"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

sábado, 21 de marzo de 2015

ESPINACAS AL AJILLO (receta) - EL RETORNO DE PERSÉFONE




Espinacas al ajillo



     Los almendros han florecido, y un poco después los ciruelos.
     Los jacintos en flor y los narcisos traen de la mano una nueva primavera.

Almendro en flor


     En esta sociedad eminentemente urbana, idiotizada por el infantilismo Disney y por un consumismo banal y compulsivo, que nos narcotiza con su agresiva propaganda, la primavera no suele ser más que un cromo paisajístico y la ocasión de nuevas compras. No en vano, grandes superficies y centros comerciales adelantan en su interior la llegada de ese optimismo irracional que identificamos con la estación florida y con la adquisición de nuevas prendas apropiadas para temperaturas más benignas.


Narcisos

     En la antigüedad, mis amados griegos buscaban en el simbolismo del mito y en las prácticas rituales un sentido personal y colectivo a la influencia de los cambios estacionales sobre el hombre y sobre la naturaleza.

     La diosa Afrodita, feliz encarnación de esa pulsión de vida que recorre todo organismo, no sólo traía el celo sexual a la naturaleza entera, sino también la conciencia de la futilidad del mismo deseo y de sus propias criaturas.
     Las mujeres atenienses, para la llegada de la primavera, plantaban en pequeños tiestos los jardines de Afrodita, que no eran huertos ornamentales, sino un puñado de semillas de flores silvestres, de crecimiento tan rápido como rápido era su agostamiento. Símbolo del poder efímero no sólo  del deseo sino también de la propia existencia individual.

     Las metamorfosis que, según el mito, dieron origen a diversas flores conservan aún ese sabor agridulce de la trágica belleza primaveral.

Jacintos.

     Apolo, dios de la luz, de la armonía, del equilibrio, ardió en deseos por un joven mortal, Jacinto. Y su amor fue correspondido. Pero el viento Bóreas había sucumbido también a los encantos del muchacho. Rabioso de celos ante la felicidad de la pareja, cuando ambos se entretenían lanzando el disco, sopló tan violentamente que logró desviar su trayectoria, de forma de que el disco acabó golpeando a Jacinto en plena frente.
     El dolor y la impotencia de Apolo ante aquella cabeza ensangrentada, ante aquel cuerpo inánime fueron tremendos. Un dios puede compartir amor, pero no compartir su propia naturaleza inmortal. Desolado, metamorfoseó el cuerpo amado en la flor del jacinto, que en su radiante belleza perecedera nos recuerda cada primavera los límites de ese amor que mueve el mundo.


Narcisos blancos.

     Por el contrario, Narciso fue un joven de hermosura irresistible, pero tan pagado de sí y tan soberbio que no se hacía eco de los deseos y sentimientos que iba provocando a su alrededor. Con arrogancia despectiva, evitaba todo contacto, siquiera verbal, con cualquiera que mostrara el más mínimo interés hacia su persona. Incluso una diosa, Eco, se vio atrapada en la red de esa belleza singular. Rechazada con impertinente vanidad por Narciso, ella se dejó consumir en su propio deseo insatisfecho, hasta no quedar de sí sino el eco, que desde entonces va repitiendo mecánicamente los desplantes de los hombres.
     Ello colmó la paciencia de los olímpicos, quienes castigaron a Narciso, haciendo que al ir a beber de una fuente en las soledades del monte se enamorase de su propio reflejo en el agua. El deseo de sí mismo fue tan imperioso como imposible de consumar, pues cada vez que iba a acariciar esa imagen amada, el agua rozada por sus dedos se ponía en movimiento, desbaratando el dibujo. Narciso no pudo apartarse de la orilla, ni para comer ni para beber. Ya a punto de expirar, los dioses se apiadaron de él y le dieron nueva vida bajo la apariencia de la flor que lleva su propio nombre.
     La belleza sin generosidad es estéril.

     Pero quizás el mito estacional más trascendente sea el del retorno de Perséfone.

     Perséfone es esa señora oscura e inmisericorde, esa reina implacable de las terroríficas regiones de ultratumba, dueña de los infiernos, que hizo de la joven diosa griega el cristianismo medieval. De esa forma la religión oficial erradicó toda traza de pensamiento pagano, degradándolo en su esencia, condenándolo a un mensaje terrorífico. Es el mismo mecanismo mediante el cual la antigua palabra griega divinidad (daimon) terminó transformándose en demonio.

