas formas, con mi hermana, lo propio es decirle a todo que sí y seguirle el juego, te evitas batallas perdidas de antemano. Pero esto mejor lo sabrá él que yo, que es quien vive a diario con la Amelia y duerme en su misma cama.
     Después de todo, era entretenido. Administrando buenos fajos de falsos billetes, terminábamos creyéndonos unos Rockefeller en aquel pisito mostoleño con olor a torreznos fritos y a detergentes de pino amoniacado, bajo una bombilla nunca de más de cuarenta watios, las restantes desenroscadas. Mi hermana, para aliviar la tensión del juego, tragaba merengues y pitisús entre sorbo y sorbo de gin tonic. Sebas daba cuenta del whisky de contrabando que me proporcionaba un compañero del trabajo. Yo, mientras tanto, compraba calles y casas y hoteles, barrios enteros, tarjetas para librarme de la cárcel, lo compraba absolutamente todo. Cualquiera se despistaba un momento y ponía en entredicho el interés personal en el juego, mi hermana vigilaba que su propia voluntad fuera realmente la voluntad de todos.

     Al poco de entrar a trabajar de reponedora, Sebas le comentó varias veces que a lo mejor yo me aburría sin ella en casa, que él era meterse los garbanzos entre pecho y espalda y caer redondo en el sofá. Le preguntó por qué no se traía del Simago una barajita.
     -Así podríamos tu hermano y yo echarnos un tute -le decía.
     Pero ella le regaló un Monopoly.
     -A ver si se te pega algo y te acostumbras a traer billetes a casa.
     Él nunca pilla las indirectas, o las pilla pero le da igual. Es tan buenazo. A mí no me importaba cuidarlo los sábados que Amelia trabajaba. Es agradecido como un niño. Simple como el mecanismo de un chupete. Me relajaba verlo dormir su siesta en camiseta de tirantes, mientras yo hacía tiempo a que ella volviera y entonces, ya que había llevado los dichosos pastelitos, no los íbamos a tirar, pues nos los merendábamos.

     Pero si Amelia no trabajaba, lo del Monopoly ni se discutía. Normalmente iba ganando yo cuando la partida se interrumpía. Nunca conseguimos acabar una. Sea por el oro, sea por el moro, indefectiblemente acababa zurrándole a su hombre. Que el Sebas achispado se ponía cariñoso con ella, bofetada de mi hermana. Que se despistaba el pobre y dejaba pasar una buena calle o caía otra vez en la casilla de la cárcel, pum, patada de la Amelia.
     -Es que no te fijas.
     Tenía la mano ligera y el pronto de una Agustina de Aragón, que ni Aurora Bautista clavó tan bien el papel. Con el segundo gin tonic, acababa siempre refunfuñando de su trabajo, maldiciendo tanta precariedad, echándole en cara a su marido que nunca hubiera sabido conservar un trabajo más de tres meses seguidos, ensuciándose la boca con tales palabrotas que Sebas salía corriendo a cerrar puerta y ventana para que la roña quedara dentro. Mi hermana lo miraba con desprecio y suspiraba por el fantasma de aquel rubio electrónico del segundo.
     Yo entonces le recordaba que el mocetón, ya añudito también, vivía hoy con un joven rumano y juntos llevaban un taller de reparaciones que apenas si rentaba para pagar el alquiler y los caprichos del novio. Taco de la Amelia.
     -En esta mierda de país no había más que machos. Fue palmarla Franco y, a una patada que des, te salen mariquitas hasta en la paella.
     Mi cuñado reía bobalicón y pánfilo, o acaso místico de whisky. Yo me sonrojaba. Amelia, ante cuadro tal, daba por concluida la partida y se encerraba en el dormitorio, despotricando de tirios y troyanos, con las sílabas trabándosele en la lengua, momento que yo solía aprovechar para dar la visita por terminada. Lo que hicieran después ellos dos en su casa, no es de mi incumbencia.


