"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
Mostrando entradas con la etiqueta Lorca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lorca. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de marzo de 2017

ESTOY HARTO... pero no de mis alumnos


ESTOY HARTO... pero no de mis alumnos


     Hace algunas semanas, se hacía viral una carta de Eva María Romero, profesora en un instituto de Sevilla, dirigida al claustro de profesores y luego, bajo el título de "Estoy harta", reproducida en un medio local, a partir del cual fue rápidamente compartida y multiplicada en las redes sociales.
     En dicha misiva, la profesora realiza una auténtica "arenga a la tropa" de encomiables intenciones, incluso señalando certeramente la nefasta complicidad de algunos padres y la desastrosa gestión política y administrativa; pero volviendo a poner el acento en la mala educación de unos alumnos que le impiden realizar su trabajo y reclamando, en consecuencia, el ejercicio de la autoridad.
     El argumento es tan viejo como la existencia misma de la enseñanza.

     Ya los antiguos comediógrafos y mimógrafos griegos ponían en escena la mala educación y la holgazanería de aquellos zoquetes que tenían por alumnos.
     Tras leer la carta, sin embargo, lo primero que me vino al recuerdo fue una de las escenas más melancólicas de esa hermosa obra claustrofóbica y asfixiante que es "Doña Rosita la soltera", de García Lorca; en concreto, la escena del tercer acto en que Don Martín, un anciano profesor a quien el propio Lorca define como un tipo noble, de gran dignidad, con un aire de tristeza definitiva, visita a la familia el mismo día en que ésta se prepara para abandonar la que ha sido su casa. La escena se sitúa alrededor de 1910. Don Martín y la Tía mantienen una conversación en la que él comenta su trabajo en unos términos que no puedo menos que reproducir:
     "... Mi vida de siempre. Vengo de explicar mi clase de Preceptiva. Un verdadero infierno. Era una lección preciosa: Concepto y definición de la Harmonía, pero a los niños no les interesa nada. ¡Y qué niños! A mí, como me ven inútil, me respetan un poquito; alguna vez un alfiler que otro en el asiento, o un muñequito en la espalda, pero a mis compañeros les hacen cosas horribles. Son los niños de los ricos y, como pagan, no se les puede castigar. Así nos dice siempre el Director. Ayer se empeñaron en que el pobre señor Canito, profesor nuevo de Geografía, llevaba corsé; porque tiene un cuerpo algo retrepado, y cuando estaba solo en el patio, se reunieron los grandullones y los internos, lo desnudaron de cintura para arriba, lo ataron a una de las columnas del corredor y le arrojaron desde el balcón un jarro de agua. (...) Todos los días entro temblando en el colegio esperando lo que van a hacerme, aunque, como digo, respetan algo mi desgracia. Hace un rato tenían un escándalo enorme, porque el señor Consuegra, que explica latín admirablemente, había encontrado un excremento de gato sobre su lista de clase".


     No es mi intención aquí polemizar con la autora de la carta en cuestión, sino desarrollar un par de reflexiones al hilo de su lectura.





     En los más de treinta años que llevo en la docencia, nunca he dejado de escuchar una y otra vez las mismas quejas por el mal comportamiento de los alumnos del momento, culpabilizando siempre a cada nueva hornada del actual vandalismo antisocial.
     "Nosotros no éramos así", se repite año tras año, lustro tras lustro, década tras década. Y claro que no éramos así. Cada generación, en el microcosmos del aula, refleja las condiciones sociales de que se nutre y a las que responde.
     Son chavales en plena combustión hormonal, en pleno proceso de transformación física y mental, esponjas que absorben y se empapan del mundo que los envuelve y para el que cada uno busca una respuesta en sí mismo. ¿Qué pretendemos?, ¿hacer de ellos meras fotocopias de un patrón de conducta anquilosado en la irrealidad de un pretérito ficticio y apergaminado?

     ¿Queremos que nuestros alumnos escuchen, cuando han abierto los ojos a un mundo frenético en que el diálogo se ha reducido a imponer beligerantemente el criterio propio?
     En la casa (por la precariedad de las condiciones de vida y la falta de tiempo propio), en el parque y los lugares de ocio, en las reuniones de cualquier tipo (incluso las de profesores), en los foros, en las plazas y en los parlamentos; imponemos nuestra opinión a golpe de grito, con oído sordo. Escuchar hoy no es ponderar las razones del otro, sino aguardar si acaso a que el otro termine de hablar para abalanzarnos sobre él con toda la batería de nuestros prejuicios y suspicacias.

