"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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jueves, 21 de octubre de 2021

UN ADIÓS SIN DESPEDIDA

 





UN ADIÓS SIN DESPEDIDA


Once de la mañana. Salgo a la terraza.

El sol confiere al cromatismo otoñal de árboles y trepadoras la intensidad de un fuego interior, esplendor de crepúsculo.

Desde una mediana lejanía, amortiguado por la distancia, como en sordina, el griterío familiar de los críos en el patio de un colegio. Es la hora del recreo.

No hace mucho que comenzó un nuevo curso.

Los ciclos de la vida, renovándose en incesante sucesión que enfrenta y reconcilia con la individual transitoriedad de todo lo existente.

Ha comenzado un nuevo curso en colegios e institutos.

Un nuevo curso en el que la mayoría de nuestros dirigentes políticos echan al estercolero del olvido los beneficios que supuso la adopción de medidas de refuerzo para paliar las dificultades sobrevenidas por una espantosa pandemia mundial.

Mientras la sombra amenazante del morbo fatal merodea todavía sobre nuestras vidas y nuestras conciencias, la política educativa en la mayoría de las comunidades retoma sin pudor ni sensibilidad social alguna la "antigua normalidad", desoyendo la agonía endémica de unos servicios públicos aquejados por años de sucesivos recortes, ahondando las deficiencias estructurales a que lo vienen condenando décadas de privilegiar a su costa a la empresa privada, degradando su naturaleza de servicio público, equitativo y universal, e incluso llevando al límite sus propias condiciones de existencia: vuelta a las aulas masificadas, carencia de recursos, políticas discriminatorias...

La lista de despropósitos es larga, demasiado larga, y lamentablemente no deja de aumentar.


De nuevo se han abierto las cancelas de los institutos al tropel de adolescentes y profesores que, en compleja y feliz conjunción, afrontarán el difícil y apasionante diálogo encaminado hacia una completa realización intelectual, personal y social.

De nuevo en las aulas se encontrarán alumnos y profesores en ese fecundo proceso dialéctico y formativo, en el tránsito de la adolescencia a la edad adulta.

Nuevos retos en la continua adaptación a las formas cambiantes de la sociedad.


Pero yo no estaré ahí para vivirlo en primera persona.

Desde hace un año, pasé el testigo, dejé mi condición de profesor y asumí la de jubilado.

Nada discurrió según los cauces habituales.  Lo imprevisible se cebó con el guion, transformando lo que normalmente habría sido un punto final, o al menos un punto y aparte, en unos desconcertantes puntos suspensivos.

La distopía pandémica, entre otras consecuencias muchísimo más drásticas, pero no menos sensibles, me negó una despedida en el adiós a 37 años de docencia, con sus luces y sus sombras, que son mis propias luces y sombras, porque han constituido el marco referencial de mi propia vida y de mi relación con el mundo.


El 14 de marzo de 2020, ante la excepcional emergencia sanitaria provocada por la pandemia, de trágicas consecuencias para amplios sectores de la población, el gobierno decretaba el estado de alarma y un primer confinamiento domiciliario que duraría más de tres meses.

Eran mis tres últimos meses de docencia y, de repente, ya no en el aula, ya no cara a cara con mis alumnos ni en contacto diario con los compañeros. A las incertidumbres existenciales sobre salud y condiciones de vida, se sumaba el desconcierto, la perplejidad, el abandono y la dejación administrativa ante los retos de continuar nuestra labor educativa en una situación completamente desconocida, nunca prevista, sin recursos apropiados ni suficientes, sin puntos de referencia, improvisando al límite.

No fue fácil, extremadamente duro.



Mucho se habló de aquellos excelentes profesionales que soportaron sobre sus espaldas la ingente carga de bregar con las múltiples cabezas de la hidra, de hacer frente a los escupitajos de la muerte, un personal sanitario entregado hasta la extenuación, expuesto y vulnerable, aplaudido primero como héroes y ángeles de la guarda y luego utilizado como carne de cañón por políticos y otros agentes de los distintos poderes democráticos que, desde el minuto cero de esta tragedia universal,  aprovecharon el momento de fragilidad y desconcierto social para obtener rédito político a costa del sufrimiento y la muerte.

Mucho se ha hablado, y lamentablemente no siempre para bien, de estos inmensos profesionales públicos a los que debemos no sólo respeto, sino también reconocimiento y gratitud incondicional, y en demasiadas ocasiones sólo han sido compensados con el desprecio y la mezquindad tanto por parte de las administraciones sanitarias como por algunos medios informativos y ciertos sectores de la sociedad "de cuyo nombre no quiero acordarme".


Mucho se habló de ellos.

Mucho se habló de una población que sufría la claustrofobia del confinamiento domiciliario y la asfixia de una economía paralizada. En esas largas semanas de aislamiento, muchos tuvieron tiempo para condolerse, para reflexionar, para enfocar sus prioridades desde nuevas perspectivas, para realizar actividades siempre postergadas ante el estrés de nuestra vida laboral, muchos tuvieron tiempo para leer, para escribir, para pintar, para coser, para hacer panes, bizcochos, palmeritas, para practicar yoga, meditación, bachata...


¿Qué hacían, entre tanto, los profesores? ¿Qué hacía yo?