     Y dirán ustedes:
     -¿A qué trae éste a cazuela unos pormenores tan poco edificantes?
     Y posiblemente tengan razón. Pero yo no sé las palabras de la ley, sólo sé las que me salen de la boca. Yo no me siento uno, como cualquiera de ustedes, que pueden decir yo soy esto o soy lo otro. Yo soy urdimbre y no sé mostrar el hilo sino en el paño.
     Aquello de lo que se me acusa es muy simple. Lo sé. Se despacha en tres palabras. Las mismas que ese señor tan bien me acaba de reprochar con tanta economía. Lo que sucedió puede resumirse en los mismos titulares de periódico que contra mí han enseñado sus colmillos. Pero es que eso no sucedió, o no sucedió así, de cuajo. A mí me fueron pasando cosas y cosas y cosas y un buen día me desperté y eso había sucedido.
     Tranquilos. No voy a contarles mi vida, que ustedes tienen mucha ocupación aunque a mí ahora me sobre el tiempo. En realidad, el tiempo a mí siempre me ha sobrado. No es que no tenga oficio ni beneficio, como mi cuñado, aunque muchos miran mi trabajo con desprecio, como si no fuera gran cosa. Pues, incluso trabajando, el tiempo me sobraba, como si yo fuera transparente y el tiempo pasara a través de mí, sin dejar huella. A lo sumo, cansancio.

     Supongo que todos ustedes ya lo saben, lo han publicado hasta la saciedad. Trabajo en El Retiro: servicio de Orden y Mantenimiento. O sea, cada día recojo del suelo las hojas secas, los plásticos y las latas vacías, los envoltorios, los papeles, las colillas, los preservativos, la basura que otros tiran y el aire amontona.
     Hace años que espero un ascenso a Riegos y Jardines, pero no tengo padrino. Por ahora, me han prometido pasar de la escoba o el pincho a un carrito mecánico, algo es algo. Al menos, no tienes que estar todo el santo día con el espinazo como un dos, mirando al suelo.
     Claro que, después de lo que pasó, no sé si me dejarán seguir trabajando allí. No, no me quejo, lo entiendo. Es el mundo de ustedes y yo distorsiono. Siempre he acatado los vientos que soplan, si no con entusiasmo, sí con filosofía.

     Soy cabestro manso. Pero no se crean ustedes que no tengo yo también mi chispa de amor propio. Es floja miga, lo sé, pero me alimenta.
     Hay días en que un rayito de luz entre los castaños viene a sonreírme con aquel aire fresco de la Marisol de mi infancia. Días en que no todas las cosas se te dan torcidas y parece que la vida sea un camino recto. Instantes en que, sin saber por qué, se me caen todas las capas de barro, hablo en sentido figurado, claro, que limpio lo soy un rato, y entonces me miro a mí mismo y me digo:
     -Faustino, tú también tienes tu hueco en el mundo.
     Es una ilusión que, como todas las ilusiones, queda bonita para adornar las paredes pero no para vivir en ella, como nadie puede vivir en una película. En una de un boxeador, aprendí una frase de las que hacen escuela:
     -Buscaré un lugar abierto en el que poder respirar, bajo un cielo que no me condene a esta miseria.
     Y acabé trabajando en El Retiro, servicio de Orden y Mantenimiento. No, no acabé, empecé ahí y ahí sigo. No es que yo me lo planteara y lo consiguiera. Los planteamientos están bien para el argumento de una película, que empieza y acaba. Pero la vida no acaba. Empieza sin que te des cuenta y termina cuando menos te lo piensas. Entre medias, estás ahí, planteándote cosas que no pueden ocurrir, porque para cuando quisieran ocurrir ya es el momento siguiente y los planteamientos se te han quedado atrás.