     ¿Queremos que nuestros alumnos dejen de hacer lo imposible para imponer su yo individual sobre las dinámicas de clase, cuando todos los mensajes que reciben emanan de una sociedad que prima el individualismo y la competitividad, la preeminencia del "mejor", considerando al mejor no en valores cualitativos sino cuantitativos?

     ¿Queremos que sean desprendidos y generosos, cuando la realidad diaria encumbra y enaltece no a quien comparte y coopera, sino a quien medra y acapara?
      Esos son los "triunfadores", así se los presentamos en todos los órdenes del trabajo y del ocio.

     ¿Queremos que valoren las bondades del esfuerzo, cuando todo esfuerzo realmente válido y fructífero debe ser condición no de una recompensa sino de un resultado, y el único resultado codiciable que ponemos ante sus ojos no es la consecución de lo mejor de uno mismo, sino el enaltecimiento de aquel que fraudulentamente acumula riquezas en Suiza y otros paraísos fiscales, haciendo pública ostentación de lujos tan inútiles y discriminatorios como prestigiosos?

     ¿Queremos que sean dialogantes y respetuosos, cuando el espectáculo que les damos en las tertulias televisivas, en los foros políticos, en las asambleas laborales, vecinales o caseras son auténticos campos de batalla de exabruptos, descalificaciones, engañosas medias verdades, protagonismos desaforados, cuando no descarada hipocresía militante o interesada?

     ¿Queremos que su actitud sea dócil, no beligerante, cuando los alimentamos desde la primera infancia con imágenes, mensajes y juegos de violencia extrema; mientras les ocultamos, cuando no prohibimos, la enriquecedora exploración del amor, en todas sus manifestaciones?
     Todos necesitamos amor a nuestro alrededor, para sobrellevar el frío esencial de la existencia. Sin embargo, nos escandalizamos de que un juego o una noticia culminen en un beso, mientras nos regodeamos en el espectáculo y en la notificación de la guerra y el asesinato.


     Un aula no es un espacio hermético, aislado del mundo.

     A mí también me gustaría que ese espacio de trabajo me ofreciera las condiciones ideales, igual que todos los demás ámbitos de mi vida. Pero hay lo que hay. Y considero que mi responsabilidad conmigo mismo en cada uno de esos ámbitos, no sólo en el interior del aula, no es darme topetazos ciegos contra lo que me desagrada o me enerva, sino poner todo mi esfuerzo en reconducir esas condiciones reales hacia su transformación en lo ideal.

     Escucho las quejas de muchos compañeros, excelentes profesionales en su materia, o las de muchos padres y madres, realmente preocupados por el futuro y la seguridad de sus hijos. Pero, ante sus palabras, inmediatamente tengo la extraña sensación de que nunca fueron adolescentes, de que nunca fueron niños, de que nunca vivieron la traumática aventura de hacerse personas en las condiciones específicas que el medio social les permitía.
     Y no es que no hayan sido también ellos adolescentes. Tampoco es desmemoria, a todos nos encanta el relato de nuestras propias batallitas. Es falta de perspectiva. El empuje de la maquinaria laboral nos hace mirar exclusivamente hacia delante, hacia un objetivo, nunca a nuestras espaldas.

      Yo fui adolescente, durante muchos años.
     Viví atribulado por la incógnita de un cuerpo en continua transformación, por la búsqueda de un lugar propio en la trama de los días, en la confusión de las particularidades, en la pobreza de las perspectivas.
     También intentaron enfriar aquel magma incandescente con normativas arbitrarias y dogmas incuestionables. A mi manera, también opuse a su manipulación mi rebeldía. No fue en mi caso un enfrentamiento abierto, era la tenaz obstinación por encontrar mi espacio real en la retícula que el mundo me planteaba.
     Cuando la propia naturaleza se rebela en nosotros, contra nosotros, tratando de realizarse en sí misma, no podemos permanecer ajenos a la rebeldía, debemos ponerla en práctica para llegar a ser auténticamente nosotros, para cortar el último cordón umbilical que nos hace dependientes. La rebeldía por la creación del propio ser es una operación peligrosa, sí, pero imprescindible, que no debería generar represión sino comprensión.
     Aquel que seremos será la respuesta que cada uno dé a la rebeldía esencia de la propia adolescencia.