     Para los antiguos griegos, Perséfone era la joven hija de Deméter. Deméter, hermana de Zeus, diosa madre, quien obsequió a los hombres con los beneficios de la agricultura. Entre madre e hija había un lazo afectivo tan intenso que las hacía inseparables. En su felicidad era feliz la tierra. Pero Hades, dios del subsuelo, donde habitan las almas de los muertos, hermano de la propia Deméter, se enamoró de su sobrina Perséfone y quiso hacerla su esposa. Con la complicidad de su hermano Zeus, raptó a la muchacha cuando ésta se encontraba recogiendo flores, narcisos precisamente.
     Ignorante Deméter, corrió desesperada en busca de su hija por toda la tierra, pero no podía encontrarla. En su ausencia los campos dejaron de dar cosechas. El grano no germinaba. La vida languidecía sobre un suelo yermo. El propio Zeus, ante el temor de un colapso de la existencia terrenal, tuvo que confesar su complicidad en el rapto. Deméter exigió furiosa la vuelta de Perséfone, y así le fue comunicado a Hades, quien ofreció a la joven la elección entre su madre y él. Ella eligió a la madre. Y Hades la dejó partir, no sin antes ofrecerle unas granadas maduras, fruta de otoño, para el trayecto de vuelta. Citándome a mí mismo:
Por las sendas tortuosas del regreso
 Perséfone probó el fruto del granado.
     Eso la obligó a que cada otoño tuviese que regresar junto a Hades, al interior de la tierra, hasta que, pasado el invierno, la primavera la trajese de nuevo junto a Deméter.

     En una sociedad agraria, Deméter y Perséfone nos recuerdan con su cíclica felicidad no sólo que el grano debe ser sepultado bajo el suelo para que germine, sino nuestra propia transitoriedad, abocados todos a perecer y a germinar en nuevas vidas.


     En lo personal, la llegada de la primavera me está asociada, entre otras cosas, con la lujuriosa belleza de la vegetación y con la memoria de ciertos placeres culinarios.

Ciruelo en flor.

     Antes de que las multinacionales mercantiles abolieran los productos temporales, condenando al planeta a una asfixia acelerada por las emisiones tóxicas de los mastodónticos medios de transporte necesarios, durante mi infancia, con la primavera se vestía de color la mesa. Las espinacas, las alcachofas, la primeras lechugas irrumpían con la primavera; aparición estelar, por esperada, en los menús del día a día. Un poco antes, igual que el florecer de los almendros y de los ciruelos, la vega granadina nos había regalado esas primeras habas pequeñitas y jugosas, tan codiciadas por la gastronomía local.

     Hay recuerdos sensoriales asociados a un sabor, a un aroma, a una textura, al aspecto de una determinada comida. Recordemos la inconmensurable memoria evocada en Proust por una sencilla magdalena mojada en té.

     Sin ánimo de emulación, la sopa de garbanzos con yerbabuena me retrotrae a una infancia cuyos ocios estivales mi madre aliviaba de vez en cuando, cuando las obligaciones se lo permitían, llevándonos a los hermanos a una piscina pública. El placentero desgaste físico del agua y del sol era luego reconfortado a la vuelta con una sopa tonificante y aromática, previa a la indolencia de la siesta.

     El sabor de esas habas tiernas granadinas en crudo me hace revivir el gozo sencillo de hacer de la comida una fiesta, cuando la rutina de las cenas se rompía en casa con la aparición de las primeras habas. Esa noche no se nos daba a los niños una cepa rápida, amenizada por la canción de buenas noches de la Familia Telerín, antes de acostarnos temprano.
     Nos sentábamos todos alrededor de una mesa cuyo centro estaba ocupado por tres fuentes: una, con habas enteras, sin pelar; otra, con tortas saladillas; la tercera, con trozos de bacalao salado, también en crudo o un poco desalado y ligeramente tostado a la plancha. La conversación de los mayores y los niños era un sereno espacio común, demorado por el ejercicio de ir pelando cada uno sus habas, que comíamos acompañadas de pequeñas lascas de bacalao y torta. Aquel maridaje de la fresca cremosidad del haba, el intenso sabor del bacalao, la esponjosa textura de la saladilla...

     ¡Qué difícil hoy día tomar una sopa de genuino pollo de corral!

     Cuando mi abuela y tíos vendieron la huerta donde nací y nos trasladamos a un piso en el centro de Granada, nuestros hábitos culinarios lógicamente cambiaron, aunque tampoco tanto. Por mi familia paterna, otros tíos seguían criando animales en sus huertas y, para navidad, siempre nos regalaban un gallo, vivo. Aquel caldo condensaba en mi boca toda la memoria del paraíso abandonado.