     De niño, ya me decía a mí mismo muchas veces:
     -Me iré, me tengo que ir. A algún lugar donde no me ahogue.
     En aquella entreplanta de alquiler con vistas a un oscuro patio de luces, mi única ventana al universo eran las pelis de la tele. Me quedaba embobado con la bondad natural de El libro de la selva, aunque siempre me entristecía que al final Mowgli escogiera encerrarse en la aldea. Yo siempre me he identificado con Baloo, no en lo gordo, claro, que soy lo contrario, a pesar de los cocidos de la Amelia; en lo otro. Soñaba con esa selva en la que monos, hipopótamos y chicos podían ser amigos y fraternizar en los obstáculos. Nuestro piso, lo único que tenía de selva eran sus habitantes.
     Entre las sotanas escolares, mientras buscaba en el reloj un aliado aunque siempre encontraba su desesperante parsimonia, me acordaba de Sonrisas y lágrimas y me creía que yo también revoloteaba feliz por las verdes colinas austríacas, cantando y brincando como una cabra, de la mano de Julie Andrews. Hasta que la palmeta me devolvía al terror del aula y al bisbiseo de las negras túnicas paseándose vigilantes entre los pupitres, señalando con índice admonitorio el mapa mudo de la península ibérica, bajo el retrato de Franco y el intimidatorio crucifijo.
     ¡Ay, cuando estrenaron Jesucristo Superstar! Ted Neeley fue mi religión. Sus ojos estrábicos, su mentón firme, su tristeza desmelenada. La soledad en el bullicio, la belleza de la soledad. El amor. Me vi la película por lo menos cinco veces. Deseaba ardientemente ir yo también en ese autobús al desierto y aliviar con mis caricias sus lágrimas y su angustia.
     Las películas de los sábados me abrían ventanas al mundo, pero no al mundo de los mapas, que también. Niágara, Kilimanjaro, Cartago, Alejandría, Madagascar, estampas para el álbum de la felicidad. Una ventana a ese otro mundo que no es estrecho, ni oscuro, ni autoritario, ni asustadizo. Cuando de nuevo encendían las luces de la sala, yo me decía:
     -Me voy, me iré, tengo que irme.
     Pero nunca me fui, no tuve valor.

     Bueno, sí. Recuerdo una mañana. Era lunes. Los lunes mamá nos limpiaba los zapatos Gorila y yo aproveché que ella los estaba restregando para coger de la nevera media tripa de salchichón, provisión para mi escapada al fin del mundo. Salí de casa hecho un ocho maragato, arriero de lejanos caminos.
     Pero siempre he sido un niño responsable. Me marchaba de casa para recorrer mundo, no para hacer novillos. Primero la escuela y luego la vida.
     En clase de geografía, yo me sentía en el preámbulo de un viaje a lo desconocido, un intrépido Errol Flyn pirateando a cielo abierto. En clase de matemáticas, me puse a calcular cuánto podría durarme media tripa de salchichón. En clase de latín, se me cernió un nubarrón en el horizonte: no había cogido un cuchillo de casa. No se puede cortar el salchichón con La guerra de las Galias. En clase de F.E.N., me dio por pensar en mi madre, me pregunté si me echaría de menos como Aurora Bautista en La tía Tula, o si estaría demasiado atareada gritándose con mi hermana como para notar mi ausecia. En clase de francés, abrumado por los contratiempos e incertidumbres del proyecto, me sentía como un Sansón, despatarrado entre lenguas bárbaras.
     Aquel lunes volví a comer el cocido en casa. El salchichón regresó de extranjis a la nevera. Mi retorno al hogar no fue como el del hijo pródigo, porque nadie llegó a enterarse de nada. No sabiéndolo nadie, aquello no había sucedido. El sábado siguiente, en el Florida, echaron una de indios y vaqueros. A mí me gustaban más los indios, con mucho menos uniforme, y más hombretones. Además, siempre terminan perdiendo, como yo. Al salir, volví a decirme:
     -Me iré, tengo que irme.
     Pero quien acabó yéndose no fui yo, sino mamá, a Benidorm.

