"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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sábado, 27 de junio de 2026

CARICIA (relato)

 


Relato publicado originalmente en el libro colectivo 101 RELATOS LGTB+, por Vinatea Editorial, editorial valenciana de carácter social, sin ánimo de lucro.


CARICIA


El sol de buena mañana entra a raudales por la cristalera de la residencia donde un joven voluntario termina de peinar al anciano inmóvil en la silla de ruedas. A la luz cobriza del otoño, su silueta se recorta más como imagen icónica que como figura viva. Tras el aseo, lo ha vestido hoy domingo con pijama limpio. Como todavía no hace tiempo de calefacción, aunque ya comienza a soplar el frío relente de la sierra, le ha echado por las piernas una manta fina, luego lo ha rociado con colonia y lo ha peinado con esmero. Finalmente, le alza la cara por la barbilla para comprobar el efecto. En el momento en que las miradas confluyen, el joven advierte una lágrima en el ojo del anciano.


Era todavía niño cuando su padre lo llevó consigo a supervisar una de las obras del Ensanche. La ciudad estaba creciendo a marchas forzadas gracias a los desplazados de los pueblos más pobres de la comarca, mayormente de aquellos que quedaron inundados con la inminente construcción del pantano. El padre mostraba orgulloso los resultados la disciplina en el trabajo. El hijo miraba asombrado aquellos cuerpos moldeados por el esfuerzo; sobre todo, el de un muchacho de torso desnudo bajo un sol implacable, todo perlado de sudor, que dejó la carretilla vacía bajo la mezcladora de cemento y aprovechó para estirarse, con las dos manos tras la nuca, cimbreando las caderas. Nunca había visto nada tan hermoso.


Entonces era plausible hacer pasar por honestidad la renuncia a cualquier contacto físico, al menos hasta haber pasado por el altar, pero un opresivo remordimiento le hacía cada día más insoportable la situación. Ella ni siquiera sospechó las auténticas razones por las que él no podía seguir manteniendo aquella farsa de noviazgo. Que la quería demasiado como para engañarla era cierto, su dolor era auténtico, las razones de la ruptura, en cambio, fueron una cortina de humo tras la que ocultar su auténtica naturaleza.


Noche de intimidad y confidencias, su mejor amigo le revela el hoyo de negrura en que lo ha sumido la larga y cruenta enfermedad paterna y cómo tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para asistirlo hasta el final sin derrumbarse. Cuando él le da un abrazo de aliento como respuesta, es rechazado con un desaire, ¿qué haces?, ¿crees que soy maricón?


Los tiempos han cambiado, ahora es posible hablar un poco más abiertamente; será lo que sea, pero es buena persona; si yo los respeto, aunque nunca querría que un hijo mío lo fuese; que cada cual se acueste con quien quiera, pero qué necesidad de andar restregándotelo por las narices. En el día a día, y sobre todo en el trabajo, se somete a una férrea disciplina, que nadie se lo note; si trascendiera, ¿podría acercarse a alguno de sus alumnos del conservatorio y cogerlo por los brazos para enseñarle la forma correcta de sujetar el violín sin despertar suspicacias?, máxime en una ciudad pequeña en la que cualquiera puede reconocerte y señalarte.


Los achaques de la edad lo conducen cada dos por tres al urinario del local de ambiente al que lo han traído unos compañeros de la asociación. A la luz implacable de los fluorescentes, contempla en el espejo su rostro arado de arrugas, acartonado, sin lustre. Vuelve a la sala, desde donde observa con melancolía el esplendor de una juventud despreocupada que no tiene que esconderse. Y piensa que a él le llega demasiado tarde; recuerda con amargura las palabras del poeta, mano de anciano mancha.


De nuevo, el ocultamiento. La posibilidad de respirar abiertamente ha resultado demasiado efímera, casi un espejismo. En la residencia a la que lo han llevado la soledad y esa progresiva esclerosis que lo tiene postrado en una silla de ruedas, de nuevo imperan las condiciones del macho, manifiestas en el trato hacia otro residente octogenario de los que antiguamente se decía de pluma y mano lánguida. Obligado a convivir con otros reclusos de la ancianidad cuyas palabras como puñetazos vuelven a imponer una percepción del mundo atrabiliaria, mejor regresar a las telarañas del armario.


Hoy luce un sol que alienta vida. Debe de ser domingo, por el pijama limpio, aunque aquí dentro los días son todos uno, y más para alguien de cuerpo tan rígido que apenas le permite moverse con independencia. El voluntario es hermoso, sus ojos irradian el destello de la juventud. Le habla y lo trata como a un bebé, pero no importa, ternura impostada, pero ternura. Lo ha peinado con demorada delicadeza, le ha echado agua de colonia, qué guapo ha quedado usted, le dice, y, para comprobar el resultado, le alza el rostro cogiéndolo de la barbilla, mientras uno de sus dedos, el pulgar, se mueve en lo que es casi imperceptible caricia. No puede contener la lágrima. Nunca nadie lo ha acariciado así.


lunes, 30 de junio de 2025

LA PALABRA (relato)


 



LA PALABRA

Antes de que existiera esa palabra y quedara instaurada como moneda de cambio oficial en las transacciones personales, ni siquiera sabía si tenerme por un incomprendido o un sinvergüenza o incluso un pervertido en el terreno de las relaciones humanas. Unos y otras, en cuanto accedían al fondo de intimidad en que mi propio ser se debatía, terminaban tomándome siempre por un fraude, alguien que en realidad no es lo que aparenta y burla la confianza para que le empollen el huevo en nido ajeno. Yo mismo porfiaba entre considerar mis propios instintos un disturbio de personalidad o sencillamente mirarme al espejo y decir tú lo que eres es un caradura, que pretendes estar al plato y a la tajada; pero ninguna de estas explicaciones me resultaba satisfactoria cuando, al intimar con alguien que realmente me importaba, independientemente de su sexo, siempre terminaba sumiéndome en un poso de soledad y de renuncia sin cuya satisfacción yo sería necesariamente un falsario para esa persona, de modo que indefectiblemente, para salvar la situación, o dejaba de ser yo mismo como ente complejo y completo o acababa metiendo la pata y destruyendo las condiciones de exclusividad, no ya individual, sino incluso exclusividad de género, en que se basan y a las que nos atenemos quienes formalizamos una relación más allá del encuentro fortuito. Yo tenía un problema, sí, pero la raíz del problema se hundía en la indefinición para poner una estructura verbal a la vorágine  de mis impulsos y mis apetitos, no sabía cómo concretarlos en una definición coherente ni para mí ni mucho menos para el otro. Lo mío ¿era un problema moral, social, psíquico? Y, sobre todo, ¿era un problema en sí o un problema en el trato con los demás?

     Luego apareció la palabra, primero tímida y aséptica, en bata de laboratorio, término científico para debate en claustros y congresos, imposible identificar con ese término médico las tormentosas voluntades del corazón; luego saltó de boca en boca de manera mucho más explosiva, como bandera o como arma arrojadiza contra el inmovilismo intolerante y controlador en los foros públicos; inmediatamente después la adoptó la prensa, no sólo la especializada, también la prensa común de lectura y debate en la barra del bar o en las aplicaciones telefónicas, y la prensa la despojó del olor a producto farmacéutico y la echó a andar por las calles para que se moviera entre el tráfico y las gentes con la frente bien alta; de manera que aquella palabra acabó siendo moneda común y un respiro de normalidad para alguien como yo, que desde entonces tuve en ella una boya de definición a la que agarrar mis desvaríos, yo soy esto, yo soy esa palabra, no más un bicho raro, no más una extravagancia o un pícaro, sujeto único de esas voces interiores dispares y contradictorias que me conforman y me identifican y me conceden una entidad aceptable en la confusión de las relaciones interpersonales.

     Al principio, todo marchó bien, yo iba por la vida pisando firme un suelo en el que podía mostrar esa palabra como carné de identidad satisfactorio al ser cuestionado, ya no tenía que esconder mi naturaleza más íntima ni en el trabajo ni en la familia ni en la danza emocional de los compromisos, era libre. Sin embargo, cuando más seguro de mí me sentía, cuanto más claras eran las cláusulas de partida en la confrontación de un encuentro emocional, fuera con él, fuera con ella, siempre acababan surgiendo zonas oscuras, espacios poderosamente volitivos, curiosidades insatisfechas, células cuya electricidad chisporroteaba en cortocircuito, anhelos sumidos en la bruma pastosa de lo indecible, secreciones del sentimiento que escapaban a los límites conceptuales de la palabra y volvían a arrojarme a una confrontación dispar con el espejo. Porque ahora que había alcanzado la potestad social de ser quien soy, sentía esa palabra como un cerco, una empalizada que al protegerme me constreñía y me impedía acceder a espacios de sublimidad que no encajan en el área estrictamente delimitada por esas sílabas. Desde entonces vuelvo a buscar mi ser no en el dictamen público, no en el beneplácito o el descrédito ajeno, no en las definiciones aptas para rellenar fichas identificatorias, sino en el aleteo de lo fortuito que escapa a las palabras y a las definiciones y nos hace volubles, vulnerables, siempre insatisfechos, pero nunca claudicantes, nunca acomodados al retrato formal de la cartera.

     Te cuento todo esto porque leo en tus ojos la indefensión de la franqueza y quiero corresponder sin cartas trucadas, porque has de saber que lo que a partir de este momento establezcamos entre tú y yo no va a ser fácil, tendremos que trabajárnoslo en el día a día, tanteando y fracasando, probando y descubriendo o puede que incluso destruyendo, y acaso alguna vez lleguemos a surcar en una misma barca los procelosos mares de lo desconocido o nos alejemos uno del otro con el agridulce y generoso sabor de la nostalgia en los labios, pero eso sí que puedo asegurártelo, nunca aferrándonos al blanco comodín de las palabras y sus justificaciones sustantivas. ¿Estás dispuesto?

jueves, 8 de agosto de 2024

ELLOS, microrrelato

 



ELLOS


Oigo cómo se acercan, aun con las ventanas cerradas. Son ellos. Oigo desde el amanecer su tumulto aproximándose, apenas un murmullo al principio, como chinarros rechinando en la orilla, creciendo paulatinamente hasta convertirse en estruendo. Incluso sin verlos, sé que son ellos porque no hay quien destile en la voz tanta virulencia. Los esperaba desde hace tiempo, desde que pronuncié aquella palabra que me desnudó públicamente frente a sus mentiras y ponzoñas. La verdad escuece sobre el odio como ácido corrosivo y nunca van a perdonarlo, sería como admitir el vacío sobre el que sustentan sus propios demonios. Ellos son los que firman bombas que caerán sobre los desvalidos objeto de su desprecio. Quienes enarbolan un rencor criminal contra el diferente. Son la cuadrilla que avanza como manada brutal en libidinosa carnicería. Quienes asienten a que otros aprieten el gatillo con tal de no perder la seguridad de las correas con las que un amo anónimo los conduce. Escucho cómo fuerzan la entrada al portal y suben por la escalera en turbamulta. Tengo echado el pestillo. Primero me sentí seguro entre estas cuatro paredes, a resguardo de su furia vengativa, al calor de una madriguera. En cierto momento, comprendí que, más que refugio, había hecho de mi hogar trinchera, lo había convertido en celda de aislamiento. A medida que sus voces se hacen más próximas, más apremiantes, más violentas, peldaño a peldaño, temo que, en realidad, cuando hagan de su fuerza bruta ariete para el asedio, mi refugio no haya sido sino mi propia trampa. Los oigo ya en el rellano. Sus gritos carecen de toda lógica, mero estallido destructivo. No tengo escapatoria. Tengo una salida. Abrir la puerta que ya aporrean con palos y barras metálicas y mirarlos cara a cara, enfrentar a su máscara macabra la transparencia de mis dudas y mis certezas. 


miércoles, 22 de junio de 2016

EN EL AIRE (relato)









