"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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miércoles, 20 de julio de 2016

26J LA DESASOSEGANTE VICTORIA DE ELPÉNOR




Acto de campaña de Unidas Podemos, Arganzuela (Madrid)
19 junio 2016



26J   LA DESASOSEGANTE VICTORIA DE ELPÉNOR


       Pasmado, que no sorprendido.
     Casi un mes ha transcurrido desde las elecciones generales del pasado 26 de junio. No puede decirse que el resultado no fuera previsible, a pesar de absolutamente todas las encuestas previas. Entraba dentro de las más pesimistas probabilidades.

     Un millón de personas, anteriores votantes de partidos de izquierda, han optado por no ejercer su derecho al voto. Otros siete millones de españoles continúan refrendando la política austericida, antidemocrática y corrupta del Partido Popular, un partido que ha obtenido el preciado honor de ser el mayor creador de desempleo y desprotección jurídica y social, el destructor sistemático de los sistemas públicos sanitarios y educativos, el mayor conculcador de los principios democráticos, el arrogante artífice de una de una siniestra mordaza judicial contra las libertades ciudadanas, el Robin Hood de los plutócratas contra esa misma población que, por miedo, por ignorancia o por desidia sigue confiándoles su voto; pero, sobre todo, el mayor semillero de corrupción y latrocinio.

     Igualmente previsible o probable habría sido la situación inversa.
     Que, ante la extrema situación de desigualdad social, abuso institucional, destrucción de servicios públicos y sociales, nepotismo y puertas giratorias, totalitarismo informativo y judicial, adulteración continuada de las bases democráticas y distorsión manipuladora del propio lenguaje, las manos que refrendaron con su voto este descalabro hubieran temblado y reculado.
     Tan posible como que quien sufre dicha política o quien tiene conciencia de su perversión hubiera dejado a un lado dogmatismos, reticencias, desencuentros, protagonismos o victimismos, empujando con su voto la vía de rectificación de esta política parasitaria.

     La noche del 26 de junio se cumplieron las más negras previsiones.
   No hubo vencedores ni vencidos, a pesar de las proclamas poselectorales.
     Ganó la abstención. Ganó la renuncia, la desidia.
     Perdimos todas y todos.

     Muchos han sido desde entonces los análisis, las explicaciones de lo ocurrido. Desde el "gilipollas" de la portada de una revista satírica hasta los argumentarios que apelan al miedo, miedo legítimo cuan letal, al desconocimiento o la desinformación, a la brutal campaña de intoxicación ejercida por los medios afines al poder, a fallos estratégicos en la campaña electoral, a incompatibilidades ideológicas.
     Todas esas razones revelan una parte de verdad, sin alcanzar ninguna a explicar la complejidad del comportamiento humano.

     Y, sin embargo, con ser deprimente, la noche del 26J puso de relieve algo mucho más desasosegante. La rapidez del olvido. La endeblez de nuestros principios. El pragmatismo que nos encadena.
     Estamos acostumbrados a representarnos el largo y terrible siglo XX a partir de películas o novelas que nos muestran la historia como un conflicto entre buenos y malos, como el resultado de la acción de determinados monstruos individuales, como ciénaga donde sucumben víctimas anónimas, omitiendo siempre el silencio aquiescente de las masas cuyas espaldas sustentaron al monstruo en la posición óptima para ejercer su vileza destructiva.
     La corriente involucionista e insolidaria que recorre el mundo y gangrena de nuevo a la vieja Europa, como respuesta irracional a una crisis forjada por el propio poder financiero en su propio beneficio, no es en absoluto ajena a la sociedad española ni a la política ejercida con sectario autoritarismo por el Partido Popular. España no necesita un Donald Trump, un Le Pen, una ultraderecha neonazi como la austríaca. Los tiene dentro desde hace más de ochenta años, ininterrumpidamente, con traje de paño o traje de Armani.

     No hay más ciego que el no quiere ver, o el que tiende los ojos allende las fronteras sin considerar lo que tiene en casa.
     ¿De qué nos escandalizamos cuando nos escandalizamos de la insolidaridad europea con unos refugiados cuyo infierno personal ha alentado la propia Europa con sus injerencias políticas y su mercado armamentístico? ¿Quién ha sembrado tanto odio y tanto miedo al extranjero entre los pobres europeos como para rechazar a quienes huyen de la muerte? No han sido partidos neofascistas o agrupaciones xenófobas, ha sido la precariedad a la que nos ha conducido la economía neoliberal impuesta de manera implacable y el miedo a perder lo que nos queda.
     España siempre fue tierra de acogida. Pero históricamente hemos antepuesto siempre la caridad a la solidaridad. Luego hemos llenado las vallas metálicas que nos separan del otro, del otro que nos necesita, con cuchillas afiladas y gases lacrimógenos.

     Tod@s somos Niza. Tod@s somos París. Tod@s somos Charlie Hebdo. Nos solidarizamos contra atentados terroristas que son consecuencia de la política belicista fraguada en las Azores.
     Pero nos inhibimos cuando son 50 homosexuales los que son tiroteados en Orlando. Afortunadamente, en España el tema está superado. La fiesta que arrastra a más gente en la capital de España es el día del Orgullo gay. Sólo ese día. El resto del año, el número de ataques fascistas contra el colectivo LGTB en Madrid no ha dejado de aumentar desproporcionadamente, con los vítores alentadores de la jerarquía eclesiástica.
     Son los mismos grupos xenófobos y violentos que de día en día van haciéndose cada vez más fuertes en puntos estratégicos de la capital, léase Tetuán o Legazpi, ante el desinterés o la connivencia de unas fuerzas policiales que gustosamente escoltan sus manifestaciones con emblemas y gestos anticonstitucionales.
     Ah, bueno. Pero en España no tenemos un Amanecer Dorado. No lo necesitamos, ¿para qué? Se robaría el espacio con el PP.

     La destrucción de la justicia internacional mediante oscuros tratados institucionales transoceánicos tiene su triste correlato español en una reforma judicial impuesta autoritariamente, que deja todavía más inoperante la supuesta separación de poderes y aniquila la justicia universal.
     El brazo judicial de la derecha histórica española se ha lanzado a apartar de la carrera judicial a quien intente romper la telaraña interior de intereses creados.
     Persigue discriminatoria y ferozmente la libertad de expresión con claros objetivos partidistas. Se enjuician como terrorismo las bromas quizás inoportunas, las opiniones satíricas, las funciones de titiriteros, siempre y cuando presenten un cariz crítico con el sistema vigente. No se toman en consideración las amenazas de muerte personales a políticos de izquierdas, ni los deseos expresos de lanzar una bomba sobre una multitud de manifestantes.
     Se enjuicia con extrema dureza a quien roba una barra de pan, pero los defraudadores millonarios y las escandalosas tramas de políticos corruptos brindan en sus yates con champán.