     Cuando me encuentro ante los alumnos, en lugar de hartarme y aguantarlos, intento ponerme en su lugar, mirar desde su perspectiva, recuperar la mirada prometeica de la adolescencia, aprender de su inquietud volcánica.

     Ponerse en el lugar del otro es el primer paso para comprender y, ya desde la comprensión, abrir caminos al diálogo. Para ello no se requiere autoridad, salvo la autoridad ética obtenida en el día a día, se requiere humildad y compromiso, compromiso con uno mismo y con la persona que tengo enfrente. Pues personas son nuestros alumnos, no lo olvidemos.

     Pero ¿podemos exigir una heroicidad a contracorriente a nuestros profesores? ¿Podemos reprocharles el que no "se pongan en el lugar del otro"?, cuando el problema realmente grave es que todo el conjunto de la sociedad ha ido perdiendo conciencia de ese otro, al encauzar nuestras vidas, laborales y personales, en los estrechos límites de un individualismo consumista y neurótico.
     Hemos aceptado tan incondicionalmente, como grupo, las premisas de un mundo mercantilizado que nos hemos hecho ciegos, ciegos y sordos a todo lo que no sea la satisfacción del propio yo individual, continuamente lisonjeado y embrutecido por los ensordecedores berridos de la propaganda y la publicidad. Hemos dinamitado los núcleos sociales en los que el hombre se sentaba alrededor del fuego para conocerse a sí mismo y conocer el universo, alrededor del fuego que hace grupo y expulsa el frío del cuerpo, en círculo, sin preeminencias ni jerarquías, que sólo engendran dominio y sumisión.

     ¿Cómo exigir a nuestros alumnos, a nuestros profesores, que "se pongan en el lugar del otro"?, presos todos en las mazmorras del individualismo cuando pagamos la compra en la caja del supermercado, cuando subimos a un transporte público, cuando nos atiende el camarero, cuando compramos ropa sin mirar con qué manos y en qué condiciones ha sido confeccionada, cuando adquirimos exóticos alimentos sin considerar la destrucción humana y ambiental en que nuestra propia satisfacción nutricional se sustenta, cuando demonizamos al huelguista que se rebela porque su actividad reivindicativa altera nuestros planes ocasionales o nuestros hábitos cotidianos, cuando negamos una mano de bienvenida al que huye hacia nosotros en busca de refugio, o simplemente cuando depositamos cada cierto tiempo nuestro voto.

     Dicen que soy cabezón, cabezón y obstinado, por carácter propio, o por específico carácter granadino, o por ser tauro, o que me viene de familia. No sé la razón.
    El caso es que, aun en condiciones laborales tan difíciles como las actuales, me asfixiaría en las tormentas de mi propio yo si no me pusiera en el lugar de mis alumnos en el trato diario de las clases. Hoy día son mi mayor satisfacción y mi mayor alegría.
     Porque no concibo la clase como un monólogo de dirección única, sino un diálogo múltiple en el que ellos aprenden de mí y yo de ellos.
    El simple conocimiento puede embrutecer aún más que la ignorancia cuando su objetivo acaba en meras nociones académicas.
     En el aula, no sólo se aprenden el Complemento Directo y la Estructura del Átomo. También se aprenden la ponderación, la equidad, la tolerancia, la justicia recíproca, la solidaridad, los difíciles desafíos del afecto. Y eso, alumnos y profesor, lo aprendemos día a día y mutuamente.

     Si respetas tu propia humanidad, nunca cierras las puertas a seguir aprendiendo.
     Frente al conservadurismo impositivo de "la voz de la experiencia", los antiguos filósofos y tragediógrafos griegos destilaron uno de los ideales de vida más humanos y más sublimes: "envejecer aprendiendo".
     Quizás mi cabezonería se deba a mi infinito amor por la cultura griega.


     Por todo ello, puedo decir que sí, que yo también estoy harto.