EN EL AIRE


        No digas que no lo sabías.
     Mejor habrías gastado una de aquellas bromas tuyas, sorpresivas y brillantes, que a los otros desconcertaban y a mí me rendían a tu vitalismo tan inconsciente como radical. Para cuando los demás reaccionaban ante el impacto de tu ingeniosa lozanía y a mí me habías empujado un poco más hacia esa fruta en sazón que es la aceptación de la vida, sin restricciones, sin condiciones, tú ya te habías cansado de tu propia ocurrencia, te habías limpiado emocionalmente de lo que ya considerabas viejo y gastado, y andabas ocupado en cuerpo y alma con otro nuevo hallazgo.
     ¿Cómo podía sorprenderte todo tanto? Todo te era nuevo, todo insólito. La piedra milenaria era algo inerte hasta que tú le descubrías la energía de lo fabuloso. Un puesto callejero de comida rápida podía ser la entrada secreta al jardín de los sentidos, si el lenguaje de la noche inundaba el mapa de tus venas. La música más banal alcanzaba a reproducir la armonía cósmica cuando tu irrefrenable vehemencia se apoderaba de su rítmico latir rutinario. Querías probarlo todo, mancharte con todo, empaparte en todo. No sólo mirarlo. Tocarlo, palparlo, hurgarlo, lamerlo, olerlo, ceñirlo, restregarte todo tú contra la piel del mundo.
     Necesitabas estar rodeado de gente. Siempre has necesitado espectadores de tus requiebros con la vida. No sólo cuando actuabas. Cuando no ejercías de actor, también. En realidad, sólo eres tú cuando actúas. Fuera de un escenario, eres múltiple, eres todos. En las aceras de la ciudad o en las tabernas del ocio, todas las posibilidades de tu propia realización están presentes en ti simultáneamente, te es imposible escoger, escoger es decir no a la inmensa diversidad de lo no elegido. No necesitas el aplauso de los demás, necesitas su mirada para leer en ella el que eres en cada momento, para no perderte en la frondosa multiplicidad de ti mismo.
     Había quienes te tildaban de teatrero. No sabían hasta qué punto estaban equivocados, ni siquiera sabían cuánta verdad ocultaba en el fondo ese reproche condescendiente. E incluso aquellos que te lo decían como auténtico reproche, en algún momento determinado, también ellos terminaban rendidos y desconcertados ante el candor de tu fabuloso entusiasmo. ¿Sabes?, la palabra entusiasmo significa estar poseído por la divinidad. Y eso eras exactamente tú, un cuerpo expuesto a la divinidad de lo existente, pasión en llamas que podía calcinar tu pobre naturaleza si no era compartida en el crisol de los afectos y de la amistad.
     Siempre has necesitado templar tu vitalismo incendiario en el frescor de las risas ajenas, aliviar la tensión sensorial prodigándote en tus múltiples personajes. Necesitas de los demás para ser tú sin llegar a ahogarte a ti mismo. ¿Me necesitabas a mí también?, ¿y de qué manera? ¿Qué papel me tenías asignado en el relámpago de tus equilibrismos emocionales? Los demás te hacían réplica a tu imperioso interrogante. ¿Qué era yo?
     Nunca me hiciste partícipe de tu verbena mundana, tampoco me quisiste ausente. ¿Qué me querías?, ¿cómplice en la sombra? Si en público me negabas cualquier tipo de reciprocidad, no era por ocultar la llama de tu deseo a la indiscreción ajena. Siempre has sido transparente, incluso cuando protegías tu intimidad de la prensa sensacionalista con poses premeditadas.
     Nunca me involucraste en tus comparsas, aunque siempre procurabas que estuviera cerca. Incluso cuando más distante te me mostrabas, en último caso, siempre recurrías a la complicidad de mi mirada, ¿buscando tal vez una aprobación ya de antemano segura? Desde el corazón de tu círculo de admiradores y comparsas, me envolvías con la mirada, me besabas con la mirada, me acariciabas con la mirada, me estrujabas con la mirada, me lamías con la mirada, con la mirada me mordías, me chupabas, con natural desvergüenza, restregabas tu necesidad de calor humano contra mi necesidad de ti, siempre con la mirada, entre un auditorio que te aplaudía, te zarandeaba, te lisonjeaba, y terminaba siempre luego dejándote solo y exhausto, exhausto en mis brazos.

     ¿Recuerdas cuando alguno de tu séquito, que no te amaba, sólo se complacía en tus jaranas, te echaba los brazos al cuello y te hablaba al oído, rozando su cara con tu cara, y os reíais, concediéndole graciosamente tú el deleite de la confidencia exclusiva; o cuando te agarraban maquinalmente de la cintura para escenificar una correspondencia afectiva que no suponía mayor implicación; o cuando, durante alguno de aquellos viajes improvisados a las tabernas del Pireo o a los barrios de la costa, en la intimidad del coche, tu compañero de asiento echaba su cabeza, una cabeza rendida por tantas horas atrasadas de sueño, en la cueva de tu clavícula, deliciosa cercanía tan deseada, mientras yo quedaba a tu otro lado, mirando, sólo mirando aquel gesto de los otros que para ellos era apenas nada, purpurina festiva, y para mí habría significado entonces trascender la caducidad de la circunstancia y rozar el infinito con la punta de los dedos, mientras permanecía inmóvil, rígido, sólo mirando, sonriendo apenas, sólo anhelando, conteniendo el anhelo, porque el amor era demasiado y lo excesivo aplasta?
     ¿Recuerdas cómo nos conocimos? ¿Recuerdas nuestro primer beso? ¿Recuerdas aquel primer amanecer cuya luz nos sorprendió entrelazados?

     No, así no. Fuera nostalgia. Ahora mismo sería demasiado fácil. No quiero lo fácil. Contigo nunca me refugié en lo fácil, lo quise todo. Tuve que hacerme mucho más grande de lo que en realidad era y he sido siempre para que todo tú cupieras en mí, ¿o la libertad que tu existencia sembró en el hombre adusto y exigente que siempre he sido rompió mis resortes más firmes y me hizo crecer a dimensiones hasta entonces desconocidas? No quiero hoy recurrir a lo fácil, no debo. Quiero comprender. En medio de este dolor que es otra forma de amor a ti, quizás la más viva, el orgasmo de la renuncia está poniendo a prueba la resistencia de este cuerpo enfermo. El sol, cuando muere en el mar, incendia la vida con los tonos más insólitos, todo lo que él roza arde. Necesito comprender.
     Rememoro el primer roce de nuestros cuerpos y en la memoria de aquel estremecimiento hallo hoy la energía que la enfermedad ha ido degradando inexorablemente. Digo mentalmente tu nombre, tal como lo escuché por primera vez de tus propios labios, y la voluntad de vida crece dentro de mí en ondas concéntricas que poco a poco se apoderan de mis miembros debilitados, me desbordan, invaden el espacio cerrado de este avión que me está devolviendo a mis orígenes, logran romper la ventanilla para sumir su propio estremecimiento en el blanco cegador de unas nubes que me ocultan esa ciudad que definitivamente estoy abandonando, donde tú aún estás.
     Tu transparencia nos eximía de luchar con la opacidad de las palabras. Los sobreentendidos son otra forma de conocimiento, un conocimiento no manipulado por la arbitrariedad de la palabra. No digas que no conocías la profundidad de mis sentimientos. Esa máscara de sorpresa gratuita es demasiado vulgar. Afortunadamente, tu rostro no está hecho para las máscaras, todas ellas se te desprenden con una facilidad asombrosa. Como a un dios antiguo, siempre se te reconocía bajo la apariencia que adoptaras. Tus disfraces eran lenguajes diáfanos para ti y para mí, puertas secretas a una intimidad sin murallas. Disfrázate también ahora, en el desenlace de la separación, si esa es tu voluntad, pero no quieras convencerme de lo que tus ojos desmienten y desmentía el temblor de tu mano cuando la levantaste para acariciar por última vez esta cara demacrada que finalmente no llegaste a rozar. Mejor habría sido un adiós sencillo y definitivo como un corte de cuchillo. Duele. No pudre.

     Estaba terminando de preparar la maleta esta misma mañana, terminaba de eliminar todo lo prescindible para este último viaje, y apareciste de repente. No te esperaba. Ya nos habíamos despedido anoche con una cena tan cortés como entrañable, en aquel restaurante junto al pequeño puerto donde un día tú...
     Anoche nos despedimos sin dramas, sin reproches, sin malas caras, casi sin una lágrima, educadamente, con esa educación formal de la que realmente tú y yo nunca hemos hecho gala. Todo estaba bien. Dolía, pero el dolor del amor da sentido a los dolores de la enfermedad. Consumamos la despedida con un apretón de manos. Sí, hasta en eso hemos discurrido por caminos propios. Nos conocimos con un beso profundo y nos despedimos dándonos la mano. Pero has aparecido esta mañana, cuando ya no te esperaba.
     Estaba terminando de preparar la maleta y me sobresaltó el timbre de la puerta. Eras tú, resoplando. ¿Venías corriendo? ¿Y por qué corrías? ¿Temías que ya me hubiera ido? Cuando te vi esta mañana, desencajado el rostro no sólo por la carrera, no puedo negar el orgullo que sentí, una alegría incontrolable revolucionó mi organismo, ahora tan delicado. No achaques sólo a la enfermedad aquella crisis física que me atacó en tu presencia. La alegría mata, pero tan dulcemente. Te tenía ante mí, empapándome de tristeza con tu mirada, dándome a probar en tus labios temblorosos la pócima del deseo, encabritando con tu belleza indecisa los resortes oxidados del entusiasmo. ¿Recuerdas lo que esa palabra significa? Todo lo divino en ti me estaba poseyendo por última vez. Pero mi energía menguante no fue capaz de tan intensa posesión y el cuerpo respondió desmoronándose. Habría bastado de tu parte un simple vaso de agua para los venenos que me mantienen con vida. No era necesario ese desnudo tuyo tan desmañado, tan fuera de lugar. Esa voluntad de entrega asumida como un débito.
     La verdad siempre encuentra grietas por las que escapar de las trampas que le tendemos y la verdad, en este caso, fue tu miedo súbito a tocar lo que podría contagiarte, ¿contagiarte de qué? ¿Aún no has comprendido la naturaleza de esta enfermedad que durante un mes interminable me retuvo en el hospital, me retuvo treinta días en una cama que te esperó en vano, me retuvo en la ausencia de ti, en tu silencio, y terminó firmando luego mi sentencia?
     Sólo me había acercado a ti para devolverte la ropa arrojada al suelo y decirte Vístete. Busqué en esta garganta que ya no domino el timbre más entrañable para decirlo, pero me negaste incluso la opción a esa frase. Sólo había dado un paso hacia ti cuando te apartaste con un gesto de rechazo, te refugiaste en el sillón con lágrimas en los ojos, hecho un ovillo, desnudo, indefenso, acorralado en tus obsesiones siempre contradictorias, tan vulnerable, pidiéndome comprensión a tus miedos. No me sentía con fuerzas para protagonizar aquel melodrama. Quise pedirte que te fueras, que no enturbiaras tu límpido recuerdo con retruécanos de serie televisiva. No podía. Mi boca se resistía a pronunciar esa palabra, Vete, de cualquier manera. Entonces rompiste el silencio para explicarme que, en el fondo, no conocías realmente la profundidad de mis sentimientos, que la auténtica profundidad de tus propios sentimientos tampoco habías llegado a comprenderla hasta hoy, hasta ese preciso amanecer en que despertaste y viste tu cama vacía de mí para siempre. Yo debía entender, era yo el que debía entender la violencia que el miedo ejerce contra tus propios impulsos.
     Te tenía delante de mí, hermoso en tu indefensión, entrañablemente ridículo en tu desnudez, atormentado por la violencia de tus más hondas contradicciones, destrozando la frágil armonía de una triste despedida previamente organizada, y deseé con toda mi alma escapar de este cuerpo casi consumido, hundir los navíos del regreso y dar marcha atrás, volver a aquel primer encuentro en que te vi y todo mi organismo se desprendió de las corazas de la honorabilidad para amarte.


     Te vi bailar aquella noche, ¿lo recuerdas? Eras hermoso con aquella camisa blanca completamente entreabierta. El sudor subrayaba las suaves ondulaciones de tu torso. Te cimbreabas con la indolencia de un visillo acariciado por una brisa suave. Yo nunca antes había permanecido tan embobado mirando a alguien, tan descaradamente absorto. Me cogiste de la mano en un gesto audaz y divertido, ¿Bailas? La plaza lucía guirnaldas de papel y una fina cala de luna. La música de buzukis y baglamás perfumaba el aire fresco de la noche con melodías de silvestre sensualidad. ¿Bailas? Las luces de los farolillos temblaron por mí. Te dije No sé bailar, amedrentado y excitado al mismo tiempo. Tu desenfado jovial derribó mis defensas y di contigo cuatro pasos de ganso sobre las baldosas regadas. Te manché el pantalón, ¿lo recuerdas? Allí descubrí tus dientes, radiantes por la risa. Tus dientes iluminaron la noche y despejaron la oscuridad que había sido mi fiel compañera durante tantos años.

     No digas que no conocías la auténtica profundidad de mis sentimientos. Fuiste el artífice generoso de mi aceptación de la vida. Jugamos bien, sin cartas marcadas, al todo por el todo. No me niegues con justificaciones inútiles la verdad de lo vivido. No quieras poner tiritas al dolor en carne viva. Mejor ser una de esas estatuas destrozadas por el tiempo en cuya ruina se adivina aún el ideal de la mano que le dio forma.

     Porque tú fuiste mi artífice. El hombre que huyó de una vida malgastada en la estrechez de lo correcto, que derribó la cimentación de compromisos sobre los que había levantado sus días, que renegó al fin de seguir nadando a contracorriente de sí mismo en aras del beneplácito ajeno, aquel hombre que aceptó la propuesta de trasladarse a la filial comercial en esta tierra más como huida de lo viejo que viaje hacia lo nuevo, aquel hombre que había venido aquí prácticamente con lo puesto, sin mudas en la maleta ni en el pensamiento, aquel hombre despojado de atributos se aferraba todavía a viejos formalismos, como muletas sin las que no se atrevía a caminar. Tú le dijiste ¿Bailas? y él, sin saber cómo, neófito de sí mismo, tiró las muletas y aprendió a andar, aprendió a volar, quería decir bailar, aprendió a ser, ser en ti. Pues nadie puede llegar nunca a uno mismo sino en el otro. ¿Ves?, tú que siempre me estabas llamando maestro, con más afecto que ironía, como quien dice viejo sin decirlo, ¿ves?, también tú fuiste maestro para mí. Porque nadie puede enseñar sino aprendiendo, sin reciprocidad no hay conocimiento.
     Hoy en el aeropuerto he aprendido una de las lecciones más difíciles: cómo caminar cuando ya estás muerto. Llevaba impresa en mi retina, como un sudario, la última visión de tu cara. No veía nada delante de mí. Te veía a ti, tal como te había visto por última vez en aquel desangelado vestíbulo del aeropuerto antes de darme la vuelta definitivamente. Tú habías impuesto a tu cara la máscara fúnebre del protocolo. Incluso enmascarado en aquella estatuaria inexpresividad, tu belleza resplandecía. Ni un abrazo, ni un último contacto. La rigidez de lo concluso. Una rigidez en la que afloraba una lágrima a punto de brotar y, como siempre, me negaste incluso la bendición de ese regalo, temeroso siempre de que la evidencia de tus sentimientos te haga vulnerable. Siempre tuve que conocerte no por tus gestos, sino por la esquinas de tus gestos. Allí donde tu frágil voluntad se debilita y tu ser siempre bullente escapa de sus diques. ¿Miedo al contagio, dices?
     Me iba alejando de ti, caminando en dirección al control de pasaportes, y cada pie me pesaba como si a cada paso se me fueran hundiendo más y más en el barro. Te suponía a mis espaldas, mirando cómo me alejaba por aquel corto pasillo que era la entrada al no verte nunca más. Algo en mí, en aquel cuerpo que se arrastraba hacia la extinción, esperaba que en algún momento tu voz se alzara reclamándome, o simplemente me diera a beber un último sorbo de ti con alguna ocurrencia intrascendente, simplemente mi nombre, esperaba al menos escuchar por última vez mi nombre pronunciado por tu boca, como si fuera un ¿bailas? que hundiera amorosamente la semilla en la tierra, esa boca que repentinamente me lanzaba una guirnalda de rosas cuando en medio de las bromas de los presentes me hacías objeto de una atención distinta, la misma boca que saboreaba con delectación mi nombre, en un murmullo, cuando el amanecer nos sorprendía desnudos entre una tempestad de sábanas.
     Avanzaba entre viajeros anónimos, expectantes de futuro, ante funcionarios para cuya mirada yo sólo era un pasajero, un número en una lista, siguiendo la cola hasta el detector de metales. Sentía tus ojos en mi nuca. Me taladraban. Me penetraban con infinita amargura, con infinita bondad. Con gran esfuerzo, me negaba a volver la cabeza para verte una última vez. En el fondo de mí, tu constante impaciencia me decía que a lo mejor ya te habías ido, que muy bien podías no haber sido capaz de esperar hasta el final. Al mostrar el pasaporte y vaciar en la bandeja mis bolsillos, sentí que me vaciaba totalmente de ti, que me vaciaba de mí, sentí el tajo de lo definitivo. Y, en un instante de desfallecimiento, me temblaron las rodillas y estuve a punto de dar media vuelta, echar a correr hacia atrás, volver a tus... ¿Te habría encontrado aún ahí detrás? No quise comprobarlo. No tuve el valor de comprobarlo.