     En mi recuerdo actual, aquella irrupción de lo rústico en un ambiente completamente urbano no sólo me devuelve un gozo culinario, también la alegría y la comicidad de la circunstancia. Pues hasta noche buena el gallo, con las patas atadas, vivía unos días en el interior de la pila de fregar.

     Resultaba un anacronismo aquel animal en aquel espacio tan poco rural, pero a los niños lógicamente nos encantaba. Recuperábamos algo. Cómo disfrutábamos y cómo nos reíamos cada vez que el animal muy de madrugada nos despertaba con su insistente kikirikí, amplificado en el silencio nocturno del patio de vecinos. No importaba que nos despertase tan pronto. Al fin y al cabo, aunque todavía no hubiese llegado noche buena, estábamos ya de vacaciones y ese despertador extemporáneo era el mensajero de nuestro ocio vacacional.

     A los niños, como protección, ya entonces se nos apartaba de la terrible realidad de la existencia. Así, llegado el momento, no estuve a la altura de las circunstancias.
     Ciertamente, para pasar del gallo vivo a la sopa sobre la mesa, era imprescindible matarlo primero, tarea que siempre realizaban entre mi madre y mi abuela, en ausencia nuestra. Cuando llegué a la primera adolescencia, mi madre me pidió una navidad que sustituyera a la abuela y le sujetara yo al gallo las patas, mientras ella le daba el tajo sobre un barreño donde recoger la sangre. No tuve el valor de negarme, pero tampoco tuve el valor de verlo.
     Sujeté aquellas patas fuertes a mi espalda. En cuanto sentí en mis manos las sacudidas del animal, resistiéndose a morir, lo solté asustado. El gallo corrió aleteando por toda la casa, con la cabeza colgando, rociando de sangre por el pescuezo seccionado suelos, paredes, muebles.
     Es increíble lo que tarda un cuerpo en obedecer a la muerte y detenerse. Vista desde hoy, la escena tiene su comicidad, la misma de las antiguas comedias griegas como contrapunto catártico de la tragedia.


     Las espinacas al ajillo es una receta que mi madre aprendió de la suya, y ésta de la suya, quien a su vez lo había aprendido de su madre. Las comíamos por primavera. Venían del mercado en pequeños manojos prietos, exuberantes de verdor, apiñados de hojuelas sucias de barro, al ser una hortaliza de hoja pequeña y tallo corto, que crece muy cerca de la tierra. Entonces no venían envasadas en bolsas de plástico y lavadas por máquinas automáticas.

     Sigo cocinándolas con cierta frecuencia según su receta. Cada vez que las como, la veo a ella, a mi madre, pacientemente dándoles un agua tras otra, en la misma pila donde habían vivido los gallos antes de ser sopa navideña, lavando escrupulosamente una y otra vez un ingente montón de espinacas, pues es verdura que mengua mucho al cocinarse.
     La sigo viendo, con su característica meticulosidad, separando de cada manojo una a una las hojas, sin tallo.


ESPINACAS AL AJILLO


Ingredientes (para unas 4 raciones):

  • Espinacas, 1 k. (frescas, en manojo o empaquetadas, evitar las congeladas)
  • Longaniza / Chistorra, 300 gr.
  • Pimientos secos, 2.
  • Ajos, 2 o 3 dientes.
  • Pan, 3 o 4 rebanadas.
  • Pimentón dulce.
  • Vinagre.
  • Aceite.
  • Huevos.

     En primer lugar, escaldamos las espinacas en agua con sal. La receta puede igualmente hacerse prescindiendo de este paso; es decir, incorporando las espinacas directamente a la sartén, en crudo. El resultado es un sabor final a vegetal mucho más intenso, pero algo desagradable para ciertos paladares. Yo he terminado optando por escaldarlas primero.
     Para ello, ponemos agua con sal a hervir en una olla suficientemente amplia. Una vez en ebullición, introducimos las espinacas y las dejamos hervir a fuego suave unos diez minutos. Que queden con su consistencia original de hoja, pero con un fuerte color verde brillante. Las escurrimos y reservamos.


     En la sartén, entre tanto, sofreímos primero un poco la longaniza cortada en trozos de un par de centímetros. Esta longaniza es un embutido típico de Granada, muy parecido a la chistorra, pero de sabor menos ácido. Perfectamente puede sustituirse por la más habitual chistorra.
     Apartamos y reservamos la longaniza, no demasiado tostada, y en ese mismo aceite freímos ligeramente un par de pimientos secos. Éstos son unos pimientos dulces tradicionalmente secados en ristra, muy parecidos a la variedad de pimiento del pimentón. Pueden sustituirse por ñoras, de sabor menos intenso pero bastante parecido. Eso sí, téngase en cuenta que deben freírse a fuego muy suave, dándoles vueltas y sólo hasta que oscurezcan, sin llegar a ennegrecer. El pimiento tiene en su piel azúcares que, si lo freímos demasiado, llegan a amargar.
     Apartamos los pimientos y, en el mismo aceite, freímos enteros dos o tres dientes de ajo gordos y sin piel, cantidad variable según gusto personal. Les vamos dando vuelta a fuego suave, hasta que el exterior adquiera un color tostado. Los apartamos junto con los pimientos secos.
     Siempre en el mismo aceite, freímos tres o cuatro rebanadas de pan y las apartamos.