Ese 14 de marzo me senté delante del ordenador y prácticamente no me levanté de allí durante los siguientes tres meses, en un frenético intento de dar continuidad a una labor docente en unas condiciones totalmente imprevistas, con unas herramientas precarias, sometido a los vaivenes de una administración que, en su errática respuesta institucional, suponía más trabas que colaborador necesario; un angustioso sobreesfuerzo por mantener como fuera la cercanía y la receptividad necesarias entre alumno y profesor, cuánto más en unas condiciones en que alumnos y profesores debíamos sobreponernos a los miedos y fantasmas personales provocados por la presencia invisible y amenazante, cuando no dramática, del virus. Había que solventar dificultad tras dificultad, reto tras reto, sin ayuda de ningún tipo, con herramientas que, debido a su uso masivo, se colapsaban día sí, día también, paliando con imaginación la carencia de recursos, anticipándonos a la desmotivación y el desaliento para tender, junto con los contenidos académicos, una voz de aliento y solidaridad. ¿Cómo explicar la sintaxis de una frase griega sin tiza y sin pizarra, a través de una pantalla de ordenador? ¿Cómo atender individualmente las dificultades personales de cada alumno, a la distancia, sin la fluidez comprensiva que la información emocional confiere a la palabra, sin el apoyo colaborativo del trabajo en grupo? No había mañanas, tardes ni apenas noches. No hubo vacaciones de semana santa ni puentes de mayo, ni sábados, ni domingos. A cualquier hora, en cualquier momento, podías y solicitabas recibir aquel reguero de correos electrónicos con dudas o con trabajos o ejercicios, correos a los que tenías que responder lo antes posible para mantener una ilusión de inmediatez, de cercanía. Sobre la marcha, a contrarreloj, había que adaptar a herramientas y circunstancias desconocidas lo que en el aula explicarías sin dificultad, apoyándote, cuando la palabra resulta insuficiente, en los mil recursos de la comunicación no verbal. ¿Cómo medir las dosis adecuadas de información y los tiempos para no sobrecargar a los alumnos?, ¿para coordinarte con otros profesores con los que tampoco tenías entonces trato directo, sin solaparos, sin abrumar a tus alumnos, manteniendo esa base afectiva que en el trato diario presencial no precisa explicitud, pero que las herramientas informáticas deforman tan fácilmente?

A nivel profesional, fue un reto titánico. A nivel personal, un esfuerzo extenuante. A nivel humano, la revelación de la siempre insospechada capacidad humana para remontar los más arduos escollos, cuando la solidaridad y el compromiso son nuestro motor y guía.


Y llegó julio y, con julio, el tiempo del adiós. Pero no hubo adiós.

Y luego llegó septiembre y, con septiembre, el tiempo del reencuentro, en condiciones que seguían siendo imprevisibles y pavorosas.

Pero para mí no hubo reencuentro. Ya para entonces formaba parte del colectivo de jubilados. Y fue extraño, muy extraño, porque el que se va sin despedirse es como si no se hubiera ido, como si permaneciera en un limbo de incierto y solitario futuro sin futuro.


Fue un adiós sin despedida.


Y, sin embargo, a pesar de los resquemores y de un desconcertante proceso de desubicación, finalmente no me acabó suponiendo el vacío existencial de un mundo que había dejado atrás por la puerta de servicio. Conmigo llevaba la experiencia de 37 años de docencia y un proyecto de novela en el que venía trabajando desde casi diez años atrás y al que ahora, tras un período de adaptación, podría ofrecerle la dedicación necesaria.

Dicho proyecto me mantiene, interiormente al menos, conectado al mundo educativo y, en consecuencia, aplaza mi despedida a su conclusión y se convierte en la expresión de ese adiós que las circunstancias me escamotearon.

El proyecto tiene título:


EL AÑO DE LOS IRLANDESES




El año de los irlandeses comenzó siendo un vago anhelo, desde hace décadas, cuando aún ni siquiera tenía título, a partir de dos reflexiones diferentes, aunque relacionadas.

Por un lado, los recurrentes ataques al funcionariado, en general, y al profesorado, en particular, impulsados muchas veces por los propios poderes políticos y mediáticos, de tan larga trayectoria en la mezquina tradición hispana, son tan desalentadores y, sobre todo, desvelan tanto desconocimiento y tantos prejuicios deformantes sobre la propia naturaleza y circunstancias de la labor educativa.

Por otro lado, a pesar de que la vida en el colegio o en un instituto ha constituido el motivo central o el marco referencial de películas, series, novelas, etc., generalmente han sido casi siempre visiones parciales, o sesgadas, enfocadas en múltiples ocasiones por mentes adultas desde una hipotética mentalidad adolescente que busca sobre todo halagar al adolescente como preferente consumidor del producto.

Incluso en aquellos casos en que la honestidad y el compromiso han dado lugar a auténticas obras maestras —pienso, por ejemplo, y sin ánimo de exhaustividad, en películas como Entre les murs (La clase, en castellano) de Laurent Cantent, o Ça commence aujourd'hui (Hoy empieza todo) de Bertrand Tavernier, en Au revoir les enfants (Adiós, muchachos) de Louis Malle, o el clásico To Sir, with Love (Rebelión en las aulas) de James Clavell— incluso en películas de tanta altura artística y social, la visión se circunscribe a un aspecto concreto del mundo educativo, a un enfoque parcial, sin abarcarlo en su totalidad.


De una y otra reflexión fue surgiendo la idea de componer una novela que retratara no sólo el día a día de un profesor en el pleno desarrollo de su trabajo, con alumnos de diversos niveles, con toda la carga administrativa, formativa y burocrática añadida, sino condicionado también por las diferentes capas de realidad que componen su vida, ya que un profesor no es un ente aislado, sino una persona que, además de su profesión, tiene familiares, amigos, intereses culturales, compromisos extra laborales..., y todas esas parcelas de sí mismo conviven y se condicionan mutuamente.

En un principio, era sólo un motivo temático, ambicioso quizás, pero aún demasiado indeterminado y, sobre todo, sin dirección, estancando en sí mismo. Lo único que tenía claro es que debía huir de cualquier valoración personal, ni laudatoria ni crítica, de cualquier enjuiciamiento, y ceñirme a una disección casi entomológica. No debería testimoniar una situación educativa particular, ni siquiera como referente, sino universalizar la experiencia, recrear ese microcosmos en el que cualquier profesor o alumno pudiera reconocerse o reconocer su propia experiencia.

La idea iba creciendo en una nebulosa formal todavía imposible de plasmar sobre el papel.

¿Qué sería?, ¿un diario? No, demasiado mecanicista y, sobre todo, necesariamente enfocado desde un punto de vista único. Cualquier tipo de narrativa tradicional me abocaría a perder ese sentido de universalidad, ubicua y concreta al mismo tiempo, y de multiplicidad de voces contrastadas y simultáneas, dialécticamente concomitantes.

Pero, sobre todo, me faltaba la condición de ser necesaria para que la novela escapara completamente de lo anecdótico.

Y, después de años de recopilar material, ideas sueltas, impresiones, motivos temáticos..., el verano de 2011 me sorprendió con una reacción generalizada a unas instrucciones de principio de curso de nefastas consecuencias, que extremaban la degradación de la escuela pública con unos recortes bestiales, y con una movilización como hacía muchos años que no se producía entre el colectivo, un grito en defensa de la educación pública que, por primera vez, aglutinaba a docentes, alumnos y padres, puño con puño, voz con voz, unánimes, dando lugar a lo que se conoció como la "marea verde".