     Estábamos un buen día a la mesa, los cuatro, y soltó a bocajarro:
     -Mañana me voy. Tengo billete de autobús.
     No se habló más. No sé si entre ellos lo tenían hablado. En aquel momento, a la noticia respondió el silencio. Papá siguió sorbiendo fideos. Pero el blanco de los ojos se le fue poniendo rojizo. No lloró, porque él era funcionario del ayuntamiento, católico, apostólico y romano, y llorar era cosa de ateos y maricones.
     Tampoco dijo nada cuando nos recogió al día siguiente a la salida del colegio y, como si no hubiera pasado nada, nos llevó a comer al San Ginés, lugar de penitencia para él, para su remilgada pulcritud, escenario de feria para nosotros, entre albañiles y mozos del mercado. Para entonces, el pobre tenía ya los ojos de huevo duro que se le quedarían por el resto de sus días.
     Mamá siempre había ido a misa porque había que ir, pero su auténtico dios resultó ser el dinero. Al tiempo que ella, también desapareció del barrio don Fructuoso, dueño de la pequeña agencia inmobiliaria de Camino Viejo de Leganés, en cuyo escaparate apareció un cartel: cerrado por traslado negocio a Benidorm.
     En los cinco años que duraron sus negocios, de mamá recibimos tres tarjetas postales. Una desde la metrópoli alicantina:
     -¿Todos sanos? Yo más rica que un morcón. Abrazos.
     Y otras dos desde Valencia, con menos información aún sobre sus actividades.

     Volvió. Igual que se había marchado. Ni se disculpó, ni nos explicó, ni mostró habernos echado de menos. Como si volviera de la peluquería. Entró en lo que había sido su dormitorio y dejó maletas en la cama. No preguntó por el que había sido su esposo, ni cómo murió ni cómo había vivido esos últimos años. Se aposentó ante el televisor, en el que había sido el sillón de papá, y le dijo a Amelia con su acostumbrada afabilidad:
     -No te pintes así, que pareces una puta.
     Para qué queríamos más. La respuesta de mi hermanan no se hizo esperar. No recuerdo exactamente el vinagre que salió de su boca. Pero sí que recuerdo bien el iracundo desplante de la mamá pródiga, con tildes sacadas de los espacios dramáticos de la tele:
     -¡Que soy tu madre!
     Aquella fue la primera de un interminable rosario de broncas entre las dos. Y mi mundo estrecho se estrechó todavía más.

     No es que sus años de ausencia hubieran sido precisamente agua de rosas, no señores. Papá era como un pececito fuera del agua. Mamá se le había llevado la voluntad. Le había desbaratado su construcción de vida, la racionalidad de su universo teocrático. Ante la enormidad del suceso, se amilanó. No supo reaccionar. Nunca le reprochó nada. Ni siquiera preguntaba por ella. Recibió aquellas tarjetas postales, tan escuetas, como se recibe a Dios, imponderablemente.
     Amelia me lo zarandeaba a vocinazos. Gritaba como una fiera enjaulada que aquella casa parecía una tumba y remataba su fuga con un portazo. Se iba hecha una furia y volvía al cabo de unas horas dando algún que otro traspié. En el ínterin, nosotros dos permanecíamos en la penumbra del silencio, como conejos acobardados por la tormenta.
     Yo no me atrevía a irme también y dejar solo a papá en su capilla de desvalimiento. Tampoco sabía cómo entrar en aquella cripta de soledad. Yo era testigo mudo de un drama en el que no se me había asignado papel.
     El papel protagonista siempre lo tuvo Amelia, una vara de mando despótica y caprichosa. Papá parecía ajeno a todo, invulnerable al poder destructivo de las palabras, también a su poder balsámico, un alma en pena a la espera de abandonar este cautiverio. Vivir con él fue arrastrar un fardo de silencio cuesta arriba.