     Estoy harto de clases masificadas, como gallineros industriales, en las que resulta tan difícil desarrollar un auténtico diálogo pedagógico y alcanzar un conocimiento individual de los alumnos.
   Estoy harto de la inestabilidad y precariedad laboral que las administraciones han introducido en el sistema educativo con criterios de productividad.
       Estoy harto de unas condiciones de trabajo cada día más mermadas.
      Estoy harto de que la educación sea campo de batalla y experimentación de ideologías políticas que sólo buscan perpetuarse en el poder.
      Estoy harto de la perpetración del elitismo en la educación, con unas tasas universitarias en desorbitado ascenso, con un sistema de becas cada vez más restrictivo y menos eficiente, con la sobreprotección de los sistemas de estudio privados y la correspondiente dejación o simple destrucción de los sistemas públicos, imponiendo así a la sociedad estudiantil un clasismo desigual e insolidario.
     Estoy harto de tantos equipos directivos que han acabado siendo lacayos leguleyos, meros ejecutores sumisos de órdenes superiores.
     Estoy harto de las halagadoras falacias con que se convierte a los padres en cómplices de fraudes como los falsos bilingüismos, la tiranía de la tecnología como fin en sí y no como herramienta, la ilusionista modernización científica en detrimento de la humanística; auténticos motores todos ellos de la transformación de los centros escolares en fábricas de mano de obra sumisa y descerebrada.
     Estoy harto de la gran cantidad de ocasiones en que los propios profesionales asumimos las restricciones que se nos van imponiendo en cascada como algo imponderable, incluso bueno.

     Estoy harto de muchas cosas que están minando desde sus raíces a la educación pública.
     Pero nunca, nunca, he estado ni podré estar harto de mis alumnos.
     Al contrario, he recibido y cada día recibo de ellos mucho amor, mucha sabiduría, mucha humanidad.


*     *     *






     POST SCRIPTUM

     El próximo 9 de marzo (jueves), la Plataforma Estatal por la Escuela Pública ha convocado una jornada de huelga general educativa.

     Al margen de consideraciones de oportunidad o de estrategia o de contenido, yo estaré allí, secundándola, quizás por cabezonería, al menos por manifestar mi negativa a las condiciones que me han llevado a estar tan harto, sobre todo por coherencia conmigo mismo.




jueves, 4 de septiembre de 2014

Crónica de una novela: "La lectura"


     Comparto en este espacio el texto con que he ido presentando mi novela "La lectura" en las distintas ciudades que, hasta el momento, me han brindado voz: Barcelona, Madrid, Granada y Valencia. Vaya por delante mi más sincera gratitud.
     Como indica el título de la entrada, se trata de una crónica del largo y complejo proceso de creación de dicha obra. Espero no aburrir demasiado.



     "La lectura" pertenece a un ciclo de cuatro novelas agrupadas bajo el título genérico de "Capital del reino". Es la primera del ciclo y la única aún en ser publicada. Las cuatro son novelas independientes, de temática diversa, de distintas dimensiones y con su propio tratamiento estilístico cada una. Sin embargo, todas ellas tienen algo en común: la característica de transcurrir en la ciudad de Madrid, el intento de dar una visión global y diacrónica de una ciudad que no es la mía pero en la que, por azares y circunstancias, llevo viviendo más de veinte años.
     Desde una óptica personal y foránea, Madrid es tierra de aluvión, es fuerza centrífuga que succiona toda energía periférica sin dotar a esa potencia aglutinante de un común denominador, de una identidad en la diferencia. Madrid abigarrado, Madrid contradictorio, a Madrid lo conforman sus gentes, gentes venidas de todos los rincones, cada una aportando sus propias peculiaridades localistas y personales.

Amanecer en Madrid (1988) 
     Recuerdo que, en mi juventud, cuando alguien cogía el tren Expreso de Granada a la capital, aquel robusto tren antiguo con compartimentos cerrados y pasillo con ventanas abatibles por las que -según rezaba el cartel- era peligroso asomarse al exterior, tren que tardaba toda una noche en un trayecto de poco más de cuatrocientos kilómetros; se le decía: ¿Adónde vas?, ¿a los Madriles?, así, en plural; o ¿Qué tal por los Madriles? En plural, porque Madrid es eso, la confluencia de muchas identidades, pero ella misma carece de identidad propia, esa identidad en que otras ciudades se reconocen a sí mismas y son fácilmente reconocibles incluso por quienes nunca han estado en ellas.
     Madrid, capital del reino, carece de esos símbolos identitarios, de esas peculiaridades reconocibles, de esas festividades que cohesionan a sus miembros en un todo orgánico, de esas tradiciones comunitarias que marcan con un sello inconfundible tanto a sus habitantes como los escenarios donde transcurren sus vidas. Madrid es crisol de encuentros y desencuentros, una Babel de gentes diversas que han arribado en busca de una ilusión, de una esperanza, de un espacio o de una vida; una ciudad que, por sus dimensiones e intereses, más parece una forzada mancomunidad de barrios que una unidad dialéctica de convivencia; que impone su ritmo vertiginoso y abigarrado a su dinámica diaria. No existe Madrid sin las gentes que la habitan y le confieren su carácter caótico, exasperante a veces, siempre populoso y variopinto.