     Antes de incorporar el pan frito a los pimientos con los ajos, añadimos a éstos una o dos cucharaditas de café de pimentón dulce. Terminamos con un chorrillo de vinagre, mayor o menos cantidad según gusto. Particularmente, prefiero usar el vinagre de manera casi testimonial, para que no predomine sobre el resto de ingredientes pero aporte el frescor justo a la densidad del ajo y el pimentón. Incorporamos entonces un vaso de agua, un poco de sal, y lo pasamos todo bien por la batidora.
     Mi madre lo hacía a mano, con el almirez. En este caso, me he rendido a la comodidad, lo confieso. Batimos hasta obtener una crema homogénea y reservamos junto con la longaniza.

     Colamos entonces el aceite usado y lo volvemos a incorporar a la sartén. Sólo un fondo, generoso pero no abundante. Una vez caliente, rehogamos en él un poco las espinacas escaldadas y escurridas. Unos diez o quince minutos, para que evaporen parte del agua de la cocción y asimilen mejor la salsa.


     Incorporamos a las espinacas la longaniza y el triturado. Removemos para que se mezcle todo bien y dejamos freír a fuego suave unos diez minutos, de modo que la espinaca absorba los restantes sabores y evapore parte del agua, hasta quedar bien trabado el guiso pero no demasiado espeso. Probar entonces y rectificar de sal.


     Puede cocinarse la víspera o en el momento.

     Antes de servir, cuajamos uno o dos huevos por persona. Para ello, vamos abriendo con la paleta huequitos en las espinacas y cascando un huevo en cada hueco. Los rociamos con una pizca de sal y, tapando la sartén con una tapadera que permita la salida del vapor, siempre a fuego suave para que no se pegue, los dejamos hasta que la clara cuaje pero no la yema, más o menos tiempo según el gusto de cada cual.

     Al servir, hay que tener cuidado de que los huevos no se rompan. Yo emplato primero los huevos, extraídos cuidadosamente con la espumadera, y luego los completo con el resto de espinacas alrededor.



     En una horas, con la primavera llegarán a Madrid las Marchas de la Dignidad, reclamando pan, trabajo, techo y dignidad para todos, sin los cuales es como vivir en tierra yerma, abandonada por Perséfone. Traigámosla entre todos en un grito de justicia y de equidad. Rescatemos a Perséfone del reino de las sombras.

     Y el domingo, andaluces, a votar con conciencia y con memoria.

     Buen provecho. 

martes, 3 de marzo de 2015

INVITACIÓN A SUBIR (relato)


     
Desde la plaza de la Trinidad, Granada



INVITACIÓN A SUBIR

     El ruido de la lata vacía al chocar contra la peana de una farola sorprendió incluso al propio muchacho que distraídamente había dado una patada a lo primero que se le puso por delante, una lata, sin fijarse en qué ni calcular su propia fuerza. Fue un desahogo de rabia que, sin embargo, le dejó toda la rabia dentro y le deparó un pequeño sobresalto, al resonar contra el metal de la farola y luego salir rebotando por la acera.

     La rabia le impedía pensar. Era un ronroneo como de motores en su cabeza, ruido que no consigue hacerse palabra. Estaba cabreado. Cabreado con el mundo, consigo, con los escaparates resplandecientes, con los peatones a toda prisa, con los peatones pachones que se le interponían en su camino, con la luz ceniza que precede a la noche, con la larga correa del perro que se le enredó entre las piernas y a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio, con esa lata de Coca-Cola retorcida en el suelo. Estaba cabreado desde que salió de aquella casa con una excusa a todas luces torpe e incongruente.

     Más que excusa fue un gruñido, un exabrupto que le franqueó la huida. Salió corriendo de aquella casa sin saber por qué, corrido de vergüenza, corrido de miedo, masticando el sabor del fracaso, desconcertado de sí, rabioso contra sí mismo, cabreado. Quería pegarse un puñetazo, pegarse una patada que quitara de en medio su propia persona, que arrebatara el protagonismo al miedo y a la rabia; y lo primero que encontró fue una lata vacía de Coca-Cola.

