"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

jueves, 19 de febrero de 2026

JOB EN GAZA, de Juan Argelina (reseña)


El pasado 6 de febrero, viernes, acompañé a Juan Argelina en el acto de presentación de su poemario "Job en Gaza" (Editorial Poesía eres tú, 2025) en la madrileña librería Traficantes de Sueños. Reproduzco a continuación el contenido de mi intervención como introductor de dicho acto.


 

JOB EN GAZA, Juan Argelina


Estamos hoy aquí para acercarnos a un libro potente y necesario, así como a su autor, Juan Argelina.

Conocí a Juan no hace tantos años, cuando compartimos caseta de editorial en la Feria del Libro de Valencia; desde el primer minuto, la fuerza arrolladora de su carácter directo y comprometido me conquistó como si nos conociéramos de toda la vida, resultándome extraño que dicho encuentro no se hubiera producido antes, dada la cantidad de intereses y escenarios que compartimos.

Porque Juan Argelina no es uno, como su carácter sencillo y transparente parecería dar a entender, sino muchos Juan Argelina, como estratos superpuestos de una misma civilización consolidada a través del tiempo, todos ellos regidos por un mismo sentido ético.

Está el Juan Argelina historiador, doctorado en Historia Antigua y Arqueología, dedicado durante largos años a la docencia; y quienes hemos compartido esa profesión sabemos lo comprometido que es trabajar con adolescentes, personas en una etapa de sus vidas que supone aún un campo abierto en el que todo es posible y cualquier acto, cualquier palabra, cualquier decisión, cualquier motivación tendrá consecuencias irreversibles en su futuro.

Está el Juan Argelina comprometido con los oprimidos o arrinconados al margen de una sociedad heteronormativa, blanca y clasista, radicalmente consumista y depredadora; fruto de lo cual, su militancia durante los años 90 en el colectivo "Radical Gai", cuya contribución a favor de los derechos LGTBIQ y contra la homofobia endémica no sólo queda recogida en los fondos del Archivo Queer del Museo Nacional de Arte Reina Sofía (MNARS), sino también en la publicación en 2022 del ensayo monográfico sobre literatura contemporánea en clave queer titulado Voces transgresoras (Editorial Bohodón).

Que el compromiso de Juan Argelina no se reduce a mera voz testimonial, queda patente en sus colaboraciones en proyectos educativos y culturales que lo han llevado por Oriente Medio y África Occidental, hasta lugares como Burkina Faso, Líbano o Palestina, dotando así a su voz de la inmediatez de un conocimiento de primera mano, sin intermediarios deformantes.

Porque esa búsqueda de la verdad por encima de tanta hojarasca de discursos oficialistas y opinadores de salón lo ha empujado no sólo a un conocimiento histórico metodológico, recogido en sus habituales colaboraciones con el periódico digital "Izquierda Diario" o en su blog personal, con artículos de opinión sobre temas de actualidad socio-política, sino también a una íntima afición por la fotografía como testimonio gráfico de primera magnitud, fruto de la cual puede congratularse de haber obtenido el segundo premio del Certamen Fotográfico Renfe Cercanías Madrid.




Todo ese bagaje confluye y encuentra voz depurada en este su primer poemario, Job en Gaza, un libro comprometido no sólo con la autenticidad de la palabra como portadora de una verdad inequívoca sino con una realidad histórica sangrante, el sufrimiento extremo del pueblo palestino, sometido a una violencia criminal y al exilio, cuando no al exterminio.

Para ello, Juan Argelina recurre al mito bíblico de Job como marco mítico de referencia y en calidad de representante de un sufrimiento extremo, absoluto, injusto e injustificable, ejercido sin piedad por una fuerza demoníaca sin conciencia ante el silencio cómplice e impasible de un Dios en el que queda reflejada una comunidad internacional maniatada por prejuicios e intereses materiales ante la masacre ejercida por el ejército y el gobierno israelí sobre la población gazatí.