¡Ahí tenía la razón de ser del proyecto!

La disección no de un año académico cualquiera en la vida de un profesor, sino de aquel curso concreto, plasmar la realidad de la Marea Verde, revivirlo en su desarrollo casi instante a instante, desde las múltiples ópticas que me ofrecía el debate sobre educación mantenido no sólo en las salas de profesores, sino en las calles, en las redes sociales, en los movimientos que surgían desde el compromiso social.

No podía ser una obra autobiográfica, aunque la mayor parte del material ha de partir necesariamente de la experiencia, propia y compartida. Para ello, adopté la voz de una protagonista femenina, Carmen Mora, profesora de lengua, para escapar de los condicionantes de mi particular experiencia en lenguas clásicas, y recreé un instituto ficticio que se alimentara con mis vivencias en los múltiples institutos por los que me ha ido zarandeando mi condición de profesor desplazado durante mis últimos doce años de profesor.


En ello estoy, a por ello voy. El proyecto va tomando forma, va creciendo desmesuradamente, de manera que no sé si terminará siendo una novela, una ficción seriada en tomos o libros diversos, o un auténtico monstruo. Puede que incluso el resultado sea editorialmente inviable, es muy factible que así sea.

En cualquier caso, cuando lo concluya, porque ya no me cabe otra, resulte lo que resulte, no será un epitafio ni unas memorias, sino mi auténtica despedida, una despedida sin adiós, un hasta siempre desde el amor y desde el compromiso.

martes, 3 de octubre de 2017

LA MEZQUINDAD DE LOS MEDIANOS



Antonio Machado. Fuente de la imagen:
www.biografiasyvidas.com/biografia/m/machado.htm



LA MEZQUINDAD DE LOS MEDIANOS


     La envidia es el deporte nacional, muy por encima de espectáculos estrella como el fútbol o Gran Hermano. La envidia es el motor histórico de eso que pomposamente, con la boca llena de bilis y de sangre, proclaman "España".
     No aquella envidia admirativa de la que hablaban los antiguos griegos y que suponía un estímulo mimético para la propia superación. Sino la envidia ruin que llevaba al gigante Procrustes a cortar las extremidades de todo viajero de mayores proporciones que su parco lecho, o a estirarlo hasta descoyuntarle los huesos para que alcanzara las medidas, cuando el viajero era de menor tamaño.


Teseo y Procustes. Cerámica ática. Fuente:
http://propelperform.com/bed-procrustes/


     La misma envidia que sacó a hordas sedientas de patriotismo criminal a despedir entre vítores y pendones a las tropas de ocupación, camino del aplastamiento de esos catalanes.

*   *   *

     Por mi situación de profesor desplazado, en los últimos años he ido pasando por algunos de los así llamados "centros históricos", los institutos más antiguos y de más prestigio de la capital, que no hace muchos meses fueron galardonados por la presidenta de la Comunidad con una medalla distintiva simplemente por eso, por "antiguos", olvidando y menospreciando en el día a día a tantos centros de estudio que, haciendo milagros con la desatención presupuestaria y dotacional, trabajan sin premio para ofrecer una educación igual para todas y todos y de calidad en zonas urbanas menos distinguidas pero mucho más necesitadas.

     En algunos de estos institutos de rancia tradición, es costumbre convocar a los nuevos profesores recién incorporados para una visita guiada por las dependencias. Dos de estas visitas han sido tremendamente ilustrativas del ambiente intelectual que en ellos se respira.
     En el primero de estos institutos, cuyo nombre lógicamente no daré por razones obvias, la propia jefa de estudios comentaba, con entonación de cotilleo doméstico, que en dicho centro impartió clases Antonio Machado, y aún conservan las actas donde se puede comprobar las veces que el poeta faltó a clase, debido a su situación amorosa.
     En otro de ellos, con guiño de compadre, se nos señaló como timbre de honor del instituto el certificado escolar de Antonio Machado como estudiante histórico del centro, resaltando socarronamente el número de suspensos que allí figuran.

     Ni una ni otro hicieron la mínima alusión a su poesía.


Antonio machado en el Café de las Salesas. Fuente:
www.museoreinasofia.es/coleccion/obra/antonio-machado-cafe-salesas



sábado, 4 de marzo de 2017

ESTOY HARTO... pero no de mis alumnos


ESTOY HARTO... pero no de mis alumnos


     Hace algunas semanas, se hacía viral una carta de Eva María Romero, profesora en un instituto de Sevilla, dirigida al claustro de profesores y luego, bajo el título de "Estoy harta", reproducida en un medio local, a partir del cual fue rápidamente compartida y multiplicada en las redes sociales.
     En dicha misiva, la profesora realiza una auténtica "arenga a la tropa" de encomiables intenciones, incluso señalando certeramente la nefasta complicidad de algunos padres y la desastrosa gestión política y administrativa; pero volviendo a poner el acento en la mala educación de unos alumnos que le impiden realizar su trabajo y reclamando, en consecuencia, el ejercicio de la autoridad.
     El argumento es tan viejo como la existencia misma de la enseñanza.

     Ya los antiguos comediógrafos y mimógrafos griegos ponían en escena la mala educación y la holgazanería de aquellos zoquetes que tenían por alumnos.
     Tras leer la carta, sin embargo, lo primero que me vino al recuerdo fue una de las escenas más melancólicas de esa hermosa obra claustrofóbica y asfixiante que es "Doña Rosita la soltera", de García Lorca; en concreto, la escena del tercer acto en que Don Martín, un anciano profesor a quien el propio Lorca define como un tipo noble, de gran dignidad, con un aire de tristeza definitiva, visita a la familia el mismo día en que ésta se prepara para abandonar la que ha sido su casa. La escena se sitúa alrededor de 1910. Don Martín y la Tía mantienen una conversación en la que él comenta su trabajo en unos términos que no puedo menos que reproducir:
     "... Mi vida de siempre. Vengo de explicar mi clase de Preceptiva. Un verdadero infierno. Era una lección preciosa: Concepto y definición de la Harmonía, pero a los niños no les interesa nada. ¡Y qué niños! A mí, como me ven inútil, me respetan un poquito; alguna vez un alfiler que otro en el asiento, o un muñequito en la espalda, pero a mis compañeros les hacen cosas horribles. Son los niños de los ricos y, como pagan, no se les puede castigar. Así nos dice siempre el Director. Ayer se empeñaron en que el pobre señor Canito, profesor nuevo de Geografía, llevaba corsé; porque tiene un cuerpo algo retrepado, y cuando estaba solo en el patio, se reunieron los grandullones y los internos, lo desnudaron de cintura para arriba, lo ataron a una de las columnas del corredor y le arrojaron desde el balcón un jarro de agua. (...) Todos los días entro temblando en el colegio esperando lo que van a hacerme, aunque, como digo, respetan algo mi desgracia. Hace un rato tenían un escándalo enorme, porque el señor Consuegra, que explica latín admirablemente, había encontrado un excremento de gato sobre su lista de clase".