     Lo sobrecogió el ruido de aquel impacto, que no dejó de sobresaltar también a un hombre que pasaba en ese momento al lado y lo miró con manifiesta hostilidad. Y él le respondió con un gruñido, antes de echar a andar con rabia renovada.

     Le molestaban sus gruñidos, de un infantilismo bochornoso, excusas masculladas por una timidez huraña. Le molestaba el frío con que acaba el día cuando todavía la noche no ha acabado de cuajar, y él estrenando una chaqueta tan elegante como inútil. Le molestaba el rojo de los semáforos cada vez que uno de ellos lo obligaba a detener su estampida. Le molestaba su propia prisa a contracorriente de todos, una prisa que no era urgencia, era rabia, rabia contra sí mismo, igual que un perro persiguiendo en círculos su propia cola. Le molestaba sentirse como un perro, así, corriendo sin saber adónde y sin saber por qué. Le molestaban los coches, aparcados tan juntos unos de otros que apenas si le quedaba hueco por donde pasar, encogiéndose para no mancharse de grasa o de polvo la chaqueta nueva ni los pantalones para las ocasiones que se había puesto esta tarde. Le molestaban las calles concurridas. Le molestaban los callejones, en donde parecía escuchar el eco de sí mismo rebotando con rabia en los balcones y en las farolas todavía apagadas. Pero lo que más le molestaba era su absurda reacción en casa de Merche. Le molestaba sobre todo que no fuera tan absurda, de alguna forma que no sabía o no quería explicarse. Le molestaba ser siempre él, el mismo, no atreverse a dar el salto y ser otro.

     Nunca había sabido responder adecuadamente a las situaciones. Nunca había encontrado esa espontaneidad con que los demás tratan con los demás. Nunca había podido romper esa membrana impermeable que impide que el monólogo sea diálogo. Siempre reaccionaba envarado cuando los demás se dirigían a él, independientemente de la actitud con que se le dirigieran. Siempre lo inmovilizaba un pudor que no era exactamente pudor, sino esa vergüenza corrosiva del pudor que se enciende, sin saber por qué, contra uno mismo. Siempre se sentía a sí mismo como un fardo, como una mochila a las espaldas

     El día que se encontró a Merche en el supermercado y ella reaccionó con interés, fue como si subiera un peldaño en la estima de sí mismo. Ella podía haberle preguntado por qué dejó el instituto, qué había sido de su vida desde entonces, por sus proyectos de futuro. Resabiada y marimandoncilla como había sido desde pequeña, habría cabido esperar un interrogatorio exhaustivo. Por el contrario, se alegró de verlo, sin más, y le preguntó si él era más de Nesquik o de Colacao. Lo integró en la naturalidad de los pequeños acontecimientos, como si el contacto no se hubiera interrumpido hacía más de un año, como si entre ellos el fluir de las palabras no hubiera estado siempre sometido a las tensiones del aula.

     Le produjo una alegría sincera encontrarse con Merche, porque no era la Merche que de niños lo mortificaba con sus cualidades y aptitudes excelentes, o lo ignoraba como se ignora todo lo que no nos incumbe ni nos incordia. Esta muchacha con cuerpo de mujer le hablaba como se habla con uno mismo, y a él le salían las respuestas como si no tuvieran que atravesar todos los estratos de la inseguridad y de los temores.

     A pesar de conocerse desde niños, ninguno de los dos sabía que vivían tan cerca, a un par de calles de distancia, qué raro no haber coincidido antes, y más conociendo él precisamente su balcón, por las aspidistras que la madre siempre mantenía lustrosas, limpias hoja por hoja con cerveza, y que al muchacho le habían llamado la atención desde pequeño, una fronda de verdor incólume entre los barrotes blancos.

     La espontaneidad estrenó sus bondades mientras hacían cola en la caja de un supermercado. Aquel encuentro le deparó la presencia impalpable de una posible armonía entre el mundo y su propia persona, tan obtusa.

     Y hoy ella lo había invitado a subir a su casa.


     Volvieron a coincidir casualmente, pero esta vez no de compras, sino ante el escaparate de una tienda de discos. Merche le preguntó si le gustaba un cantante de quien él ni había oído hablar y le respondió que sí. Ella, sorprendida, volvió a preguntarle qué le parecía una canción en concreto. Él no se aturulló, como sería de esperar. Se oyó a sí mismo decir que en aquel momento no le venía a la cabeza; y le gustó oírse, sonaba bien. Merche le propuso que viniera un día a su casa a escucharlo, tenía todos sus discos, incluso el último, todavía inédito en España. Mañana sin falta, a la salida de su clase de violín, quedaban en el portal y subían juntos.

