"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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jueves, 7 de junio de 2018

MILHOJAS DE BERENJENA Y SALMÓN AHUMADO








MILHOJAS DE BERENJENA Y SALMÓN AHUMADO

[una receta y un mito]




     La noche extiende una oscuridad densa y sobrecogedora, sólo alterada por la tenue horquilla de la luna, la misma oscuridad que habita el corazón del hombre. La soledad nocturna eriza de interrogantes las arenas de una playa que el mar lame con sereno y tenaz oleaje. Ese chasquido de agua es el único sonido que acompaña los negros pensamientos del héroe.
     Un extraño silencio atenaza a la noche. Los soldados, tras otra jornada de combate ante la poderosa fortaleza de Troya, no celebran un hipotético avance ni lamentan un posible retroceso. Tantos hombres como arenas de un desierto apenas a unos metros de su tienda, y nada se escucha. Un silencio que oprime. Una noche inquietante para un joven Aquiles que deambula por la orilla sopesando en sus pensamientos los horrores de la vida frente a las bondades de la muerte, las usuras de la nobleza sobre las mezquindades de la subsistencia, las ruindades de todo triunfo contra las excelencias de la amistad.
     Van ya para nueve años desde que el ingente ejército aqueo embarcó rumbo a oriente, una colosal coalición armamentística contra una ciudad por la que se decían agraviados. Nueve años y Troya parece tan inexpugnable como el primer día. Más aún desde que el comandante en jefe de los ejércitos, el arrogante Agamenón, lo agravió públicamente, arrebatándole con autoritarismo improcedente el botín que le había correspondido en el reparto. Fue una afrenta arbitraria y ruin ante la asamblea de los notables, en la que él, Aquiles, siempre ocupó un lugar destacado; una afrenta que debía ser respondida, si quería recuperar la propia dignidad mancillada, y qué mejor respuesta que apartarse de la lucha para poner en evidencia la inferioridad moral y táctica del despótico Agamenón, una vez se vieran privados sus compañeros de armas de la indómita valentía del noble Aquiles; una afrenta que lo golpeó mortalmente en su propio honor. Pero ¿qué es el honor para un hombre desnudo frente al insondable mar y la negrura de la noche?
     El joven Aquiles deambula solo por la playa. El silencio de la oscura bóveda tritura la solidez de cualquier razonamiento hasta convertirlo en arenisca que se acumula a la arena de los siglos y de las generaciones. El rechinante beso del manso oleaje es su única respuesta hoy.
     Cuando regresa a la tienda de campaña, encuentra ante ella esperándolo a tres buenos amigos, Ayax, Fénix y Ulises. Son la embajada enviada por el propio Agamenón para negociar su retorno a las armas. Los troyanos se han envalentonado con la ausencia de Aquiles y, desde que éste renunció a luchar, los aqueos no han dejado de ir perdiendo posiciones, replegándose ante el empuje enemigo. La situación comienza a ser desesperada. Vienen a parlamentar con él, en nombre del comandante en jefe, la manera de restituirle su honor y que vuelva a unirse a los suyos.
     Pero Aquiles, desnudo de armadura, no es soldado sino hombre y como hombre los recibe. Luego vendrán las alegaciones y los discursos. Inmediatamente después de saludarlos como amigos, desnudos de estandartes y condecoraciones, y solicitar para ellos una copa del mejor vino, él mismo, junto a su inseparable Patroclo, trocea unos costillares de cabra y de oveja, unos lomos de cerdo y, ensartándolos en brochetas, los pone a la brasa. Mientras se asan, Patroclo rellena las copas y distribuye trozos de pan en canastillas. Las palabras de la amistad tienden puentes a la razón y al afecto en torno a una mesa compartida. Luego, desde la fraternal cordialidad de los comensales, una vez saciados todos y retiradas las sobras del ágape, los embajadores cumplirán su misión negociadora.