     No es mi intención aquí polemizar con la autora de la carta en cuestión, sino desarrollar un par de reflexiones al hilo de su lectura.





     En los más de treinta años que llevo en la docencia, nunca he dejado de escuchar una y otra vez las mismas quejas por el mal comportamiento de los alumnos del momento, culpabilizando siempre a cada nueva hornada del actual vandalismo antisocial.
     "Nosotros no éramos así", se repite año tras año, lustro tras lustro, década tras década. Y claro que no éramos así. Cada generación, en el microcosmos del aula, refleja las condiciones sociales de que se nutre y a las que responde.
     Son chavales en plena combustión hormonal, en pleno proceso de transformación física y mental, esponjas que absorben y se empapan del mundo que los envuelve y para el que cada uno busca una respuesta en sí mismo. ¿Qué pretendemos?, ¿hacer de ellos meras fotocopias de un patrón de conducta anquilosado en la irrealidad de un pretérito ficticio y apergaminado?

     ¿Queremos que nuestros alumnos escuchen, cuando han abierto los ojos a un mundo frenético en que el diálogo se ha reducido a imponer beligerantemente el criterio propio?
     En la casa (por la precariedad de las condiciones de vida y la falta de tiempo propio), en el parque y los lugares de ocio, en las reuniones de cualquier tipo (incluso las de profesores), en los foros, en las plazas y en los parlamentos; imponemos nuestra opinión a golpe de grito, con oído sordo. Escuchar hoy no es ponderar las razones del otro, sino aguardar si acaso a que el otro termine de hablar para abalanzarnos sobre él con toda la batería de nuestros prejuicios y suspicacias.

     ¿Queremos que nuestros alumnos dejen de hacer lo imposible para imponer su yo individual sobre las dinámicas de clase, cuando todos los mensajes que reciben emanan de una sociedad que prima el individualismo y la competitividad, la preeminencia del "mejor", considerando al mejor no en valores cualitativos sino cuantitativos?

     ¿Queremos que sean desprendidos y generosos, cuando la realidad diaria encumbra y enaltece no a quien comparte y coopera, sino a quien medra y acapara?
      Esos son los "triunfadores", así se los presentamos en todos los órdenes del trabajo y del ocio.

     ¿Queremos que valoren las bondades del esfuerzo, cuando todo esfuerzo realmente válido y fructífero debe ser condición no de una recompensa sino de un resultado, y el único resultado codiciable que ponemos ante sus ojos no es la consecución de lo mejor de uno mismo, sino el enaltecimiento de aquel que fraudulentamente acumula riquezas en Suiza y otros paraísos fiscales, haciendo pública ostentación de lujos tan inútiles y discriminatorios como prestigiosos?

     ¿Queremos que sean dialogantes y respetuosos, cuando el espectáculo que les damos en las tertulias televisivas, en los foros políticos, en las asambleas laborales, vecinales o caseras son auténticos campos de batalla de exabruptos, descalificaciones, engañosas medias verdades, protagonismos desaforados, cuando no descarada hipocresía militante o interesada?

     ¿Queremos que su actitud sea dócil, no beligerante, cuando los alimentamos desde la primera infancia con imágenes, mensajes y juegos de violencia extrema; mientras les ocultamos, cuando no prohibimos, la enriquecedora exploración del amor, en todas sus manifestaciones?
     Todos necesitamos amor a nuestro alrededor, para sobrellevar el frío esencial de la existencia. Sin embargo, nos escandalizamos de que un juego o una noticia culminen en un beso, mientras nos regodeamos en el espectáculo y en la notificación de la guerra y el asesinato.


     Un aula no es un espacio hermético, aislado del mundo.

     A mí también me gustaría que ese espacio de trabajo me ofreciera las condiciones ideales, igual que todos los demás ámbitos de mi vida. Pero hay lo que hay. Y considero que mi responsabilidad conmigo mismo en cada uno de esos ámbitos, no sólo en el interior del aula, no es darme topetazos ciegos contra lo que me desagrada o me enerva, sino poner todo mi esfuerzo en reconducir esas condiciones reales hacia su transformación en lo ideal.

     Escucho las quejas de muchos compañeros, excelentes profesionales en su materia, o las de muchos padres y madres, realmente preocupados por el futuro y la seguridad de sus hijos. Pero, ante sus palabras, inmediatamente tengo la extraña sensación de que nunca fueron adolescentes, de que nunca fueron niños, de que nunca vivieron la traumática aventura de hacerse personas en las condiciones específicas que el medio social les permitía.
     Y no es que no hayan sido también ellos adolescentes. Tampoco es desmemoria, a todos nos encanta el relato de nuestras propias batallitas. Es falta de perspectiva. El empuje de la maquinaria laboral nos hace mirar exclusivamente hacia delante, hacia un objetivo, nunca a nuestras espaldas.

      Yo fui adolescente, durante muchos años.
     Viví atribulado por la incógnita de un cuerpo en continua transformación, por la búsqueda de un lugar propio en la trama de los días, en la confusión de las particularidades, en la pobreza de las perspectivas.
     También intentaron enfriar aquel magma incandescente con normativas arbitrarias y dogmas incuestionables. A mi manera, también opuse a su manipulación mi rebeldía. No fue en mi caso un enfrentamiento abierto, era la tenaz obstinación por encontrar mi espacio real en la retícula que el mundo me planteaba.
     Cuando la propia naturaleza se rebela en nosotros, contra nosotros, tratando de realizarse en sí misma, no podemos permanecer ajenos a la rebeldía, debemos ponerla en práctica para llegar a ser auténticamente nosotros, para cortar el último cordón umbilical que nos hace dependientes. La rebeldía por la creación del propio ser es una operación peligrosa, sí, pero imprescindible, que no debería generar represión sino comprensión.
     Aquel que seremos será la respuesta que cada uno dé a la rebeldía esencia de la propia adolescencia.