     Una felicidad desconocida se apoderó de él. El gozo de una invitación que él mismo nunca se habría planteado como posible o siquiera apetecible. La naturalidad con que ella le abrió las puertas de su cotidianidad le hizo sentirse bien. Le hizo apreciarse, siquiera un poquito.

     Pero no podía dejar de ser él mismo, ni siquiera siendo feliz. Con la alegría, empezaron a enmarañarlo los tentáculos del temor, temor ante una invitación basada en una mentira, la extrañeza ante la propia alegría, cómo es que la invitación de una persona con quien mantuvo distancias siempre, en el colegio primero y luego en el instituto, despertaba hoy en él ese interés, esa alegría.

     Bendita alegría, que le hacía sentirse bien, bien como no se había sentido casi nunca, como si hubiera dado un paso importante, bien porque esa muchacha no lo había mirado como algo problemático y, al verse mirado así, sintió que él podía dejar de ser un problema para sí mismo. Desde que ella lo invitó a subir, decía su nombre, Jose, y le gustaba. Hoy, por primera vez, le gustaba escuchar en sí mismo el eco de su propio nombre.

     Todavía entonces saboreaba el dulzor de no sentirse un intruso, mientras subían en el ascensor, él mirándose en silencio los zapatos, Merche tamborileando con los dedos en la puerta metálica y tarareando una breve melodía. Cuando se calló, Jose levantó los ojos y descubrió en los de la muchacha una sonrisa amigable. Ella comentó que no estaban sus padres en casa. Entonces él perdió momentáneamente el equilibrio, al borde de volverse patoso y zafio como de costumbre. Pero Merche tarareó de nuevo aquella melodía, tamborileándole con unas hipotéticas baquetas sobre la cabeza, mientras el ascensor se detenía en el sexto y abría sus puertas.

     Más tarde ocurrió aquello, que no fue nada, pero que él vivió como una catástrofe; y con una excusa torpe e inverosímil, un gruñido apenas, huyó de aquella casa. Salió corriendo. De nuevo en la calle, no pudo pensar, no pudo parar de andar, ni aminorar el paso, no pudo dejar de sentir rabia, rabia contra el mundo, rabia contra sí mismo, rabia contra su propio nombre, miedo contra su propio nombre, hasta que una lata de Coca-Cola vacía se le interpuso en su ofuscada carrera y descargó contra ella la rabia con una patada.

     Sólo era un mamarracho, un sucio don nada, siempre con los puños hundidos en los bolsillos, siempre avergonzado de esas permanentes manchas bajo las uñas, de la grasa siempre incrustada en las pequeñas heridas y cortes de los dedos.

     Dejó el instituto en cuanto la edad se lo permitió. Nunca estuvo a gusto en el instituto, ni antes en el colegio, ni en ningún sitio. Siempre hay algo en los demás, algo invisible, que los hace indescifrables, peligrosos. Algo oscuro acecha siempre tras su apariencia de normalidad.

     Nunca tuvo un amigo, ni en las aulas ni en el barrio, ni siquiera esa niña autoritaria y coqueta que desde el parvulario había sido su compañera de pupitre y con la que nunca se había cruzado por la calle, viviendo ambos tan cerca el uno del otro, y que resultó ser la propietaria de ese balcón frondoso de aspidistras ante el que el pequeño Jose se quedaba siempre embelesado.

     En el taller fue peor. Si en clase podía hacerse medio invisible en la regularidad del grupo, y durante los recreos tenía la biblioteca, donde quitarse de en medio, ahora era la mascota de una cuadrilla de mecánicos que se pasaban el día hablando de tías y de fútbol, que competían entre sí gastándole bromas groseras sobre atributos sexuales, que exhibían una virilidad sucia y prepotente, a la que él respondía como se espera de toda mascota, con gruñidos que nada significan para que cada cual los interprete a conveniencia.

     Para hacerse invisible y que lo dejaran en paz, empezó a mimetizarse, pero sólo por fuera. Copió las miradas del grupo a las tetas y los culos de las que pasaban. Cambió las Coca-Colas por la cerveza, a pesar de que no le gustaba su amargor ni el dolor de cabeza que le deparaba a veces. Incluso se compró una bufanda del mismo equipo de fútbol. Compartía su fachada, para quitarse de en medio, no llamar la atención, que lo dejaran en paz. Pero toda fachada conlleva una parte trasera, que, cuanto menos se la considera, más aumenta su peso y deterioro.