Significativamente, Juan Argelina expurga el referente mítico de una de sus cualidades más destacadas en el imaginario tradicional cristiano, la resignación ante la fatalidad, para poner de relieve algo que en el universo bíblico queda postergado, su resiliencia para sobrevivir y renacer una y otra vez cual ave fénix de las propias cenizas, con una voluntad de ser extraordinaria, forjada en la resistencia frente a la ruina y el ultraje.

Es un libro que abandona conscientemente cualquier canon establecido de discurso poético, en beneficio de una articulación dialéctica que, intercalando expansiones líricas inspiradas en el modo versicular del libro de Job y los libros de los profetas bíblicos, junto a retazos en prosa tanto de testimonios que sitúen la realidad contemporánea en su contexto histórico como de aspectos culturales que ofrecen diferentes perspectivas de la propia naturaleza irracional e imperialista del sujeto destructivo, cala hondo en la conciencia del lector, dotándolo de aquella visión solidaria que la saturación de cifras y titulares en noticiarios y estudios académicos reduce a consumismo informativo, tan efímero como inconsecuente, y aportando un aliento de esperanza.



Porque, en medio de tanto horror, Argelina nos ofrece en esta obra una auténtica liturgia de memoria y de denuncia, una memoria que expresamente se quiere semilla de futuro cuando dice:

                                        "Me buscarás mañana y no seré,

                                        pero quedará mi voz (...)

                                        seré semilla escondida,

                                        esperando la lluvia de la justicia".

La identificación de Gaza con la figura bíblica de Job, como paradigma del justo sometido a las más horrendas pruebas de sufrimiento y barbarie, le permite a Juan darnos un toque de atención como lectores adocenados por la acumulación de imágenes espantosas y los discursos ideológicos sesgados, que acaban embotando nuestra conciencia desde una posición privilegiada. Y ello lo lleva a cabo situando el genocidio del pueblo palestino en un doble marco de referencias; por un lado, el marco histórico, que impone la realidad de la devastación de todo un pueblo no como un hecho aislado, de actualidad, sino como una etapa más de una larga sucesión de violencia ejercida con total impunidad ya desde la Nakba judía de 1948, con la expulsión de la población palestina de los que fueran sus territorios centenarios; en el corazón de este escenario desolador verbera una visión mítica que universaliza el sufrimiento actual, equiparándolo, por un lado, con el ya señalado mito de Job, pero también, tendiendo un puente entre mito e historia, poniéndolo en relación con ese otro mito fundacional de occidente no en su faceta civilizadora sino como fuente de violencia y rapiña, la mítico-histórica guerra contra Troya como primera incursión occidental para apoderarse de los recursos materiales del cercano oriente, Troyas  destruidas, saqueadas y superpuestas a lo largo de la historia en sucesión ininterrumpida bajo el manto de excusas no por inverosímiles menos efectivas, sean los aqueos asolando e incendiando Troya-Ilión supuestamente para recuperar a una tal Helena, presuntamente raptada por el príncipe troyano Paris, sean los cruzados atacando una Jerusalén curiosamente situada en plena ruta comercial con el lejano oriente bajo el proverbial mandato de recuperar los lugares sagrados de su religión; sea un EEUU invadiendo un Irak injustificadamente acusado de poseer no el petróleo auténtico sino unas supuestas e inexistentes armas de destrucción masiva; ¿necesitaba el ejército israelí muchas más justificaciones para perpetrar el genocidio sobre Gaza, tal como el diablo bíblico sobre el paciente Job?

Con estas palabras reveladoras concluye el periplo poético de Juan Argelina:

           "De Gaza a Ilión

          la historia camina en círculos.

          Cambia la lengua, el rostro, el uniforme,

          no el temblo de quien pierde a los suyos.

          (...)

          Troyas de arena.

          Troyas del presente.