     El relato de este encuentro diplomático en medio de una crisis profunda, escrito hace casi tres milenios, vuelve a darnos hoy la medida de ese modelo de humanismo griego, tan elogiado y tan desdeñado en las democracias contemporáneas.
     En los últimos años, el diálogo social fue roto y confinado a la administración de leyes como herramienta de coacción. Durante estos últimos años, hemos vivido la pesadilla de la palabra amordazada, del insulto como argumento y de la cárcel como única respuesta a la palabra, en beneficio de la proclama más irracional. Durante estos últimos años, una política autoritaria y prepotente ha sumido al ciudadano en la noche más negra, ha hundido las instituciones, todas las instituciones, en un basurero de mierda y odio, corrupción y bandolerismo impune.
     La semana pasada, el diálogo entre diversas formaciones políticas realizó lo que hasta hace pocos días parecía imposible: desalojar del gobierno al partido y al presidente que nos habían sumido en ese lodazal irrespirable.
     Medios y personalidades han corrido a felicitarse como si en pleno corazón de la tormenta se hubiera abierto paso el sol. Y, sin embargo, si no miramos sólo a lo inmediato, sin abarcar allá de donde venimos y allá adonde queremos ir, realmente no se ha abierto una ventana a la esperanza, ha sido un alivio, un gran alivio, ciertamente, por ahora sólo eso. La trayectoria histórica del partido que ha ocupado en buena lid el timón de la nación no ofrece muchas garantías de esperanza, más bien lo contrario.
     La composición de su nuevo gobierno, recién hecha pública, con un ministro defensor de torturadores, con una ministra que dio su visto bueno al ruinoso y catastrófico proyecto Castor, con un ministro sin empacho a aparecer en la foto junto a personajes de la ultraderecha más reaccionaria, etc., etc., no augura precisamente una especial sensibilidad contra los males que nos han llevado a ser hoy por hoy uno de los países supuestamente democráticos con mayor exclusión social y con más personas presas por sus ideas.

     Y aquí es donde entra el irreprochable Aquiles para recordar a nuestros dirigentes la necesidad del diálogo. Y dialogar no es sentarse a esperar, desde tu posición de poder, la claudicación del contrario, sino empatizar con el otro, respetarlo en su disidencia, ser generoso y magnánimo en la réplica, concederle a tu oponente el pan y la sal que nos hace humanos en el frágil equilibrio de la justicia y la convivencia. Todo lo demás será mero ejercicio de poder y palabras huecas, como esas olas que se inflan e inflan en su proximidad a la costa y, cuando llegan a la arena, gastada toda la energía en su demostración de fuerza, se desinflan en un plof intrascendente.



     Como ejercicio de diálogo, propongo hoy una receta de fácil ejecución, que no proviene del acerbo familiar, sino de la experimentación cotidiana. ¿Por qué? Si en otras entradas he hecho una reiterada alabanza de la tradición, bien es verdad que ensimismarse en la propia tradición conduce al inmovilismo y la esclerosis. Toda tradición ha de ser plinto para la constante creación de un presente que nos abra puertas al futuro.
     ¿Qué otra cosa, si no, es el diálogo? Asunción de ese acerbo humano que comparto con mi oponente para abrir puertas a un mañana en el que el otro sea, si no mi colaborador, sí una nueva perspectiva para avanzar en la senda de lo común desconocido.

     A ti, amigo, con el que guardo drásticas diferencias, siéntate a degustar el divino alimento de la tierra y luego hablemos, hablemos desde una posición de igualdad, hablemos hasta que ya no queden palabras para modular nuestro diálogo y sea el corazón su fuelle y la magnanimidad su brasa.



MILHOJAS DE BERENJENA
Y SALMÓN AHUMADO 




Ingredientes:
  • Berenjenas, una mediana por persona.
  • Salmón ahumado, 125 gr. (unas cuatro lonchas)
  • Queso gouda, 50 gr.
  • Aceite.
Para la bechamel:
  • Leche, 1/4 l.
  • Mantequilla, un par de cucharaditas.
  • Harina, un par de cucharaditas.
  • Nuez moscada.
  • Pimienta blanca.
  • Sal


     Lavamos bien las berenjenas, les quitamos la parte espinosa del sépalo y, sin pelarlas, cortamos de cada una tres lonchas longitudinales de un centímetro aproximadamente. Reservamos las partes sobrantes de la berenjena.