Tilo en plaza Bib-Rambla. Granada


     Ha salido a un descampado. Se encuentra en medio de un descampado, bien lejos de todo. No tenía intención de venir aquí. No albergaba intención alguna. Lo ha traído la rabia. El viento racheado le da en la cara y le entran ganas de responderle con un puñetazo. Querría darse un puñetazo a sí mismo. Pero de verdad. No hacer como que se golpea sólo para engañar la rabia. Querría golpear algo que no es él pero está en él, eso que se ha roto dentro de sí, que lo ha dejado a la intemperie.

     Subió con Merche a su casa. Se sentía bien. Ya ni siquiera le temblaban las manos, siempre escondidas en los bolsillos de la chaqueta. La naturalidad con que ella le pidió que le sujetara el violín mientras abría la puerta le dio un sensación de cierta complicidad. La familiaridad con que ella le indicaba que pasaba primero, que conocía el camino, le brindó un sosiego interior en el que ya no estaba obligado a fingir o a ocultarse.

     Atravesó aquel pasillo de puertas cerradas como si entrara por un túnel en su propio espacio, siempre intuido, nunca transitado. Se le abrieron las puertas de ese comedor con balcón a la calle, frondoso de aspidistras, ante el que tanto se había embelesado desde niño. Merche le preguntó si quería algo de beber. Él se sentía tan a gusto, la amistad le estaba gustando tanto que, en lugar de una cerveza, le preguntó si tenía Coca-Cola. Ella le respondió que iba al frigorífico a ver.

     Un rayo oblicuo color vainilla entraba por el balcón abierto. En la venturosa soledad con que lo acogía aquella habitación, mientras esperaba a que Merche volviera con el refresco, tenía la sensación de haber llegado, de haber encontrado a ese que siempre había querido ser y de haberlo encontrado donde siempre supo que podría estar.

     ¿Qué se iba a imaginar él entonces que ocurriría lo que iba a ocurrir? ¿Cómo sospechar que aquella felicidad se transformaría tan repentinamente en rabia?


     Ha llegado hasta las vías muertas del tren. Se sienta sobre una pila de travesaños amontonados. Restriega la suela de los zapatos por la grava del suelo. A sus espaldas, los ecos en sordina de la ciudad parecen señalarlo con el dedo. Gruñe para romper el silencio. Coge una piedra con rabia y la tira lejos, para romper el silencio. Dentro de sí, el silencio es bronco y amenaza. Tiene apretados los labios. Los ojos, fijos en nada, embrutecidos. Ni siquiera quiere llorar. Siente asco. Rabia.

     Una idea fija le golpea la cabeza. Ni siquiera es una idea, no algo que pueda decirse con palabras. Una imagen que no podría fotografiarse. Eso, lo ocurrido. La escena. No la teatralidad, sino lo que no podría escenificarse. Nombrarlo ensucia la boca, produce asco. Pero él no siente exactamente asco y el no sentirlo le da rabia, le da miedo.

     Coge un puñado de piedras y las va lanzando con furia una a una contra un poste, que no alcanzan. No importa. Coge otro puñado y repite la operación, con idéntico resultado. Vuelve a coger más piedras y, a pesar de la seguridad de que no van a alcanzar su objetivo, o precisamente por esa seguridad, las va tirando con furia creciente, como si se las tirara a sí mismo, porque sabe que, en el fondo, eso contra lo que tira piedras es él, el que era antes de subir a casa de Merche, antes incluso de encontrársela al cabo de tanto tiempo en la cola del supermercado. Y tendrá que volver a convivir con él.

     De pronto tiene un vagabundo a su lado. No lo había visto venir. Le ha dado un sobresalto. El vagabundo le toca el brazo para pedirle un cigarro. A él le da asco. Pero no le da asco esa mano mugrienta, envuelta en harapos sucios. No le da asco esa cara embrutecida por la intemperie y la malnutrición. Le da asco de sí mismo.

     Lleva todo el día economizando cigarros. Tendrá que hacerlo hasta final de mes, que cobre de nuevo, después de haberse comprado la chaqueta y los zapatos para su cita con Merche. Ahora le dan asco la chaqueta y los zapatos, se da asco a sí mismo, no soporta que lo toque ese vagabundo. Le da el paquete de tabaco con tal de que se vaya.

     Mientras esperaba a su amiga, parecía que aquella habitación lo acogía como a uno de los suyos. Vislumbraba que era posible una conformidad feliz con el mundo. Con aquel último rayo de sol, color caramelo, recorriéndole la chaqueta nueva, se sentía incluso guapo.