          Toda ciudad sitiada

          se parece a un recuerdo que no termina".


sábado, 19 de julio de 2025

BARQUITAS DE ENDIBIA (recetas)

 



Vivimos tiempos difíciles. La barbarie ha vuelto a ir ganando terreno en nuestro entorno. Todo lo avanzado en convivencia y justicia social con tanto esfuerzo, con tanta inteligencia, con tanta filantropía, va sufriendo de día en día un deterioro y un retroceso brutales en aras de un individualismo feroz y suicida que nos retrotrae a épocas de horror, discriminación y sufrimiento atroz que creíamos históricamente ya superadas del todo; craso error, repetimos las bajezas y la dejadez que convirtieron etapas pretéritas en pozos de barbarie sin conciencia, en infiernos de muerte y destrucción contra el otro, contra el diferente, en cloacas de nuestra propia inmundicia ética.

     Olvidamos con demasiada facilidad que toda civilización es el producto de la fusión y el mestizaje; citando al gran humanista italiano Nuccio Ordine, los hombres no somos islas. No hay religión ni cultura que no surjan de la síntesis de primitivas creencias dispares, ningún conocimiento surge sino del encuentro con el otro, de la confrontación positiva, la autarquía conlleva la total esterilidad de cualquier organismo vivo o cualquier forma de pensamiento.

     No hay mayor evidencia de esta afirmación que en el terreno de la alimentación, donde toda cocina, incluso la más acérrimamente nacionalista, no deja de basarse sino en el mestizaje de productos y técnicas culinarias de diversas procedencias, viajeras en el tiempo y en el espacio, síntesis feliz de encuentros afortunados, cruce de culturas gastronómicas diversas. Lo que llamamos cocina mediterránea es el resultado de la coexistencia, más o menos azarosa, más o menos conflictiva, de pueblos diferentes en torno a ese mare nostrum considerado durante siglos como un inmenso lago que nos comunica, antes que separarnos.

     Es mi propósito hoy aportar tres variaciones culinarias sobre un mismo producto de fuerte raigambre en las cocinas francesa y belga, como es la endibia, fusionado con ingredientes o técnicas de diversas regiones mediterráneas u orientales, que bien pueden degustarse como refrescantes y sabrosos canapés para estos tiempo tan tórridos o incluso como un completo entrante.

     Dada la forma de la hoja de la endibia, con su característico amargor refrescante, bien pueden denominarse estos platos "barquitas", en el deseo de que ellas sirvan de puente a través de mares que dejen así de separarnos y se transformen en esperanzadores jardines de encuentro.



BARQUITAS DEL AMOR



     Ingredientes (para unas 6 raciones o unidades):

  • Hojas de endibia, 6.
  • Dulce de membrillo.
  • Queso de cabra.
  • Nueces.
  • Aceite de oliva.


Comenzamos por la menos laboriosa de las tres recetas, no por ello menos suculenta, exquisito contraste entre el sabor vegetal de la endibia, el dulzor del membrillo y el potente sabor del queso.

     Para su elaboración, suelo utilizar queso de rulo de cabra o alguno de similares características, aunque tampoco desmerecería un roquefort o un cabrales. En cuanto al dulce de membrillo, si se tiene casero, tanto mejor, aunque la calidad general de la mayoría de los comercializados en tiendas especializadas lo hacen de fácil y recomendable adquisición.



     Procedemos a separar una hoja de endibia para cada canapé, escogiendo las más frescas y lustrosas. Cortamos pequeñas tiras de dulce de membrillo, el tamaño dependerá del gusto personal por el dulce, aunque ha de tenerse en cuenta que la satisfacción del resultado final dependerá del mayor equilibrio posible dentro del contraste. Cortamos tantas rodajas de queso de cabra como canapés vayamos a confeccionar y las cortamos cada una por la mitad para repartirlas mejor sobre la hoja, Si se compran las nueces enteras, habrá lógicamente que abrirlas y extraer media nuez por canapé; si se adquieren ya peladas, trabajo hecho.