     Mi compañera de asiento ha bajado la bandeja individual y está escribiendo en un diario, eso decía la cubierta: Diario. Fuera, las nubes me niegan la visión de esa ciudad por cuyas calles tú irás caminando con paso impaciente, ¿hacia dónde?, hacia un mañana del que yo ya no formaré parte, ¿o sí?
     Comenzó a llover, ¿lo recuerdas? De pronto una tormenta de verano despobló la plaza pero tú seguías bailando. Me mirabas fijamente mientras el agua te empapaba. Alzabas al cielo la cara y dejabas que las gotas rebotaran en tus dientes entreabiertos. Me clavaste con los ojos al suelo y no pude correr yo también a cobijarme bajo los soportales. ¿Lo recuerdas? Me mirabas fijamente y seguías bailando bajo la lluvia. Me mirabas pasando tus manos por la camisa empapada, donde comenzaron a transparentarse tus pezones, tu vientre profundo, y tú eras consciente de ello. Me cazabas bajo la lluvia. Mi vieja naturaleza se resistía a ser presa, a abrazar la alegría. Pero dijiste Estoy empapado. Como siempre. Siempre dejas a tu alrededor una nebulosa de sobreentendidos.
     No digas que es miedo al contagio. Si al menos lo hubieras dicho con todas las palabras, Tengo miedo a contagiarme, yo habría tenido la oportunidad de vestir tus palabras de nobleza; si no me lo hubieras hecho sentir, abriendo ojos como platos y luego reculando con gesto retorcido, corriendo a refugiarte en el sillón, cuando yo sólo iba a devolverte la ropa y decirte Vístete, esto no tiene sentido.
     Cómo me aborrecí a mí mismo en aquel momento por no poder aborrecerte. ¿Miedo al contagio?, ¿qué contagio?, ¿desde cuándo el cáncer contagia? ¿Miedo a tocar la textura de la muerte?


      Sólo veo nubes y cielo desde la ventanilla del avión. A veces las lágrimas me nublan la vista. Pero, aun con los ojos turbios de lágrimas, sigo viendo el azul, no el azul del cielo, sino el de aquellos primeros días, cuando trotabas a mi alrededor como un animalillo impaciente y yo me negaba a dar crédito a lo que más anhelaba. Entonces me arranco con rabia la lágrima aún detenida en el párpado, ¿me arranco la lágrima o tu recuerdo? Como si tu recuerdo pudiera arrancarse.
     Tu recuerdo está sembrado en mi piel, se ha hecho uno con mi piel, sustancia de mi sustancia, el sabor de tus pezones, la resistencia de tu vientre, la fuerza de tus muslos en torno a mi garganta, tu lengua entrando en mi boca, el aroma a océano de tus axilas, el salvaje latido de tu corazón en mi mejilla, el peso suave de tu respiración sobre mi pecho, la dureza de tus dientes resbalando por mi espalda, tu saliva abriéndome en canal, tus dedos arrancándome a puñados la carne, la hoguera de tu aliento avivándose en mi nuca, en mi oído, en la comisura de la boca, demorando el mordisco y la pleamar con que unos labios se hacen beso en otros labios.

     Qué vergüenza. No he podido evitar derramar esa cosa gelatinosa que en los aviones llaman comida. El azafato ha acudido diligente a limpiar el desperfecto, restando importancia al incidente, con amabilidad de prospecto. Las agresiones de la enfermedad son tan evidentes. Pero es la enfermedad de que tú ya no estés a mi lado la que me ha destrozado la precisión en los movimientos cotidianos. Ahora mismo podría coger el avión con las manos y lanzarlo como un gorrión a gorjear en tu ventana, pero apenas puedo llevar con firmeza la cuchara a la boca. Duele esta impotencia física, pero menos que la otra impotencia.
     ¿Recuerdas aquella gripe brutal que te postró unos días en cama? Cómo temblabas, cuánto miedo a la enfermedad, qué desamparo. Con qué gratitud y qué abandono te entregaste a mis cuidados. ¿Recuerdas cómo te acurrucabas en mi regazo, como traspasándome una fiebre con la que luchabas a palmetazos? Siempre temiste a las enfermedades, las enfermedades del cuerpo y la enfermedad social, la enfermedad que nos conmina entre los muros de uno mismo.
     Tengo en el bolsillo de la chaqueta, junto al corazón, una fotografía tuya. No necesito sacarla, la conozco de memoria. Es la única cosa tuya que conservo. Mentira, conservo otra. Otro recuerdo tuyo aún más evidente. No te preocupes, nada comprometedor. Una pequeña cicatriz junto al labio. Quisiste devorarme pero nunca te atreviste a completar lo que deseas.
     En la fotografía, posas ante una cascada de buganvillas, desnudo de cintura para arriba, y muestras con orgullo tu presa, las llaves de mi casa. Fuiste el vendaval que limpió mi vida de sus ruinas, que trajo a mi tierra baldía las semillas de los océanos.

     Mi vecina de asiento me ha visto dejar caer la cabeza y, apartándose el walkman del oído, me ha preguntado si me encuentro bien. Sólo le he dicho Gracias. Siento que las palabras me abandonan, las palabras de usar cada día. Las palabras de la memoria, que son las palabras de la carne, devoran a las otras, las destruyen, las palabras que necesita un cuerpo terminal para salir con dignidad del mundo.
     Un día dijiste, lo recuerdo, que siempre escogemos aquello que nos destruirá. Pero es que no escogemos. Nunca escogemos. De pronto, alguien nos deslumbra con un desgarrón en el telón del mundo y alcanzamos a ver la claridad que se esconde más allá del decorado que habitamos. Ya no hay marcha atrás. Hemos roto la ilusión escénica.
     Cuando esta mañana cogimos el taxi al aeropuerto y tú representaste el papel de consorte perfecto, llevando mi maleta, abriéndome la puerta del vehículo, dando instrucciones al taxista, tú, que siempre fuiste tan descuidado en los formalismos, principalmente conmigo, tan irreflexivo, tan impulsivo, tan irresponsable, tan conmovedoramente caprichoso, tan candorosamente infantil; cuando esta mañana me tomaste de la mano para salir del taxi, ya en el aeropuerto, supe que, aunque te hubieras forzado a acompañarme hasta la partida, tú ya te habías ido de mi lado, andabas muy lejos de mí. Porque todas aquellas atenciones no eran brindis al amor, sino servicio a un enfermo. ¿O había también algo de lo otro?
     En la cafetería del aeropuerto, mientras hacíamos tiempo con un frappé, no aparté ni un instante los ojos de tus ojos. Tú mirabas el ir y venir de pasajeros, evitando en todo momento mi mirada. Cuando ibas a beber, hacías un quiebro forzado de cabeza hacia el vaso, para excluirme de tu campo de visión. Si en ese momento hubieras dicho una palabra, la que fuera, sólo oír tu voz, me habría desmoronado. Habría sido incapaz de continuar. Te habría gritado que me dejaras morir en un rincón de ti, debajo de tu cama, donde en el último suspiro me lloviera el aroma de tu cuerpo. Afortunadamente no dijiste nada. Sí, sí que dijiste algo. Peor aún. Aquel comentario, Te curarás pronto y volverás, ¿verdad?, sin mirarme a la cara, sabiendo los dos como sabemos que eso es imposible.

       Acabo de abrir los ojos y encontrarme el rostro del azafato casi pegado al mío.
     Me creía dormido y esta recogiendo los adminículos de la comida con sumo cuidado. Con una sonrisa encantadora se ha disculpado por despertarme. Yo he sacado los acentos más cálidos a esta ronquera ya permanente para decirle que no dormía, y darle las gracias. ¿Se encuentra bien?, me ha preguntado. En su voz vibraba una cordialidad sincera. Perfectamente, gracias.
    Hasta tal punto son evidentes los estragos de la enfermedad. Pero qué dolorosa es, cuando amamos, la cordialidad de aquellos a los que no amamos. Nos hace añorar la otra.
     No digas que hasta esta mañana no has sabido realmente cuánto me amabas. No quieras atemperar la inmensidad del presente frivolizando sobre lo vivido. La desmesura de este dolor está a tenor de la desmesura que fue nuestro gozo. No podría ser de otra manera. ¿Seré capaz de no sucumbir al analgésico de la añoranza?, ¿de no disfrazar el vacío con los trampantojos del consuelo? ¿Sabré vivir la renuncia con la magnanimidad con que me desnudé de la estrechez de mi personaje para bailar contigo y recibirte en mí?
     Después de esa hora interminable en la sala de embarque, creía que ya tenía controlados todos los resortes de la tristeza. La desnudez de la sala de espera no hacía sino reproducir mi propia desnudez interior. No había llevado conmigo ni un periódico, nada. Vacío de posesiones, vacío de entretenimientos, vacío de ti. Miraba a través de las cristaleras la pista pavimentada donde esos inmensos pájaros metálicos se mueven con la parsimonia de fabulosos seres mitológicos, y me decía a mí mismo: Él pertenece a lo que tiene aliento, tú a lo que despide sus últimos hedores, antes de ser de nuevo tierra.
     Salí a la inmensidad de la pista de despegue arrastrando los pies, sereno en la derrota. Caminaba erguido hacia la escalerilla del avión, como el que marcha voluntariamente hacia el ataúd, entre pasajeros poseídos por las fiebres del viaje. Sus risas, sin ellos saberlo, eran mis plañideras secretas. Llanto sin empatía para dignificar las ciénagas del alma sin respuestas.
     Al pie ya del avión, el bufido de los motores calentándose destruyó de repente el silencio del cielo, destruyó el silencio de la voluntad, destruyó mi serenidad tan artificialmente construida, y me abofeteó con la evidencia del final irreversible. Me rompí. Involuntariamente, mis ojos se alzaron arriba, hacia las nubes, al aire, como si allí estuviera el gorrión de la vida gritándome ¿Bailas? y abriéndome en sus alas el calor de su cobijo.


     El hospital había avisado a la tripulación de mi estado físico y rápidamente descendió el azafato para sostenerme con su brazo y conducirme amablemente hasta el asiento. Creyó que era una crisis orgánica y no emocional. No quise sacarlo de su error.
     ¿A esto es a lo que tenías miedo?, ¿al paulatino proceso de pérdida?, ¿a que mi enfermedad nos redujese a convencionalismos?, ¿a los formalismos de la rutina?, ¿al desmoronamiento de la pasión?, ¿al desgaste de los sentimientos puros?, ¿a la muerte del amor en las resignaciones del cariño? Hiciste bien. El amor no sobrevive en los cauces trazados del compromiso. Es ya otra cosa.
     Tú, con todos tus titubeos, tus inconsistencias, tus alegrías desmesuradas, tus abatimientos sin fondo, tu melancolía sin objeto, tu explosivo vitalismo, seguías los dictados de tu propia naturaleza. ¿Recuerdas cómo al principio negabas siempre estar persiguiéndome cuando te hacías el encontradizo? Siempre fuiste transparente, y yo quería además que te quitases esa máscara completamente traslúcida que te protege frente a la violencia del mundo.
     No he podido contener las lágrimas. No quiero contenerlas. Tú ardes en cada una de ellas. Es una forma de seguir sintiéndote, físicamente. Me están mirando. Piensan que a la enfermedad del cuerpo se añade ahora el desmoronamiento de la voluntad.
     Miro desde la ventanilla cómo el sol incendia las nubes. Las nubes me impiden ver las calles por las que tú habrás emprendido tu nueva travesía. Las nubes me dicen que hemos matado el amor, para que el amor sobreviva. Su fulgor, fulgor de ocaso, rebota a través de la ventanilla en este cuerpo que a cada instante va degradándose inexorablemente. Y, en esa luz claudicante, amo mi cuerpo porque tú un día lo miraste con deseo y juntos ardimos bajo la lluvia estival que despobló la plaza...


     El amor es totalitario. El amor no puede sobrevivir a su propio ocaso. Es fogonazo que deja de ser cuando los ojos se aclimatan. Porque el amor es acceso a la violencia interior que se hizo mundo. Cuando el amor se enfría, ya es historia. La historia puede explicarnos, pero no revivir la energía del origen...