     Escuchamos conmiserativos en los noticiarios,que una vez más un error policial ha acabado en EEUU con la vida de un inocente, generalmente un negro. Y nos echamos las manos a la cabeza cuando esta población acosada responde con la misma moneda.
     Pero eso sucede en un país esencialmente racista. Lo hemos visto en innumerables películas. Aquí en España eso no ocurre, al menos no que yo sepa. Claro, porque cuando paseamos por la calle no hablamos con acento latino, ni tenemos facciones magrebíes, ni somos negros, ni pertenecemos a etnias históricamente vilipendiadas. En consecuencia, no somos objeto de las habituales redadas policiales.

     Convivimos en silencio con el horror, alimentando con nuestro silencio "el huevo de la serpiente".
     Aquí no pasa nada. Yo no soy gay, ni refugiado, ni torturado, ni moro, ni un muerto de hambre. Ni me he enterado. No han venido a por mí ni lo he visto en las noticias.


Yorgos Seferis


     Yorgos Seferis, poeta griego que vivió de cerca la política internacional de mediados del siglo XX, como diplomático agregado del gobierno griego, al que acompañó en su exilio durante la ocupación alemana, usó en algunos de sus poemas un personaje homérico secundario. Como otros muchos elementos de su poesía, este personaje enriquece su propia naturaleza literaria con una fuerte carga simbólica, que el propio poeta reveló en alguno de sus interesantes artículos.
     Se trata del personaje de Elpénor, en contraposición tanto a Odiseo como a Tersites.

     Para quienes tengan olvidados a estos personajes, hago un breve recordatorio.
     Tersites aparece en La Ilíada. Es un simple soldado, fanfarrón y despreciable. Frente a los héroes dialogantes de la clase nobiliaria, clase a la que iba dirigido el poema, Tersites carece de nobleza alguna, es egoísta, pendenciero y adulador.
     Odiseo, también llamado Ulises, juega un papel fundamental en la guerra contra Troya, con todos sus claroscuros. En La Odisea es el ser sufriente que lucha contra los monstruos que se le interponen para regresar a su hogar. Su dura travesía es la del hombre que fuerza y construye su propio destino.
     Es en La Odisea donde aparece brevemente el pobre Elpénor. En su regreso a Ítaca, la tripulación de Odiseo recala en la isla de Circe, una hechicera que, mediante el vino y la comida, convierte a sus hombres en cerdos, a Elpénor entre ellos. Odiseo, con la ayuda del dios Hermes, logra dominar y doblegar la voluntad de Circe, quien devuelve a los cerdos su naturaleza humana.
     No sólo eso, ella misma indica al héroe el modo de navegar hasta el Hades, la región de los muertos, para que éstos le expliquen el camino de regreso. Una de las escenas más poderosas de La Odisea, puesta de relieve por el propio Seferis: la necesidad de mantener el contacto con nuestros muertos, de partir de nuestras raíces, de no renegar de nuestro pasado para emprender nuestro porvenir.
     La víspera de la partida, Circe ofrece a la tripulación una cena de despedida. Al amanecer, a punto ya de zarpar el barco, Elpénor despierta en la azotea del palacio, bajo los efectos todavía de toda la comida ingerida y de todo el vino bebido. Atribulado, quiere correr hacia el barco con las velas ya desplegadas. Pero, en su tribulación, cae por la barandilla de la azotea y muere golpeándose contra el pavimento.
     Ignorantes de lo ocurrido, los compañeros de Odiseo llegan al Hades, donde al primero que encuentran es la sombra de Elpénor. Éste les suplica que, al volver a la isla de Circe, lo sepulten e hinquen su remo en la arena, como monumento conmemorativo de su absurda muerte.

     En Elpénor, Seferis ve al hombre común, cuyo único horizonte vital es la propia satisfacción, la comida y la bebida. Ve al hombre ignorante, satisfecho de su propia ignorancia, realizando actos imprudentes a satisfacción propia e inmediata,, sin medir sus consecuencias. Elpénor es "sumiso y condescendiente", es "callado y silencioso", procura no llamar la atención, generalmente pasa desapercibido. Es "mediocre" y  está "echado a perder por un sentimentalismo muy primario". No es el heroico Odiseo ni el ruin Tersites. Es el hombre anónimo, que se rebela contra su anonimato con lo único que lo identifica: su herramienta de trabajo, su herramienta de sumisión, la herramienta que lo hermana con los demás remeros.

     Lo grave de Elpénor y de los innumerables Elpénores con los que a diario convivimos no es lo que son, poca cosa, sino lo que el propio Seferis explica de la siguiente forma: "No olvidemos que estos hombres inofensivos, precisamente por ser fáciles, a menudo son los mejores portadores del mal que en otra parte tiene su fuente".


     Por acción o por omisión, el pasado 26 de junio ningún partido obtuvo la victoria electoral sino Elpénor, sumiso, dócil, medroso y primario, portador involuntario del mal que en otros tiene su origen.

miércoles, 22 de junio de 2016

EN EL AIRE (relato)