     Sólo resta montar el canapé, disponiendo sobre la hoja de endibia primero el dulce de membrillo, el queso de cabra encima y, por último, la nuez ligeramente troceada. Finalmente, ya sobre la bandeja donde vaya a servirse, se adereza con un chorrito de aceite de oliva, sin escatimar en calidad, que aporte su dulce amargor característico.

 




BARQUITAS MUTABAL



     Ingredientes (para unas 9 raciones o unidades):

  • Hojas de endibia, 9.
  • Sardinas ahumadas, 9.

     Para el mutabal de remolacha:

  • Remolacha, 250 gr.
  • Limón.
  • Ajo, 2 dientes.

     Para el tahini:

  • Sésamo, 1 cucharada sopera.
  • Aceite de oliva, una cucharadita.


El mutabal es un plato típico de las cocinas siria y libanesa, realizado principalmente a base de berenjena, y muy parecido a la melitsanosalata griega, aunque con ciertas variaciones en los ingredientes principales; para la elaboración de este canapé, he optado por la variante con remolacha en lugar de berenjena, tal como la conocí en un establecimiento de cocina palestina en la granadina calle Elvira.

     El mutabal de remolacha puede hacerse con remolachas ya precocidas o bien frescas, asándolas en este caso en casa, el resultado es prácticamente el mismo, si bien asadas quedan un poco más jugosas y no sueltan tanto líquido. Yo, por ejemplo, para la ensalada alemana de remolacha y ahumados, la compro precocida para que quede más jugosa; para el mutabal, en cambio, suelo asarla, para conseguir un punto de más cremosidad. Para asarlas, les cortamos el tallo por la base y las envolvemos en papel aluminio, para que no se resequen y conserven todo su jugo. Con el horno a 200º y aire, las asamos durante una hora y hora y cuarto, dándoles de vez en cuando la vuelta, hasta que al tocarlas las notemos blanditas.



     Entre tanto, vamos preparando el tahini, salsa a base de sésamo muy utilizada como condimento en muchas recetas del medio oriente. Puede comprarse ya preparado en tiendas especializadas, aunque su confección es muy fácil y el sabor resulta más intenso, ello unido a la dificultad de encontrarlo en establecimientos habituales hacen aconsejable su preparación casera. Para obtener la base del tahini, basta con triturar muy finamente en el molinillo una cucharada sopera de sésamo, suficiente para esta receta, aunque puede prepararse más cantidad y conservarlo bien cerrado en frío durante una semana o dos sin que pierda sus propiedades, muy indicado para dar sabor a cremas o vinagretas aderezantes. Una vez triturado, al punto de pulverizarlo, añadimos una cucharadita de café de aceite de oliva y revolvemos bien. Puede añadírsele sal, aunque, al ser un ingrediente para otras recetas, es preferible poner la sal en el producto final.



     Una vez listo todo lo anterior, es el momento de triturar en la batidora las remolachas asadas junto con dos dientes de ajo pelados, el tahini, el zumo de medio limón y una pizca de sal.



     Ha de resultar una crema densa y homogénea de intenso aroma. Antes de usar, sin embargo, conviene probarla y, en su caso, rectificar de sal o de cualquier otro de sus ingredientes.



     Ya sólo resta montar las barquitas, cada una con una hoja de endibia seleccionada, sobre la cual extendemos una cucharadita de mutabal de remolacha, ponemos encima una sardina ahumada (o cualquier otro ahumado que nos plazca, anchoa, arenque, etc.) y la concluimos cubriendo con una pintada de mutabal.





BARQUITAS ORIENTALES



     Ingredientes (para unas nueve raciones o unidades):

  • Hojas de endibia, 9.
  • Langostinos cocidos, 9.