     ¡Ah!
     Perdona. He sentido una punzada que me taladraba el vientre, como un barreno incandescente atravesándome de parte a parte. No te preocupes, no pongas esa cara, como si te estuviera viendo. De este dolor, no eres tú la causa. La carcoma avanza lenta, imparable. La carcoma devora el cuerpo, pero sólo el cuerpo, nunca lo vivido, y mucho menos lo amado.


                                                                                     (Atenas, agosto 1997)

jueves, 17 de septiembre de 2015

CERCANÍAS (relato)


     Recupero de nuevo un antiguo relato, si lejano en el tiempo, no tan alejado de la realidad contemporánea.

Cercanías. Madrid. 1989


CERCANÍAS

    
     Siempre corriendo, siempre corriendo. Has cogido el tren de chiripas, casi sin resuello, a pique de quedar atrapada entre las puertas del vagón, que ya se cerraban. Y si pierdes éste, entonces menuda faena. El siguiente no te permite hacer directamente transbordo con el de Villalba, que ése sí que pasa con poca regularidad. No son diez minutos más, échale otra media hora por lo menos. La diferencia entre llegar tarde al trabajo o llegar a tiempo. No se puede vivir en un acelerón permanente, no hay cuerpo que lo resista. Algún día tendrás que pararte, ¿no?, aunque sea un poco. Tu madre decía que sólo los muertos se paran. ¿Es que no estamos como muertos? Todo el día corriendo como sonámbulos de casa al trabajo, del trabajo a casa, de obligación en obligación, sin un respiro. Hace que no te dedicas a ti misma un día para tus cosas, qué sé yo, una barbaridad. Si no se te apelotonaran las obligaciones y los compromisos y los problemas. O si el día tuviera unas cuantas horas más. Ya, pero si el día tuviera, qué digo yo, cinco o seis horas suplementarias, seguro que el supermercado se apropiaría de ellas para abrir más tiempo y retenerte tras el mostrador. Veces hay que ni me acuerdo ni de mi nombre. Sé que las compañeras van por ahí diciendo que soy una amargada. A ver, ¿cómo no amargarse con una vida que no es vida, sino una carrera de obstáculos? Ellas son jóvenes y tienen todavía toda la vida por delante. No tienen más preocupación que ir pasando la semana hasta que llegue el sábado por la noche y entonces pintarrajearse como monas para salir en busca de quien les caliente el golondrino, o a emborracharse. Si tuvieran hijos, como tú, eso es otro cantar. Los hijos te atan. Son una soga al cuello. Te dan satisfacciones, sí, el orgullo de ser madre, pero cuánto vale ese orgullo, a costa de todo lo demás. No, los hijos son un peso muerto. Los pares porque nadie te ha dicho lo contrario y todo el mundo te empuja a tenerlos, pero en cuanto los sueltas con la placenta colgando, hala, ahí los tienes, para que te los comas tú solita, apáñatelas como puedas. Y luego, a ser madre se aprende a calamonazos. Y nunca se aprende del todo, porque ellos aprenden más rápido que tú, que no tienes tiempo de aprender nada con ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Y, claro, luego van y te dan cien vueltas. ¿Quién es la guapa que les replica?, ¿con qué argumentos? Si se las saben todas. Y eso que mi Vane y mi Jeremy no me han salido demasiado díscolos. Sé que en el fondo me culpan de lo que pasó. Claro, él les consentía todos los caprichos. No estaba nunca cuando se lo necesitaba, y cuando estaba les dejaba que berrearan como el que oye llover o les daba la razón para quitárselos de encima. Yo soy la mala. Qué más quisiera yo que mi Vanesa tuviera de todo y fuera como la que más. Pero, a ver, hay cosas que son prioritarias y prioritario quiere decir que sí o sí, quieras que no tienes que afrontarlo, luego vendrá lo demás. ¿Que no veo yo que a la niña le haría falta un chándal nuevo? Pues claro que sí, y a mí un abrigo, que para los fríos que están haciendo el del mercadillo es como papel de fumar. Si fuera sólo el chándal. Pero es que la letra de la hipoteca está al caer, y este mes toca recibo del gas. Y el gasto de libros este curso ha sido para mearse y no echar gota. Me río yo de la educación gratuita. Pues anda que no te meten facturitas y recibitos bajo mano. Si pudiera comprarle el chándal en el mercadillo. Pero no, tiene que ser el que venden ellos, como los libros. Tampoco voy a meter a los probrecitos en el instituto, para que se me maleen con tanto inmigrante. Bastante tienen con vivir en el barrio en que viven, que antes no era así, era un barrio de obreros, pobre pero honrado, no lleno de panchitos. El Jeremy no sé yo, se me está juntando con unas compañías. Y eso que fui yo misma quien lo animaba a salir y buscarse amigos. Desde que pasó lo que pasó, el pobre quedó tan afectado. Su padre para él era Dios. Sí, menudo Dios, Dios del trueno en todo caso. Pero mi Jeremy lo idolatraba y lo imita en todo. Ha sido su modelo, hasta en la cabezonería, que se empeñó en no hablar cuando el suceso y se tiró año y pico sin decir ni mu. Y cuando habló, mejor que hubiera seguido mudo. Pero eso deben de ser cosas de la edad. Cuando pequeños, porque son pequeños y te necesitan para todo. Cuando van creciendo, porque están en una edad difícil y entonces todos sus problemas son tus problemas, aunque para ellos el problema eres tú. Tienes que estar pendiente de los hijos aunque ellos no quieran, porque ni ellos mismos saben lo que quieren. Una esclavitud. Esclava de los hijos, del trabajo, del banco, de hacienda, del seguro, esclava del monedero, de los trenes, todo el día corriendo, poniendo parches a una vida que hace aguas y te ahoga pero no puedes permitirte el lujo de dejarte ahogar. ¿Y quieren que no estés amargada? Que te digan cómo se hace eso. Ganas me dan a veces de coger el despertador y tirarlo por el balcón, ¡hala, a la puñetera calle!, y después engurruñirme bajo el edredón y no saber más del mundo ni de nadie, ni de mí misma. Ahí os quedáis todos. Olvidadme. ¡Ah, y las facturas os las metéis por donde os quepan! Y del puesto de pan del supermercado que se encargue quien se está enriqueciendo a nuestra costa. Si no fuera porque luego empiezan a llover las facturas y las necesidades y toda necesidad termina siempre siendo cosa de dineros. Maldito dinero y quien lo inventó. Ganas te dan de irte al Corte Inglés o a donde sea y, santas pascuas, coger lo que necesitas, el chándal para la Vane, la mochila del Jeremy, el carro de la compra, y salir tan campante. Quien roba a un ladrón... Pero es que soy una tonta y ni para robar sirvo, que para eso hay que valer. Mira los mayores mangantes dónde están, todos arriba, de jefes y presidentes de todo lo habido y por haber. Los demás, la gente corriente y moliente, corriendo para coger a tiempo el cercanías y que no te descuenten del sueldo el retraso. Y encima el Paco venga a llamar, día sí y el otro también. Y yo soy tonta, que lo escucho, lo escucho y me convence y me entra una pena cuando lo oigo llorar, porque yo nunca lo vi llorar mientras fue mi marido. Verlo así, tan derrotado, aunque sea tan hijoputa, eso no lo soporto, se me abren las carnes. Y es que él no es un hijoputa, me lo han hecho así. Él era, pues qué iba a ser, un hombre, como son los hombres. Si no se sienten el sostén del universo, pues se te derrumban y quien no había huevos en el mundo a rechistarle se te convierte en una piltrafa. Cuántos no están en el paro. Pero ¿él? ¿Él? Que sea la mujer la que traiga el dinero a casa, eso no hay hombre que lo sobrelleve sin desmoronarse y sacar a relucir el ogro que todos llevan dentro. Y tú ni puedes consolarlo, porque el consuelo es cosa de maricones y no de hombres hechos y derechos, ni tampoco puedes desentenderte de él, porque toda su inquina no saben dirigirla sino contra lo que tienen más a mano, o sea, tú. Tú, que te levantas antes que el sol para estar a tu hora al frente del despacho de pan y cuando vuelves a casa es para pringarte con las mil miliquinientas que tiene una casa, y no para encontrarte con tu hombre cruzado de brazos y cara de perro, emberrinchado con el mundo y contigo, un hombre que toda su vida no ha hecho más que dejarse el pellejo en ese taller de aceros, desde que era un chaval, y no sabe hacer otra cosa. Gastas toda tu energía y tu voluntad en levantar la empresa y, cuando la empresa decide que no le rindes lo suficiente, se busca las triquiñuelas para ponerte de patitas en la calle. Yo también tuve que ponerlo en la calle, más que nada por los niños. Llegó a darme miedo. Pero él no tenía la culpa, le habían cerrado todas las puertas. Era como un lobo acosado. Si alguien le hubiera dado una oportunidad. Pero, a ver, ¿quién va a contratar a un tío ya de cincuenta?, un hombre con más arrugas ya que sesera. ¿Y voy a darle yo un desplante y no escucharlo, cuando el pobre me llama para pedirme veinte euros con que aguantar una semana más?, aunque me engañe. Sé que me engaña y los veinte euros se los funde en el vicio de los que ya no tienen más que el vicio de malvivir. Pero se hace duro oír esa voz tan vencida y no recordar. Aunque no quiera, se le revuelven a una las entrañas. ¿Qué voy a hacer? Pues darle los veinte euros que no tengo y esperar a que todo esto explote un día y te lleve por delante y se acabaron las carreras y las preocupaciones y la angustia y Dios bendito. Si no fuera por mi Vane y mi Jeremy. Y no lloro porque Dios me dio este carácter, que ni una piedra aguanta lo que yo estoy aguantando.
     Joder con los pisotones. Es que no miran ni dónde ponen los pies. Entran en tromba y les importa un carajo si arramblan contigo. Cabemos todos en el vagón, apiñados pero cabemos. ¡Ay! Ahí está, puntual como un clavo. Me parece que me ha mirado de reojo. ¡Qué rico! No sé, me reconforta verlo. Me gustaría que de grande mi Jeremy fuera así, como ese hombre. No nos conocemos de nada, no sé nada de él, ni siquiera su nombre, ni a qué se dedica. Bueno, por el estuche en forma de violín, imagino que debe de ser algo de música. Llevamos qué sé yo cuántos meses coincidiendo casi todas las mañanas en el vagón, eso es todo. Pero no hay que hablar obligatoriamente para conocerse. Puedes conocer a alguien por sus gestos, por su mirada, por su forma de estar. Y éste se ve a mil leguas que es un caballero. Guapo no es que sea muy guapo, pero tiene un atractivo, no sé, como una bondad que no es normal en un hombre. Me gusta, no para hacer lo que una mujer hace con un hombre. Mirarlo simplemente me hace bien. Me alivia del peso de vivir. Como si ese hombre fuera, no sé, como una ventana abierta por la que tirar todos los trastos que te asfixias y poder respirar. No sé si llegaremos algún día incluso a saludarnos. Cuando nuestros ojos alguna vez se han cruzado, rápidamente los agacha o mira para otro lado. Debe de ser muy tímido. Eso me da todavía más ternura, me hace sentirme buena, me limpia de toda la porquería que el mundo me va echando encima. Ya no siento ese olor agrio de tanta humanidad apelotonada en el vagón, ni la incomodidad de las apreturas. No siento que los demás me estén invadiendo el espacio. Me hace salir de mí, de todo eso que me hierve en el pensamiento, y mirar. Miro a través de la ventanilla. Veo los claros del amanecer. Veo las chimeneas del polígono, altas como cuellos de jirafa, difuminadas en el despertar de la oscuridad. Veo la hilera de coches con los faros todavía encendidos, a todo lo largo de la carretera paralela a las vías del tren, como animales somnolientos en medio del atasco. Las palomas parecen, en el ceniza del cielo, como de algodón violeta. Las torretas eléctricas dibujan un encaje melancólico en la mudez del descampado. De alguna manera, el mundo parece entonces hasta hermoso. Un día no me bajaré de este tren. Llegará a la última estación y allí cogeré otro, vaya a donde vaya, y luego otro, y otro, así hasta que nada ni nadie me conozca ni yo conozca a nadie. Me apearé en lo desconocido y aprenderé a vivir de otra manera, a vivir de verdad. Algún día.