     Cuando se le escapó el último suspiro y regresó mamá, al silencio sucedió el estruendo. Llegó manola la señora y el hambre se encontró con las ganas de comer. Amelia se había hecho con el imperio de una plaza abandonada. Mamá sencillamente exigía las prerrogativas que su condición de madre y viuda le conferían. En un par de semanas, en nuestra casa había estallado la tercera guerra mundial.
     Aquello era irrespirable. Mamá exigía su estatus dominante mientras viviéramos al amparo de su pensión de viudedad. Amelia, con la rabia y el despecho de una reina destronada, redobló sus trotes en celo General Ricardos arriba y abajo. Para mí, estaba ya claro que ni Jesucristo Superstar ni el rubio aspirante a electrónico del segundo iban a sacarme de allí.
     Los estudios no iban conmigo. Tenía cosas más importantes que resolver dentro de mí. Quería huir, huir de mí mismo, encontrarme en ese que quería ser y para el que no encontraba escenario fuera de las películas.
     Una mañana me armé de valor y pregunté en el ayuntamiento por un antiguo compañero de papá. Debí de darle pena al hombre. Gracias a él conseguí que me contrataran en Orden y Mantenimiento, que, dicho en palabras de andar por casa, resultó ser de barrendero.
     Al principio, no teníamos este uniforme amarillo de plástico. Entonces parecía un militar con aquel mono color sucio. El amarillo limón vino con los espectaculares cambios tras la muerte del Caudillo.


     De nuevo me voy por las ramas, ¿verdad? Al grano, Faustino. No impacientes a estos señores. Enseguida entro en materia.
     ¿De qué estaba hablando? Ah, sí, del uniforme de trabajo... Me han preguntado ustedes si conocía de antemano al agredido. No, rotundamente no.
     ¿Si nunca antes había contratado sus servicios? Miren ustedes. Mi mundo es recoger la basura en El Retiro y evitar en lo posible las trampas que nos va tendiendo la vida. Los sábados, cuando Amelia y Sebas se encierran en su dormitorio, me meto en un cine y dejo que la película viva por mí.
     Celia Johnson tampoco se marcha con Trevor Howard, pero la melancolía de la despedida es hermosa, no araña como la melancolía real. Qué redención de soledad cuando soy en la pantalla una Joan Fontaine desconocida enviándole una carta anónima a Louis Jourdan. Y cuando Dirk Bogarde dice Te quiero, sin atreverse a decirlo, junto a los canales putrefactos de Venecia, la muerte es dulce, tan dulce como podría serlo la vida.
     No siempre quedan entradas para la Filmoteca, desde que se puso de moda. Entonces me meto en cualquier cine, el primero que pillo. Las películas no son las de antes. Pero yo tampoco. Bueno, yo sigo siéndolo más que ellas. Mucho ruido y pocas nueces. Yo, ruido poquito, y nueces ninguna. La verdad, me dejan más bien indiferente tantas carreras, tantas persecuciones, tantas explosiones, tantos puñetazos, tanta sangre y tanta víscera, y tan poco por dentro. Atontan. Pero me resigno. Es lo que hay. ¿Para qué llevar la contraria?

     Nunca he contratado los servicios personales de nadie. Y sin contrato, tampoco. No soy gallo avezado, más bien palomo cojo. Pero tampoco es que sea un alma cándida. Sin entrar ahora en pormenores de gallinero, podría decirles que mi vida íntima también ha tenido sus granitos de pimienta.
     En el banquete de bodas de la Amelia, estaba yo orinando cuando entró un primo del novio, el más fanfarrón y el más viejuno. Me miraba con descaro mientras meábamos juntos. Yo me estaba poniendo nervioso y esa cosa también se me iba poniendo nerviosa y empezó a crecer. La mano subrepticia del primo la ayudó a desahogarse. No disfruté. ¿Cómo iba a disfrutar, pensando que en cualquier momento pudiera entrar su mujer? Aunque ¿cómo iba a entrar ella en el baño de hombres? Pero ¿y los demás?
     Recuerdo también, fue al poco de entrar a trabajar. Un día de servicio coincidí solo en los vestuarios con Eleuterio. Ya ves, pues no hace años que el hombre se jubiló. Estaba yo ya en calzoncillos para ponerme el mono cuando él empezó a ponderar mi bulto y a hacer suposiciones sobre el tamaño de lo que aquella prenda escondía. Pasaré por alto detalles que ensucian más que aclaran. Nos la desahogamos mutuamente. Eleuterio parece que disfrutó. Yo no supe reaccionar. Aquello no salía en las películas.
     Eleuterio y el primo, ¿cómo no recordarlos? Aparte del suceso que todos ustedes ya conocen, son mis dos únicas experiencias físicas con otra persona. Me depararon un placer instantáneo, tan mezclado de miedo que no me sirvieron de renglón para escribir mis días.