     Fue entonces cuando entró Rafa, Rafa, el hermano de Merche. Ella no le había dicho que hubiera alguien más en casa, tampoco que no lo hubiera. El repentino saludo de Rafa le produjo un sobresalto. No lo había oído llegar. Se giró hacia él y el rayo de sol se había depositado blandamente sobre el pelo del recién llegado, que le pareció un arcángel. Pero un arcángel en cuya sonrisa brilla la dulzura del fruto prohibido.

     - ¿Jose? Soy Rafa. ¿Te acuerdas de mi?, ¿del colegio? Un curso por delante del de mi hermana y el tuyo.

     Él no recuerda. No quiere recordar. No quiere indagar. No quiere saber por qué no había recordado antes la existencia del hermano de Merche. Los ojos de Rafa son afectuosos como la melancolía y como el mar que vio una vez de muy niño, antes del fallecimiento de su madre. Lo están mirando como nadie antes lo ha mirado, porque nadie lo ha mirado antes. Siente el pudor de una felicidad excesiva y el pudor le arranca una sonrisa que se sabe generosa. Su sonrisa hace brotar otra en la cara de Rafa, que le tiende la mano. Él duda. Desea tener esa mano entre la suya pero le da vergüenza. Le da vergüenza su mano de mecánico. La insistencia del joven es tan franca que Jose vence toda vergüenza y, sintiéndose más él que nunca, acepta y se rinde a ese apretón de manos.

     Le tiemblan los pies. El contacto de esa piel fina, de esa firmeza y esa delicadeza en la presión, le hace sentir que podría echar a volar, o podría encogerse hasta hacerse pequeñito pequeñito y dejarse llevar por un río tranquilo como una gota de agua.

     No era vergüenza ni pudor cuando agachó los ojos mientras se daban la mano. Era el recogimiento en el placer compartido, el cerrar los ojos cuando besamos. Cuando Jose volvió a alzar la mirada, le estalló la sonrisa de Rafa en plena cara, le estalló la felicidad.

     La sonrisa de Rafa no formaba parte de su memoria infantil ni adolescente. Pero él sabía que Merche tenía un hermano, un año mayor que ella. ¿Por qué no lo recordó cuando se la encontró en el supermercado?

     Cuando la hermana regresa con una Coca-Cola y una cerveza para sí, él todavía ha sido incapaz de abrir la boca, permanece con la mano de Rafa en la suya, una eternidad, un instante.

     - Rafa, ¿te acuerdas de Jose?

     Con las palabras de Merche, irrumpen de repente los restantes chicos de la clase, su hosco padre, los compañeros de trabajo, una realidad que le pone un espejo por delante. Y la propia imagen en él reflejada lo aterroriza. Ha sido arrancado de un sueño y encuentra una pesadilla. A sí mismo.

     Le aterrorizó darse cuenta de que le había dado vergüenza estrechar la mano de Rafa con su mano de mecánico, una vergüenza que antes no había experimentado con Merche. Le aterrorizó darse cuenta de que ese apretón de manos le había proporcionado un placer pleno no sólo físico, darse cuenta de que al encontrar los ojos de Rafa sonrientes en los suyos lo recorrió de parte a parte una estimulante tensión no sólo anímica. No se reconocía en ese en el que latía una felicidad infinita, en ese que sorbía una bondad suprema en el contacto con Rafa. Se dio asco. Gruñó una excusa a todas luces torpe e incongruente y salió huyendo.


Estación de Renfe. Granada


     Una luna naranja, de un naranja como manchado de barro, se asoma por la oscuridad de los tejados. En el charco de luz de los andenes desiertos, a lo lejos, la ininteligible voz de los megáfonos anunciando algo que nadie atiende. La lejanía hace que esos gorgorismos mecánicos no aturdan, resulten hasta familiares.

     Pensamientos que son como ronroneo de motores golpean la cabeza de Jose. Pero tampoco quiere meter mano en ellos para detenerlos y sacar la mano manchada de palabras. Se agarra la cabeza con los puños. Escucha el avanzar imparable del reloj. Presiona los propios pensamientos, esos motores ronroneando dentro, hasta adecuarlos al tic tac del reloj, con el que acaban mimetizándose. Así se anula. Anula la rabia.

     Entonces dijo en voz baja, muy baja, el nombre de Rafa, como musitándolo para sus adentros. Dijo ese nombre, Rafa. Y lloró amargamente. Amargamente, porque aquel nombre venía a recibirlo generosamente en su regazo, aunque él no quisiera. Amargamente, porque sí quería. Lloró amargamente, porque sabía que ya no podría volver a ser nunca más el mismo de antes. Pero una dulzura infinita, la dulzura de haberse quitado la mochila de las espaldas y haberse atrevido a mirar dentro, fue poco a poco imponiéndose al llanto.

(1999)