"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

sábado, 27 de junio de 2026

CARICIA (relato)

 


Relato publicado originalmente en el libro colectivo 101 RELATOS LGTB+, por Vinatea Editorial, editorial valenciana de carácter social, sin ánimo de lucro.


CARICIA


El sol de buena mañana entra a raudales por la cristalera de la residencia donde un joven voluntario termina de peinar al anciano inmóvil en la silla de ruedas. A la luz cobriza del otoño, su silueta se recorta más como imagen icónica que como figura viva. Tras el aseo, lo ha vestido hoy domingo con pijama limpio. Como todavía no hace tiempo de calefacción, aunque ya comienza a soplar el frío relente de la sierra, le ha echado por las piernas una manta fina, luego lo ha rociado con colonia y lo ha peinado con esmero. Finalmente, le alza la cara por la barbilla para comprobar el efecto. En el momento en que las miradas confluyen, el joven advierte una lágrima en el ojo del anciano.


Era todavía niño cuando su padre lo llevó consigo a supervisar una de las obras del Ensanche. La ciudad estaba creciendo a marchas forzadas gracias a los desplazados de los pueblos más pobres de la comarca, mayormente de aquellos que quedaron inundados con la inminente construcción del pantano. El padre mostraba orgulloso los resultados la disciplina en el trabajo. El hijo miraba asombrado aquellos cuerpos moldeados por el esfuerzo; sobre todo, el de un muchacho de torso desnudo bajo un sol implacable, todo perlado de sudor, que dejó la carretilla vacía bajo la mezcladora de cemento y aprovechó para estirarse, con las dos manos tras la nuca, cimbreando las caderas. Nunca había visto nada tan hermoso.


Entonces era plausible hacer pasar por honestidad la renuncia a cualquier contacto físico, al menos hasta haber pasado por el altar, pero un opresivo remordimiento le hacía cada día más insoportable la situación. Ella ni siquiera sospechó las auténticas razones por las que él no podía seguir manteniendo aquella farsa de noviazgo. Que la quería demasiado como para engañarla era cierto, su dolor era auténtico, las razones de la ruptura, en cambio, fueron una cortina de humo tras la que ocultar su auténtica naturaleza.


Noche de intimidad y confidencias, su mejor amigo le revela el hoyo de negrura en que lo ha sumido la larga y cruenta enfermedad paterna y cómo tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para asistirlo hasta el final sin derrumbarse. Cuando él le da un abrazo de aliento como respuesta, es rechazado con un desaire, ¿qué haces?, ¿crees que soy maricón?


Los tiempos han cambiado, ahora es posible hablar un poco más abiertamente; será lo que sea, pero es buena persona; si yo los respeto, aunque nunca querría que un hijo mío lo fuese; que cada cual se acueste con quien quiera, pero qué necesidad de andar restregándotelo por las narices. En el día a día, y sobre todo en el trabajo, se somete a una férrea disciplina, que nadie se lo note; si trascendiera, ¿podría acercarse a alguno de sus alumnos del conservatorio y cogerlo por los brazos para enseñarle la forma correcta de sujetar el violín sin despertar suspicacias?, máxime en una ciudad pequeña en la que cualquiera puede reconocerte y señalarte.


Los achaques de la edad lo conducen cada dos por tres al urinario del local de ambiente al que lo han traído unos compañeros de la asociación. A la luz implacable de los fluorescentes, contempla en el espejo su rostro arado de arrugas, acartonado, sin lustre. Vuelve a la sala, desde donde observa con melancolía el esplendor de una juventud despreocupada que no tiene que esconderse. Y piensa que a él le llega demasiado tarde; recuerda con amargura las palabras del poeta, mano de anciano mancha.


De nuevo, el ocultamiento. La posibilidad de respirar abiertamente ha resultado demasiado efímera, casi un espejismo. En la residencia a la que lo han llevado la soledad y esa progresiva esclerosis que lo tiene postrado en una silla de ruedas, de nuevo imperan las condiciones del macho, manifiestas en el trato hacia otro residente octogenario de los que antiguamente se decía de pluma y mano lánguida. Obligado a convivir con otros reclusos de la ancianidad cuyas palabras como puñetazos vuelven a imponer una percepción del mundo atrabiliaria, mejor regresar a las telarañas del armario.