*     *     *

Descampado. Madrid. 1989

     No me importa tener que madrugar y coger cada mañana dos cercanías hasta Getafe y luego hacer el trayecto inverso. Prefiero dormir en casa, es más prudente. No sé por qué Nacho no puede entenderlo. Vaya bronca que se cogió ayer. Pero no tiene razón. No se trata de armarios ni de banderas, se trata de que la sociedad es así y, si quieres vivir en ella, tienes que amoldarte a sus reglas. Aunque no las compartas, Nacho. Las pataletas son cosa de críos. Desahogan, pero no resuelven nada. Si hoy no sigues de morros, te daré algo muy muy personal, para demostrarte que eres lo más importante de mi vida. Pero no me pidas que actúe contra mí mismo y contra nuestra relación. Uno de los dos tiene que conservar la cabeza fría para no descarrilar en un mundo cortado según un único patrón. No me van los idealismos, calientan la mente pero dejan el cuerpo helado. ¡Qué impertinente es la gente! ¿No pueden meterse en sus asuntos y dejar al prójimo en paz? Todas las mañanas la misma historia. En cuanto subo al tren, ya tengo en frente a esa mujer devorándome con los ojos. No es normal. Apañada va si pretende ligar conmigo ese adefesio. Hay gente que no tiene ningún recato. Podría disimular, ¿no? Joder, casi me tira el violín con la mochila. ¿Y el empeño de Nacho en que deje el violín en su casa, para no tener que transportarlo cada día? Es que no escucha, está en su mundo ideal y cualquier cosa que le digas rebota contra su sensibilidad autosuficiente. Lo que me enamora en él es lo mismo que me saca de mis casillas. Sí, porque es adorable cuando estamos juntos en Madrid, pero allí en Getafe no podemos actuar igual, y eso él no lo entiende. No podemos bajar la guardia. ¿Y si alguien nos sorprende en una actitud ambigua, algún compañero del centro cultural, algún alumno, un padre, un vecino, y descubre nuestra relación? ¿Qué pensarían si alguien nos sorprendiera saliendo juntos de su casa? Hay que ser prudentes, Nacho. ¡Y no una fisgona como ésa! ¡Menudo descaro! Es irritante sentir cada día la presión de esa mirada sobre ti. ¿Qué busca? ¿Tengo monos en la cara? ¿Cómo se puede tener tan poca discreción? Puede que puntualmente me haya visto algún gesto involuntario o algo que me haya delatado. Hay gente que tiene como un radar para reconocer a un homosexual entre un millar, parece como que los huele. Y eso que a mí no se me nota casi nada. Procuro ser duro en los gestos, no relajarme. Pero así y todo. A lo mejor es una de ésas que, en cuanto descubren tu orientación, ya no pueden despegar los ojos de ti, como si fueras un ave exótica o un prodigio de la naturaleza. ¿Quiere espectáculo? Pues que se compre una tele. ¿Lo ves, Nacho? Esto es lo que intento evitar. No me gusta ser espectáculo de nadie. No quiero que tú y yo seamos espectáculo para los demás. Lo siento, no puedo besarte donde algún conocido pueda vernos. Me pone nervioso. En esas circunstancias no te estoy besando realmente, intranquilo e impaciente como me pone la situación. ¿No son suficientes las muestras mudas de amor y el éxtasis de esos breves momentos en que tú y yo nos fundimos en uno, pero lejos de la vista del mundo, aislados en nuestra mutua pasión, apartados de las miradas maliciosas de la gente? Pensé que, tras las vacaciones en Berlín, Nacho volvería más calmado, satisfecho. Pero ha sido justo lo contrario. Su insistencia en compartir casa se ha convertido en una obsesión. No hay forma de hacerle entender que esas dos semanas hemos vivido el paraíso, ha sido hermoso, muy hermoso, porque estábamos allí, donde no nos conoce nadie y cualquier sambenito que nos cuelguen no va a afectar a nuestra vida cotidiana. Y eso que nos quedamos de piedra cuando íbamos cogidos de la mano por Kurfürstendamm y escuchamos a una familia hablando español a nuestras espaldas. Yo fui a soltar tu mano, pero tú me la agarraste más fuerte. Allí no me importó. Me paré en silencio y te besé para que nos adelantaran sin descubrir que somos compatriotas, porque nunca se sabe. En Kurfürstendamm te amé, dejé mi mano cogida a la tuya y sellé con mis labios los tuyos hasta que la familia española se hubo alejado lo suficiente. Fuimos felices en Berlín. Aquí es distinto. No se puede estar siempre de vacaciones, las vacaciones son vacaciones precisamente porque suponen un paréntesis en tus obligaciones. No se pueden mezclar las vacaciones y la obligación. ¿Te piensas que no te quiero, Nacho? Después de ocho meses de repetírtelo a diario y a pesar de todas tus rarezas, eres lo más importante para mí. Pero ¿qué ocurriría si el padre o alguno de mis alumnos descubriera que soy homosexual?, ¿si se hiciera público? ¿Podría seguir rodeando con mis brazos los brazos de un alumno para mostrarle la posición correcta del arco y el instrumento? ¿Podría seguir haciéndolo con la misma naturalidad? ¿No verían en ese gesto completamente inocente intenciones ocultas? Imagínate, Nacho, que mis alumnos vieran en mí un mariquita. ¿Qué autoridad iba a tener sobre ellos? ¿Cómo iba a poder imponer orden en clase? ¿Crees tú que el ayuntamiento te renovaría el contrato como empleado de mantenimiento si supieran todos que eres el novio del profesor de violín?
     Carajo con el niño, ha entrado en el vagón como una exhalación para apoderarse del único asiento que había quedado libre. ¿No le han enseñado modales? Toda la gente mayor que hay de pie y él, en plena energía adolescente, repantigado como una marmota, invadiendo el asiento contiguo, despachurrando la cara contra el cristal. La verdad es que tiene un cuerpo hermoso, parece una estatua helenística, Si no fuera por el gesto que le agria la cara. La adolescencia es hermosa. Presuntuosa y boba, pero hermosa. Es energía buscando concretarse a sí misma en una forma, tanteando todas las formas del ser, cortejando el no ser en un acto de afirmación suicida. Luego viene lo difícil, Nacho, renunciar. Hacerse adulto y renunciar para preservar del desgaste exterior lo único que me importa, tú, Nacho, mi amor, mi vida.

*     *     *

Amanecer. Madrid. 1989

     Jodienda de viejos. ¿Qué les costaría? Se quitan unos cuantos sábados de salir al restaurante y me la compran a plazos. Tampoco les supondría tanto sacrificio. ¿No están siempre diciendo que soy su hijo? Pues que lo demuestren y se sacrifiquen. Yo no les pedí que me trajeran al mundo, Los dos se lo pasaron bien jodiendo, que apechuguen con las consecuencias. ¿No tienen un coche cada uno? ¿Por qué no puedo tener yo una moto? Muy sociatas, muy sociatas los viejos. Pues cojonudo, a socializar las máquinas. Coche y moto para todos. Éstos son sociatas de boquilla, de los de meter el voto en la urna y luego ejercer de déspotas en casa. Podrían vender uno de los coches y que vayan al trabajo en el mismo. Si lo están haciendo como castigo, me cago en todos sus muertos. No saben nada más que joder. Seguro que no me la compran para demostrar que ellos son los putos amos. La vieja se encabezonó en matricularme otra vez en el instituto. Pues que vaya ella al puto instituto, si tanto le gusta. Y el viejo, con la tabarra de siempre, si no quiere estudiar, que trabaje. Menudo muermo. Lo que pretende es desembarazarse de mí y ahorrarse el gasto. Pues va listo. Ellos decidieron traerme al mundo, no me consultaron. Se creen que con el talego que me dan a la semana ya han cumplido. Con eso no tengo ni para empezar. Tía, no empujes. No tiene bastante con su asiento, la gorda ésta. Ponte más ancha, anda, desparrámate más, jodida gorda. Espero que Félix me haya conseguido hoy una buena bola. El costo de la semana pasada era una puta mierda. Menos mal que luego los chavales no saben ni lo que compran. Si tuviera una moto, podría ir yo mismo al polígono a por mercancía. La Soni dice que es peligroso, pero ¿qué sabrá ella? Las tías no tienen neuronas, sólo son un agujero donde meterla. Y si encima de mujer tienes esa cara de alquitrán que repugna, entonces ni como agujero sirves. ¿De dónde habrá sacado esa túnica de colores tan chillones que hieren la vista? Para hacerse notar más, en vez de pasar desapercibida. Pues como se me acerque a venderme sus jodidas mierdas, le meto una somanta de palos que la pongo en su sitio. Qué asco me dan los negratas, y las negratas todavía más. ¿No pueden quedarse en su tierra y no venir aquí a joder la marrana? Este puto tren huele que apesta. Seguro que la negra esa hasta se ha colado sin pagar. Es que me inflan los cojones. ¿Tienen que venir a llevarse lo que es nuestro? Levantaba yo una alambrada con púas como navajas para que no se nos colaran esos putos rateros. Que su pudran todos en su jodido país. O que se maten entre ellos, que es lo único que saben hacer. Y a mí los viejos que me compren de una puta vez la moto, para no tener que aguantar más estos vagones infestados de gentuza. Menos mal que ya está aquí la siguiente parada y me piro.

*     *     *

Extrarradios. Madrid. 1992.

     Se está achicharrando el cielo. El cielo es el mismo aquí y en las desnudas sabanas de mi tierra. El sol es el mismo, achicharra el día, ciega el vagón en que vamos. Así empieza una vida. Rojo sangre, como una antorcha furiosa para desterrar las tinieblas. Ya no tengo miedo. Vi el horror. Atravesé el horror. No me asusta el desamparo de este desierto humano. Quien ha dejado de tener raíces no está desamparada, porque el fuego del sol cuando se enfría se hace piedra. Ni esas miradas de rechazo ni las de compasión ni las no miradas pueden hacer ya nada contra la dureza del diamante. El diamante dormía su ceniza apagada en las entrañas de mi tierra y se hizo cristal. Luego vinieron los crueles dioses blancos, obligándonos con sus rifles a arrancar de la tierra la pureza del diamante. Se llevaron los diamantes y dejaron los rifles. Dejaron la muerte a sus espaldas, la avaricia del poder y el fratricidio. Aquí como allí, el sol consume su violencia cárdena en el ascenso y el cielo de nuevo pálido hincha su buche de pelícano y aletea. El cielo de la sabana ignoraba la codicia que se había adueñado de la oscuridad. Este cielo enfermo ignora la oscuridad de esos rostros codiciosos de sí mismos, en el interior de un vagón. El cielo de la sabana me condujo a la barraca donde reuní a los más pequeños para limpiar de sus rostros y de su destino la ignorancia. El tren me lleva a un nuevo día. Fui feliz en el poblado más miserable, enseñando a niños que apenas si comían barro a decirse a sí mismos. Fui. Me hice a mí misma al infundir la palabra y la razón en los limpios ojos del desconcierto. Un día llegaron ellos, los hijos bastardos del diamante, con sus rifles y con sus cachorros de la muerte. Incendiaron la barraca. Violaron a las niñas. Raptaron a los niños para masacrar en ellos la luz de la inocencia y transformar esa luz en furia homicida. Algunas pudimos salir huyendo. Huyendo de horror en horror, de masacre en masacre, de alambrada en alambrada, de rechazo en rechazo, nos hicimos duras como el diamante, gastamos el miedo. El miedo que interroga en la mirada de ese anciano no tiene respuesta. No tiene respuesta porque tiene demasiadas capas protectoras que le impiden llegar al vacío esencial. El miedo de los hombres se alimenta de sus dependencias; de su monedero, de su familia, de su trabajo, de los afectos, de los odios, de las ambiciones, de ideales, de patrias. Yo no tengo patria. Nosotras no tenemos patria. Teníamos una tierra bajo el sol con la que fuimos entablando un duro diálogo de generación en generación a través de los siglos. Los dioses blancos llegaron con el furor de una pesadilla y rompieron el diálogo, sembraron alambradas, encadenaron nuestras manos y nuestros pies, bebieron nuestra sangre con sus colmillos de vampiro y, cuando se fueron, dejaron como herencia la semilla de la avaricia y la crueldad. Ardía la tierra, parecía competir con el sol. La tierra nos achicharró capa a capa todos los miedos, dejándonos el vacío esencial de la existencia.
     Los ríos, tantos meses secos igual que serpientes desfallecientes, en la estación de las lluvias se revolvían de nuevo y desbordaban voraginosos sus cauces con furia de renacer. Los leones y el baobab entonces, la gacela y la lanza del cazador, la tierra y el aire henchían de vida desatada. El tiempo allí era estación de lluvias y estación de sequía, el sol y la luna, el parto y el entierro. Se abren las puertas de este vagón y una tromba de gente invade el poco espacio vacío. Pero sus rostros no traen la felicidad ni la regeneración, traen el desgaste. El tiempo de los hombres en este vagón es el continuo desgaste medido no por la tierra y sus criaturas, sino por números, números que no son nada. Los números pulverizan el tiempo de los hombres, lo descuartizan en moneda de cambio. Muestro mi brazo ensortijado de relojes, ofrezco a su consideración diversos modelos, todos ellos voraces del tiempo natural, del tiempo de la vida. Unos me responden con una mirada de suspicacia, otros con molestia ostensible, algunos con desprecio, la compasión está demasiado manchada de protagonismo, el odio esconde una indefensión pavorosa. Pero no me miran a mí, ni a los relojes. A través de mí, se miran a sí mismos. Porque yo soy vacío, soy garza que no sabe de fronteras. No tengo patria, la tiene quien tiene miedo, y esa cáscara se me cayó por el camino. El sol trepa con su hocico extenuado por las espaldas gastadas de las fábricas y los talleres. Yo te saludo, sol. Te saludo y te brindo el llanto de ese bebé que en el pecho de la madre busca cobijo a las amenazas de este aire hacinado, y te brindo la mirada perdida en el vacío de ese anciano, ausente y solo en medio de la multitud.

