"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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viernes, 5 de mayo de 2017

LA OTRA ATENAS (galería fotográfica)



LA OTRA ATENAS


He vuelto a Atenas después de siete años.

Entre tanto, la usura financiera y el totalitarismo mercantil se han cebado sobre ella con cruel ensañamiento.

Los efectos de esta rapiña criminal son patentes en el deterioro material, no en el humano, gente hospitalaria e íntegra a la que se puede someter, nunca doblegar. Y una ciudad no la hacen las piedras, la hacen quienes la habitan.

Hay quienes la consideran una ciudad turísticamente poco hermosa, caótica, incómoda.

Ojos enamorados puede que no sean los más objetivos, pero sí los más penetrantes.

Si algo distingue a Atenas y la hace única es que siempre, en cualquier momento y circunstancia, respira autenticidad. No se maquilla para el visitante, te acoge como mesa convival de un vivir que es tránsito.



Vista del Partenón desde las ruinas del Keramikós








KERAMIKÓS — GAZI


























PSIRÍ — MONASTIRAKI




















EXARJIA












































Parque autogestionado de Navarino:
"Con todo lo que hicisteis para enterrarme,
olvidasteis sin embargo que era semilla".


MONTE STREFI

























Vista de la Acrópolis desde el monte Filopapo.




Con Penélope Stavrianopoulou,
amiga y maestra. 

miércoles, 22 de junio de 2016

EN EL AIRE (relato)









EN EL AIRE


        No digas que no lo sabías.
     Mejor habrías gastado una de aquellas bromas tuyas, sorpresivas y brillantes, que a los otros desconcertaban y a mí me rendían a tu vitalismo tan inconsciente como radical. Para cuando los demás reaccionaban ante el impacto de tu ingeniosa lozanía y a mí me habías empujado un poco más hacia esa fruta en sazón que es la aceptación de la vida, sin restricciones, sin condiciones, tú ya te habías cansado de tu propia ocurrencia, te habías limpiado emocionalmente de lo que ya considerabas viejo y gastado, y andabas ocupado en cuerpo y alma con otro nuevo hallazgo.
     ¿Cómo podía sorprenderte todo tanto? Todo te era nuevo, todo insólito. La piedra milenaria era algo inerte hasta que tú le descubrías la energía de lo fabuloso. Un puesto callejero de comida rápida podía ser la entrada secreta al jardín de los sentidos, si el lenguaje de la noche inundaba el mapa de tus venas. La música más banal alcanzaba a reproducir la armonía cósmica cuando tu irrefrenable vehemencia se apoderaba de su rítmico latir rutinario. Querías probarlo todo, mancharte con todo, empaparte en todo. No sólo mirarlo. Tocarlo, palparlo, hurgarlo, lamerlo, olerlo, ceñirlo, restregarte todo tú contra la piel del mundo.
     Necesitabas estar rodeado de gente. Siempre has necesitado espectadores de tus requiebros con la vida. No sólo cuando actuabas. Cuando no ejercías de actor, también. En realidad, sólo eres tú cuando actúas. Fuera de un escenario, eres múltiple, eres todos. En las aceras de la ciudad o en las tabernas del ocio, todas las posibilidades de tu propia realización están presentes en ti simultáneamente, te es imposible escoger, escoger es decir no a la inmensa diversidad de lo no elegido. No necesitas el aplauso de los demás, necesitas su mirada para leer en ella el que eres en cada momento, para no perderte en la frondosa multiplicidad de ti mismo.
     Había quienes te tildaban de teatrero. No sabían hasta qué punto estaban equivocados, ni siquiera sabían cuánta verdad ocultaba en el fondo ese reproche condescendiente. E incluso aquellos que te lo decían como auténtico reproche, en algún momento determinado, también ellos terminaban rendidos y desconcertados ante el candor de tu fabuloso entusiasmo. ¿Sabes?, la palabra entusiasmo significa estar poseído por la divinidad. Y eso eras exactamente tú, un cuerpo expuesto a la divinidad de lo existente, pasión en llamas que podía calcinar tu pobre naturaleza si no era compartida en el crisol de los afectos y de la amistad.
     Siempre has necesitado templar tu vitalismo incendiario en el frescor de las risas ajenas, aliviar la tensión sensorial prodigándote en tus múltiples personajes. Necesitas de los demás para ser tú sin llegar a ahogarte a ti mismo. ¿Me necesitabas a mí también?, ¿y de qué manera? ¿Qué papel me tenías asignado en el relámpago de tus equilibrismos emocionales? Los demás te hacían réplica a tu imperioso interrogante. ¿Qué era yo?
     Nunca me hiciste partícipe de tu verbena mundana, tampoco me quisiste ausente. ¿Qué me querías?, ¿cómplice en la sombra? Si en público me negabas cualquier tipo de reciprocidad, no era por ocultar la llama de tu deseo a la indiscreción ajena. Siempre has sido transparente, incluso cuando protegías tu intimidad de la prensa sensacionalista con poses premeditadas.
     Nunca me involucraste en tus comparsas, aunque siempre procurabas que estuviera cerca. Incluso cuando más distante te me mostrabas, en último caso, siempre recurrías a la complicidad de mi mirada, ¿buscando tal vez una aprobación ya de antemano segura? Desde el corazón de tu círculo de admiradores y comparsas, me envolvías con la mirada, me besabas con la mirada, me acariciabas con la mirada, me estrujabas con la mirada, me lamías con la mirada, con la mirada me mordías, me chupabas, con natural desvergüenza, restregabas tu necesidad de calor humano contra mi necesidad de ti, siempre con la mirada, entre un auditorio que te aplaudía, te zarandeaba, te lisonjeaba, y terminaba siempre luego dejándote solo y exhausto, exhausto en mis brazos.