EN EL AIRE


        No digas que no lo sabías.
     Mejor habrías gastado una de aquellas bromas tuyas, sorpresivas y brillantes, que a los otros desconcertaban y a mí me rendían a tu vitalismo tan inconsciente como radical. Para cuando los demás reaccionaban ante el impacto de tu ingeniosa lozanía y a mí me habías empujado un poco más hacia esa fruta en sazón que es la aceptación de la vida, sin restricciones, sin condiciones, tú ya te habías cansado de tu propia ocurrencia, te habías limpiado emocionalmente de lo que ya considerabas viejo y gastado, y andabas ocupado en cuerpo y alma con otro nuevo hallazgo.
     ¿Cómo podía sorprenderte todo tanto? Todo te era nuevo, todo insólito. La piedra milenaria era algo inerte hasta que tú le descubrías la energía de lo fabuloso. Un puesto callejero de comida rápida podía ser la entrada secreta al jardín de los sentidos, si el lenguaje de la noche inundaba el mapa de tus venas. La música más banal alcanzaba a reproducir la armonía cósmica cuando tu irrefrenable vehemencia se apoderaba de su rítmico latir rutinario. Querías probarlo todo, mancharte con todo, empaparte en todo. No sólo mirarlo. Tocarlo, palparlo, hurgarlo, lamerlo, olerlo, ceñirlo, restregarte todo tú contra la piel del mundo.
     Necesitabas estar rodeado de gente. Siempre has necesitado espectadores de tus requiebros con la vida. No sólo cuando actuabas. Cuando no ejercías de actor, también. En realidad, sólo eres tú cuando actúas. Fuera de un escenario, eres múltiple, eres todos. En las aceras de la ciudad o en las tabernas del ocio, todas las posibilidades de tu propia realización están presentes en ti simultáneamente, te es imposible escoger, escoger es decir no a la inmensa diversidad de lo no elegido. No necesitas el aplauso de los demás, necesitas su mirada para leer en ella el que eres en cada momento, para no perderte en la frondosa multiplicidad de ti mismo.
     Había quienes te tildaban de teatrero. No sabían hasta qué punto estaban equivocados, ni siquiera sabían cuánta verdad ocultaba en el fondo ese reproche condescendiente. E incluso aquellos que te lo decían como auténtico reproche, en algún momento determinado, también ellos terminaban rendidos y desconcertados ante el candor de tu fabuloso entusiasmo. ¿Sabes?, la palabra entusiasmo significa estar poseído por la divinidad. Y eso eras exactamente tú, un cuerpo expuesto a la divinidad de lo existente, pasión en llamas que podía calcinar tu pobre naturaleza si no era compartida en el crisol de los afectos y de la amistad.
     Siempre has necesitado templar tu vitalismo incendiario en el frescor de las risas ajenas, aliviar la tensión sensorial prodigándote en tus múltiples personajes. Necesitas de los demás para ser tú sin llegar a ahogarte a ti mismo. ¿Me necesitabas a mí también?, ¿y de qué manera? ¿Qué papel me tenías asignado en el relámpago de tus equilibrismos emocionales? Los demás te hacían réplica a tu imperioso interrogante. ¿Qué era yo?
     Nunca me hiciste partícipe de tu verbena mundana, tampoco me quisiste ausente. ¿Qué me querías?, ¿cómplice en la sombra? Si en público me negabas cualquier tipo de reciprocidad, no era por ocultar la llama de tu deseo a la indiscreción ajena. Siempre has sido transparente, incluso cuando protegías tu intimidad de la prensa sensacionalista con poses premeditadas.
     Nunca me involucraste en tus comparsas, aunque siempre procurabas que estuviera cerca. Incluso cuando más distante te me mostrabas, en último caso, siempre recurrías a la complicidad de mi mirada, ¿buscando tal vez una aprobación ya de antemano segura? Desde el corazón de tu círculo de admiradores y comparsas, me envolvías con la mirada, me besabas con la mirada, me acariciabas con la mirada, me estrujabas con la mirada, me lamías con la mirada, con la mirada me mordías, me chupabas, con natural desvergüenza, restregabas tu necesidad de calor humano contra mi necesidad de ti, siempre con la mirada, entre un auditorio que te aplaudía, te zarandeaba, te lisonjeaba, y terminaba siempre luego dejándote solo y exhausto, exhausto en mis brazos.

     ¿Recuerdas cuando alguno de tu séquito, que no te amaba, sólo se complacía en tus jaranas, te echaba los brazos al cuello y te hablaba al oído, rozando su cara con tu cara, y os reíais, concediéndole graciosamente tú el deleite de la confidencia exclusiva; o cuando te agarraban maquinalmente de la cintura para escenificar una correspondencia afectiva que no suponía mayor implicación; o cuando, durante alguno de aquellos viajes improvisados a las tabernas del Pireo o a los barrios de la costa, en la intimidad del coche, tu compañero de asiento echaba su cabeza, una cabeza rendida por tantas horas atrasadas de sueño, en la cueva de tu clavícula, deliciosa cercanía tan deseada, mientras yo quedaba a tu otro lado, mirando, sólo mirando aquel gesto de los otros que para ellos era apenas nada, purpurina festiva, y para mí habría significado entonces trascender la caducidad de la circunstancia y rozar el infinito con la punta de los dedos, mientras permanecía inmóvil, rígido, sólo mirando, sonriendo apenas, sólo anhelando, conteniendo el anhelo, porque el amor era demasiado y lo excesivo aplasta?
     ¿Recuerdas cómo nos conocimos? ¿Recuerdas nuestro primer beso? ¿Recuerdas aquel primer amanecer cuya luz nos sorprendió entrelazados?

     No, así no. Fuera nostalgia. Ahora mismo sería demasiado fácil. No quiero lo fácil. Contigo nunca me refugié en lo fácil, lo quise todo. Tuve que hacerme mucho más grande de lo que en realidad era y he sido siempre para que todo tú cupieras en mí, ¿o la libertad que tu existencia sembró en el hombre adusto y exigente que siempre he sido rompió mis resortes más firmes y me hizo crecer a dimensiones hasta entonces desconocidas? No quiero hoy recurrir a lo fácil, no debo. Quiero comprender. En medio de este dolor que es otra forma de amor a ti, quizás la más viva, el orgasmo de la renuncia está poniendo a prueba la resistencia de este cuerpo enfermo. El sol, cuando muere en el mar, incendia la vida con los tonos más insólitos, todo lo que él roza arde. Necesito comprender.
     Rememoro el primer roce de nuestros cuerpos y en la memoria de aquel estremecimiento hallo hoy la energía que la enfermedad ha ido degradando inexorablemente. Digo mentalmente tu nombre, tal como lo escuché por primera vez de tus propios labios, y la voluntad de vida crece dentro de mí en ondas concéntricas que poco a poco se apoderan de mis miembros debilitados, me desbordan, invaden el espacio cerrado de este avión que me está devolviendo a mis orígenes, logran romper la ventanilla para sumir su propio estremecimiento en el blanco cegador de unas nubes que me ocultan esa ciudad que definitivamente estoy abandonando, donde tú aún estás.
     Tu transparencia nos eximía de luchar con la opacidad de las palabras. Los sobreentendidos son otra forma de conocimiento, un conocimiento no manipulado por la arbitrariedad de la palabra. No digas que no conocías la profundidad de mis sentimientos. Esa máscara de sorpresa gratuita es demasiado vulgar. Afortunadamente, tu rostro no está hecho para las máscaras, todas ellas se te desprenden con una facilidad asombrosa. Como a un dios antiguo, siempre se te reconocía bajo la apariencia que adoptaras. Tus disfraces eran lenguajes diáfanos para ti y para mí, puertas secretas a una intimidad sin murallas. Disfrázate también ahora, en el desenlace de la separación, si esa es tu voluntad, pero no quieras convencerme de lo que tus ojos desmienten y desmentía el temblor de tu mano cuando la levantaste para acariciar por última vez esta cara demacrada que finalmente no llegaste a rozar. Mejor habría sido un adiós sencillo y definitivo como un corte de cuchillo. Duele. No pudre.