*     *     *

Aluche. Madrid. 1989

     Tengo miedo. Esta madrugada he sentido otra vez punzadas. Ya nadie me hace caso, pero es verdad. Está ahí, oigo sobre mi cabeza los aletazos de ese pájaro de presa y sé que esta vez no se irá sin mí. Mis hijas tienen sus propias preocupaciones y quehaceres familiares, es lógico, no me quejo, me tienen atendido. Amalia viene un par de días a la semana y me deja el frigorífico y la despensa con todo lo necesario. Laura me limpia la casa cuando puede, la pobre tiene demasiado con su trabajo y los hijos. Laura vive lejos, pero me visita siempre que encuentra ocasión y acude siempre que se la necesita. No me puedo quejar. Pero se han cansado de escucharme, cansa escuchar la enfermedad, sobre todo cuando la enfermedad es ese pájaro invisible que te acecha y te ronda. Si les digo lo de las punzadas, me dirán lo de siempre. Que vaya a urgencias. Pero no volveré al hospital. Si vuelvo, saldré amortajado, lo presiento. No quiero despedirme de este mundo huérfano de mis recuerdos materiales, de mis libros, de las cosas con las que he convivido y entre las que he sido. Ya no soy nada. Soy desgaste. Soy impotencia. Soy miedo. Qué esfuerzo esta mañana vestirme. Atarme los cordones de los zapatos, una hazaña. Tengo miedo de que ese pájaro de presa advierta que ya no puedo ni atarme los cordones de los zapatos y se abalance sobre mí. No me creen. Y me da miedo que no me crean, porque el deterioro es tan evidente que su incredulidad sólo puede ser disimulo para no soliviantarme; en caso contrario, me darían soluciones, no excusas. Y, si es tan evidente, ¿qué hago en este tren tan atestado de gente, acudiendo a una revisión médica que no puede sino confirmar lo que ya sé? Porque tengo miedo. No quiero irme todavía. No encuentro el momento de aceptar que he dejado de ser, que me he convertido en no más que un organismo abismándose a la extinción. Había decidido no acudir a la cita. Total, para que no me hagan caso y vuelvan a darme largas como siempre. Pero esta madrugada volví a sentir las punzadas, parecía que iban a perforarme. Como si el infame pájaro hubiera clavado ya sus garras en mí. Por un momento viví el horror, el horror de la extinción, tan suave, como planeando. Y tuve miedo. Yo, que he afrontado con audacia tantos riesgos y tantos contratiempos en un trabajo que era una lucha a dentelladas por la supervivencia. Vencía la ansiedad y el vértigo del abismo con una temeridad suicida. Pasé momentos de auténtico espanto. Pero aquello no era miedo. Entonces no advertía la sombra de esa ave de presa sobre mí ni sus fríos aleteos helaban mis insomnios. Los recuerdos siempre fueron boyas del ser en las diferentes etapas del vivir. Hoy los recuerdos me despojan todavía más de mí mismo. Porque me hablan de ausencias, de gente a la que amé y ya no está, de amigos cuyo afecto enfrió la distancia o el deceso, de cosas por las que me esforcé y hoy han perdido toda su trascendencia. Los recuerdos hoy son huecos devorando como incansables roedores los escenarios de la existencia. Y quisiera remontar el curso de los recuerdos y recuperar el calor y la energía de lo vivido. Pero no tengo fuerzas, ni para atarme los zapatos. Mi cuerpo ya apenas si tiene fuerzas para vestirse y subir a este vagón, camino de una cita médica donde esa enfermera tan cariñosa me dirá, como siempre, nos casará usted a todas, abuelo; y el joven médico en prácticas, que todavía no sabe nada de los áridos paisajes que hay en la pendiente contraria, me dará su veredicto como golosina a un niño, pero si está usted hecho un roble. No me creo las palabras, pero me reconforta el timbre afectuoso de la evasiva.
     El revisor viene a pedirnos el billete. Con su uniforme reglamentario, parece el ángel anunciador del final de toda ruta. Los demás parecen ignorarlo. Como si sólo vieran el titular pero no tuvieran tiempo o el ánimo de detenerse en los detalles. Esa joven que, al levantarse precipitadamente, ha tropezado con mi bastón y, si no fuera por la aglomeración, casi se cae ni me ha mirado ni ha mirado al revisor. No mira sino la impaciencia que la urge a precipitarse hacia las puertas todavía cerradas. Nadie mira lo que importa. Eso sólo nos acordamos de mirarlo cuando la muerte nos va pisando los talones. He pronunciado su nombre. Tengo miedo.

*     *     *

Desde mi ventana. Madrid. 1989

     No llego a tiempo, no llego a tiempo. Otra vez no, por favor. No puedo llegar tarde hoy también al rodaje. El ayudante de producción ya me amenazó con despedirme si volvía a retrasarme. Desde que la cadena hizo economías y suprimió el servicio propio de recogida y transporte, llegar a tiempo es un infierno, casi dos horas entre autobús, tren y el metro. No puedo más. Anoche caí rendida en la cama. Estaba agotada. El rodaje se prolongó más de lo previsto, otra vez. ¿Y todavía quieren que tenga buena cara? No llego, no llego. No he oído el despertador. Ni he podido desayunar. Es cuestión de vida o muerte. No puedo perder este trabajo. Después de todo lo que me ha costado que alguien se fijara en mí para un papel. La angustia de tantos meses de espera ha desembocado en la angustia del apremio. Venga, por favor, vamos. Acelera. Por Dios, que vaya más rápido este cacharro. Llegaré tarde. Ya debía estar en maquillaje. ¿Se puede maquillar la angustia? Ahora mismo sólo tengo ganas de llorar. ¿Por qué vamos tan despacio? Eran más de las doce cuando llegué a casa, ni siquiera tuve ganas de cenar. Meterme en la cama y ya está. ¿Por qué será que cuando más cansada estás el propio cansancio te impide dormir? Tuve que tomarme un valium. No he oído el despertador. Si no viviera allá tan lejos, tan incomunicada. Pero ¿quién puede pagarse un alquiler más cercano a Madrid? Y si encima pierdo este trabajo. No puedo comerme las uñas. No debo. Parece que ya llegamos. Venga, venga, acelera. ¡Dios, qué lentitud! Lo que tarda en pararse. ¿Y ahora? Que abran las puertas. Venga, rápido. Tengo que salir corriendo. A empujones, como sea. No puedo llegar tarde hoy también. Otra vez no, por favor.

(Madrid, febrero 1998)

domingo, 28 de junio de 2015

APOLOGÍA (relato)





    En la madrugada del 28 de junio de 1969, la policía neoyorquina irrumpía en el pub Stonewall Inn, frecuentado por homosexuales, para llevar a cabo una de sus habituales redadas contra dicho colectivo. Pero esa redada marcó un antes y un después. Por primera vez, la comunidad homosexual se desembarazó de la cobardía y del miedo y respondió de inmediato con numerosas manifestaciones que acabaron en violentos enfrentamientos con la policía.
     Así comenzaba una larga lucha por la visibilización y la normalización de opciones sexuales diferentes a la dominante, con avances y retrocesos, un duro combate contra la intolerancia y el oscurantismo, un combate que no sólo atañe a un colectivo históricamente marginado y reprimido, cuando no perseguido e incluso condenado a la tortura y el exterminio, ya que la libertad de uno es la libertad de todos y la exclusión de uno sólo supone la exclusión de cualquier posibilidad de construir una sociedad libre, igual y fraternal.
     Aquella fecha quedó como efemérides mundial para la reclamación de una igualdad efectiva entre todos los seres humanos en virtud de su condición sexual. Recibió un nombre inglés, gay pride, cuya mala traducción desmerece el sentido reivindicativo de la jornada, imprimiéndole un carácter más festivo. La dignidad homosexual, ésa que todo individuo sin distinción merece, improvisó en castellano un orgullo gay más castizo y desenfadado.

Madrid. Orgullo Gay 2008

     Mucho ha llovido desde aquel 28 de junio de 1969. Las conquistas obtenidas suponen un claro avance, no exento de continuas contraofensivas reaccionarias, hacia una sociedad más libre y justa. Pero no hay que bajar la guardia, ni olvidar de dónde venimos ni abandonarnos a la complacencia y a la adulación de los mercados. El nivel de discriminación en muchos ámbitos laborales, culturales o geográficos sigue siendo todavía brutal.

Madrid. Orgullo Gay 2010

     Entre tanto, dicha efemérides reivindicativa ha ido tomando los modos de una celebración festiva, con sus adeptos y sus detractores. No es mi intención ahora entrar en dicho debate. Simplemente me hago a mí mismo una pregunta: ¿puede lo lúdico ser también revolucionario?, ¿ha de ser toda revolución necesariamente contraria a la alegría?

Madrid. Orgullo Gay 2012

     Hoy, 28 de junio de 2015, recupero aquí un antiguo relato, escrito en épocas en que el arco iris empezaba a desplegarse sobre los cielos de Madrid, pero todavía no acogía en su abrazo a la ciudadanía general, mucho era aún el miedo y la vergüenza, ni lucía los colores brillantes y satinados que en estos días revestirán las calles de muchas de nuestras ciudades.



APOLOGÍA
(relato)

     Yo también pasé las tardes de los sábados en el viejo cine Florida, viendo películas de Tarzán y de romanos. No soy nada original, ¿qué se le va a hacer? Ya de mayor, las pasaba en casa de mi hermana y su marido. Por hacerles compañía, más que otra cosa. Sobre todo a él, ya que Amelia trabajaba muchos sábados, y el pobre no sabe ni ponerse el plato en la mesa. Ella nos dejaba el cocido preparado y yo hacía las veces de su mujer. En lo tocante a las faenas domésticas, se entiende. Para lo otro, ya tenía a su Amelia que le calmara las calenturas.
     Para cuando yo había terminado de fregar los cacharros, el bueno de Sebas estaba ya hechico un tronco en el sofá, sobando a pierna suelta mientras la tele atronaba con cualquier competición deportiva, sin dejar de roncar ni de rascarse sus partes, en camiseta de tirantes, igualito igualito que Marlon Brando en el Tranvía llamado deseo.Yo miraba a Sebas más que la tele, como una clueca mira a su pollo. Y es que él se lo merece. Siempre me ha tratado con consideración.
     Cuando Amelia libraba, era distinto. A mí me eximía de obligaciones culinarias, aunque me imponía otras, nos las imponía a los dos: su santa voluntad. Ella siempre ha sido un poco sargentona. Pero si no le llevas mucho la contra, se la soporta. No es mala persona.

     Nunca tuvimos un trato muy íntimo. Ya de chica fue ella muy independiente, y un poco pendón. Le gustaban los hombres, como a mí, nos viene de familia. Pero, de los dos, aquí a un servidor le tocó conservar intacta esa ostra de ingratitud llamada virginidad. Ella no, ella se deshizo pronto de prenda tan inoportuna. Era mocita la niña y ya hacía estragos sábado sí y el siguiente también entre los aprendices de hombre de General Ricardos, mientras yo estragaba mi torpe afán embebido en los pechos de Tarzán y en el sudoroso muslamen de tanto romano.
     No es de extrañar que un día, andando el tiempo, quedara embarazada. Ella, yo no. Y mire usted por dónde, el supuesto padre de la criatura, paternidad que la niña no se cansó de poner en entredicho ante la falta de pruebas concluyentes, va y se empeña en hacerla su esposa. Así, de sopetón, su mujer. ¿Qué le vamos a hacer? Cogió el chaval esa perrera. Y ella, dime cuantos diretes que aquí una se debe a su público y no se casa. Su público era una triste comitiva de buscavidas de barrio olfateándole aquel rastro de perfumes baratos y hormonas furiosas, hipnotizados por el sugestivo bamboleo de unas ancas bien nutridas de hoyos de aceite en la hogaza.
     Amelia, como yo, había plantado sus ojos posesivos en las alturas de un segundo piso, allí donde un entusiasta de la electrónica, menospreciando la escuela de la vida, maceraba sus rubios encantos bajo la perilla eléctrica, junto a la ventana del patio de luces, enfrascado a todas horas en su curso por correspondencia. Ella no se daba por vencida. Se había prometido a sí misma que sus serenatas pasionales, mientras se secaba el pelo en la ventana de nuestro entresuelo, frente a la del rubio adonis del segundo, con una toalla que a puntico casi ni le tapaba los pezones y con el secador a toda pastilla para hacerse notar más, no quedaría sin la recompensa apetecida.
     ¿Y ahora venía este mindungui a proponerle, suplicarle, llorarle y moquearle que le permitiera ser el padre de ese hijo a quien él daría su apellido? Ni hablar. Antes muerta. Pero la turgencia de las blusas terminó proclamando su tesoro oculto y hubo que conceder derecho de paso a un padre putativo para el inminente retoño.

     El niño nació muerto, no venía con todas sus cosas bien puestas. Mi hermana no tenía entonces mientes para ir poniendo a la criatura cada una en su sitio. Estaba demasiado atareada discutiendo con mamá, que no dejaba de invocar al Cristo de Medinaceli ante ofensa tan grave contra el sentido común:
     -¿Casarte de blanco con un barrigón que abulta ya ruedo y medio de Las Ventas?
     Pero la Amelia dijo:
     -¡De blanco!
     Y mamá se apresuró a disimular aquella orografia añadiéndole al tul nupcial tanto encaje, tanta puntilla, tanto guipur, aquí un lazo, allá un pompón, sin olvidar gasas y almidones, que el día de marras mi hermana en el altar mayor parecía una inmensa tarta de merengue.

     Yo acabé tomándole afecto. Con el tiempo, ella vio en mí a ese hijo que no había tenido y que, al serle desalojado, le estropeara para siempre esa maquinaria interna de multiplicar la especie. Con repentino instinto materno, se propuso inútilmente meter algo de chicha entre mis huesos y me ordenó que los sábados fuera a su casa a comer. No creo que lo hiciera sólo por interés, únicamente para que yo la sustituyera con su Sebas cuando ella tenía turno en el Simago.
     También me gustaba ir cuando ella libraba. No hacía distingos. Me trataba como a uno más de la casa; o sea, a voces. ¿Qué mejor manera de pasar la tarde del sábado sino con un buen cocido en aquel Móstoles suburbano, con mi cuñado pringando en el tocino, con Amelia chupando con remilgos una puntita de zanahoria? El monte de su barriga, sin embarazo ahora, le resultaba un engorro.
     El tocino siempre lo apartaba con aristocrática displicencia y, de caldo, apenas sorbía una cucharadita. Pero luego... ¡Ah, luego!
     Siempre me chillaba por el interfono:
     -No habrás traído hoy también pastelitos, ¿verdad?
     Y, nada más abrirme la puerta, me arrebataba el paquete de las manos como si realmente le dieran asco. Me gritaba que yo era un diablo, un diablo tentador, y que no la quería cuando así pagaba su hospitalidad, ¡con una bandeja de pasteles!
     El día que a mí se me ocurrió que efectivamente mi hermana estaba hecha una vaca y que, antes que dulces, necesitaba un curso de aerobic, cambié los pasteles por un vídeo de Jane Fonda, la de Barbarella, enseñando cómo una mujer madura puede cuidar su cuerpo y mantenerse estilosa. Anda que no me miró con desprecio la señora, como sólo ella sabe hacerlo, mientras mandaba a su Sebas a por unas napolitanas para la merienda. Esa tarde no me dejó ganar ni un turno al Monopoly.