     ¿Recuerdas cuando alguno de tu séquito, que no te amaba, sólo se complacía en tus jaranas, te echaba los brazos al cuello y te hablaba al oído, rozando su cara con tu cara, y os reíais, concediéndole graciosamente tú el deleite de la confidencia exclusiva; o cuando te agarraban maquinalmente de la cintura para escenificar una correspondencia afectiva que no suponía mayor implicación; o cuando, durante alguno de aquellos viajes improvisados a las tabernas del Pireo o a los barrios de la costa, en la intimidad del coche, tu compañero de asiento echaba su cabeza, una cabeza rendida por tantas horas atrasadas de sueño, en la cueva de tu clavícula, deliciosa cercanía tan deseada, mientras yo quedaba a tu otro lado, mirando, sólo mirando aquel gesto de los otros que para ellos era apenas nada, purpurina festiva, y para mí habría significado entonces trascender la caducidad de la circunstancia y rozar el infinito con la punta de los dedos, mientras permanecía inmóvil, rígido, sólo mirando, sonriendo apenas, sólo anhelando, conteniendo el anhelo, porque el amor era demasiado y lo excesivo aplasta?
     ¿Recuerdas cómo nos conocimos? ¿Recuerdas nuestro primer beso? ¿Recuerdas aquel primer amanecer cuya luz nos sorprendió entrelazados?

     No, así no. Fuera nostalgia. Ahora mismo sería demasiado fácil. No quiero lo fácil. Contigo nunca me refugié en lo fácil, lo quise todo. Tuve que hacerme mucho más grande de lo que en realidad era y he sido siempre para que todo tú cupieras en mí, ¿o la libertad que tu existencia sembró en el hombre adusto y exigente que siempre he sido rompió mis resortes más firmes y me hizo crecer a dimensiones hasta entonces desconocidas? No quiero hoy recurrir a lo fácil, no debo. Quiero comprender. En medio de este dolor que es otra forma de amor a ti, quizás la más viva, el orgasmo de la renuncia está poniendo a prueba la resistencia de este cuerpo enfermo. El sol, cuando muere en el mar, incendia la vida con los tonos más insólitos, todo lo que él roza arde. Necesito comprender.
     Rememoro el primer roce de nuestros cuerpos y en la memoria de aquel estremecimiento hallo hoy la energía que la enfermedad ha ido degradando inexorablemente. Digo mentalmente tu nombre, tal como lo escuché por primera vez de tus propios labios, y la voluntad de vida crece dentro de mí en ondas concéntricas que poco a poco se apoderan de mis miembros debilitados, me desbordan, invaden el espacio cerrado de este avión que me está devolviendo a mis orígenes, logran romper la ventanilla para sumir su propio estremecimiento en el blanco cegador de unas nubes que me ocultan esa ciudad que definitivamente estoy abandonando, donde tú aún estás.
     Tu transparencia nos eximía de luchar con la opacidad de las palabras. Los sobreentendidos son otra forma de conocimiento, un conocimiento no manipulado por la arbitrariedad de la palabra. No digas que no conocías la profundidad de mis sentimientos. Esa máscara de sorpresa gratuita es demasiado vulgar. Afortunadamente, tu rostro no está hecho para las máscaras, todas ellas se te desprenden con una facilidad asombrosa. Como a un dios antiguo, siempre se te reconocía bajo la apariencia que adoptaras. Tus disfraces eran lenguajes diáfanos para ti y para mí, puertas secretas a una intimidad sin murallas. Disfrázate también ahora, en el desenlace de la separación, si esa es tu voluntad, pero no quieras convencerme de lo que tus ojos desmienten y desmentía el temblor de tu mano cuando la levantaste para acariciar por última vez esta cara demacrada que finalmente no llegaste a rozar. Mejor habría sido un adiós sencillo y definitivo como un corte de cuchillo. Duele. No pudre.

     Estaba terminando de preparar la maleta esta misma mañana, terminaba de eliminar todo lo prescindible para este último viaje, y apareciste de repente. No te esperaba. Ya nos habíamos despedido anoche con una cena tan cortés como entrañable, en aquel restaurante junto al pequeño puerto donde un día tú...
     Anoche nos despedimos sin dramas, sin reproches, sin malas caras, casi sin una lágrima, educadamente, con esa educación formal de la que realmente tú y yo nunca hemos hecho gala. Todo estaba bien. Dolía, pero el dolor del amor da sentido a los dolores de la enfermedad. Consumamos la despedida con un apretón de manos. Sí, hasta en eso hemos discurrido por caminos propios. Nos conocimos con un beso profundo y nos despedimos dándonos la mano. Pero has aparecido esta mañana, cuando ya no te esperaba.
     Estaba terminando de preparar la maleta y me sobresaltó el timbre de la puerta. Eras tú, resoplando. ¿Venías corriendo? ¿Y por qué corrías? ¿Temías que ya me hubiera ido? Cuando te vi esta mañana, desencajado el rostro no sólo por la carrera, no puedo negar el orgullo que sentí, una alegría incontrolable revolucionó mi organismo, ahora tan delicado. No achaques sólo a la enfermedad aquella crisis física que me atacó en tu presencia. La alegría mata, pero tan dulcemente. Te tenía ante mí, empapándome de tristeza con tu mirada, dándome a probar en tus labios temblorosos la pócima del deseo, encabritando con tu belleza indecisa los resortes oxidados del entusiasmo. ¿Recuerdas lo que esa palabra significa? Todo lo divino en ti me estaba poseyendo por última vez. Pero mi energía menguante no fue capaz de tan intensa posesión y el cuerpo respondió desmoronándose. Habría bastado de tu parte un simple vaso de agua para los venenos que me mantienen con vida. No era necesario ese desnudo tuyo tan desmañado, tan fuera de lugar. Esa voluntad de entrega asumida como un débito.
     La verdad siempre encuentra grietas por las que escapar de las trampas que le tendemos y la verdad, en este caso, fue tu miedo súbito a tocar lo que podría contagiarte, ¿contagiarte de qué? ¿Aún no has comprendido la naturaleza de esta enfermedad que durante un mes interminable me retuvo en el hospital, me retuvo treinta días en una cama que te esperó en vano, me retuvo en la ausencia de ti, en tu silencio, y terminó firmando luego mi sentencia?
     Sólo me había acercado a ti para devolverte la ropa arrojada al suelo y decirte Vístete. Busqué en esta garganta que ya no domino el timbre más entrañable para decirlo, pero me negaste incluso la opción a esa frase. Sólo había dado un paso hacia ti cuando te apartaste con un gesto de rechazo, te refugiaste en el sillón con lágrimas en los ojos, hecho un ovillo, desnudo, indefenso, acorralado en tus obsesiones siempre contradictorias, tan vulnerable, pidiéndome comprensión a tus miedos. No me sentía con fuerzas para protagonizar aquel melodrama. Quise pedirte que te fueras, que no enturbiaras tu límpido recuerdo con retruécanos de serie televisiva. No podía. Mi boca se resistía a pronunciar esa palabra, Vete, de cualquier manera. Entonces rompiste el silencio para explicarme que, en el fondo, no conocías realmente la profundidad de mis sentimientos, que la auténtica profundidad de tus propios sentimientos tampoco habías llegado a comprenderla hasta hoy, hasta ese preciso amanecer en que despertaste y viste tu cama vacía de mí para siempre. Yo debía entender, era yo el que debía entender la violencia que el miedo ejerce contra tus propios impulsos.
     Te tenía delante de mí, hermoso en tu indefensión, entrañablemente ridículo en tu desnudez, atormentado por la violencia de tus más hondas contradicciones, destrozando la frágil armonía de una triste despedida previamente organizada, y deseé con toda mi alma escapar de este cuerpo casi consumido, hundir los navíos del regreso y dar marcha atrás, volver a aquel primer encuentro en que te vi y todo mi organismo se desprendió de las corazas de la honorabilidad para amarte.