     Colocamos las lonchas en la bandeja de horno sobre un papel vegetal, las espolvoreamos ligeramente de sal y las pintamos con aceite de oliva.


     Las introducimos en el horno previamente caliente a 180º y las dejamos unos diez o doce minutos por cada lado, hasta que adquieran un ligero color tostado, pero sin que lleguen a ennegrecer.
     Entre tanto, cortamos en dados la berenjena sobrante y la freímos en aceite bien caliente, luego la pasamos a un papel secante para que éste absorba el exceso de aceite y la reservamos.
     Rallamos el queso y lo reservamos también.


     Una vez asadas las lonchas de berenjena, las montamos en un recipiente hondo, preferiblemente individual, aunque no es imprescindible. Vamos alternando una loncha de berenjena con dos o tres de salmón ahumado, terminando con la tercera loncha de berenjena. Reservamos.


     A continuación, preparamos una bechamel clarita. Para ello, derretimos en un cazo o en una sartén honda la mantequilla y, una vez derretida, diluimos en ella la harina junto con la sal, la pimienta molida y un poco de nuez moscada rallada. A continuación, añadimos la leche (mejor si la calentamos previamente) y, cuando empiece a espesar, le añadimos el sofrito de berenjena y el queso rallado. Revolvemos un minuto y lo apartamos del fuego.


     Cubrimos las milhojas de berenjena y salmón con la bechamel y las introducimos en el horno, caliente a 180º.


     Las dejamos hasta que la superficie muestre ese apetitoso tostado, una media hora más o menos. Y... listas para servir.
     Cuidado, que salen muy calientes del horno.


     El resultado es un plato completo, aunque muy contundente, capaz de constituir por sí mismo una comida. Si se quiere algo más ligero, basta con cortar las berenjenas en rodajas, en lugar de hacerlo a todo lo largo. Con menos cantidad también de salmón, claro, obtendremos un primer plato excelente.

     Buen provecho, y buen diálogo.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

BIZCOCHO GRIEGO DE NUECES Y NARANJA (karydópita: receta). MEMORIAS DEL OTOÑO


     Le está costando al otoño barrer definitivamente los últimos coletazos veraniegos. Las sinfonías cromáticas de la vegetación se dilatan y conviven con repentinas floraciones extemporáneas. Lluvias tormentosas no desembocan sino en apacibles atmósferas brillantes. Se demoran los puestos de castañas asadas que aún sobreviven, esa entrañable y humilde memoria sensorial de los fríos otoñales, en medio del vertiginoso tráfago urbano, Los madroños lucen su rojez terrosa a contraluz de un cielo completamente azul.

Madroños

     Este año, a pesar de las escandalosas tropelías de sus gobernantes, hemos podido disfrutar a satisfacción de uno de los espectáculos más admirables de este Madrid sumido en la cotidianidad. La cálida luz de los cielos otoñales en la capital del reino, cuando la contaminación atmosférica no la ensucia, volviéndola opaca y cenicienta, adquiere una presencia aterciopelada y transparente en todas las formas sobre las que se posa, una carnalidad casi tangible en el aire que respiramos. Según un amigo, son los cielos característicos de los mejores cuadros velazqueños. El otoño ha hecho arte de la realidad, arte sin precio, don de los sentidos y de la memoria, porque ninguna realidad sensible actúa sobre nosotros sin la memoria que nos hace sujetos de nuestras propias vivencias.

Jardines del Campo del Moro. Madrid.