Desde mi ventana (1988)

   La acción de "La lectura", primera novela del ciclo, se sitúa en algún momento indeterminado del Madrid de mediados de los noventa.
     La anécdota, pues anécdota es más que trama, puede resumirse en un párrafo, el mismo que aparece en la contraportada del libro: A raíz del descubrimiento de un hipotético guión de cine inédito de Federico García Lorca, Estrellita de Quevedo, una anciana aristócrata mecenas del arte, convoca en su mansión de la sierra madrileña a un elenco de actores, directores, bailarines, incluso un profesor universitario, para su lectura y posible puesta en escena. Fin.
     Transcurre en medio hora escasa y en un único emplazamiento, el vestíbulo de dicha mansión. La espera es el todo.
     Y con tan poca miga argumental ¿de qué va entonces esta novela?

Cartel presentación en Barcelona
     "La lectura", como pórtico de ese fresco literario sobre la capital del reino, son sus personajes, su mundo interior, las interrelaciones de ese grupo de individuos en un espacio cerrado, un lugar de tránsito, como lo es la vida.
     Pero, al mismo tiempo, es una reflexión sobre los límites de la comunicación entre individuos, sobre los límites del conocimiento de uno mismo y de los otros, sobre los límites también de la propia escritura como proceso de conocimiento y espacio de diálogo.
     Y esto, que dicho así suena extremadamente teórico, lo vivimos durante casi trescientas páginas de una manera carnal, en la que las palabras buscan mimetizar los objetos, asumir el timbre de las distintas voces, ser la savia de esos personajes aislados en su propia mismidad, acariciar su rico mundo interior.


      La génesis de la novela ha sido larga y compleja.
     El primer boceto de la obra data de 1983, hace ahora más de treinta años. Completamente absorbido entonces en la preparación de oposiciones a cátedra de instituto y para aliviar un poco la tensión del estudio, me concedí la libertad de escribir rápidamente un volumen de nueve relatos cortos, con la idea de presentarlos a un concurso organizado por la universidad de Granada. Afortunadamente, no gané, y menos mal. Visto a la distancia, se hizo justicia. Sin embargo, algunos de aquellos cuentos han sido el germen de obras futuras.
     "La lectura" nació entonces como un relato breve, apenas veinte folios, un somero ejercicio sobre la incomunicación, tremendamente esquemático, sin ubicación espacial ni temporal. Ni siquiera sabíamos qué esperaban aquellas personas reunidas no se sabía dónde ni para qué.

     Lo que sí superé con creces fue la oposición. Y así, tras unos años como profesor de griego en un instituto de Almería, obtuve el traslado a Madrid, donde pude compaginar mi tarea de docente con otra de mis pasiones: estudiar cine y teatro.
     Llegué a conocer un poco de primera mano ese mundillo de la farándula, un microcosmos que, como cualquier otro gremio o grupo humano, reproduce a escala reducida el macrocosmos general.
     Durante las clases de interpretación, la práctica reiterada de ejercicios de improvisación teatral me hizo ver la realidad desde una óptica muy pesimista.