     Estaba terminando de preparar la maleta esta misma mañana, terminaba de eliminar todo lo prescindible para este último viaje, y apareciste de repente. No te esperaba. Ya nos habíamos despedido anoche con una cena tan cortés como entrañable, en aquel restaurante junto al pequeño puerto donde un día tú...
     Anoche nos despedimos sin dramas, sin reproches, sin malas caras, casi sin una lágrima, educadamente, con esa educación formal de la que realmente tú y yo nunca hemos hecho gala. Todo estaba bien. Dolía, pero el dolor del amor da sentido a los dolores de la enfermedad. Consumamos la despedida con un apretón de manos. Sí, hasta en eso hemos discurrido por caminos propios. Nos conocimos con un beso profundo y nos despedimos dándonos la mano. Pero has aparecido esta mañana, cuando ya no te esperaba.
     Estaba terminando de preparar la maleta y me sobresaltó el timbre de la puerta. Eras tú, resoplando. ¿Venías corriendo? ¿Y por qué corrías? ¿Temías que ya me hubiera ido? Cuando te vi esta mañana, desencajado el rostro no sólo por la carrera, no puedo negar el orgullo que sentí, una alegría incontrolable revolucionó mi organismo, ahora tan delicado. No achaques sólo a la enfermedad aquella crisis física que me atacó en tu presencia. La alegría mata, pero tan dulcemente. Te tenía ante mí, empapándome de tristeza con tu mirada, dándome a probar en tus labios temblorosos la pócima del deseo, encabritando con tu belleza indecisa los resortes oxidados del entusiasmo. ¿Recuerdas lo que esa palabra significa? Todo lo divino en ti me estaba poseyendo por última vez. Pero mi energía menguante no fue capaz de tan intensa posesión y el cuerpo respondió desmoronándose. Habría bastado de tu parte un simple vaso de agua para los venenos que me mantienen con vida. No era necesario ese desnudo tuyo tan desmañado, tan fuera de lugar. Esa voluntad de entrega asumida como un débito.
     La verdad siempre encuentra grietas por las que escapar de las trampas que le tendemos y la verdad, en este caso, fue tu miedo súbito a tocar lo que podría contagiarte, ¿contagiarte de qué? ¿Aún no has comprendido la naturaleza de esta enfermedad que durante un mes interminable me retuvo en el hospital, me retuvo treinta días en una cama que te esperó en vano, me retuvo en la ausencia de ti, en tu silencio, y terminó firmando luego mi sentencia?
     Sólo me había acercado a ti para devolverte la ropa arrojada al suelo y decirte Vístete. Busqué en esta garganta que ya no domino el timbre más entrañable para decirlo, pero me negaste incluso la opción a esa frase. Sólo había dado un paso hacia ti cuando te apartaste con un gesto de rechazo, te refugiaste en el sillón con lágrimas en los ojos, hecho un ovillo, desnudo, indefenso, acorralado en tus obsesiones siempre contradictorias, tan vulnerable, pidiéndome comprensión a tus miedos. No me sentía con fuerzas para protagonizar aquel melodrama. Quise pedirte que te fueras, que no enturbiaras tu límpido recuerdo con retruécanos de serie televisiva. No podía. Mi boca se resistía a pronunciar esa palabra, Vete, de cualquier manera. Entonces rompiste el silencio para explicarme que, en el fondo, no conocías realmente la profundidad de mis sentimientos, que la auténtica profundidad de tus propios sentimientos tampoco habías llegado a comprenderla hasta hoy, hasta ese preciso amanecer en que despertaste y viste tu cama vacía de mí para siempre. Yo debía entender, era yo el que debía entender la violencia que el miedo ejerce contra tus propios impulsos.
     Te tenía delante de mí, hermoso en tu indefensión, entrañablemente ridículo en tu desnudez, atormentado por la violencia de tus más hondas contradicciones, destrozando la frágil armonía de una triste despedida previamente organizada, y deseé con toda mi alma escapar de este cuerpo casi consumido, hundir los navíos del regreso y dar marcha atrás, volver a aquel primer encuentro en que te vi y todo mi organismo se desprendió de las corazas de la honorabilidad para amarte.


     Te vi bailar aquella noche, ¿lo recuerdas? Eras hermoso con aquella camisa blanca completamente entreabierta. El sudor subrayaba las suaves ondulaciones de tu torso. Te cimbreabas con la indolencia de un visillo acariciado por una brisa suave. Yo nunca antes había permanecido tan embobado mirando a alguien, tan descaradamente absorto. Me cogiste de la mano en un gesto audaz y divertido, ¿Bailas? La plaza lucía guirnaldas de papel y una fina cala de luna. La música de buzukis y baglamás perfumaba el aire fresco de la noche con melodías de silvestre sensualidad. ¿Bailas? Las luces de los farolillos temblaron por mí. Te dije No sé bailar, amedrentado y excitado al mismo tiempo. Tu desenfado jovial derribó mis defensas y di contigo cuatro pasos de ganso sobre las baldosas regadas. Te manché el pantalón, ¿lo recuerdas? Allí descubrí tus dientes, radiantes por la risa. Tus dientes iluminaron la noche y despejaron la oscuridad que había sido mi fiel compañera durante tantos años.

     No digas que no conocías la auténtica profundidad de mis sentimientos. Fuiste el artífice generoso de mi aceptación de la vida. Jugamos bien, sin cartas marcadas, al todo por el todo. No me niegues con justificaciones inútiles la verdad de lo vivido. No quieras poner tiritas al dolor en carne viva. Mejor ser una de esas estatuas destrozadas por el tiempo en cuya ruina se adivina aún el ideal de la mano que le dio forma.