     El otoño está asociado en mí a uno de mis recuerdos más antiguos.
     Como ya he explicado en otras ocasiones, nací y viví hasta los siete años en una vieja huerta de la hoy esquilmada vega granadina. No era una casa común. Tenía cabida para alojar de manera independiente a las cinco familias que componían la unidad familiar, mi abuela, mis tíos y nosotros, y todavía sobraba espacio para el granero, la cuadra, la pocilga, los gallineros, dos secaderos de tabaco, una alberca a cuya sombra crecían las fresas, una gran explanada central con dos palmeras, el emparrado y un par de limoneros, otros árboles, frutales y de ornamento, y un generoso huerto regado por su correspondiente acequia.
     Aunque las palabras, como la propia memoria, revistan la realidad de ese halo poético, la huerta daba muchísimo más trabajo que provecho y así, en plena explosión demográfica y urbanística, mi abuela acabó vendiéndola para su conversión en cuatro bloques de cemento.
     Seguramente fuera su pérdida cuando yo era un chavalín de siete años lo que me la haya idealizado como un auténtico paraíso perdido. En cualquier caso, engendró en mí el amor a la tierra y a todas las formas de lo vivo.

La huerta de las Almenillas.
Granada (1967)
     En un rincón de aquella huerta, se alzaba un viejo nogal de imponente copa. Cada otoño, la familia al completo nos reuníamos para la recolecta. Como no se lo mantenía para comerciar con su fruto sino para el propio consumo, aquella ocasión no significaba uno más de los duros trabajos del campo sino una fiesta familiar. Los hombres vareaban las ramas, mujeres y niños recogíamos las nueces caídas.
     Las conversaciones, los chascarrillos, las risas, las risas francas de los críos, las risas picaronas de las mujeres, las más recias y contenidas de mis tíos, las bromas, los juegos, mientras se iban llenando las banastas de esos pequeños cráneos frutales envueltos en una piel fuertemente aromática. El olor áspero y dulzón de las hojas del nogal incensaba la atmósfera. La crasa corteza que envuelve a las nueces dejaba en las manos un velo almizclado.
     Los hombres bebían vino, las mujeres iban sacando los manjares cocinados al amor de las brasas de la chimenea, los niños correteábamos por la plazoleta sobre una tierra reblandecida por las primeras lluvias. Se agotaban las últimas provisiones almacenadas, para dar paso a las nuevas: los melones colgados de las vigas, las orzas de manteca donde conservar la matanza, las hortalizas puestas a secar para los guisos del invierno. Al crepúsculo, los leños atizados de la chimenea iban calentando el chocolate que, al final de la jornada, repondría a aquellos hombres, a aquellas mujeres, a aquellos niños, congregados todos en torno al fuego familiar, bendiciendo con su sana alegría el generoso fruto del viejo nogal.
     Lógicamente, siendo yo entonces tan niño, muchos de estos datos entrarían en mi memoria a través de lo que otros me contaron luego. Sin embargo, en lo más profundo de mí, conservo cierta memoria sensorial que me asocia el olor de una hoja de nogal con el recuerdo agridulce de una felicidad antigua, muy antigua.

     Por ello, cuando muchísimos años después visité por primera vez mi otro amor, Grecia, la admiración que provocó en mí uno de sus parajes más hermosos, el monte Pelión, fue mucho más personal que la propia ante un escenario natural tan espléndido.
     No son sólo sus bosques de castaños y nogales, encaramados en abruptas montañas desde las que se otea el mar Egeo, lánguidamente tendido a los pies de esos macizos en el golfo de Volos, la antigua Yolco del mito de los argonautas. No son sólo sus casas blancas, resplandeciendo entre el oscuro verdor de la vegetación, conservando una autenticidad que desafía a su propia maquillaje para el visitante, que no violenta el escenario natural por el que van arracimándose. No es sólo el clima saludable y la serenidad de las alturas.
     Bajo aquellos mismos nogales, el centauro Quirón  preservó y transmitió el conocimiento heredado y un pensamiento autónomo a los héroes que partirían a por el vellocino de oro. Mostró el difícil camino hacia la auténtica humanidad a aquel Aquiles que acabó intercambiando con el rey troyano cadáveres y reconocimiento en el dolor, con su más odiado enemigo, con el padre de aquel Héctor que acabó en combate con la vida de su amado Patroclo; por encima del odio, encontraron eco en el héroe las antiguas palabras del centauro, escuchadas cuando niño bajo los centenarios nogales del monte Pelión.
     Todavía hoy rumorea en aquellos bosques el aliento sereno e inteligente del viejo Quirón.