     Cuando me encuentro ante los alumnos, en lugar de hartarme y aguantarlos, intento ponerme en su lugar, mirar desde su perspectiva, recuperar la mirada prometeica de la adolescencia, aprender de su inquietud volcánica.

     Ponerse en el lugar del otro es el primer paso para comprender y, ya desde la comprensión, abrir caminos al diálogo. Para ello no se requiere autoridad, salvo la autoridad ética obtenida en el día a día, se requiere humildad y compromiso, compromiso con uno mismo y con la persona que tengo enfrente. Pues personas son nuestros alumnos, no lo olvidemos.

     Pero ¿podemos exigir una heroicidad a contracorriente a nuestros profesores? ¿Podemos reprocharles el que no "se pongan en el lugar del otro"?, cuando el problema realmente grave es que todo el conjunto de la sociedad ha ido perdiendo conciencia de ese otro, al encauzar nuestras vidas, laborales y personales, en los estrechos límites de un individualismo consumista y neurótico.
     Hemos aceptado tan incondicionalmente, como grupo, las premisas de un mundo mercantilizado que nos hemos hecho ciegos, ciegos y sordos a todo lo que no sea la satisfacción del propio yo individual, continuamente lisonjeado y embrutecido por los ensordecedores berridos de la propaganda y la publicidad. Hemos dinamitado los núcleos sociales en los que el hombre se sentaba alrededor del fuego para conocerse a sí mismo y conocer el universo, alrededor del fuego que hace grupo y expulsa el frío del cuerpo, en círculo, sin preeminencias ni jerarquías, que sólo engendran dominio y sumisión.

     ¿Cómo exigir a nuestros alumnos, a nuestros profesores, que "se pongan en el lugar del otro"?, presos todos en las mazmorras del individualismo cuando pagamos la compra en la caja del supermercado, cuando subimos a un transporte público, cuando nos atiende el camarero, cuando compramos ropa sin mirar con qué manos y en qué condiciones ha sido confeccionada, cuando adquirimos exóticos alimentos sin considerar la destrucción humana y ambiental en que nuestra propia satisfacción nutricional se sustenta, cuando demonizamos al huelguista que se rebela porque su actividad reivindicativa altera nuestros planes ocasionales o nuestros hábitos cotidianos, cuando negamos una mano de bienvenida al que huye hacia nosotros en busca de refugio, o simplemente cuando depositamos cada cierto tiempo nuestro voto.

     Dicen que soy cabezón, cabezón y obstinado, por carácter propio, o por específico carácter granadino, o por ser tauro, o que me viene de familia. No sé la razón.
    El caso es que, aun en condiciones laborales tan difíciles como las actuales, me asfixiaría en las tormentas de mi propio yo si no me pusiera en el lugar de mis alumnos en el trato diario de las clases. Hoy día son mi mayor satisfacción y mi mayor alegría.
     Porque no concibo la clase como un monólogo de dirección única, sino un diálogo múltiple en el que ellos aprenden de mí y yo de ellos.
    El simple conocimiento puede embrutecer aún más que la ignorancia cuando su objetivo acaba en meras nociones académicas.
     En el aula, no sólo se aprenden el Complemento Directo y la Estructura del Átomo. También se aprenden la ponderación, la equidad, la tolerancia, la justicia recíproca, la solidaridad, los difíciles desafíos del afecto. Y eso, alumnos y profesor, lo aprendemos día a día y mutuamente.

     Si respetas tu propia humanidad, nunca cierras las puertas a seguir aprendiendo.
     Frente al conservadurismo impositivo de "la voz de la experiencia", los antiguos filósofos y tragediógrafos griegos destilaron uno de los ideales de vida más humanos y más sublimes: "envejecer aprendiendo".
     Quizás mi cabezonería se deba a mi infinito amor por la cultura griega.


     Por todo ello, puedo decir que sí, que yo también estoy harto.

     Estoy harto de clases masificadas, como gallineros industriales, en las que resulta tan difícil desarrollar un auténtico diálogo pedagógico y alcanzar un conocimiento individual de los alumnos.
   Estoy harto de la inestabilidad y precariedad laboral que las administraciones han introducido en el sistema educativo con criterios de productividad.
       Estoy harto de unas condiciones de trabajo cada día más mermadas.
      Estoy harto de que la educación sea campo de batalla y experimentación de ideologías políticas que sólo buscan perpetuarse en el poder.
      Estoy harto de la perpetración del elitismo en la educación, con unas tasas universitarias en desorbitado ascenso, con un sistema de becas cada vez más restrictivo y menos eficiente, con la sobreprotección de los sistemas de estudio privados y la correspondiente dejación o simple destrucción de los sistemas públicos, imponiendo así a la sociedad estudiantil un clasismo desigual e insolidario.
     Estoy harto de tantos equipos directivos que han acabado siendo lacayos leguleyos, meros ejecutores sumisos de órdenes superiores.
     Estoy harto de las halagadoras falacias con que se convierte a los padres en cómplices de fraudes como los falsos bilingüismos, la tiranía de la tecnología como fin en sí y no como herramienta, la ilusionista modernización científica en detrimento de la humanística; auténticos motores todos ellos de la transformación de los centros escolares en fábricas de mano de obra sumisa y descerebrada.
     Estoy harto de la gran cantidad de ocasiones en que los propios profesionales asumimos las restricciones que se nos van imponiendo en cascada como algo imponderable, incluso bueno.

     Estoy harto de muchas cosas que están minando desde sus raíces a la educación pública.
     Pero nunca, nunca, he estado ni podré estar harto de mis alumnos.
     Al contrario, he recibido y cada día recibo de ellos mucho amor, mucha sabiduría, mucha humanidad.


*     *     *






     POST SCRIPTUM

     El próximo 9 de marzo (jueves), la Plataforma Estatal por la Escuela Pública ha convocado una jornada de huelga general educativa.