     Te vi bailar aquella noche, ¿lo recuerdas? Eras hermoso con aquella camisa blanca completamente entreabierta. El sudor subrayaba las suaves ondulaciones de tu torso. Te cimbreabas con la indolencia de un visillo acariciado por una brisa suave. Yo nunca antes había permanecido tan embobado mirando a alguien, tan descaradamente absorto. Me cogiste de la mano en un gesto audaz y divertido, ¿Bailas? La plaza lucía guirnaldas de papel y una fina cala de luna. La música de buzukis y baglamás perfumaba el aire fresco de la noche con melodías de silvestre sensualidad. ¿Bailas? Las luces de los farolillos temblaron por mí. Te dije No sé bailar, amedrentado y excitado al mismo tiempo. Tu desenfado jovial derribó mis defensas y di contigo cuatro pasos de ganso sobre las baldosas regadas. Te manché el pantalón, ¿lo recuerdas? Allí descubrí tus dientes, radiantes por la risa. Tus dientes iluminaron la noche y despejaron la oscuridad que había sido mi fiel compañera durante tantos años.

     No digas que no conocías la auténtica profundidad de mis sentimientos. Fuiste el artífice generoso de mi aceptación de la vida. Jugamos bien, sin cartas marcadas, al todo por el todo. No me niegues con justificaciones inútiles la verdad de lo vivido. No quieras poner tiritas al dolor en carne viva. Mejor ser una de esas estatuas destrozadas por el tiempo en cuya ruina se adivina aún el ideal de la mano que le dio forma.

     Porque tú fuiste mi artífice. El hombre que huyó de una vida malgastada en la estrechez de lo correcto, que derribó la cimentación de compromisos sobre los que había levantado sus días, que renegó al fin de seguir nadando a contracorriente de sí mismo en aras del beneplácito ajeno, aquel hombre que aceptó la propuesta de trasladarse a la filial comercial en esta tierra más como huida de lo viejo que viaje hacia lo nuevo, aquel hombre que había venido aquí prácticamente con lo puesto, sin mudas en la maleta ni en el pensamiento, aquel hombre despojado de atributos se aferraba todavía a viejos formalismos, como muletas sin las que no se atrevía a caminar. Tú le dijiste ¿Bailas? y él, sin saber cómo, neófito de sí mismo, tiró las muletas y aprendió a andar, aprendió a volar, quería decir bailar, aprendió a ser, ser en ti. Pues nadie puede llegar nunca a uno mismo sino en el otro. ¿Ves?, tú que siempre me estabas llamando maestro, con más afecto que ironía, como quien dice viejo sin decirlo, ¿ves?, también tú fuiste maestro para mí. Porque nadie puede enseñar sino aprendiendo, sin reciprocidad no hay conocimiento.
     Hoy en el aeropuerto he aprendido una de las lecciones más difíciles: cómo caminar cuando ya estás muerto. Llevaba impresa en mi retina, como un sudario, la última visión de tu cara. No veía nada delante de mí. Te veía a ti, tal como te había visto por última vez en aquel desangelado vestíbulo del aeropuerto antes de darme la vuelta definitivamente. Tú habías impuesto a tu cara la máscara fúnebre del protocolo. Incluso enmascarado en aquella estatuaria inexpresividad, tu belleza resplandecía. Ni un abrazo, ni un último contacto. La rigidez de lo concluso. Una rigidez en la que afloraba una lágrima a punto de brotar y, como siempre, me negaste incluso la bendición de ese regalo, temeroso siempre de que la evidencia de tus sentimientos te haga vulnerable. Siempre tuve que conocerte no por tus gestos, sino por la esquinas de tus gestos. Allí donde tu frágil voluntad se debilita y tu ser siempre bullente escapa de sus diques. ¿Miedo al contagio, dices?
     Me iba alejando de ti, caminando en dirección al control de pasaportes, y cada pie me pesaba como si a cada paso se me fueran hundiendo más y más en el barro. Te suponía a mis espaldas, mirando cómo me alejaba por aquel corto pasillo que era la entrada al no verte nunca más. Algo en mí, en aquel cuerpo que se arrastraba hacia la extinción, esperaba que en algún momento tu voz se alzara reclamándome, o simplemente me diera a beber un último sorbo de ti con alguna ocurrencia intrascendente, simplemente mi nombre, esperaba al menos escuchar por última vez mi nombre pronunciado por tu boca, como si fuera un ¿bailas? que hundiera amorosamente la semilla en la tierra, esa boca que repentinamente me lanzaba una guirnalda de rosas cuando en medio de las bromas de los presentes me hacías objeto de una atención distinta, la misma boca que saboreaba con delectación mi nombre, en un murmullo, cuando el amanecer nos sorprendía desnudos entre una tempestad de sábanas.
     Avanzaba entre viajeros anónimos, expectantes de futuro, ante funcionarios para cuya mirada yo sólo era un pasajero, un número en una lista, siguiendo la cola hasta el detector de metales. Sentía tus ojos en mi nuca. Me taladraban. Me penetraban con infinita amargura, con infinita bondad. Con gran esfuerzo, me negaba a volver la cabeza para verte una última vez. En el fondo de mí, tu constante impaciencia me decía que a lo mejor ya te habías ido, que muy bien podías no haber sido capaz de esperar hasta el final. Al mostrar el pasaporte y vaciar en la bandeja mis bolsillos, sentí que me vaciaba totalmente de ti, que me vaciaba de mí, sentí el tajo de lo definitivo. Y, en un instante de desfallecimiento, me temblaron las rodillas y estuve a punto de dar media vuelta, echar a correr hacia atrás, volver a tus... ¿Te habría encontrado aún ahí detrás? No quise comprobarlo. No tuve el valor de comprobarlo.