     Y así, entre tris tras, más tras que tris, se me han ido escurriendo los años. Pero no lo digo para dar pena. Dar pena cansa, porque la pena de los otros te ata a la espalda más piedras de las que te quita.
     Nunca he sido un Casanova. Incluso me ha faltado valor para ser Faustino. Me ha faltado valor y me ha sobrado miedo.
     En mi adolescencia, el miedo no era personal. Estaba en el aire, lo respirábamos todos. Ni siquiera reparabas en él, de puro cotidiano. El miedo puede enmierdar el cuerpo más hermoso. Pero es incapaz de meter sus zarpas en la belleza de lo que no puede tocarse con los dedos.
     Mi pubertad bullía bajo aquella voluntaria costra de silencio y, con estos buenos abanicos que Dios me ha puesto a cada lado de la cara, escuchaba atento los murmullos soterrados bajo el miedo.
     Había oído hablar del oscuro trasiego en las butacas del cine Carretas, en las butacas del antiguo Doré. De vez en cuando caía algún que otro correveidile sobre el mariposeo que rodeaba los bailes del Consulado. Hacerle a uno la americana era perderse más allá de Ventas, donde vivían muchos yanquis de Torrejón.
     Mi oído era un radar que sumaba angustia al deseo. En la soledad de la sala de cine, en cambio, las aristocráticas campiñas inglesas de El mensajero exoneraban a la belleza de tanta porquería.
    Casto lo fui a machamartillo. Más por miedo que por convicción. Si Amelia había terminado en el altar junto a Sebas, con una barriga de año bisiesto, bien podría yo haber terminado como Susan Hayward gritando ¡Quiero vivir! tras los barrotes de la cárcel.
     El miedo a las leyes ciegas y sordas de la justicia y a las leyes implacables de los hombres era real, pero todavía peor era el miedo a uno mismo. El miedo al rechazo.
     Cuando uno rechaza los riesgos de la vida, la vida te rechaza a ti. No es resignación. Es conformidad a lo que no tiene vuelta de hoja. ¿O sí la tiene? Yo antes creía que no, hasta aquella mañana.


     Después de tantos años viviendo en el entresuelo, trabajar al aire libre, entre árboles y fuentes, podría parecer el paraíso, y puede que lo sea. Por si acaso se me olvida, los demás a diario se encargan de recordármelo.
     El portero, chismoso como no podía ser menos, siempre me da los buenos días con la misma cantinela:
     -Los hay con suerte, macho, cobrar por pasarse el día en el campo.
     El dueño de la pastelería, cuando su Adelaida no está delante, siempre me guiña un ojo con picardía mientras me hace el envoltorio:
     -¿Qué, Faustino? ¿Ya vamos a Móstoles? ¿Y ese trabajo...? Pues anda que no verás tú achuchones y mandanga allí en El Retiro, ¡y en butaca de principal!
     Hasta la marisuspiros de mi hermana, cada vez que el Sebas me pregunta por mi trabajo:
     -¿Trabajo? Lidiando con un público querría verlo yo a éste.
     Todos me envidian. Y no digo yo que no. Pero también están los fríos de enero, cuando el termómetro no se atreve ni a decir la temperatura. Y la chicharrera sofocante del verano cayéndote a plomo sobre la cabeza. Están los dedos agrietados, los sabañones, la cintura que cruje de andar agachado, los labios cuarteados, las zancadillas de los compañeros para hacerse con los mejores turnos o las zonas más resguardadas. Trabajar cansa, sea donde sea. Te va destruyendo poco a poco.