     Al margen de consideraciones de oportunidad o de estrategia o de contenido, yo estaré allí, secundándola, quizás por cabezonería, al menos por manifestar mi negativa a las condiciones que me han llevado a estar tan harto, sobre todo por coherencia conmigo mismo.




miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA TRISTEZA Y EL COLEGIO


LA TRISTEZA Y EL COLEGIO



     Septiembre de 1983.
     La imagen permanece nítida en mi memoria. Un joven de 23 años, recién aprobadas las oposiciones a cátedra de instituto, se disponía a ocupar su plaza como profesor en un pueblo de la costa almeriense. Sus ojos apenas acababan de clausurar esa etapa de subordinación y dependencia que son los largos años escolares, desde que entrara muy niño en una escuela de barrio hasta la obtención de un título universitario, más un año de exclusivo e intenso estudio preparando a conciencia una difícil oposición.

Puerto de Adra (Almería). 1984

    Era ingenuo e inexperto en los asuntos de la vida. Porque la vida de un estudiante es una vida interina, en préstamo, irreal. Te atiborra de definiciones, de fórmulas, de datos, de nombres, de fechas, de exámenes, de reválidas; siempre en el interior de ese laboratorio, reformatorio o cuartel, que son las aulas escolares, submundos que recrean una caricatura distorsionada del mundo real. Su objetivo no es potenciar tus cualidades para desarrollarte como persona y como ciudadano del mundo, sino destruir o atrofiar en ti todo aquello que no se adapta a su mundo preconcebido y amañado. No te entregan de buena voluntad el testigo de ese bien universal que es el conocimiento humanístico, acumulado a lo largo de las generaciones, te lo hacen tragar en píldoras amargas para agostar en ti cualquier veleidad de hacer de ese conocimiento un bien personal.
     A pesar de todo, iba radiante de entusiasmo. Desorientado, inseguro, falto de recursos e información, pero cargado de razones y propósitos. Su infancia y adolescencia habían sido un infierno digno del Kafka más truculento, sádicamente administrado primero por oscuras sotanas y luego por togas universitarias, no menos oscuras, rutinarias y prepotentes como viejo engranaje de relojería. Veníamos de un sistema educativo autoritario, represor, clasista y deformante. Aquel joven profesor no sabía bien cómo aplicar sus ideales al marco administrativo de su nuevo trabajo, pero sí sabía perfectamente cómo no quería hacerlo. Y se encontró con que no era el único.

Vista del instituto y el cuartel de la Guardia Civil. Adra (Almería), 1984.

     En aquel primer destino, en un instituto junto al mar, se vio rodeado de muchos otros compañeros que no estaban dispuestos a asumir la vieja rutina academicista y adocenante, que no estaban dispuestos a seguir perpetuando un sistema de trabajo sometido a escalafones autoritarios. Fueron años de intensa y viva actividad. Se ensayaban en el aula nuevas formas de estudio, más participativas, más comprensivas. Se derribaban las barreras que separaban la tarima del pupitre, el aula de los despachos, el instituto de la sociedad. En un pueblo entonces con pocas salidas y menos ofertas de ocio y conocimiento, se organizaban por las tardes talleres de teatro, de cine, de deportes minoritarios, de recuperación de técnicas y artesanías tradicionales, sin remuneración, con entusiasmo. Se organizaban excursiones, viajes, visitas que ampliaran el horizonte intelectual y vital de aquellos adolescentes, nunca como agencia turística, sino como actividad en cuya organización los propios alumnos desarrollaran el sentido de la responsabilidad y del compromiso con el grupo. En aquellos tiempos, no se cobraban dietas ni compensaciones administrativas por aquellas horas de dedicación fuera de todo horario laboral. Todo era voluntad y determinación, confianza en la capacidad de cualquier ser humano para hacer suyo su propio destino.
     Pero quedarse en aquel voluntarismo era claramente insuficiente. El marco legislativo y administrativo seguía siendo estrecho, injusto y asfixiante. Fueron años de lucha en la que todos, o una inmensa mayoría, incluso por encima de escalafones laborales e ideologías políticas, nos sentíamos implicados, porque tanto el catedrático como el interino o el agregado o el administrativo o el personal de limpieza eran miembros fundamentales de ese organismo vivo, el instituto. Si tocaban a uno, nos tocaban a todos.
     Aquellos septiembres de reanudación del curso eran para el joven catedrático de griego principios de alegría, de ilusión, de entrega. Era su vida, era él, la realización de sí mismo en puesto de trabajo que era mucho más que un trabajo.


Taller de teatro. Instituto de Adra (Almería), 1985



























     Hoy lleva más de treinta años de docencia a sus espaldas, casi los mismos durante los cuales nuestros dirigentes políticos, de uno u otro signo, han despreciado o destruido aquel potencial transformador, obsesionados primero con maniatar, dividir, difamar, debilitar y desestructurar a esos díscolos profesores, que se empeñan en saber de educación más que el ministro correspondiente (aunque el ministro en cuestión sera un dudoso economista o una marquesa o un mero tertuliano televisivo). Si la dictadura transformó las ideas pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza en una herramienta de adoctrinamiento y represión política, los tahúres de la democracia han ido haciendo de la educación un arma de destrucción partidista, un coto de amiguismo, cuando no un lucrativo negocio, destruyéndola minuciosamente, con alevosía y ruindad.
     Bien minado el terreno a lo largo de los años, la falsa crisis económica que estalló en 2008 les dio la excusa para asfixiar hasta lo imposible el sistema educativo español: recortes de presupuesto, masificación en las aulas, aumento de la carga laboral, supresión de elementos clave como la orientación o la atención a la diversidad, etc. etc. etc. La gran estafa nacional de la educación venía preparándose de antiguo, no se aplicó de la noche a la mañana. En silencio, paso a paso, se habían ido preparando las premisas oportunas, privatizaciones más o menos encubiertas, clientelismo corrosivo, desacreditación de la figura del profesor, acaparamiento de la toma de decisiones, control cada vez más absolutista sobre los elementos de promoción académica y laboral.