Presentación en Madrid,
con Lola López y Pilar González
     Para quien desconozca "el método Stanislawski", dichos ejercicios de improvisación han de enfrentar a un protagonista y a un antagonista. Cada uno debe tener su propio deseo, urgente y necesario. Para satisfacerlos, cada cual necesita obligatoriamente al otro. Los deseos de ambos tienen que entrar en contradicción, por lo que la improvisación resulta la puesta en práctica de todas las estrategias posibles e imaginables para la consecución de esos dos deseos recíprocos y antagónicos. Para conseguirlo, todo vale. Y es en esa tensión de deseos enfrentados donde radica el conflicto dramático, fiel exponente de las motivaciones que en la vida cotidiana nos hacen actuar. Con este planteamiento, toda acción, incluso la más desinteresada, la más altruista, la más sublime, termina reduciéndose a estrategia para satisfacer un deseo personal.
     Aplicado a la realidad, dicho esquema conduce a un desenlace desolador. Si todo se reduce a estrategia particular, ¿lo colectivo no es más que un espejismo ilusorio?, ¿campo de batalla maquillado de grandilocuentes gorgorismos?, ¿laberíntico desencuentro entre egoísmos particulares? El amor, la amistad, el compromiso, ¿todo ello se reduce a simple estrategia oportunista?
     El panorama era tan claustrofóbico como el escenario de aquel viejo cuento, que decidí retomar y a cuyos personajes doté entonces de una identidad. Aproveché la experiencia acumulada y los convertí en un grupo de actores citados no se sabía dónde para la lectura de no se sabía qué obra de teatro.
   Conforme reescribía, esa visión del mundo tan descarnada se iba transmitiendo al relato. Pero algo dentro de mí se negaba a asumir un existencialismo tan determinista. Tenía que superarlo, sin traicionar la propia lógica del texto, quería encontrar algún modo de superarlo. Y la propia trama me llevó a un desenlace imprevisible.
  Lo único que puede sacarnos del círculo vicioso de nuestra propia individualidad es la solidaridad, no esa solidaridad escrita con letras mayúsculas en proclamas y alegatos, frecuentemente al servicio de intereses particulares, sino la solidaridad más generosa y más desinteresada, la que no tiene nada que ganar con su cumplimiento, la solidaridad menuda y a pie de calle, la solidaridad silenciosa del día a día, la espontánea solidaridad de una palabra amiga, la solidaridad anónima, la solidaridad como utopía, la solidaridad de un gesto casi clandestino y sin contrapartidas de ningún tipo.
     Desde ese momento, el relato no fue la simple descripción de una situación. El relato llevaba una dirección y un objetivo.
     Ganó en complejidad, sí. Pero su realización seguía siendo algo acartonada. Había algo que no acababa de cuajar en aquel texto. Era aquélla una época en que todavía se utilizaba la máquina de escribir y el papel carbón para las copias. Hacer el más mínimo cambio en un escrito suponía tener que volver a reescribirlo todo entero. Por lo que te pensabas muy bien incluso el cambiar una coma.

Presentación en Granada,
con Ana Gámez

     Y un día me informaticé, un poco a regañadientes y un poco con curiosidad. La posibilidad de revisar continuamente un escrito, corregirlo, tachar esto, añadir aquello, volver sobre mis pasos, cortar y pegar, y tenerlo en todo momento presentable y legible, me permitió una libertad de escritura antes desconocida. Comencé a pasar todo lo que llevaba escrito en papel al ordenador. En cada caso, era un proceso completo de reescritura.
     Y le llegó el turno a aquel viejo grupo de actores reunidos en algún lugar cerrado para la lectura de una obra teatral. Con más experiencia de la vida, los personajes fueron adquiriendo carnalidad, complejidad emocional, incluso un nombre.
     A medida que avanzaba, me iba dando cuenta de que el resultado no era un monólogo interior anónimo, como fuera mi intención inicial, sino muchos monólogos interiores simultáneos, tantos como personajes y más, interactuando en todo momento entre sí.
     Reflexionar sobre ello me llevaba una y otra vez a una reflexión sobre el propio proceso de escritura, cuánto hay en él de personal y cuánto de condicionado, sobre la relación entre el que escribe y el que lee. Y esas reflexiones se me fueron colando como de soslayo en el propio cuerpo del relato, como si fueran un personaje más, un personaje que soy yo mismo pero tampoco soy yo, sino todos los personajes que hay en mí en el momento de la escritura, todos los personajes que a través de todas mis lecturas me han conformado como sujeto mental, un nuevo personaje que comenta, interpela, debate, se involucra, sirve de vaso comunicante entre la realidad literaria y la otra realidad.

Feria del libro de Granada,
firma de ejemplares
     De dichas reflexiones surgió el título definitivo: "La lectura", en doble referencia al motivo de esa reunión que da argumento a un relato que entretanto había dejado de ser relato para convertirse en una novela corta; y, por otro lado, en referencia a ese diálogo entre el proceso de escritura y el hipotético lector que articula el texto sin condicionarlo, sino abriéndolo a perspectivas múltiples.
     Con ese nuevo contenido, paseé la novela por algún que otro concurso. En alguno, incluso quedó entre las finalistas.
     Y fue pasando el tiempo y yo, embarcándome en nuevos retos.