     Porque tú fuiste mi artífice. El hombre que huyó de una vida malgastada en la estrechez de lo correcto, que derribó la cimentación de compromisos sobre los que había levantado sus días, que renegó al fin de seguir nadando a contracorriente de sí mismo en aras del beneplácito ajeno, aquel hombre que aceptó la propuesta de trasladarse a la filial comercial en esta tierra más como huida de lo viejo que viaje hacia lo nuevo, aquel hombre que había venido aquí prácticamente con lo puesto, sin mudas en la maleta ni en el pensamiento, aquel hombre despojado de atributos se aferraba todavía a viejos formalismos, como muletas sin las que no se atrevía a caminar. Tú le dijiste ¿Bailas? y él, sin saber cómo, neófito de sí mismo, tiró las muletas y aprendió a andar, aprendió a volar, quería decir bailar, aprendió a ser, ser en ti. Pues nadie puede llegar nunca a uno mismo sino en el otro. ¿Ves?, tú que siempre me estabas llamando maestro, con más afecto que ironía, como quien dice viejo sin decirlo, ¿ves?, también tú fuiste maestro para mí. Porque nadie puede enseñar sino aprendiendo, sin reciprocidad no hay conocimiento.
     Hoy en el aeropuerto he aprendido una de las lecciones más difíciles: cómo caminar cuando ya estás muerto. Llevaba impresa en mi retina, como un sudario, la última visión de tu cara. No veía nada delante de mí. Te veía a ti, tal como te había visto por última vez en aquel desangelado vestíbulo del aeropuerto antes de darme la vuelta definitivamente. Tú habías impuesto a tu cara la máscara fúnebre del protocolo. Incluso enmascarado en aquella estatuaria inexpresividad, tu belleza resplandecía. Ni un abrazo, ni un último contacto. La rigidez de lo concluso. Una rigidez en la que afloraba una lágrima a punto de brotar y, como siempre, me negaste incluso la bendición de ese regalo, temeroso siempre de que la evidencia de tus sentimientos te haga vulnerable. Siempre tuve que conocerte no por tus gestos, sino por la esquinas de tus gestos. Allí donde tu frágil voluntad se debilita y tu ser siempre bullente escapa de sus diques. ¿Miedo al contagio, dices?
     Me iba alejando de ti, caminando en dirección al control de pasaportes, y cada pie me pesaba como si a cada paso se me fueran hundiendo más y más en el barro. Te suponía a mis espaldas, mirando cómo me alejaba por aquel corto pasillo que era la entrada al no verte nunca más. Algo en mí, en aquel cuerpo que se arrastraba hacia la extinción, esperaba que en algún momento tu voz se alzara reclamándome, o simplemente me diera a beber un último sorbo de ti con alguna ocurrencia intrascendente, simplemente mi nombre, esperaba al menos escuchar por última vez mi nombre pronunciado por tu boca, como si fuera un ¿bailas? que hundiera amorosamente la semilla en la tierra, esa boca que repentinamente me lanzaba una guirnalda de rosas cuando en medio de las bromas de los presentes me hacías objeto de una atención distinta, la misma boca que saboreaba con delectación mi nombre, en un murmullo, cuando el amanecer nos sorprendía desnudos entre una tempestad de sábanas.
     Avanzaba entre viajeros anónimos, expectantes de futuro, ante funcionarios para cuya mirada yo sólo era un pasajero, un número en una lista, siguiendo la cola hasta el detector de metales. Sentía tus ojos en mi nuca. Me taladraban. Me penetraban con infinita amargura, con infinita bondad. Con gran esfuerzo, me negaba a volver la cabeza para verte una última vez. En el fondo de mí, tu constante impaciencia me decía que a lo mejor ya te habías ido, que muy bien podías no haber sido capaz de esperar hasta el final. Al mostrar el pasaporte y vaciar en la bandeja mis bolsillos, sentí que me vaciaba totalmente de ti, que me vaciaba de mí, sentí el tajo de lo definitivo. Y, en un instante de desfallecimiento, me temblaron las rodillas y estuve a punto de dar media vuelta, echar a correr hacia atrás, volver a tus... ¿Te habría encontrado aún ahí detrás? No quise comprobarlo. No tuve el valor de comprobarlo.

     Mi compañera de asiento ha bajado la bandeja individual y está escribiendo en un diario, eso decía la cubierta: Diario. Fuera, las nubes me niegan la visión de esa ciudad por cuyas calles tú irás caminando con paso impaciente, ¿hacia dónde?, hacia un mañana del que yo ya no formaré parte, ¿o sí?
     Comenzó a llover, ¿lo recuerdas? De pronto una tormenta de verano despobló la plaza pero tú seguías bailando. Me mirabas fijamente mientras el agua te empapaba. Alzabas al cielo la cara y dejabas que las gotas rebotaran en tus dientes entreabiertos. Me clavaste con los ojos al suelo y no pude correr yo también a cobijarme bajo los soportales. ¿Lo recuerdas? Me mirabas fijamente y seguías bailando bajo la lluvia. Me mirabas pasando tus manos por la camisa empapada, donde comenzaron a transparentarse tus pezones, tu vientre profundo, y tú eras consciente de ello. Me cazabas bajo la lluvia. Mi vieja naturaleza se resistía a ser presa, a abrazar la alegría. Pero dijiste Estoy empapado. Como siempre. Siempre dejas a tu alrededor una nebulosa de sobreentendidos.
     No digas que es miedo al contagio. Si al menos lo hubieras dicho con todas las palabras, Tengo miedo a contagiarme, yo habría tenido la oportunidad de vestir tus palabras de nobleza; si no me lo hubieras hecho sentir, abriendo ojos como platos y luego reculando con gesto retorcido, corriendo a refugiarte en el sillón, cuando yo sólo iba a devolverte la ropa y decirte Vístete, esto no tiene sentido.
     Cómo me aborrecí a mí mismo en aquel momento por no poder aborrecerte. ¿Miedo al contagio?, ¿qué contagio?, ¿desde cuándo el cáncer contagia? ¿Miedo a tocar la textura de la muerte?