     Mi compañera de asiento ha bajado la bandeja individual y está escribiendo en un diario, eso decía la cubierta: Diario. Fuera, las nubes me niegan la visión de esa ciudad por cuyas calles tú irás caminando con paso impaciente, ¿hacia dónde?, hacia un mañana del que yo ya no formaré parte, ¿o sí?
     Comenzó a llover, ¿lo recuerdas? De pronto una tormenta de verano despobló la plaza pero tú seguías bailando. Me mirabas fijamente mientras el agua te empapaba. Alzabas al cielo la cara y dejabas que las gotas rebotaran en tus dientes entreabiertos. Me clavaste con los ojos al suelo y no pude correr yo también a cobijarme bajo los soportales. ¿Lo recuerdas? Me mirabas fijamente y seguías bailando bajo la lluvia. Me mirabas pasando tus manos por la camisa empapada, donde comenzaron a transparentarse tus pezones, tu vientre profundo, y tú eras consciente de ello. Me cazabas bajo la lluvia. Mi vieja naturaleza se resistía a ser presa, a abrazar la alegría. Pero dijiste Estoy empapado. Como siempre. Siempre dejas a tu alrededor una nebulosa de sobreentendidos.
     No digas que es miedo al contagio. Si al menos lo hubieras dicho con todas las palabras, Tengo miedo a contagiarme, yo habría tenido la oportunidad de vestir tus palabras de nobleza; si no me lo hubieras hecho sentir, abriendo ojos como platos y luego reculando con gesto retorcido, corriendo a refugiarte en el sillón, cuando yo sólo iba a devolverte la ropa y decirte Vístete, esto no tiene sentido.
     Cómo me aborrecí a mí mismo en aquel momento por no poder aborrecerte. ¿Miedo al contagio?, ¿qué contagio?, ¿desde cuándo el cáncer contagia? ¿Miedo a tocar la textura de la muerte?


      Sólo veo nubes y cielo desde la ventanilla del avión. A veces las lágrimas me nublan la vista. Pero, aun con los ojos turbios de lágrimas, sigo viendo el azul, no el azul del cielo, sino el de aquellos primeros días, cuando trotabas a mi alrededor como un animalillo impaciente y yo me negaba a dar crédito a lo que más anhelaba. Entonces me arranco con rabia la lágrima aún detenida en el párpado, ¿me arranco la lágrima o tu recuerdo? Como si tu recuerdo pudiera arrancarse.
     Tu recuerdo está sembrado en mi piel, se ha hecho uno con mi piel, sustancia de mi sustancia, el sabor de tus pezones, la resistencia de tu vientre, la fuerza de tus muslos en torno a mi garganta, tu lengua entrando en mi boca, el aroma a océano de tus axilas, el salvaje latido de tu corazón en mi mejilla, el peso suave de tu respiración sobre mi pecho, la dureza de tus dientes resbalando por mi espalda, tu saliva abriéndome en canal, tus dedos arrancándome a puñados la carne, la hoguera de tu aliento avivándose en mi nuca, en mi oído, en la comisura de la boca, demorando el mordisco y la pleamar con que unos labios se hacen beso en otros labios.

     Qué vergüenza. No he podido evitar derramar esa cosa gelatinosa que en los aviones llaman comida. El azafato ha acudido diligente a limpiar el desperfecto, restando importancia al incidente, con amabilidad de prospecto. Las agresiones de la enfermedad son tan evidentes. Pero es la enfermedad de que tú ya no estés a mi lado la que me ha destrozado la precisión en los movimientos cotidianos. Ahora mismo podría coger el avión con las manos y lanzarlo como un gorrión a gorjear en tu ventana, pero apenas puedo llevar con firmeza la cuchara a la boca. Duele esta impotencia física, pero menos que la otra impotencia.
     ¿Recuerdas aquella gripe brutal que te postró unos días en cama? Cómo temblabas, cuánto miedo a la enfermedad, qué desamparo. Con qué gratitud y qué abandono te entregaste a mis cuidados. ¿Recuerdas cómo te acurrucabas en mi regazo, como traspasándome una fiebre con la que luchabas a palmetazos? Siempre temiste a las enfermedades, las enfermedades del cuerpo y la enfermedad social, la enfermedad que nos conmina entre los muros de uno mismo.
     Tengo en el bolsillo de la chaqueta, junto al corazón, una fotografía tuya. No necesito sacarla, la conozco de memoria. Es la única cosa tuya que conservo. Mentira, conservo otra. Otro recuerdo tuyo aún más evidente. No te preocupes, nada comprometedor. Una pequeña cicatriz junto al labio. Quisiste devorarme pero nunca te atreviste a completar lo que deseas.
     En la fotografía, posas ante una cascada de buganvillas, desnudo de cintura para arriba, y muestras con orgullo tu presa, las llaves de mi casa. Fuiste el vendaval que limpió mi vida de sus ruinas, que trajo a mi tierra baldía las semillas de los océanos.