    Cuando estábamos los tres, siempre jugábamos al Monopoly, para hacer la digestión del cocido. Todavía no sé si mi cuñado prefería realmente jugar o dormir la siesta. De todas formas, con mi hermana, lo propio es decirle a todo que sí y seguirle el juego, te evitas batallas perdidas de antemano. Pero esto mejor lo sabrá él que yo, que es quien vive a diario con la Amelia y duerme en su misma cama.
     Después de todo, era entretenido. Administrando buenos fajos de falsos billetes, terminábamos creyéndonos unos Rockefeller en aquel pisito mostoleño con olor a torreznos fritos y a detergentes de pino amoniacado, bajo una bombilla nunca de más de cuarenta watios, las restantes desenroscadas. Mi hermana, para aliviar la tensión del juego, tragaba merengues y pitisús entre sorbo y sorbo de gin tonic. Sebas daba cuenta del whisky de contrabando que me proporcionaba un compañero del trabajo. Yo, mientras tanto, compraba calles y casas y hoteles, barrios enteros, tarjetas para librarme de la cárcel, lo compraba absolutamente todo. Cualquiera se despistaba un momento y ponía en entredicho el interés personal en el juego, mi hermana vigilaba que su propia voluntad fuera realmente la voluntad de todos.

     Al poco de entrar a trabajar de reponedora, Sebas le comentó varias veces que a lo mejor yo me aburría sin ella en casa, que él era meterse los garbanzos entre pecho y espalda y caer redondo en el sofá. Le preguntó por qué no se traía del Simago una barajita.
     -Así podríamos tu hermano y yo echarnos un tute -le decía.
     Pero ella le regaló un Monopoly.
     -A ver si se te pega algo y te acostumbras a traer billetes a casa.
     Él nunca pilla las indirectas, o las pilla pero le da igual. Es tan buenazo. A mí no me importaba cuidarlo los sábados que Amelia trabajaba. Es agradecido como un niño. Simple como el mecanismo de un chupete. Me relajaba verlo dormir su siesta en camiseta de tirantes, mientras yo hacía tiempo a que ella volviera y entonces, ya que había llevado los dichosos pastelitos, no los íbamos a tirar, pues nos los merendábamos.

     Pero si Amelia no trabajaba, lo del Monopoly ni se discutía. Normalmente iba ganando yo cuando la partida se interrumpía. Nunca conseguimos acabar una. Sea por el oro, sea por el moro, indefectiblemente acababa zurrándole a su hombre. Que el Sebas achispado se ponía cariñoso con ella, bofetada de mi hermana. Que se despistaba el pobre y dejaba pasar una buena calle o caía otra vez en la casilla de la cárcel, pum, patada de la Amelia.
     -Es que no te fijas.
     Tenía la mano ligera y el pronto de una Agustina de Aragón, que ni Aurora Bautista clavó tan bien el papel. Con el segundo gin tonic, acababa siempre refunfuñando de su trabajo, maldiciendo tanta precariedad, echándole en cara a su marido que nunca hubiera sabido conservar un trabajo más de tres meses seguidos, ensuciándose la boca con tales palabrotas que Sebas salía corriendo a cerrar puerta y ventana para que la roña quedara dentro. Mi hermana lo miraba con desprecio y suspiraba por el fantasma de aquel rubio electrónico del segundo.
     Yo entonces le recordaba que el mocetón, ya añudito también, vivía hoy con un joven rumano y juntos llevaban un taller de reparaciones que apenas si rentaba para pagar el alquiler y los caprichos del novio. Taco de la Amelia.
     -En esta mierda de país no había más que machos. Fue palmarla Franco y, a una patada que des, te salen mariquitas hasta en la paella.
     Mi cuñado reía bobalicón y pánfilo, o acaso místico de whisky. Yo me sonrojaba. Amelia, ante cuadro tal, daba por concluida la partida y se encerraba en el dormitorio, despotricando de tirios y troyanos, con las sílabas trabándosele en la lengua, momento que yo solía aprovechar para dar la visita por terminada. Lo que hicieran después ellos dos en su casa, no es de mi incumbencia.


     Y dirán ustedes:
     -¿A qué trae éste a cazuela unos pormenores tan poco edificantes?
     Y posiblemente tengan razón. Pero yo no sé las palabras de la ley, sólo sé las que me salen de la boca. Yo no me siento uno, como cualquiera de ustedes, que pueden decir yo soy esto o soy lo otro. Yo soy urdimbre y no sé mostrar el hilo sino en el paño.
     Aquello de lo que se me acusa es muy simple. Lo sé. Se despacha en tres palabras. Las mismas que ese señor tan bien me acaba de reprochar con tanta economía. Lo que sucedió puede resumirse en los mismos titulares de periódico que contra mí han enseñado sus colmillos. Pero es que eso no sucedió, o no sucedió así, de cuajo. A mí me fueron pasando cosas y cosas y cosas y un buen día me desperté y eso había sucedido.
     Tranquilos. No voy a contarles mi vida, que ustedes tienen mucha ocupación aunque a mí ahora me sobre el tiempo. En realidad, el tiempo a mí siempre me ha sobrado. No es que no tenga oficio ni beneficio, como mi cuñado, aunque muchos miran mi trabajo con desprecio, como si no fuera gran cosa. Pues, incluso trabajando, el tiempo me sobraba, como si yo fuera transparente y el tiempo pasara a través de mí, sin dejar huella. A lo sumo, cansancio.

     Supongo que todos ustedes ya lo saben, lo han publicado hasta la saciedad. Trabajo en El Retiro: servicio de Orden y Mantenimiento. O sea, cada día recojo del suelo las hojas secas, los plásticos y las latas vacías, los envoltorios, los papeles, las colillas, los preservativos, la basura que otros tiran y el aire amontona.
     Hace años que espero un ascenso a Riegos y Jardines, pero no tengo padrino. Por ahora, me han prometido pasar de la escoba o el pincho a un carrito mecánico, algo es algo. Al menos, no tienes que estar todo el santo día con el espinazo como un dos, mirando al suelo.
     Claro que, después de lo que pasó, no sé si me dejarán seguir trabajando allí. No, no me quejo, lo entiendo. Es el mundo de ustedes y yo distorsiono. Siempre he acatado los vientos que soplan, si no con entusiasmo, sí con filosofía.

     Soy cabestro manso. Pero no se crean ustedes que no tengo yo también mi chispa de amor propio. Es floja miga, lo sé, pero me alimenta.
     Hay días en que un rayito de luz entre los castaños viene a sonreírme con aquel aire fresco de la Marisol de mi infancia. Días en que no todas las cosas se te dan torcidas y parece que la vida sea un camino recto. Instantes en que, sin saber por qué, se me caen todas las capas de barro, hablo en sentido figurado, claro, que limpio lo soy un rato, y entonces me miro a mí mismo y me digo:
     -Faustino, tú también tienes tu hueco en el mundo.
     Es una ilusión que, como todas las ilusiones, queda bonita para adornar las paredes pero no para vivir en ella, como nadie puede vivir en una película. En una de un boxeador, aprendí una frase de las que hacen escuela:
     -Buscaré un lugar abierto en el que poder respirar, bajo un cielo que no me condene a esta miseria.
     Y acabé trabajando en El Retiro, servicio de Orden y Mantenimiento. No, no acabé, empecé ahí y ahí sigo. No es que yo me lo planteara y lo consiguiera. Los planteamientos están bien para el argumento de una película, que empieza y acaba. Pero la vida no acaba. Empieza sin que te des cuenta y termina cuando menos te lo piensas. Entre medias, estás ahí, planteándote cosas que no pueden ocurrir, porque para cuando quisieran ocurrir ya es el momento siguiente y los planteamientos se te han quedado atrás.

     De niño, ya me decía a mí mismo muchas veces:
     -Me iré, me tengo que ir. A algún lugar donde no me ahogue.
     En aquella entreplanta de alquiler con vistas a un oscuro patio de luces, mi única ventana al universo eran las pelis de la tele. Me quedaba embobado con la bondad natural de El libro de la selva, aunque siempre me entristecía que al final Mowgli escogiera encerrarse en la aldea. Yo siempre me he identificado con Baloo, no en lo gordo, claro, que soy lo contrario, a pesar de los cocidos de la Amelia; en lo otro. Soñaba con esa selva en la que monos, hipopótamos y chicos podían ser amigos y fraternizar en los obstáculos. Nuestro piso, lo único que tenía de selva eran sus habitantes.
     Entre las sotanas escolares, mientras buscaba en el reloj un aliado aunque siempre encontraba su desesperante parsimonia, me acordaba de Sonrisas y lágrimas y me creía que yo también revoloteaba feliz por las verdes colinas austríacas, cantando y brincando como una cabra, de la mano de Julie Andrews. Hasta que la palmeta me devolvía al terror del aula y al bisbiseo de las negras túnicas paseándose vigilantes entre los pupitres, señalando con índice admonitorio el mapa mudo de la península ibérica, bajo el retrato de Franco y el intimidatorio crucifijo.
     ¡Ay, cuando estrenaron Jesucristo Superstar! Ted Neeley fue mi religión. Sus ojos estrábicos, su mentón firme, su tristeza desmelenada. La soledad en el bullicio, la belleza de la soledad. El amor. Me vi la película por lo menos cinco veces. Deseaba ardientemente ir yo también en ese autobús al desierto y aliviar con mis caricias sus lágrimas y su angustia.
     Las películas de los sábados me abrían ventanas al mundo, pero no al mundo de los mapas, que también. Niágara, Kilimanjaro, Cartago, Alejandría, Madagascar, estampas para el álbum de la felicidad. Una ventana a ese otro mundo que no es estrecho, ni oscuro, ni autoritario, ni asustadizo. Cuando de nuevo encendían las luces de la sala, yo me decía:
     -Me voy, me iré, tengo que irme.
     Pero nunca me fui, no tuve valor.

     Bueno, sí. Recuerdo una mañana. Era lunes. Los lunes mamá nos limpiaba los zapatos Gorila y yo aproveché que ella los estaba restregando para coger de la nevera media tripa de salchichón, provisión para mi escapada al fin del mundo. Salí de casa hecho un ocho maragato, arriero de lejanos caminos.
     Pero siempre he sido un niño responsable. Me marchaba de casa para recorrer mundo, no para hacer novillos. Primero la escuela y luego la vida.
     En clase de geografía, yo me sentía en el preámbulo de un viaje a lo desconocido, un intrépido Errol Flyn pirateando a cielo abierto. En clase de matemáticas, me puse a calcular cuánto podría durarme media tripa de salchichón. En clase de latín, se me cernió un nubarrón en el horizonte: no había cogido un cuchillo de casa. No se puede cortar el salchichón con La guerra de las Galias. En clase de F.E.N., me dio por pensar en mi madre, me pregunté si me echaría de menos como Aurora Bautista en La tía Tula, o si estaría demasiado atareada gritándose con mi hermana como para notar mi ausecia. En clase de francés, abrumado por los contratiempos e incertidumbres del proyecto, me sentía como un Sansón, despatarrado entre lenguas bárbaras.
     Aquel lunes volví a comer el cocido en casa. El salchichón regresó de extranjis a la nevera. Mi retorno al hogar no fue como el del hijo pródigo, porque nadie llegó a enterarse de nada. No sabiéndolo nadie, aquello no había sucedido. El sábado siguiente, en el Florida, echaron una de indios y vaqueros. A mí me gustaban más los indios, con mucho menos uniforme, y más hombretones. Además, siempre terminan perdiendo, como yo. Al salir, volví a decirme:
     -Me iré, tengo que irme.
     Pero quien acabó yéndose no fui yo, sino mamá, a Benidorm.

     Estábamos un buen día a la mesa, los cuatro, y soltó a bocajarro:
     -Mañana me voy. Tengo billete de autobús.
     No se habló más. No sé si entre ellos lo tenían hablado. En aquel momento, a la noticia respondió el silencio. Papá siguió sorbiendo fideos. Pero el blanco de los ojos se le fue poniendo rojizo. No lloró, porque él era funcionario del ayuntamiento, católico, apostólico y romano, y llorar era cosa de ateos y maricones.
     Tampoco dijo nada cuando nos recogió al día siguiente a la salida del colegio y, como si no hubiera pasado nada, nos llevó a comer al San Ginés, lugar de penitencia para él, para su remilgada pulcritud, escenario de feria para nosotros, entre albañiles y mozos del mercado. Para entonces, el pobre tenía ya los ojos de huevo duro que se le quedarían por el resto de sus días.
     Mamá siempre había ido a misa porque había que ir, pero su auténtico dios resultó ser el dinero. Al tiempo que ella, también desapareció del barrio don Fructuoso, dueño de la pequeña agencia inmobiliaria de Camino Viejo de Leganés, en cuyo escaparate apareció un cartel: cerrado por traslado negocio a Benidorm.
     En los cinco años que duraron sus negocios, de mamá recibimos tres tarjetas postales. Una desde la metrópoli alicantina:
     -¿Todos sanos? Yo más rica que un morcón. Abrazos.
     Y otras dos desde Valencia, con menos información aún sobre sus actividades.