      Sólo veo nubes y cielo desde la ventanilla del avión. A veces las lágrimas me nublan la vista. Pero, aun con los ojos turbios de lágrimas, sigo viendo el azul, no el azul del cielo, sino el de aquellos primeros días, cuando trotabas a mi alrededor como un animalillo impaciente y yo me negaba a dar crédito a lo que más anhelaba. Entonces me arranco con rabia la lágrima aún detenida en el párpado, ¿me arranco la lágrima o tu recuerdo? Como si tu recuerdo pudiera arrancarse.
     Tu recuerdo está sembrado en mi piel, se ha hecho uno con mi piel, sustancia de mi sustancia, el sabor de tus pezones, la resistencia de tu vientre, la fuerza de tus muslos en torno a mi garganta, tu lengua entrando en mi boca, el aroma a océano de tus axilas, el salvaje latido de tu corazón en mi mejilla, el peso suave de tu respiración sobre mi pecho, la dureza de tus dientes resbalando por mi espalda, tu saliva abriéndome en canal, tus dedos arrancándome a puñados la carne, la hoguera de tu aliento avivándose en mi nuca, en mi oído, en la comisura de la boca, demorando el mordisco y la pleamar con que unos labios se hacen beso en otros labios.

     Qué vergüenza. No he podido evitar derramar esa cosa gelatinosa que en los aviones llaman comida. El azafato ha acudido diligente a limpiar el desperfecto, restando importancia al incidente, con amabilidad de prospecto. Las agresiones de la enfermedad son tan evidentes. Pero es la enfermedad de que tú ya no estés a mi lado la que me ha destrozado la precisión en los movimientos cotidianos. Ahora mismo podría coger el avión con las manos y lanzarlo como un gorrión a gorjear en tu ventana, pero apenas puedo llevar con firmeza la cuchara a la boca. Duele esta impotencia física, pero menos que la otra impotencia.
     ¿Recuerdas aquella gripe brutal que te postró unos días en cama? Cómo temblabas, cuánto miedo a la enfermedad, qué desamparo. Con qué gratitud y qué abandono te entregaste a mis cuidados. ¿Recuerdas cómo te acurrucabas en mi regazo, como traspasándome una fiebre con la que luchabas a palmetazos? Siempre temiste a las enfermedades, las enfermedades del cuerpo y la enfermedad social, la enfermedad que nos conmina entre los muros de uno mismo.
     Tengo en el bolsillo de la chaqueta, junto al corazón, una fotografía tuya. No necesito sacarla, la conozco de memoria. Es la única cosa tuya que conservo. Mentira, conservo otra. Otro recuerdo tuyo aún más evidente. No te preocupes, nada comprometedor. Una pequeña cicatriz junto al labio. Quisiste devorarme pero nunca te atreviste a completar lo que deseas.
     En la fotografía, posas ante una cascada de buganvillas, desnudo de cintura para arriba, y muestras con orgullo tu presa, las llaves de mi casa. Fuiste el vendaval que limpió mi vida de sus ruinas, que trajo a mi tierra baldía las semillas de los océanos.

     Mi vecina de asiento me ha visto dejar caer la cabeza y, apartándose el walkman del oído, me ha preguntado si me encuentro bien. Sólo le he dicho Gracias. Siento que las palabras me abandonan, las palabras de usar cada día. Las palabras de la memoria, que son las palabras de la carne, devoran a las otras, las destruyen, las palabras que necesita un cuerpo terminal para salir con dignidad del mundo.
     Un día dijiste, lo recuerdo, que siempre escogemos aquello que nos destruirá. Pero es que no escogemos. Nunca escogemos. De pronto, alguien nos deslumbra con un desgarrón en el telón del mundo y alcanzamos a ver la claridad que se esconde más allá del decorado que habitamos. Ya no hay marcha atrás. Hemos roto la ilusión escénica.
     Cuando esta mañana cogimos el taxi al aeropuerto y tú representaste el papel de consorte perfecto, llevando mi maleta, abriéndome la puerta del vehículo, dando instrucciones al taxista, tú, que siempre fuiste tan descuidado en los formalismos, principalmente conmigo, tan irreflexivo, tan impulsivo, tan irresponsable, tan conmovedoramente caprichoso, tan candorosamente infantil; cuando esta mañana me tomaste de la mano para salir del taxi, ya en el aeropuerto, supe que, aunque te hubieras forzado a acompañarme hasta la partida, tú ya te habías ido de mi lado, andabas muy lejos de mí. Porque todas aquellas atenciones no eran brindis al amor, sino servicio a un enfermo. ¿O había también algo de lo otro?
     En la cafetería del aeropuerto, mientras hacíamos tiempo con un frappé, no aparté ni un instante los ojos de tus ojos. Tú mirabas el ir y venir de pasajeros, evitando en todo momento mi mirada. Cuando ibas a beber, hacías un quiebro forzado de cabeza hacia el vaso, para excluirme de tu campo de visión. Si en ese momento hubieras dicho una palabra, la que fuera, sólo oír tu voz, me habría desmoronado. Habría sido incapaz de continuar. Te habría gritado que me dejaras morir en un rincón de ti, debajo de tu cama, donde en el último suspiro me lloviera el aroma de tu cuerpo. Afortunadamente no dijiste nada. Sí, sí que dijiste algo. Peor aún. Aquel comentario, Te curarás pronto y volverás, ¿verdad?, sin mirarme a la cara, sabiendo los dos como sabemos que eso es imposible.