Hoy luce un sol que alienta vida. Debe de ser domingo, por el pijama limpio, aunque aquí dentro los días son todos uno, y más para alguien de cuerpo tan rígido que apenas le permite moverse con independencia. El voluntario es hermoso, sus ojos irradian el destello de la juventud. Le habla y lo trata como a un bebé, pero no importa, ternura impostada, pero ternura. Lo ha peinado con demorada delicadeza, le ha echado agua de colonia, qué guapo ha quedado usted, le dice, y, para comprobar el resultado, le alza el rostro cogiéndolo de la barbilla, mientras uno de sus dedos, el pulgar, se mueve en lo que es casi imperceptible caricia. No puede contener la lágrima. Nunca nadie lo ha acariciado así.


jueves, 19 de febrero de 2026

JOB EN GAZA, de Juan Argelina (reseña)


El pasado 6 de febrero, viernes, acompañé a Juan Argelina en el acto de presentación de su poemario "Job en Gaza" (Editorial Poesía eres tú, 2025) en la madrileña librería Traficantes de Sueños. Reproduzco a continuación el contenido de mi intervención como introductor de dicho acto.


 

JOB EN GAZA, Juan Argelina


Estamos hoy aquí para acercarnos a un libro potente y necesario, así como a su autor, Juan Argelina.

Conocí a Juan no hace tantos años, cuando compartimos caseta de editorial en la Feria del Libro de Valencia; desde el primer minuto, la fuerza arrolladora de su carácter directo y comprometido me conquistó como si nos conociéramos de toda la vida, resultándome extraño que dicho encuentro no se hubiera producido antes, dada la cantidad de intereses y escenarios que compartimos.

Porque Juan Argelina no es uno, como su carácter sencillo y transparente parecería dar a entender, sino muchos Juan Argelina, como estratos superpuestos de una misma civilización consolidada a través del tiempo, todos ellos regidos por un mismo sentido ético.

Está el Juan Argelina historiador, doctorado en Historia Antigua y Arqueología, dedicado durante largos años a la docencia; y quienes hemos compartido esa profesión sabemos lo comprometido que es trabajar con adolescentes, personas en una etapa de sus vidas que supone aún un campo abierto en el que todo es posible y cualquier acto, cualquier palabra, cualquier decisión, cualquier motivación tendrá consecuencias irreversibles en su futuro.

Está el Juan Argelina comprometido con los oprimidos o arrinconados al margen de una sociedad heteronormativa, blanca y clasista, radicalmente consumista y depredadora; fruto de lo cual, su militancia durante los años 90 en el colectivo "Radical Gai", cuya contribución a favor de los derechos LGTBIQ y contra la homofobia endémica no sólo queda recogida en los fondos del Archivo Queer del Museo Nacional de Arte Reina Sofía (MNARS), sino también en la publicación en 2022 del ensayo monográfico sobre literatura contemporánea en clave queer titulado Voces transgresoras (Editorial Bohodón).

Que el compromiso de Juan Argelina no se reduce a mera voz testimonial, queda patente en sus colaboraciones en proyectos educativos y culturales que lo han llevado por Oriente Medio y África Occidental, hasta lugares como Burkina Faso, Líbano o Palestina, dotando así a su voz de la inmediatez de un conocimiento de primera mano, sin intermediarios deformantes.

Porque esa búsqueda de la verdad por encima de tanta hojarasca de discursos oficialistas y opinadores de salón lo ha empujado no sólo a un conocimiento histórico metodológico, recogido en sus habituales colaboraciones con el periódico digital "Izquierda Diario" o en su blog personal, con artículos de opinión sobre temas de actualidad socio-política, sino también a una íntima afición por la fotografía como testimonio gráfico de primera magnitud, fruto de la cual puede congratularse de haber obtenido el segundo premio del Certamen Fotográfico Renfe Cercanías Madrid.




Todo ese bagaje confluye y encuentra voz depurada en este su primer poemario, Job en Gaza, un libro comprometido no sólo con la autenticidad de la palabra como portadora de una verdad inequívoca sino con una realidad histórica sangrante, el sufrimiento extremo del pueblo palestino, sometido a una violencia criminal y al exilio, cuando no al exterminio.