     Aquel joven catedrático, hoy camino ya de la vejez, lleva ahora casi nueve años desplazado. Un mes de julio recibió una llamada de teléfono para comunicarle que, después de más de veinte años como docente en un instituto madrileño, debía solicitar urgentemente una plaza provisional para el próximo curso; su plaza seguía siendo nominalmente suya, pero con insuficientes horas en su materia (sin tener en cuenta los talleres y otras actividades desarrolladas en el mismo, había que reducir personal, simplemente). Desde entonces, espera cada septiembre para ver a qué nuevo instituto será asignado, si impartirá su materia o alguna otra de la que no es especialista (los alumnos, pobres ignorantes, ni lo notarán). Ya no podrá hacer un seguimiento del proceso de aprendizaje de sus alumnos, nuevos cada curso, sin completar ciclos naturales. No puede organizar proyectos educativos a largo plazo, pues nunca sabe dónde trabajará el curso siguiente. Escucha los lamentos de sus compañeros, lógicamente nuevos cada año, pero en sus lamentos no escucha indignación sino renuncia y resignación. El progresivo aumento de horas lectivas le impide prepara su actividad docente más allá de lo estrictamente académico, y siempre con premuras, entre un creciente lodazal burocrático; una hora de clase, si se es honesto, no es una hora de reloj, son por lo menos tres, entre su preparación y su seguimiento, y el día tiene sólo veinticuatro.
     Como cada año, este septiembre ha tomado posesión de su nuevo puesto de trabajo. El panorama es cada curso más opresivo, más escalofriante. Cada septiembre, comprueba cómo lo que parecía que ya no podía ser más malo siempre es susceptible de convertirse en algo peor. Desde que nuestros amados políticos se encargaron de hacer de las directivas no unos representantes de la educación ante la administración, sino representantes de la administración contra la educación, cargos venales, con dogal, se rompió todo diálogo, sólo resta acatamiento. Con la tremenda estafa que supuso este fullero y nefasto bilingüismo, impuesto por motivos puramente electoralistas, una gran cantidad de los nuevos compañeros con los que se encuentra ahora son esos jóvenes "de última generación", "la generación más preparada", jóvenes adocenados de titulitis, individualistas e insolidarios, serviles con el pesebre, sumisos hasta la depravación. Se encuentra con que el número de alumnos por aula aumenta cada año hasta niveles completamente irracionales, con horarios de pesadilla para poder dar cabida a las fruslerías de una reforma educativa urdida en las cavernas del negocio particular para someter a los estudiantes a la ley de la selva mercantil. Se encuentra con asignaturas irresponsablemente eliminadas para poder cuadrar grupos y horarios con el parco personal asignado. Se encuentra con claustros y reuniones puramente informativas, unidireccionales, que duran hasta más allá de las nueve y media de la noche, en las que ni se menciona al alumnado, como si éste no fuera el auténtico objeto de nuestra labor y atención. Se encuentra con el empecinamiento electoralista en comenzar el curso cuanto antes, aunque sea imposible su organización en los plazos previstos, y por ello estaremos una semana en clase con alumnos que no serán nuestros alumnos, simplemente para entretenerlos y que sus padres no se irriten por tener que soportarlos en casa. Se encuentra con compañeros de su edad que, acorralados bajo esa presión incesante y cada día más desproporcionada, más despótica, sólo cuentan los años, los meses y los días para la jubilación. Abandonar el barco que se hunde. Sí, puede que en las actuales circunstancias sea la única solución, piensa.
     De regreso a casa, recuerda aquel septiembre del 83, el entusiasmo, las expectativas. Cada septiembre era un comienzo, un nacimiento. Este septiembre de 2016 ha asistido a un funeral. Encerrado en su cuarto, aquel joven de 23 años, hoy camino de la vejez, siente que la tristeza lo abate, se le echa encima, aplastante, como una losa, como una tumba. Está llorando. Llorando de rabia, pero sobre todo de impotencia. Son lágrimas de verdad, no poéticas, de las que escuecen.


En el taller de teatro. Adra (Almería), 1985.


     Y, entre tanto, la señora Cifuentes, nuestra superguay presidenta de la Comunidad de Madrid, con sonrisa profiláctica y maquillaje satinado, anuncia alegremente con una mano "medidas para arreglar" el sistema educativo, mera fontanería política, mientras con la otra mano aprieta las tuercas de este garrote vil al que ha sido condenado nuestro sistema nacional de educación pública. Pues no son "medidas" lo que la educación española necesita. ¿De qué le sirve una tirita al enfermo terminal de cáncer?


lunes, 17 de noviembre de 2014

¿HIPOCRESÍA? ¿BUROCRACIA? ¿EDUCACIÓN?


     Como cada año al inicio de curso, he tenido que confeccionar la programación anual de la asignatura de griego para mi centro de trabajo. En ella, junto a los datos técnicos sobre el temario, la temporalización, la metodología didáctica, los criterios de calificación, etc. etc.; encabeza el documento un apartado de importancia capital. Se trata de los OBJETIVOS. Ellos serán la hoja de ruta de ese apasionante diálogo en el aula entre el profesor y los alumnos, marcarán o deberían marcar el rumbo de la propia asignatura. Y, sin embargo, dicho rumbo a veces nos enfrenta a escollos difíciles de salvar con auténtica franqueza y honestidad.


     Entre dichos objetivos, publicados en el abstruso lenguaje de todo Boletín Oficial, algunos de ellos se desnudan formalmente de tecnicismos para proclamar un europeísmo idealizado. Cito textualmente:
     "La materia de Griego en el Bachillerato aporta las bases lingüísticas y culturales precisas para entender aspectos esenciales de la civilización occidental, como resultado de una larga tradición grecorromana".
     Su estudio debe tender a inculcar en los alumnos "el ejercicio de la ciudadanía democrática, desde una perspectiva global; y adquirir una conciencia cívica responsable, inspirada por los valores de la Constitución española, así como por los derechos humanos, que fomente la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa".
     A través del estudio de la lengua griega, mis alumnos han de imbuirse de aquel ideal humanístico que, allá por el siglo XIV, tomó el relevo a la antigüedad clásica y ha venido inspirando los valores más auténticos de la civilización occidental, de los que tan frecuentemente hacemos gala en Ateneos y Foros institucionales, y tan frecuentemente desmentidos por la realidad histórica. Valores como la igualdad, la equidad, la libertad, la democracia, el respeto a todo ser humano, la cooperación, la hospitalidad.