     Mi vecina de asiento me ha visto dejar caer la cabeza y, apartándose el walkman del oído, me ha preguntado si me encuentro bien. Sólo le he dicho Gracias. Siento que las palabras me abandonan, las palabras de usar cada día. Las palabras de la memoria, que son las palabras de la carne, devoran a las otras, las destruyen, las palabras que necesita un cuerpo terminal para salir con dignidad del mundo.
     Un día dijiste, lo recuerdo, que siempre escogemos aquello que nos destruirá. Pero es que no escogemos. Nunca escogemos. De pronto, alguien nos deslumbra con un desgarrón en el telón del mundo y alcanzamos a ver la claridad que se esconde más allá del decorado que habitamos. Ya no hay marcha atrás. Hemos roto la ilusión escénica.
     Cuando esta mañana cogimos el taxi al aeropuerto y tú representaste el papel de consorte perfecto, llevando mi maleta, abriéndome la puerta del vehículo, dando instrucciones al taxista, tú, que siempre fuiste tan descuidado en los formalismos, principalmente conmigo, tan irreflexivo, tan impulsivo, tan irresponsable, tan conmovedoramente caprichoso, tan candorosamente infantil; cuando esta mañana me tomaste de la mano para salir del taxi, ya en el aeropuerto, supe que, aunque te hubieras forzado a acompañarme hasta la partida, tú ya te habías ido de mi lado, andabas muy lejos de mí. Porque todas aquellas atenciones no eran brindis al amor, sino servicio a un enfermo. ¿O había también algo de lo otro?
     En la cafetería del aeropuerto, mientras hacíamos tiempo con un frappé, no aparté ni un instante los ojos de tus ojos. Tú mirabas el ir y venir de pasajeros, evitando en todo momento mi mirada. Cuando ibas a beber, hacías un quiebro forzado de cabeza hacia el vaso, para excluirme de tu campo de visión. Si en ese momento hubieras dicho una palabra, la que fuera, sólo oír tu voz, me habría desmoronado. Habría sido incapaz de continuar. Te habría gritado que me dejaras morir en un rincón de ti, debajo de tu cama, donde en el último suspiro me lloviera el aroma de tu cuerpo. Afortunadamente no dijiste nada. Sí, sí que dijiste algo. Peor aún. Aquel comentario, Te curarás pronto y volverás, ¿verdad?, sin mirarme a la cara, sabiendo los dos como sabemos que eso es imposible.

       Acabo de abrir los ojos y encontrarme el rostro del azafato casi pegado al mío.
     Me creía dormido y esta recogiendo los adminículos de la comida con sumo cuidado. Con una sonrisa encantadora se ha disculpado por despertarme. Yo he sacado los acentos más cálidos a esta ronquera ya permanente para decirle que no dormía, y darle las gracias. ¿Se encuentra bien?, me ha preguntado. En su voz vibraba una cordialidad sincera. Perfectamente, gracias.
    Hasta tal punto son evidentes los estragos de la enfermedad. Pero qué dolorosa es, cuando amamos, la cordialidad de aquellos a los que no amamos. Nos hace añorar la otra.
     No digas que hasta esta mañana no has sabido realmente cuánto me amabas. No quieras atemperar la inmensidad del presente frivolizando sobre lo vivido. La desmesura de este dolor está a tenor de la desmesura que fue nuestro gozo. No podría ser de otra manera. ¿Seré capaz de no sucumbir al analgésico de la añoranza?, ¿de no disfrazar el vacío con los trampantojos del consuelo? ¿Sabré vivir la renuncia con la magnanimidad con que me desnudé de la estrechez de mi personaje para bailar contigo y recibirte en mí?
     Después de esa hora interminable en la sala de embarque, creía que ya tenía controlados todos los resortes de la tristeza. La desnudez de la sala de espera no hacía sino reproducir mi propia desnudez interior. No había llevado conmigo ni un periódico, nada. Vacío de posesiones, vacío de entretenimientos, vacío de ti. Miraba a través de las cristaleras la pista pavimentada donde esos inmensos pájaros metálicos se mueven con la parsimonia de fabulosos seres mitológicos, y me decía a mí mismo: Él pertenece a lo que tiene aliento, tú a lo que despide sus últimos hedores, antes de ser de nuevo tierra.
     Salí a la inmensidad de la pista de despegue arrastrando los pies, sereno en la derrota. Caminaba erguido hacia la escalerilla del avión, como el que marcha voluntariamente hacia el ataúd, entre pasajeros poseídos por las fiebres del viaje. Sus risas, sin ellos saberlo, eran mis plañideras secretas. Llanto sin empatía para dignificar las ciénagas del alma sin respuestas.
     Al pie ya del avión, el bufido de los motores calentándose destruyó de repente el silencio del cielo, destruyó el silencio de la voluntad, destruyó mi serenidad tan artificialmente construida, y me abofeteó con la evidencia del final irreversible. Me rompí. Involuntariamente, mis ojos se alzaron arriba, hacia las nubes, al aire, como si allí estuviera el gorrión de la vida gritándome ¿Bailas? y abriéndome en sus alas el calor de su cobijo.


     El hospital había avisado a la tripulación de mi estado físico y rápidamente descendió el azafato para sostenerme con su brazo y conducirme amablemente hasta el asiento. Creyó que era una crisis orgánica y no emocional. No quise sacarlo de su error.
     ¿A esto es a lo que tenías miedo?, ¿al paulatino proceso de pérdida?, ¿a que mi enfermedad nos redujese a convencionalismos?, ¿a los formalismos de la rutina?, ¿al desmoronamiento de la pasión?, ¿al desgaste de los sentimientos puros?, ¿a la muerte del amor en las resignaciones del cariño? Hiciste bien. El amor no sobrevive en los cauces trazados del compromiso. Es ya otra cosa.
     Tú, con todos tus titubeos, tus inconsistencias, tus alegrías desmesuradas, tus abatimientos sin fondo, tu melancolía sin objeto, tu explosivo vitalismo, seguías los dictados de tu propia naturaleza. ¿Recuerdas cómo al principio negabas siempre estar persiguiéndome cuando te hacías el encontradizo? Siempre fuiste transparente, y yo quería además que te quitases esa máscara completamente traslúcida que te protege frente a la violencia del mundo.
     No he podido contener las lágrimas. No quiero contenerlas. Tú ardes en cada una de ellas. Es una forma de seguir sintiéndote, físicamente. Me están mirando. Piensan que a la enfermedad del cuerpo se añade ahora el desmoronamiento de la voluntad.
     Miro desde la ventanilla cómo el sol incendia las nubes. Las nubes me impiden ver las calles por las que tú habrás emprendido tu nueva travesía. Las nubes me dicen que hemos matado el amor, para que el amor sobreviva. Su fulgor, fulgor de ocaso, rebota a través de la ventanilla en este cuerpo que a cada instante va degradándose inexorablemente. Y, en esa luz claudicante, amo mi cuerpo porque tú un día lo miraste con deseo y juntos ardimos bajo la lluvia estival que despobló la plaza...