Para ello, Juan Argelina recurre al mito bíblico de Job como marco mítico de referencia y en calidad de representante de un sufrimiento extremo, absoluto, injusto e injustificable, ejercido sin piedad por una fuerza demoníaca sin conciencia ante el silencio cómplice e impasible de un Dios en el que queda reflejada una comunidad internacional maniatada por prejuicios e intereses materiales ante la masacre ejercida por el ejército y el gobierno israelí sobre la población gazatí.

Significativamente, Juan Argelina expurga el referente mítico de una de sus cualidades más destacadas en el imaginario tradicional cristiano, la resignación ante la fatalidad, para poner de relieve algo que en el universo bíblico queda postergado, su resiliencia para sobrevivir y renacer una y otra vez cual ave fénix de las propias cenizas, con una voluntad de ser extraordinaria, forjada en la resistencia frente a la ruina y el ultraje.

Es un libro que abandona conscientemente cualquier canon establecido de discurso poético, en beneficio de una articulación dialéctica que, intercalando expansiones líricas inspiradas en el modo versicular del libro de Job y los libros de los profetas bíblicos, junto a retazos en prosa tanto de testimonios que sitúen la realidad contemporánea en su contexto histórico como de aspectos culturales que ofrecen diferentes perspectivas de la propia naturaleza irracional e imperialista del sujeto destructivo, cala hondo en la conciencia del lector, dotándolo de aquella visión solidaria que la saturación de cifras y titulares en noticiarios y estudios académicos reduce a consumismo informativo, tan efímero como inconsecuente, y aportando un aliento de esperanza.



Porque, en medio de tanto horror, Argelina nos ofrece en esta obra una auténtica liturgia de memoria y de denuncia, una memoria que expresamente se quiere semilla de futuro cuando dice:

                                        "Me buscarás mañana y no seré,

                                        pero quedará mi voz (...)

                                        seré semilla escondida,

                                        esperando la lluvia de la justicia".

La identificación de Gaza con la figura bíblica de Job, como paradigma del justo sometido a las más horrendas pruebas de sufrimiento y barbarie, le permite a Juan darnos un toque de atención como lectores adocenados por la acumulación de imágenes espantosas y los discursos ideológicos sesgados, que acaban embotando nuestra conciencia desde una posición privilegiada. Y ello lo lleva a cabo situando el genocidio del pueblo palestino en un doble marco de referencias; por un lado, el marco histórico, que impone la realidad de la devastación de todo un pueblo no como un hecho aislado, de actualidad, sino como una etapa más de una larga sucesión de violencia ejercida con total impunidad ya desde la Nakba judía de 1948, con la expulsión de la población palestina de los que fueran sus territorios centenarios; en el corazón de este escenario desolador verbera una visión mítica que universaliza el sufrimiento actual, equiparándolo, por un lado, con el ya señalado mito de Job, pero también, tendiendo un puente entre mito e historia, poniéndolo en relación con ese otro mito fundacional de occidente no en su faceta civilizadora sino como fuente de violencia y rapiña, la mítico-histórica guerra contra Troya como primera incursión occidental para apoderarse de los recursos materiales del cercano oriente, Troyas  destruidas, saqueadas y superpuestas a lo largo de la historia en sucesión ininterrumpida bajo el manto de excusas no por inverosímiles menos efectivas, sean los aqueos asolando e incendiando Troya-Ilión supuestamente para recuperar a una tal Helena, presuntamente raptada por el príncipe troyano Paris, sean los cruzados atacando una Jerusalén curiosamente situada en plena ruta comercial con el lejano oriente bajo el proverbial mandato de recuperar los lugares sagrados de su religión; sea un EEUU invadiendo un Irak injustificadamente acusado de poseer no el petróleo auténtico sino unas supuestas e inexistentes armas de destrucción masiva; ¿necesitaba el ejército israelí muchas más justificaciones para perpetrar el genocidio sobre Gaza, tal como el diablo bíblico sobre el paciente Job?

Con estas palabras reveladoras concluye el periplo poético de Juan Argelina:

           "De Gaza a Ilión

          la historia camina en círculos.

          Cambia la lengua, el rostro, el uniforme,

          no el temblo de quien pierde a los suyos.

          (...)

          Troyas de arena.

          Troyas del presente.

          Toda ciudad sitiada

          se parece a un recuerdo que no termina".