       Acabo de abrir los ojos y encontrarme el rostro del azafato casi pegado al mío.
     Me creía dormido y esta recogiendo los adminículos de la comida con sumo cuidado. Con una sonrisa encantadora se ha disculpado por despertarme. Yo he sacado los acentos más cálidos a esta ronquera ya permanente para decirle que no dormía, y darle las gracias. ¿Se encuentra bien?, me ha preguntado. En su voz vibraba una cordialidad sincera. Perfectamente, gracias.
    Hasta tal punto son evidentes los estragos de la enfermedad. Pero qué dolorosa es, cuando amamos, la cordialidad de aquellos a los que no amamos. Nos hace añorar la otra.
     No digas que hasta esta mañana no has sabido realmente cuánto me amabas. No quieras atemperar la inmensidad del presente frivolizando sobre lo vivido. La desmesura de este dolor está a tenor de la desmesura que fue nuestro gozo. No podría ser de otra manera. ¿Seré capaz de no sucumbir al analgésico de la añoranza?, ¿de no disfrazar el vacío con los trampantojos del consuelo? ¿Sabré vivir la renuncia con la magnanimidad con que me desnudé de la estrechez de mi personaje para bailar contigo y recibirte en mí?
     Después de esa hora interminable en la sala de embarque, creía que ya tenía controlados todos los resortes de la tristeza. La desnudez de la sala de espera no hacía sino reproducir mi propia desnudez interior. No había llevado conmigo ni un periódico, nada. Vacío de posesiones, vacío de entretenimientos, vacío de ti. Miraba a través de las cristaleras la pista pavimentada donde esos inmensos pájaros metálicos se mueven con la parsimonia de fabulosos seres mitológicos, y me decía a mí mismo: Él pertenece a lo que tiene aliento, tú a lo que despide sus últimos hedores, antes de ser de nuevo tierra.
     Salí a la inmensidad de la pista de despegue arrastrando los pies, sereno en la derrota. Caminaba erguido hacia la escalerilla del avión, como el que marcha voluntariamente hacia el ataúd, entre pasajeros poseídos por las fiebres del viaje. Sus risas, sin ellos saberlo, eran mis plañideras secretas. Llanto sin empatía para dignificar las ciénagas del alma sin respuestas.
     Al pie ya del avión, el bufido de los motores calentándose destruyó de repente el silencio del cielo, destruyó el silencio de la voluntad, destruyó mi serenidad tan artificialmente construida, y me abofeteó con la evidencia del final irreversible. Me rompí. Involuntariamente, mis ojos se alzaron arriba, hacia las nubes, al aire, como si allí estuviera el gorrión de la vida gritándome ¿Bailas? y abriéndome en sus alas el calor de su cobijo.


     El hospital había avisado a la tripulación de mi estado físico y rápidamente descendió el azafato para sostenerme con su brazo y conducirme amablemente hasta el asiento. Creyó que era una crisis orgánica y no emocional. No quise sacarlo de su error.
     ¿A esto es a lo que tenías miedo?, ¿al paulatino proceso de pérdida?, ¿a que mi enfermedad nos redujese a convencionalismos?, ¿a los formalismos de la rutina?, ¿al desmoronamiento de la pasión?, ¿al desgaste de los sentimientos puros?, ¿a la muerte del amor en las resignaciones del cariño? Hiciste bien. El amor no sobrevive en los cauces trazados del compromiso. Es ya otra cosa.
     Tú, con todos tus titubeos, tus inconsistencias, tus alegrías desmesuradas, tus abatimientos sin fondo, tu melancolía sin objeto, tu explosivo vitalismo, seguías los dictados de tu propia naturaleza. ¿Recuerdas cómo al principio negabas siempre estar persiguiéndome cuando te hacías el encontradizo? Siempre fuiste transparente, y yo quería además que te quitases esa máscara completamente traslúcida que te protege frente a la violencia del mundo.
     No he podido contener las lágrimas. No quiero contenerlas. Tú ardes en cada una de ellas. Es una forma de seguir sintiéndote, físicamente. Me están mirando. Piensan que a la enfermedad del cuerpo se añade ahora el desmoronamiento de la voluntad.
     Miro desde la ventanilla cómo el sol incendia las nubes. Las nubes me impiden ver las calles por las que tú habrás emprendido tu nueva travesía. Las nubes me dicen que hemos matado el amor, para que el amor sobreviva. Su fulgor, fulgor de ocaso, rebota a través de la ventanilla en este cuerpo que a cada instante va degradándose inexorablemente. Y, en esa luz claudicante, amo mi cuerpo porque tú un día lo miraste con deseo y juntos ardimos bajo la lluvia estival que despobló la plaza...


     El amor es totalitario. El amor no puede sobrevivir a su propio ocaso. Es fogonazo que deja de ser cuando los ojos se aclimatan. Porque el amor es acceso a la violencia interior que se hizo mundo. Cuando el amor se enfría, ya es historia. La historia puede explicarnos, pero no revivir la energía del origen...

     ¡Ah!
     Perdona. He sentido una punzada que me taladraba el vientre, como un barreno incandescente atravesándome de parte a parte. No te preocupes, no pongas esa cara, como si te estuviera viendo. De este dolor, no eres tú la causa. La carcoma avanza lenta, imparable. La carcoma devora el cuerpo, pero sólo el cuerpo, nunca lo vivido, y mucho menos lo amado.


                                                                                     (Atenas, agosto 1997)

domingo, 28 de junio de 2015

APOLOGÍA (relato)





    En la madrugada del 28 de junio de 1969, la policía neoyorquina irrumpía en el pub Stonewall Inn, frecuentado por homosexuales, para llevar a cabo una de sus habituales redadas contra dicho colectivo. Pero esa redada marcó un antes y un después. Por primera vez, la comunidad homosexual se desembarazó de la cobardía y del miedo y respondió de inmediato con numerosas manifestaciones que acabaron en violentos enfrentamientos con la policía.
     Así comenzaba una larga lucha por la visibilización y la normalización de opciones sexuales diferentes a la dominante, con avances y retrocesos, un duro combate contra la intolerancia y el oscurantismo, un combate que no sólo atañe a un colectivo históricamente marginado y reprimido, cuando no perseguido e incluso condenado a la tortura y el exterminio, ya que la libertad de uno es la libertad de todos y la exclusión de uno sólo supone la exclusión de cualquier posibilidad de construir una sociedad libre, igual y fraternal.
     Aquella fecha quedó como efemérides mundial para la reclamación de una igualdad efectiva entre todos los seres humanos en virtud de su condición sexual. Recibió un nombre inglés, gay pride, cuya mala traducción desmerece el sentido reivindicativo de la jornada, imprimiéndole un carácter más festivo. La dignidad homosexual, ésa que todo individuo sin distinción merece, improvisó en castellano un orgullo gay más castizo y desenfadado.

Madrid. Orgullo Gay 2008

     Mucho ha llovido desde aquel 28 de junio de 1969. Las conquistas obtenidas suponen un claro avance, no exento de continuas contraofensivas reaccionarias, hacia una sociedad más libre y justa. Pero no hay que bajar la guardia, ni olvidar de dónde venimos ni abandonarnos a la complacencia y a la adulación de los mercados. El nivel de discriminación en muchos ámbitos laborales, culturales o geográficos sigue siendo todavía brutal.

Madrid. Orgullo Gay 2010

     Entre tanto, dicha efemérides reivindicativa ha ido tomando los modos de una celebración festiva, con sus adeptos y sus detractores. No es mi intención ahora entrar en dicho debate. Simplemente me hago a mí mismo una pregunta: ¿puede lo lúdico ser también revolucionario?, ¿ha de ser toda revolución necesariamente contraria a la alegría?