     El amor es totalitario. El amor no puede sobrevivir a su propio ocaso. Es fogonazo que deja de ser cuando los ojos se aclimatan. Porque el amor es acceso a la violencia interior que se hizo mundo. Cuando el amor se enfría, ya es historia. La historia puede explicarnos, pero no revivir la energía del origen...

     ¡Ah!
     Perdona. He sentido una punzada que me taladraba el vientre, como un barreno incandescente atravesándome de parte a parte. No te preocupes, no pongas esa cara, como si te estuviera viendo. De este dolor, no eres tú la causa. La carcoma avanza lenta, imparable. La carcoma devora el cuerpo, pero sólo el cuerpo, nunca lo vivido, y mucho menos lo amado.


                                                                                     (Atenas, agosto 1997)

viernes, 12 de junio de 2015

EL POLÍTICO Y EL IDIOTA


       Corría febrero del 2014.

     Apenas había transcurrido un mes y pocos días desde la presentación oficial de Podemos en el madrileño Teatro del Barrio. Pablo Iglesias, conocido ya entre los movimientos sociales que, desde mayo del 2011, venían reclamando en calles y plazas una regeneración democrática y una participación directa de la gente en dicha transformación, tomaba el testigo y, apoyándose en la infraestructura organizativa de Izquierda Anticapitalista, proponía la creación de una herramienta política que diera cauce a esa necesidad de cambio democrático, social y ético.
     La presumible sinceridad y energía de su propuesta, así como su pasado activista y mediático, lograron desbordar todas las previsiones y en apenas dos días recibía el aval de más de los 50.000 apoyos requeridos para liderar aquel proyecto de participación directa en la regeneración democrática del país.

23 de mayo de 2014. Cierre de campaña
de Podemos a las elecciones europeas.

     Con aquel discurso inicial e iniciático, supo transformar la indignación en ilusión para un gran número de gentes que se negaban a seguir habitando el páramo político que veníamos arrastrando desde... tiempos inmemoriales.
     En mi barrio en concreto, la propuesta cayó como agua de mayo. El terreno venía ya abonado de antes. Y así, como ya he indicado, mes y pico después de que Pablo Iglesias concediera la rueda de prensa con la que oficialmente ponía en marcha Podemos, el Círculo de Arganzuela hacía su presentación pública en el hoy tristemente desaparecido "A tu Ritmo".

22 de febrero de 2014. Presentación
pública del Círculo PodemosArganzuela.

     En aquella ocasión, me tocó hacer de moderador en la mesa de presentación. Tanto en la propia mesa como entre los asistentes, había muchas caras conocidas, muchas caras nuevas también. En todas se transparentaba una ilusión y una unanimidad ("una sola alma") sin precedentes.
     De alguna manera, aquel acto era la consecuencia lógica de un largo proceso de confluencia que se venía desarrollando desde muchos meses atrás. Compañeras y compañeros principalmente de la Asamblea Popular 15M, de Izquierda Anticapitalista, de Frente Cívico, de ADA, junto a vecinas y vecinos a título individual, veníamos colaborando en acciones y proyectos como la Consulta por la Sanidad, el Plebiscito Ciudadano, la Alacena Popular, Alternativas desde abajo. Nos conocíamos y apreciábamos con una armonía sin suspicacias. Descubríamos que era mucho más lo que nos unía que lo que nos separaba. Ya había empezado a plantearse la necesidad de encontrar espacios de confluencia.
     Así, cuando nos reunimos quienes, a través de Facebook, individualmente habíamos ido sumándonos al proyecto de crear un Círculo Podemos en Arganzuela, no fue sorprendente encontrar tal cantidad de rostros conocidos. Pero tanto aquellos que nos conocíamos más o menos de antemano como los recién incorporados respirábamos un mismo sentimiento de camaradería y de decencia política.

     Aquel 22 de febrero, después de las magníficas intervenciones de Bibiana Medialdea, Julia Cañamero y Manuel González; en calidad de moderador del acto, expliqué brevemente mi propia visión de lo que podría o debería ser Podemos, para lo cual eché mano de mis amados griegos.
     Referí cómo, en la antigua democracia ateniense, había dos conceptos, dos términos presentes hoy en nuestra propia lengua, si bien con un significado muy distinto del original. Son las palabras "político" e "idiota".

     En principio, el término "político" significaba simplemente "ciudadano", no en la acepción restrictiva y mefistofélica que le impone el nuevo partido homónimo, sino "ciudadano como sujeto que participa activamente en lo común, en los asuntos públicos"; mientras que "idiota" significaba simplemente "particular".
     En la Atenas clásica, no había una división entre "políticos" e "idiotas", entre "ciudadanos" y "particulares". Todo hombre ateniense, pues sólo los hombres eran susceptibles de participación en la vida ciudadana, ni mujeres ni esclavos --una de las rémoras de la antigua Atenas, si no justificable, sí comprensible en el marco histórico--; todo hombre, pues, era un "político" cuando actuaba en algún asunto que incumbía a la colectividad y era un "idiota" cuando se dedicaba a sus negocios particulares, sin el más mínimo matiz peyorativo. O sea, todo ateniense, en la democracia radical de Pericles, era al mismo tiempo un político y un idiota, un ciudadano activo en la toma de decisiones y un particular que atendía sus asuntos privados.