     Alentado por dichos objetivos, me presento en el aula, en ese complejo alambique de las naturales tensiones entre la adolescencia inquieta y la reflexión didáctica. Me dispongo a hablar del sagrado sentido de la hospitalidad en la Grecia antigua. La escena que le servirá de comentario pertenece a La Ilíada homérica.
     En el transcurso de una de tantas batallas durante los diez años que duró la guerra de Troya, se enfrentan en pleno campo Diomedes y Glauco, griego el uno y el otro troyano. En medio del fragor de las armas, de los gritos de la pelea, de la sangre derramada, en medio de la tremenda crueldad del dios de la guerra,siguiendo los códigos de honor nobiliarios, Diomedes, espada ya en alto, pregunta a Glauco por su linaje y éste le responde. De ese modo, ambos se descubren hermanados por un antiguo pacto de hospitalidad intercambiado por sus respectivos progenitores. En medio de aquel escenario de muerte y destrucción, renuevan aquellos votos fraternales e invocan a la propia naturaleza mortal de todos los seres vivos con una hermosísima metáfora que acabaría convirtiéndose en lugar común: "Como las generaciones de las hojas, así también las de los hombres".
     El abrazo que rubrica esa hermandad de destino que nos define y nos iguala se ha convertido en uno de los valores incontestables de nuestra civilización occidental. Es un desafío a la irracionalidad predatoria, un ideal de concordia, de humanidad, de hospitalidad.
     Reviviremos en clase ese sentimiento de que todos, como las hojas de los árboles, estamos abocados a la muerte pero también al reverdecer de la vida, cada primavera. Y es esa naturaleza común la que debería hacernos derribar fronteras, desigualdades, racismos, discriminaciones, xenofobias.
     Pero las noticias de los periódicos hablan un lenguaje muy diferente.

campo de golf ante la valla fronteriza en Melilla.
Foto: José Palazón / Prodein,
aparecida en El diario.es el 23-10-2014

     El pasado mes de octubre, el Consejo Europeo puso en marcha en la vieja Europa un operativo policial coordinado contra la población migrante, en clara vulneración del artículo 9 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. La justificación de estas redadas racistas es la realización de un estudio sobre migración ilegal, sus rutas y sus mafias, para combatirlas. El operativo, irónicamente nombrado con palabras tomadas del clásico latín, Mos Maiorum, alentará la xenofobia y el racismo que lentamente va abriéndose paso al socaire de la actual crisis económica y social.
     Nos enteramos de que estas operaciones racistas vienen sucediéndose desde hace unos años en la curtida Europa del euro, la misma que infla sus arcas de divisas gracias a los escenarios turísticos de su propio pasado.
     En sus museos, Glauco y Diomedes vuelven a preguntarse cada día sus respectivos nombres, con las consecuencias ya conocidas. Pero no podemos oírlos. Como protección contra el deterioro, están encerrados en una urna hermética.

     No hace mucho que España, tierra de iberos, de fenicios, de griegos, de romanos, de visigodos, de árabes, alzó en su frontera sur vallas defensivas contra el otro. El trato al vecino no ha sido desde entonces precisamente exquisito ni generoso, sobre todo con el necesitado. Como gesto de bienvenida, no nos hemos detenido a preguntarle su nombre, sólo su documentación. En medio de la paz, Diomedes deja de preguntar su nombre a Glauco y entabla una guerra. La aristocrática legalidad lo ampara.
     Sin embargo, y a pesar de la dudosa legalidad, violencia tan explícita contradice el espíritu de esa escena homérica, elevada al rango de cultura patrimonial. Y el Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa nos da un tironcillo de orejas. Nada grave. Podemos seguir hospedando al vecino que irrumpe en nuestra casa en alguno de esos humanitarios Centros de Internamiento de Extranjeros, antes de costearle un traslado cómodo de nuevo a su lugar de origen. 

La valla de Melilla.
Foto: Robert Bonet,
aparecida en El diario.es el 16-10-2014

     De nuevo en el aula, ante personas que también han leído las noticias de los periódicos o han oído hablar de ellas en Facebook o en Twitter, personas que en su fogosa adolescencia son interrogantes vivos ante la compleja realidad del ser humano; ante mis alumnos, me vienen a la memoria los objetivos de mi presencia allí: "inculcar el ejercicio de la ciudadanía democrática, desde una perspectiva global; y adquirir una conciencia cívica responsable, inspirada por los valores de la Constitución española, así como por los derechos humanos, que fomente la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa." El subrayado lo pone mi propia mente.

     El mismo gobierno que me dicta esos valores como objetivo es el que, al mismo tiempo, dicta la orden de impedir la entrada al vecino por procedimientos expeditivos. Esa identidad de sujeto ¿convierte en mera burocracia administrativa la redacción de aquella programación por la que debe guiarse mi tarea docente? Sería desalentador.
     No puedo creer que se trate de un simple ejercicio de hipocresía, no debo creerlo.

     Curiosamente, la palabra "hipócrita" es palabra griega. Con ella se designaba a los actores en la antigua Atenas democrática. Significa "el que se esconde por debajo"; o sea, el que se esconde bajo la máscara, ya que los antiguos actores griegos interpretaban sus papeles siempre con la máscara propia de su personaje. Evidentemente, "hipócrita" no era entonces un término despectivo. ¿Cómo ha llegado a serlo?
     La máscara del actor, además de proporcionarle una pequeña bocina con la que proyectar su voz mucho más lejos, anulaba los rasgos individuales de su persona, borraba lo particular del individuo, para expresar lo general, para hacerse voz de esa comunidad democrática. La máscara actual se ha cerrado sobre sí misma. Ya no sirve de megáfono público, sino de pantalla para proteger lo particular en su feroz individualismo. Son las leyes del mercado.

     Entonces pienso que, en ese sentido antiguo de la palabra, sí que puedo ser un perfecto hipócrita, portavoz o megáfono, no adoctrinando, sino permitiendo que mis alumnos se asomen a través de mí a aquel mensaje de Homero y vuelvan con esa imagen en la retina a su realidad cotidiana.
     Glauco y Diomedes sellaron sus respectivos dones de hospitalidad reconociéndose hermanos en una naturaleza mortal compartida, y ello en medio de una sangrienta carnicería ante los muros de Troya. El aula no es una torre de marfil, no debe serlo. Es un microcosmos dentro de ese macrocosmos general en el que mis alumnos y yo hemos desayunado con las noticias de los periódicos antes de venir al instituto. Un microcosmos en el que, igual que Glauco y Diomedes, podemos renovar los votos por una sociedad más justa, más equitativa, más humanitaria.
     Y hacerlo con las primitivas palabras griegas.

Puerta de los Leones,
entrada al recinto fortificado de Micenas