     Pero todo trabajo también tiene resquicios por donde la película de la vida deja entrever otros posibles argumentos.
     De vez en cuando pasan ellos, los que corren sin objetivo, como sonámbulos de la barahúnda en que vivimos. Hermosos como mirlos de rama en rama.
     Una impalpable serenidad hermosea a esos que, a pecho descubierto sobre la hierba, beben un sol festoneado de sombras, como ángeles dormidos sin Dios que los encadene.
     El esfuerzo de la tarea encuentra un sorbo de alivio en la belleza circundante y entonces escucho en mi cabeza el tintineo de la alegría. No muevo ni una mano, ni un dedo. Los pétalos de la felicidad se mustian si los tocas.


     ¿Y esa sonrisa de suspicacia? ¿Piensan que divago?
     Al grano, Faustino. Estos señores ya han encontrado en sus libros la sentencia que más se acomoda a la voz de sus amos. Estás haciéndoles perder el tiempo.

     No recuerdo si era lunes o martes, entre semana. Un día más en el flujo del calendario. Los castaños ya habían abierto sus caperuchones en flor. Yo iba recogiendo papeles con el pincho. Él estaba recostado contra el tronco de un árbol. Había dejado caer a sus pies una hoja del 20 Minutos. Yo la pinché y a la bolsa. Sin el menor reproche, sin intrusismo alguno. Era mi trabajo.
     Hasta aquel momento no me había fijado en él. Hasta aquel momento nunca me había deslumbrado tanto una cercanía como la cercanía de esa belleza indolente. Tanta luz, tanta hermosura. Tiró a posta otra hoja. Yo la pinché, como recoge el creyente en su lengua a Dios. Tiró a sus pies el resto del periódico. Y sonrió. ¿A alguno de ustedes les ha sonreído alguna vez el sol?
     Me temblaron las manos. Él se enderezó. Mis piernas estaban rígidas. Me cogió una mano. Mi corazón se desbordó como las cataratas del Niágara y por primera vez en mi vida me sentí hermoso como una Marilyn Monroe ceñida de rojo. Conducido por su seguridad, nos adentramos entre las celindas. Y el velo del templo se rasgó.

     No sé cómo pude sobrevivir a su ternura infinita. La felicidad absoluta achicharra. Te desposee de ti, de todas tus sombras. Mientras lo veía alejarse, entre las hojas de los arbustos, yo era otro.
     Tampoco duré mucho en mi reciente metamorfosis. Apenas las dos horas que tardaron los policías en devolvérmelo esposado. Me preguntaron si era mía la cartera que obraba en su poder. Me preguntaron las circunstancias del robo. Él dijo que yo se la había dado a cambio de sus favores. Por el sólo favor de su sonrisa, le habría dado todo.
     No, tampoco era menor, aunque muchos lo han dicho luego. Bien que indagaron aquellos policías hasta cerciorarse completamente de la edad del indocumentado. Tampoco pudieron escribir en sus papeles que yo le había hecho aquellos moratones al forzarlo, el muchacho los culpaba a ellos. El que parecía el jefe pronunció entonces la palabra mágica: escándalo público, y me pusieron a mí también las esposas.

     No soy inocente, no soy culpable. No busco ni comprensión ni indulgencia. Hablo porque siempre he tenido la boca cerrada.
     ¿De verdad creen que están juzgándome? Ya han juzgado por ustedes. Otros que no son ustedes, aunque ustedes están a su servicio, han puesto ya la sentencia en sus bocas.
     ¿Qué pueden hacerme? ¿Con qué van a saciar su afán de revancha? ¿De qué quieren privarme?
     Podrán privarme de una libertad que nunca he sabido en qué emplear, de un trabajo que me parte los riñones, de una reputación que siempre he ido cobrando en calderilla. Pero nunca, nunca podrán quitarme la alegría de haber conocido el abrazo de un ángel.


(Madrid, 1994)