     Las democracias modernas han tomado prestado el nombre a la antigua lengua ateniense. Pero, a la hora de estructurar un marco participativo real, optaron más bien por el modelo republicano de la antigua Roma: un modo de participación a través de representantes electos, un sistema que escamoteaba la voz al pueblo, a la plebe, a la turba plebeya, a todos aquellos que padecían las crisis económicas de un imperio mantenido a base de costosos ejércitos, a todos aquellos cuyos gritos de protesta eran silenciados con espectáculos de circo y cuya aclamación del líder patricio era comprada con una hogaza de pan.
     Siguiendo dicha tradición romana, hemos divorciado ambos términos, convirtiendo al "político" en un profesional del clientelismo y en "idiotas" a todos los demás.
     Ya era hora de que dejáramos de ser sólo idiotas y asumiéramos también nuestra condición de políticos, de ciudadanos. Ya era hora de que tomáramos como ciudadanos las riendas de lo común, de lo que es de todos. Ya era hora de que construyéramos auténtica democracia.
     Podemos había nacido para ser esa herramienta que devolviera a los meros idiotas su condición de políticos. El propio Pablo lo había definido con un vocablo que en principio se me resistía al oído, pero cuyo significado no podía dejar de inducirme al asentimiento: el ya famoso y preterido empoderamiento.

17 de mayo de 2014. Podemos Arganzuela.
Acto electoral para las europeas.

     En aquellos momentos iniciales, Pablo Iglesias aludía o citaba con bastante frecuencia a los antiguos griegos, lo que conectaba directamente con mis más profundas convicciones, así como a Maquiavelo, lo que me chirriaba bastante. Pero él es el profesor y podía ser que a mí se me hubieran escapado aspectos fundamentales del pensador florentino, tan sabiamente anotado por Napoleón. Con el andar de los meses, Pablo ha ido disminuyendo las referencias a la Atenas clásica en beneficio del segundo.

     Sucede esto, sobre todo, desde el momento en que Podemos apartó a un lado sus pretensiones de ser una herramienta integradora de transformación social y de dignificación ciudadana y pasó a ser una máquina de guerra electoral, articulándose para ello con un criterio que no es mi intención aquí ni analizar ni enjuiciar.
     En principio, esta metamorfosis no debe presuponer necesariamente el abandono de una ideología o de unos principios, pero sí de una perspectiva pedagógica: el empoderamiento que hace de cualquier idiota un ciudadano, con lo que de nuevo vemos alejarse aquel ideal clásico de democracia participativa que en un antiguo poema califiqué como "la rebelión de las lombrices que se saben mariposas".

     Podría ser que tenga yo idealizada la antigua Atenas y su sistema democrático.

Atenas vista desde la colina del Filopapo.

     Evidentemente, no fue la panacea. Muchos aspectos concretos de su realización merecen un juicio negativo, nunca condenatorio sin antes haberlos situado en su contexto histórico.
     La democracia ateniense no es un modelo a reproducir fielmente. Es una idea, un ideal, un horizonte, una utopía. Y utopía no es "un lugar que no existe" y por lo tanto algo imposible, sino "un lugar que aún no existe", es el objetivo que va a marcarnos en todo momento la ruta, impidiéndonos perder el rumbo.
      Como en el poema de Kavafis, es nuestra Ítaca, nuestro destino, allí donde queremos llegar, tras habernos hecho durante el trayecto ricos en conocimiento y en dignidad. Pero, si prescindimos de ese objetivo lejano, de esa Ítaca en el horizonte, de esa utopía, atentos sólo a objetivos prácticos más inmediatos, o bien iremos dando bandazos a la deriva, según el cambiante soplar de los vientos, o bien nos estancaremos en el inmovilismo narcisista.

     Es el mismo inmovilismo que ha lastrado la mayor parte de las democracias modernas, creadas todas tras procesos más o menos revolucionarios burgueses, encaminados no a transformar sino a adaptar las antiguas estructuras de poder feudales a la nueva realidad de dominio industrial y financiero. Las constituciones en que se basan parten de un "pacto entre caballeros", pacto en que el común de las gentes nunca ha participado sino como refrendo borreguil y mudo, pacto que ha usurpado siempre el espacio propio del debate.

     A diferencia de las actuales, la democracia en Atenas no fue un decreto pactado en despachos cerrados y sacralizado mediante una constitución inamovible.
     El proceso que llevó, en el siglo V a.c., a la instauración de la democracia en la antigua ciudad-estado de Atenas había comenzado a principios del siglo VI a.c. con una circunstancial revolución que hoy calificaríamos de "burguesa", revolución controlada por el poder dominante para dar salida a la crisis económica de una población prácticamente esclavizada por las deudas y la falta de recursos. El encargado de su redacción, Solón de Atenas, junto a otras medidas de impulso económico que sentaron las bases para el posterior desarrollo comercial de la ciudad, prohibió la esclavitud por deudas (entonces, claro está, el FMI no existía todavía; de lo contrario, nunca habría permitido tamaña tropelía) y redistribuyó la estructura política para dar cabida en la Asamblea a las clases superiores no nobiliarias. Como apunte anecdótico, tras su confección, el propio Solón se autoexilió durante diez años, para que su presencia no interfiriera ni condicionara la aplicación de su programa.
     Esas medidas aliviaron momentáneamente la tensión social. Pero el camino hacia la democracia radical de Pericles, ya bien entrado el siglo V a.c., fue largo y tortuoso, pasando incluso por un largo período de tiranía, la cual curiosamente regaló al pueblo algún que otro derecho y ciertas mejoras sociales, de cara a debilitar el poder real de la casta nobiliaria.
     Luego, con el retorno de la libertad, vendría Clístenes, quien diseñó sobre el papiro una auténtica revolución popular a la que llamó democracia.
     Esa constitución, sin embargo, era una hoja de ruta, no las tablas de la ley conservadas en alcanfor dentro del tabernáculo. Su naturaleza fue transformándose a tenor de los tiempos hasta el brillante período de la democracia radical de Pericles, con sus luces y sus sombras.
     Y siguió transformándose luego, para bien o para mal, pero nunca idéntica a sí misma, sino maleable a las circunstancias sociales cambiantes; mostrando así que una auténtica democracia no puede perpetuarse como herencia histórica sin replantearse continuamente su propia naturaleza para responder a las necesidades del momento.

La Acrópolis desde calle Eolou,
en las inmediaciones del antiguo
ágora, núcleo de la vida política.