     No hace muchos años, concebí la idea de agrupar varias novelas en un ciclo, "Capital del reino", desde la perspectiva ya explicitada anteriormente. Para ello, reuní un par de obras ya escritas junto a otros dos proyectos aún en fase preparatoria. El primer texto seleccionado, el que serviría de preámbulo a ese fresco madrileño, fue precisamente "La lectura", que hasta ese momento se desarrollaba en un limbo espacial.
     
Presentación en Valencia,
con Lola Andrés y Román de la Calle
     Desde ese momento, la novela tuvo una localización, Madrid. Se convirtió en microscopio donde analizar una célula representativa de ese cuerpo general que es la capital del reino. Los personajes entonces ahondaron en la propia historia personal, que hunde sus raíces en puntos tan distantes como Cataluña, Galicia, Extremadura o Argentina, sin llegar a crear un espacio cosmopolita en ese lujoso vestíbulo de una mansión señorial en la sierra madrileña.
     Una vez escrito el ciclo completo, volví a revisar las cuatro obras en su conjunto. Con la distancia que impone el texto definitivamente concluso, o así me lo parecía entonces, descubrí que en ese torrente verbal que es "La lectura" se habían colado numerosos preciosismos lingüísticos que no aportaban gran cosa, más bien entorpecían el fluir narrativo. Me puse al trabajo tan ingrato y tan necesario de poda. Si escribir es difícil, tachar no lo es menos.
   
     Y taché, vaya si taché. Tuve que sujetar con firmeza la brida poética. Pero, conforme iba eliminando palabras, frases y párrafos o redundantes o allí presentes sólo por su sonoridad, esos vacíos iban siendo ocupados por las voces concretas de cada uno de los personajes.
   Durante mucho tiempo, habían convivido conmigo, me habían acompañado en el complejo proceso de la vida, se habían nutrido de mis experiencias, de mis decepciones y de mis entusiasmos. Habían dejado de ser una imagen mental o literaria. Quise saber más sobre ellos, sobre su realidad material y espiritual. Empecé a interpelarlos directamente, confrontándolos con un mundo que, entre tanto, había entrado en una de sus crisis más terribles, poniendo en entredicho sus mitos de progreso y democracia.
     En dichas circunstancias, el mensaje de solidaridad al que llegaban casi inesperadamente los personajes los iba desvistiendo del disfraz literario. Lo concreto se iba imponiendo sobre la generalización. El detalle iba ganando terreno al concepto. Porque estamos amasados en el día a día, no somos frases ni aforismos, sino materia orgánica que piensa, siente y padece. Esa concreción en la individualidad de cada personaje se extendió al propio espacio físico, a los objetos, a la materialidad del relato, que de ese modo había dejado totalmente de ser un ejercicio de escritura para convertirse en una vivencia interior.

Granada, plaza de la Trinidad
(1989)
   Un elemento que acabaría siendo fundamental en la novela hizo su aparición precisamente entonces, tan tardíamente. Hasta ese momento, no me había planteado siquiera qué obra de teatro era esa para cuya lectura estaban convocados los personajes. Brotó de mí mismo, de mis entrañas granadinas. Ideé un guión cinematográfico de Federico García Lorca, recién descubierto por una universidad extranjera. Lorca, mucho antes que yo, se había llevado Granada a Madrid, como un personaje más de "La lectura", la llevó consigo como una forma de mirar el mundo, no con las cadenas narcisistas de un paraíso perdido. Su hipotético guión póstumo, para el que surgió incluso un hipotético título que crea otro juego de espejos con el propio relato, "Carnaval sin máscaras", se convirtió así en el punto focal que da cohesión a lo que es heterogéneo por naturaleza.


     El resultado de ese largo proceso es este libro que un editor de Barcelona se ha atrevido a publicar con tanto primor y tanta osadía.

Presentación en Barcelona,
con Alberto Trinidad


     Esto no es todo, pero ya está bien por hoy. Gracias por vuestra paciencia y espero que disfrutéis conociendo a esos personajes tanto como he disfrutado yo descubriéndolos en mí mismo y en el trato con las cosas y con las personas.


Vídeo de la presentación realizada en Madrid el pasado 6 de abril de 2014. Primera parte: intervienen Pilar González y Lola López

Vídeo de la presentación realizada en Madrid el pasado 6 de abril de 2014. Segunda parte: interviene Jesús Taboada