     No recuerdo si fue en aquel paraje donde aprendí, si de viva voz o en alguna de esas típicas postales culinarias, la receta de este sabroso bizcocho de nueces, o si la recogí de algún antiguo libro de cocina griego, comprado en los bazares del tumultuoso Monastiraki. En cualquier caso, la jugosa textura de una karydópita consigue revivir en mí las memorias del otoño.

KARYDÓPITA (receta)

Ingredientes:
  • Harina de fuerza, 120 gr.
  • Azúcar, 125 gr. + 225 gr.
  • Mantequilla, 120 gr.
  • Levadura.
  • Huevos, 4.
  • Nueces, 250 gr.
  • Naranjas, 3.
  • Canela molida.
  • Clavo molido.
  • Ron / Brandy, 1 copa.

     El primer paso consiste en mezclar bien los ingredientes secos del bizcocho. En un recipiente, tamizamos la harina y, abriendo un pequeño hoyo en el centro, añadimos un sobre de levadura, la ralladura de una naranja, una cucharadita de café de canela molida y media cucharadita de clavo molido. Lo mezclamos bien, hasta que adquiera ese granulado color de corteza de árbol.


     En otro recipiente mayor, batimos bien la mantequilla derretida con 125 gramos de azúcar. Añadimos entonces las yemas de cuatro huevos, reservando aparte las claras, y volvemos a batir hasta obtener una consistencia cremosa y homogénea.


     Añadimos entonces la mezcla del anterior recipiente, la harina con la levadura, naranja, canela y clavo, y volvemos a mezclar enérgicamente con la varilla. Es el momento de incorporar las nueces, previamente humedecidas ligeramente y enharinadas, para que no se vayan todas al fondo. Montamos las cuatro claras de huevo sobrantes a punto de nieve y las vamos incorporando poco a poco a la mezcla, removiendo con cuidado de arriba abajo, para que no descienda el volumen de las claras.
     Untamos el molde del bizcocho con mantequilla y lo recubrimos con una fina capa de harina. Yo suelo hacerlo echando una cucharada en el centro del molde y balanceándolo en diferentes sentidos, para que la harina quede por sí misma pegada a las paredes y al fondo, y eliminando la sobrante.


     Vertemos la mezcla en el molde y lo introducimos en el horno, previamente calentado a 160 grados, durante unos 35 minutos. Para comprobar que está suficientemente cocido, basta con introducirle una aguja larga. Si ésta sale completamente limpia y seca, quiere decir que el bizcocho está hecho.


     Entre tanto, echamos en un cazo el zumo de 3 naranjas, añadiendo agua hasta completar 300 mililitros de líquido. Añadimos la corteza de una naranja, cortada en pequeños cuadraditos, y 225 gramos de azúcar en grano.


    Ponemos el cazo a fuego lento hasta que el azúcar se disuelva, entonces subimos el fuego, llevando el almíbar a ebullición y dejándolo hervir, sin dejar de remover de vez en cuando, hasta que comience a espesar, unos 20 minutos, momento en que añadimos una copa de ron o de brandy. Lo dejamos al fuego unos 5 minutos más para que evapore el alcohol y lo apartamos del fuego.

     Cuando el bizcocho haya enfriado un poco, con ayuda de una cuchara sopera, vamos recubriéndolo con los cuadraditos de cáscara de naranja empapados en almíbar. El resto del almíbar lo introduciremos en el interior de la karydópita con una jeringa gruesa, para que se empape bien.

     Y ya está. Listo.


     Buen provecho.