     ¿Qué aspectos de aquella democracia son los que me mueven a hacer de ella un horizonte vital?
     Aquí podría citar detalles concretos, como la rendición de cuentas bajo amenaza de ostracismo; o los sistemas complementarios de elección mediante sorteo para evitar personalismos autocráticos; o la obligación para los más ricos de sufragar diversos gastos públicos, con la opción de un intercambio de bienes para quienes se quisieran escaquear de sus obligaciones tributarias alegando su inferioridad económica frente a otros ricos.
     Pero, más que un concienzudo análisis político o histórico, es la filosofía que subyace a aquella estructura sociopolítica lo que despierta mi entusiasmo.
   
     Para explicar esa base ético-filosófica de la antigua democracia ateniense, nada mejor que un texto transmitido por Tucídides, justamente considerado el padre de la historia. En el segundo libro de su "Historia de las guerras del Peloponeso", reconstruye un discurso efectivamente pronunciado por el propio Pericles en el segundo año de aquella terrible guerra que durante casi cuarenta años enfrentó cruelmente a Atenas y sus aliados (regímenes democráticos) contra Esparta y los suyos (regímenes oligárquicos).
     No puede olvidarse ni que es un ejercicio de retórica política, y por lo tanto parcial, ni el contexto de guerra en que se produjo. El discurso describe aquel ideal democrático en unos términos que sólo pueden despertar la admiración y el respeto. Son de esas pocas palabras que devuelven la dignidad al ser humano, a pesar de todas sus torpezas y sus mezquindades. Bajo el pragmatismo de la circunstancia, alienta en ellas una sinceridad que no puede ser sino desesperada, dentro de los muros de una ciudad asediada por los curtidos ejércitos espartanos. La sinceridad de la utopía.

     Extraigo algunos fragmentos que me parecen más relevantes. Habla Pericles en un acto oficial ante la tumba de los caídos durante el primer año de guerra, no lo olvidemos:

     Usamos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de los vecinos, siendo nosotros mismos más bien ejemplo para algunos que imitadores de los demás. Se lo ha llamado con el nombre de democracia por no residir el poder en unos pocos sino en la mayoría. Y, en virtud de las leyes, hay igualdad para todos en las disensiones particulares; mientras que, para los asuntos comunes, en lo tocante a la dignidad, a cómo cada uno es estimado en algo, no se prefiere antes a alguien por su clase social que por sus méritos; ni tampoco, en caso de pobreza, ha sido rechazado, por la oscuridad de su condición social, el que tiene algo bueno que ofrecer a la ciudad.
(Tucídides, "Historias", II, 37)

     Amamos la belleza con sencillez y la sabiduría sin afectación. Usamos la riqueza como ocasión para la acción más que como motivo de jactancia. Y no consideramos deshonroso para alguien el ser pobre, sino muy deshonroso no hacer algo por huir de ella. Nos es factible atender al mismo tiempo los asuntos privados y los públicos, y quienes se dedican a los diferentes oficios están en condiciones de conocer los asuntos públicos no de una manera insuficiente. Pues somos los únicos en considerar al que no participa para nada en política no un hombre apacible sino inútil. Nosotros además analizamos y reflexionamos con exactitud sobre los hechos, no considerando las palabras un perjuicio para la acción, sino más bien el no haber hablado previamente, antes de ir a la acción con todo lo necesario. Pues también nos diferenciamos en esto: ser los más audaces y al mismo tiempo hacer cálculos sobre lo que vamos a emprender; a los demás la ignorancia les procura valor y el razonamiento, pereza.
(Tucídides, "Historias", II, 40)

     Resumiendo, digo que la ciudad entera es maestra de Grecia y que, a mi parecer, cualquier hombre entre nosotros podría acceder a una personalidad autosuficiente en muchísimos aspectos y con los mayores atractivos dentro de su versatilidad.
(Tucídides, "Historias", II, 41)


     Como decía anteriormente, con el transcurrir de los meses, las referencias a la antigua tradición griega prácticamente han desaparecido del discurso de Podemos. Y no sólo las referencias.

Octubre 2014. Asamblea Ciudadana.
Vistalegre. 

     En la pugna entre el carácter pedagógico y transformador y la urgencia del "asalto a los cielos", se impuso esta segundo opción, dejando muchas ideas, muchas iniciativas, muchas gentes muy válidas y capaces por el camino. Donde antes se buscaba el debate y el consenso, la participación directa en toda toma de decisiones; ahora, con la excusa de la efectividad política, entendiendo de nuevo política como un ejercicio reservado a iniciados o expertos, prima el pragmatismo conservador de una estructura vertical y representativa. Donde antes reproducíamos el tejido humano en una pluralidad de voces, ahora asentimos mudos a una concepción unívoca.

Asamblea Ciudadana. Vistalegre.
Compañeros de Podemos Arganzuela.

     Lo más grave es que las tensiones y suspicacias generadas en dicho proceso han arruinado la capacidad dialogante que dio origen a los Círculos, dejando a su paso batallas perdidas entre partidarios de uno u otro modelo. Pues toda batalla, aun la ganada en las urnas, manipulables como son todas las urnas, siempre es por naturaleza batalla perdida. Lo que cualquier batalla deja tras sí sólo puede ser derrota, derrota de aquello que nos hace personas: la capacidad de diálogo.

     La coincidencia de las recientes elecciones autonómicas (en las que Podemos, cual producto de supermercado, participaba como "marca propia") y las municipales (para las que en muchas ciudades se ha optado por confluencias ciudadanas) ha dejado un panorama complejo, que cada cual interpreta desde sus propios prejuicios; en general, con un horizonte mediato y oportunista que, por temor a abandonar el nido, prescinde de altos vuelos.

6 de mayo de 2015.
En el acto electoral Ahora en Común

   ¿Seremos capaces de desnudarnos de prejuicios y volver a sentarnos a reflexionar sobre la dura travesía hasta esa Ítaca en la que todos seamos sujeto y objeto de nuestro devenir individual y colectivo?


     ¿Podrá seguir siendo Podemos la herramienta para que dejemos de ser sólo idiotas y actuemos también como políticos?
     La transformación interna que supuso, primero, la Asamblea Ciudadana de Vistalegre y el posterior conjunto de decisiones y actuaciones que han llevado a la construcción de Podemos como partido político, ¿es sólo un atajo populista hacia la utopía o es el abandono efectivo de la utopía en aras de un supuesto pragmatismo?