     Para la vinagreta:

  • Nueces.
  • Hierbabuena.
  • Ajo, 2 dientes,
  • Limón.
  • Miel.
  • Cayena.
  • Aceite de oliva.
     Para la reducción:

  • Tomates, 3 o 4.
  • Azúcar.
  • Vino moscatel.


De las tres recetas, probablemente la más laboriosa, aunque especialmente sabrosa por el fuerte contraste de sus ingredientes.



     Aunque el orden de los dos componentes principales del canapé es indiferente y ambos conviene realizarlos con bastante antelación, en esta ocasión he optado por comenzar con la reducción de tomate. Para ello, rallamos los tomates y los ponemos en un cazo a fuego suave con una pizca de sal y media cucharadita de azúcar. Removiendo de vez en cuando y bajando el fuego a mínimo cuando empiece a concentrarse, los dejamos así hasta que se consuma totalmente el jugo, quedando una pasta de tomate consistente, añadimos entonces medio vasito de vino moscatel o similar y dejamos que evapore el alcohol durante unos cinco o diez minutos, removiendo para que no se pegue. Es el momento de batirlo bien hasta obtener una pasta cremosa y uniforme que reservaremos hasta que enfríe por completo.



     Mientras tenemos el tomate al fuego, podemos ir preparando la vinagreta.



     Comenzamos picando toscamente en la picadora un puñado de nueces (otra opción es utilizar unas almendras crudas, previamente tostadas directamente sobre la sartén, que darían un punto de amargor vegetal más intenso) junto con dos dientes de ajo pelados y las hojas de una ramita de hierbabuena. Ha de quedar un triturado de grano grueso, no pulverizado. A continuación, majamos muy bien una cayena picante con una pizca de sal, hasta reducirla a polvo, la mezclamos con el zumo de medio limón y una cucharada sopera de miel, y poco a poco vamos añadiendo aceite de oliva (como medio vasito) batiéndolo con varilla o con un tenedor para que emulsione. Finalmente, añadimos el picado de nueces, ajo y hierbabuena y lo mezclamos bien.



     Preparada la vinagreta, pelamos los langostinos cocidos. Una opción es conservar las cabezas como adorno para la composición final y por aprovechar el intenso sabor a marisco de su jugo. Una vez pelados, los cubrimos con la vinagreta y los dejamos macerar en el frigorífico unas dos horas por lo menos, para que tomen bien el sabor.

     Justo antes de comer, ya bien fríos todos los ingredientes, montamos cada canapé con una hoja de endibia, extendemos sobre ella una cucharadita de reducción de tomate y, encima, el langostino cubierto con el resto de la vinagreta.

     El contraste de sabores es particularmente refrescante.



Buen provecho, y buena concordia.

lunes, 30 de junio de 2025

LA PALABRA (relato)


 



LA PALABRA

Antes de que existiera esa palabra y quedara instaurada como moneda de cambio oficial en las transacciones personales, ni siquiera sabía si tenerme por un incomprendido o un sinvergüenza o incluso un pervertido en el terreno de las relaciones humanas. Unos y otras, en cuanto accedían al fondo de intimidad en que mi propio ser se debatía, terminaban tomándome siempre por un fraude, alguien que en realidad no es lo que aparenta y burla la confianza para que le empollen el huevo en nido ajeno. Yo mismo porfiaba entre considerar mis propios instintos un disturbio de personalidad o sencillamente mirarme al espejo y decir tú lo que eres es un caradura, que pretendes estar al plato y a la tajada; pero ninguna de estas explicaciones me resultaba satisfactoria cuando, al intimar con alguien que realmente me importaba, independientemente de su sexo, siempre terminaba sumiéndome en un poso de soledad y de renuncia sin cuya satisfacción yo sería necesariamente un falsario para esa persona, de modo que indefectiblemente, para salvar la situación, o dejaba de ser yo mismo como ente complejo y completo o acababa metiendo la pata y destruyendo las condiciones de exclusividad, no ya individual, sino incluso exclusividad de género, en que se basan y a las que nos atenemos quienes formalizamos una relación más allá del encuentro fortuito. Yo tenía un problema, sí, pero la raíz del problema se hundía en la indefinición para poner una estructura verbal a la vorágine  de mis impulsos y mis apetitos, no sabía cómo concretarlos en una definición coherente ni para mí ni mucho menos para el otro. Lo mío ¿era un problema moral, social, psíquico? Y, sobre todo, ¿era un problema en sí o un problema en el trato con los demás?