     Volvió. Igual que se había marchado. Ni se disculpó, ni nos explicó, ni mostró habernos echado de menos. Como si volviera de la peluquería. Entró en lo que había sido su dormitorio y dejó maletas en la cama. No preguntó por el que había sido su esposo, ni cómo murió ni cómo había vivido esos últimos años. Se aposentó ante el televisor, en el que había sido el sillón de papá, y le dijo a Amelia con su acostumbrada afabilidad:
     -No te pintes así, que pareces una puta.
     Para qué queríamos más. La respuesta de mi hermanan no se hizo esperar. No recuerdo exactamente el vinagre que salió de su boca. Pero sí que recuerdo bien el iracundo desplante de la mamá pródiga, con tildes sacadas de los espacios dramáticos de la tele:
     -¡Que soy tu madre!
     Aquella fue la primera de un interminable rosario de broncas entre las dos. Y mi mundo estrecho se estrechó todavía más.

     No es que sus años de ausencia hubieran sido precisamente agua de rosas, no señores. Papá era como un pececito fuera del agua. Mamá se le había llevado la voluntad. Le había desbaratado su construcción de vida, la racionalidad de su universo teocrático. Ante la enormidad del suceso, se amilanó. No supo reaccionar. Nunca le reprochó nada. Ni siquiera preguntaba por ella. Recibió aquellas tarjetas postales, tan escuetas, como se recibe a Dios, imponderablemente.
     Amelia me lo zarandeaba a vocinazos. Gritaba como una fiera enjaulada que aquella casa parecía una tumba y remataba su fuga con un portazo. Se iba hecha una furia y volvía al cabo de unas horas dando algún que otro traspié. En el ínterin, nosotros dos permanecíamos en la penumbra del silencio, como conejos acobardados por la tormenta.
     Yo no me atrevía a irme también y dejar solo a papá en su capilla de desvalimiento. Tampoco sabía cómo entrar en aquella cripta de soledad. Yo era testigo mudo de un drama en el que no se me había asignado papel.
     El papel protagonista siempre lo tuvo Amelia, una vara de mando despótica y caprichosa. Papá parecía ajeno a todo, invulnerable al poder destructivo de las palabras, también a su poder balsámico, un alma en pena a la espera de abandonar este cautiverio. Vivir con él fue arrastrar un fardo de silencio cuesta arriba.

     Cuando se le escapó el último suspiro y regresó mamá, al silencio sucedió el estruendo. Llegó manola la señora y el hambre se encontró con las ganas de comer. Amelia se había hecho con el imperio de una plaza abandonada. Mamá sencillamente exigía las prerrogativas que su condición de madre y viuda le conferían. En un par de semanas, en nuestra casa había estallado la tercera guerra mundial.
     Aquello era irrespirable. Mamá exigía su estatus dominante mientras viviéramos al amparo de su pensión de viudedad. Amelia, con la rabia y el despecho de una reina destronada, redobló sus trotes en celo General Ricardos arriba y abajo. Para mí, estaba ya claro que ni Jesucristo Superstar ni el rubio aspirante a electrónico del segundo iban a sacarme de allí.
     Los estudios no iban conmigo. Tenía cosas más importantes que resolver dentro de mí. Quería huir, huir de mí mismo, encontrarme en ese que quería ser y para el que no encontraba escenario fuera de las películas.
     Una mañana me armé de valor y pregunté en el ayuntamiento por un antiguo compañero de papá. Debí de darle pena al hombre. Gracias a él conseguí que me contrataran en Orden y Mantenimiento, que, dicho en palabras de andar por casa, resultó ser de barrendero.
     Al principio, no teníamos este uniforme amarillo de plástico. Entonces parecía un militar con aquel mono color sucio. El amarillo limón vino con los espectaculares cambios tras la muerte del Caudillo.


     De nuevo me voy por las ramas, ¿verdad? Al grano, Faustino. No impacientes a estos señores. Enseguida entro en materia.
     ¿De qué estaba hablando? Ah, sí, del uniforme de trabajo... Me han preguntado ustedes si conocía de antemano al agredido. No, rotundamente no.
     ¿Si nunca antes había contratado sus servicios? Miren ustedes. Mi mundo es recoger la basura en El Retiro y evitar en lo posible las trampas que nos va tendiendo la vida. Los sábados, cuando Amelia y Sebas se encierran en su dormitorio, me meto en un cine y dejo que la película viva por mí.
     Celia Johnson tampoco se marcha con Trevor Howard, pero la melancolía de la despedida es hermosa, no araña como la melancolía real. Qué redención de soledad cuando soy en la pantalla una Joan Fontaine desconocida enviándole una carta anónima a Louis Jourdan. Y cuando Dirk Bogarde dice Te quiero, sin atreverse a decirlo, junto a los canales putrefactos de Venecia, la muerte es dulce, tan dulce como podría serlo la vida.
     No siempre quedan entradas para la Filmoteca, desde que se puso de moda. Entonces me meto en cualquier cine, el primero que pillo. Las películas no son las de antes. Pero yo tampoco. Bueno, yo sigo siéndolo más que ellas. Mucho ruido y pocas nueces. Yo, ruido poquito, y nueces ninguna. La verdad, me dejan más bien indiferente tantas carreras, tantas persecuciones, tantas explosiones, tantos puñetazos, tanta sangre y tanta víscera, y tan poco por dentro. Atontan. Pero me resigno. Es lo que hay. ¿Para qué llevar la contraria?

     Nunca he contratado los servicios personales de nadie. Y sin contrato, tampoco. No soy gallo avezado, más bien palomo cojo. Pero tampoco es que sea un alma cándida. Sin entrar ahora en pormenores de gallinero, podría decirles que mi vida íntima también ha tenido sus granitos de pimienta.
     En el banquete de bodas de la Amelia, estaba yo orinando cuando entró un primo del novio, el más fanfarrón y el más viejuno. Me miraba con descaro mientras meábamos juntos. Yo me estaba poniendo nervioso y esa cosa también se me iba poniendo nerviosa y empezó a crecer. La mano subrepticia del primo la ayudó a desahogarse. No disfruté. ¿Cómo iba a disfrutar, pensando que en cualquier momento pudiera entrar su mujer? Aunque ¿cómo iba a entrar ella en el baño de hombres? Pero ¿y los demás?
     Recuerdo también, fue al poco de entrar a trabajar. Un día de servicio coincidí solo en los vestuarios con Eleuterio. Ya ves, pues no hace años que el hombre se jubiló. Estaba yo ya en calzoncillos para ponerme el mono cuando él empezó a ponderar mi bulto y a hacer suposiciones sobre el tamaño de lo que aquella prenda escondía. Pasaré por alto detalles que ensucian más que aclaran. Nos la desahogamos mutuamente. Eleuterio parece que disfrutó. Yo no supe reaccionar. Aquello no salía en las películas.
     Eleuterio y el primo, ¿cómo no recordarlos? Aparte del suceso que todos ustedes ya conocen, son mis dos únicas experiencias físicas con otra persona. Me depararon un placer instantáneo, tan mezclado de miedo que no me sirvieron de renglón para escribir mis días.


     Y así, entre tris tras, más tras que tris, se me han ido escurriendo los años. Pero no lo digo para dar pena. Dar pena cansa, porque la pena de los otros te ata a la espalda más piedras de las que te quita.
     Nunca he sido un Casanova. Incluso me ha faltado valor para ser Faustino. Me ha faltado valor y me ha sobrado miedo.
     En mi adolescencia, el miedo no era personal. Estaba en el aire, lo respirábamos todos. Ni siquiera reparabas en él, de puro cotidiano. El miedo puede enmierdar el cuerpo más hermoso. Pero es incapaz de meter sus zarpas en la belleza de lo que no puede tocarse con los dedos.
     Mi pubertad bullía bajo aquella voluntaria costra de silencio y, con estos buenos abanicos que Dios me ha puesto a cada lado de la cara, escuchaba atento los murmullos soterrados bajo el miedo.
     Había oído hablar del oscuro trasiego en las butacas del cine Carretas, en las butacas del antiguo Doré. De vez en cuando caía algún que otro correveidile sobre el mariposeo que rodeaba los bailes del Consulado. Hacerle a uno la americana era perderse más allá de Ventas, donde vivían muchos yanquis de Torrejón.
     Mi oído era un radar que sumaba angustia al deseo. En la soledad de la sala de cine, en cambio, las aristocráticas campiñas inglesas de El mensajero exoneraban a la belleza de tanta porquería.
    Casto lo fui a machamartillo. Más por miedo que por convicción. Si Amelia había terminado en el altar junto a Sebas, con una barriga de año bisiesto, bien podría yo haber terminado como Susan Hayward gritando ¡Quiero vivir! tras los barrotes de la cárcel.
     El miedo a las leyes ciegas y sordas de la justicia y a las leyes implacables de los hombres era real, pero todavía peor era el miedo a uno mismo. El miedo al rechazo.
     Cuando uno rechaza los riesgos de la vida, la vida te rechaza a ti. No es resignación. Es conformidad a lo que no tiene vuelta de hoja. ¿O sí la tiene? Yo antes creía que no, hasta aquella mañana.


     Después de tantos años viviendo en el entresuelo, trabajar al aire libre, entre árboles y fuentes, podría parecer el paraíso, y puede que lo sea. Por si acaso se me olvida, los demás a diario se encargan de recordármelo.
     El portero, chismoso como no podía ser menos, siempre me da los buenos días con la misma cantinela:
     -Los hay con suerte, macho, cobrar por pasarse el día en el campo.
     El dueño de la pastelería, cuando su Adelaida no está delante, siempre me guiña un ojo con picardía mientras me hace el envoltorio:
     -¿Qué, Faustino? ¿Ya vamos a Móstoles? ¿Y ese trabajo...? Pues anda que no verás tú achuchones y mandanga allí en El Retiro, ¡y en butaca de principal!
     Hasta la marisuspiros de mi hermana, cada vez que el Sebas me pregunta por mi trabajo:
     -¿Trabajo? Lidiando con un público querría verlo yo a éste.
     Todos me envidian. Y no digo yo que no. Pero también están los fríos de enero, cuando el termómetro no se atreve ni a decir la temperatura. Y la chicharrera sofocante del verano cayéndote a plomo sobre la cabeza. Están los dedos agrietados, los sabañones, la cintura que cruje de andar agachado, los labios cuarteados, las zancadillas de los compañeros para hacerse con los mejores turnos o las zonas más resguardadas. Trabajar cansa, sea donde sea. Te va destruyendo poco a poco.

     Pero todo trabajo también tiene resquicios por donde la película de la vida deja entrever otros posibles argumentos.
     De vez en cuando pasan ellos, los que corren sin objetivo, como sonámbulos de la barahúnda en que vivimos. Hermosos como mirlos de rama en rama.
     Una impalpable serenidad hermosea a esos que, a pecho descubierto sobre la hierba, beben un sol festoneado de sombras, como ángeles dormidos sin Dios que los encadene.
     El esfuerzo de la tarea encuentra un sorbo de alivio en la belleza circundante y entonces escucho en mi cabeza el tintineo de la alegría. No muevo ni una mano, ni un dedo. Los pétalos de la felicidad se mustian si los tocas.


     ¿Y esa sonrisa de suspicacia? ¿Piensan que divago?
     Al grano, Faustino. Estos señores ya han encontrado en sus libros la sentencia que más se acomoda a la voz de sus amos. Estás haciéndoles perder el tiempo.

     No recuerdo si era lunes o martes, entre semana. Un día más en el flujo del calendario. Los castaños ya habían abierto sus caperuchones en flor. Yo iba recogiendo papeles con el pincho. Él estaba recostado contra el tronco de un árbol. Había dejado caer a sus pies una hoja del 20 Minutos. Yo la pinché y a la bolsa. Sin el menor reproche, sin intrusismo alguno. Era mi trabajo.
     Hasta aquel momento no me había fijado en él. Hasta aquel momento nunca me había deslumbrado tanto una cercanía como la cercanía de esa belleza indolente. Tanta luz, tanta hermosura. Tiró a posta otra hoja. Yo la pinché, como recoge el creyente en su lengua a Dios. Tiró a sus pies el resto del periódico. Y sonrió. ¿A alguno de ustedes les ha sonreído alguna vez el sol?
     Me temblaron las manos. Él se enderezó. Mis piernas estaban rígidas. Me cogió una mano. Mi corazón se desbordó como las cataratas del Niágara y por primera vez en mi vida me sentí hermoso como una Marilyn Monroe ceñida de rojo. Conducido por su seguridad, nos adentramos entre las celindas. Y el velo del templo se rasgó.

     No sé cómo pude sobrevivir a su ternura infinita. La felicidad absoluta achicharra. Te desposee de ti, de todas tus sombras. Mientras lo veía alejarse, entre las hojas de los arbustos, yo era otro.
     Tampoco duré mucho en mi reciente metamorfosis. Apenas las dos horas que tardaron los policías en devolvérmelo esposado. Me preguntaron si era mía la cartera que obraba en su poder. Me preguntaron las circunstancias del robo. Él dijo que yo se la había dado a cambio de sus favores. Por el sólo favor de su sonrisa, le habría dado todo.
     No, tampoco era menor, aunque muchos lo han dicho luego. Bien que indagaron aquellos policías hasta cerciorarse completamente de la edad del indocumentado. Tampoco pudieron escribir en sus papeles que yo le había hecho aquellos moratones al forzarlo, el muchacho los culpaba a ellos. El que parecía el jefe pronunció entonces la palabra mágica: escándalo público, y me pusieron a mí también las esposas.

     No soy inocente, no soy culpable. No busco ni comprensión ni indulgencia. Hablo porque siempre he tenido la boca cerrada.
     ¿De verdad creen que están juzgándome? Ya han juzgado por ustedes. Otros que no son ustedes, aunque ustedes están a su servicio, han puesto ya la sentencia en sus bocas.
     ¿Qué pueden hacerme? ¿Con qué van a saciar su afán de revancha? ¿De qué quieren privarme?
     Podrán privarme de una libertad que nunca he sabido en qué emplear, de un trabajo que me parte los riñones, de una reputación que siempre he ido cobrando en calderilla. Pero nunca, nunca podrán quitarme la alegría de haber conocido el abrazo de un ángel.


(Madrid, 1994)