     Luego apareció la palabra, primero tímida y aséptica, en bata de laboratorio, término científico para debate en claustros y congresos, imposible identificar con ese término médico las tormentosas voluntades del corazón; luego saltó de boca en boca de manera mucho más explosiva, como bandera o como arma arrojadiza contra el inmovilismo intolerante y controlador en los foros públicos; inmediatamente después la adoptó la prensa, no sólo la especializada, también la prensa común de lectura y debate en la barra del bar o en las aplicaciones telefónicas, y la prensa la despojó del olor a producto farmacéutico y la echó a andar por las calles para que se moviera entre el tráfico y las gentes con la frente bien alta; de manera que aquella palabra acabó siendo moneda común y un respiro de normalidad para alguien como yo, que desde entonces tuve en ella una boya de definición a la que agarrar mis desvaríos, yo soy esto, yo soy esa palabra, no más un bicho raro, no más una extravagancia o un pícaro, sujeto único de esas voces interiores dispares y contradictorias que me conforman y me identifican y me conceden una entidad aceptable en la confusión de las relaciones interpersonales.

     Al principio, todo marchó bien, yo iba por la vida pisando firme un suelo en el que podía mostrar esa palabra como carné de identidad satisfactorio al ser cuestionado, ya no tenía que esconder mi naturaleza más íntima ni en el trabajo ni en la familia ni en la danza emocional de los compromisos, era libre. Sin embargo, cuando más seguro de mí me sentía, cuanto más claras eran las cláusulas de partida en la confrontación de un encuentro emocional, fuera con él, fuera con ella, siempre acababan surgiendo zonas oscuras, espacios poderosamente volitivos, curiosidades insatisfechas, células cuya electricidad chisporroteaba en cortocircuito, anhelos sumidos en la bruma pastosa de lo indecible, secreciones del sentimiento que escapaban a los límites conceptuales de la palabra y volvían a arrojarme a una confrontación dispar con el espejo. Porque ahora que había alcanzado la potestad social de ser quien soy, sentía esa palabra como un cerco, una empalizada que al protegerme me constreñía y me impedía acceder a espacios de sublimidad que no encajan en el área estrictamente delimitada por esas sílabas. Desde entonces vuelvo a buscar mi ser no en el dictamen público, no en el beneplácito o el descrédito ajeno, no en las definiciones aptas para rellenar fichas identificatorias, sino en el aleteo de lo fortuito que escapa a las palabras y a las definiciones y nos hace volubles, vulnerables, siempre insatisfechos, pero nunca claudicantes, nunca acomodados al retrato formal de la cartera.

     Te cuento todo esto porque leo en tus ojos la indefensión de la franqueza y quiero corresponder sin cartas trucadas, porque has de saber que lo que a partir de este momento establezcamos entre tú y yo no va a ser fácil, tendremos que trabajárnoslo en el día a día, tanteando y fracasando, probando y descubriendo o puede que incluso destruyendo, y acaso alguna vez lleguemos a surcar en una misma barca los procelosos mares de lo desconocido o nos alejemos uno del otro con el agridulce y generoso sabor de la nostalgia en los labios, pero eso sí que puedo asegurártelo, nunca aferrándonos al blanco comodín de las palabras y sus justificaciones sustantivas. ¿Estás dispuesto?