Madrid. Orgullo Gay 2012

     Hoy, 28 de junio de 2015, recupero aquí un antiguo relato, escrito en épocas en que el arco iris empezaba a desplegarse sobre los cielos de Madrid, pero todavía no acogía en su abrazo a la ciudadanía general, mucho era aún el miedo y la vergüenza, ni lucía los colores brillantes y satinados que en estos días revestirán las calles de muchas de nuestras ciudades.



APOLOGÍA
(relato)

     Yo también pasé las tardes de los sábados en el viejo cine Florida, viendo películas de Tarzán y de romanos. No soy nada original, ¿qué se le va a hacer? Ya de mayor, las pasaba en casa de mi hermana y su marido. Por hacerles compañía, más que otra cosa. Sobre todo a él, ya que Amelia trabajaba muchos sábados, y el pobre no sabe ni ponerse el plato en la mesa. Ella nos dejaba el cocido preparado y yo hacía las veces de su mujer. En lo tocante a las faenas domésticas, se entiende. Para lo otro, ya tenía a su Amelia que le calmara las calenturas.
     Para cuando yo había terminado de fregar los cacharros, el bueno de Sebas estaba ya hechico un tronco en el sofá, sobando a pierna suelta mientras la tele atronaba con cualquier competición deportiva, sin dejar de roncar ni de rascarse sus partes, en camiseta de tirantes, igualito igualito que Marlon Brando en el Tranvía llamado deseo.Yo miraba a Sebas más que la tele, como una clueca mira a su pollo. Y es que él se lo merece. Siempre me ha tratado con consideración.
     Cuando Amelia libraba, era distinto. A mí me eximía de obligaciones culinarias, aunque me imponía otras, nos las imponía a los dos: su santa voluntad. Ella siempre ha sido un poco sargentona. Pero si no le llevas mucho la contra, se la soporta. No es mala persona.

     Nunca tuvimos un trato muy íntimo. Ya de chica fue ella muy independiente, y un poco pendón. Le gustaban los hombres, como a mí, nos viene de familia. Pero, de los dos, aquí a un servidor le tocó conservar intacta esa ostra de ingratitud llamada virginidad. Ella no, ella se deshizo pronto de prenda tan inoportuna. Era mocita la niña y ya hacía estragos sábado sí y el siguiente también entre los aprendices de hombre de General Ricardos, mientras yo estragaba mi torpe afán embebido en los pechos de Tarzán y en el sudoroso muslamen de tanto romano.
     No es de extrañar que un día, andando el tiempo, quedara embarazada. Ella, yo no. Y mire usted por dónde, el supuesto padre de la criatura, paternidad que la niña no se cansó de poner en entredicho ante la falta de pruebas concluyentes, va y se empeña en hacerla su esposa. Así, de sopetón, su mujer. ¿Qué le vamos a hacer? Cogió el chaval esa perrera. Y ella, dime cuantos diretes que aquí una se debe a su público y no se casa. Su público era una triste comitiva de buscavidas de barrio olfateándole aquel rastro de perfumes baratos y hormonas furiosas, hipnotizados por el sugestivo bamboleo de unas ancas bien nutridas de hoyos de aceite en la hogaza.
     Amelia, como yo, había plantado sus ojos posesivos en las alturas de un segundo piso, allí donde un entusiasta de la electrónica, menospreciando la escuela de la vida, maceraba sus rubios encantos bajo la perilla eléctrica, junto a la ventana del patio de luces, enfrascado a todas horas en su curso por correspondencia. Ella no se daba por vencida. Se había prometido a sí misma que sus serenatas pasionales, mientras se secaba el pelo en la ventana de nuestro entresuelo, frente a la del rubio adonis del segundo, con una toalla que a puntico casi ni le tapaba los pezones y con el secador a toda pastilla para hacerse notar más, no quedaría sin la recompensa apetecida.
     ¿Y ahora venía este mindungui a proponerle, suplicarle, llorarle y moquearle que le permitiera ser el padre de ese hijo a quien él daría su apellido? Ni hablar. Antes muerta. Pero la turgencia de las blusas terminó proclamando su tesoro oculto y hubo que conceder derecho de paso a un padre putativo para el inminente retoño.

     El niño nació muerto, no venía con todas sus cosas bien puestas. Mi hermana no tenía entonces mientes para ir poniendo a la criatura cada una en su sitio. Estaba demasiado atareada discutiendo con mamá, que no dejaba de invocar al Cristo de Medinaceli ante ofensa tan grave contra el sentido común:
     -¿Casarte de blanco con un barrigón que abulta ya ruedo y medio de Las Ventas?
     Pero la Amelia dijo:
     -¡De blanco!
     Y mamá se apresuró a disimular aquella orografia añadiéndole al tul nupcial tanto encaje, tanta puntilla, tanto guipur, aquí un lazo, allá un pompón, sin olvidar gasas y almidones, que el día de marras mi hermana en el altar mayor parecía una inmensa tarta de merengue.

     Yo acabé tomándole afecto. Con el tiempo, ella vio en mí a ese hijo que no había tenido y que, al serle desalojado, le estropeara para siempre esa maquinaria interna de multiplicar la especie. Con repentino instinto materno, se propuso inútilmente meter algo de chicha entre mis huesos y me ordenó que los sábados fuera a su casa a comer. No creo que lo hiciera sólo por interés, únicamente para que yo la sustituyera con su Sebas cuando ella tenía turno en el Simago.
     También me gustaba ir cuando ella libraba. No hacía distingos. Me trataba como a uno más de la casa; o sea, a voces. ¿Qué mejor manera de pasar la tarde del sábado sino con un buen cocido en aquel Móstoles suburbano, con mi cuñado pringando en el tocino, con Amelia chupando con remilgos una puntita de zanahoria? El monte de su barriga, sin embarazo ahora, le resultaba un engorro.
     El tocino siempre lo apartaba con aristocrática displicencia y, de caldo, apenas sorbía una cucharadita. Pero luego... ¡Ah, luego!
     Siempre me chillaba por el interfono:
     -No habrás traído hoy también pastelitos, ¿verdad?
     Y, nada más abrirme la puerta, me arrebataba el paquete de las manos como si realmente le dieran asco. Me gritaba que yo era un diablo, un diablo tentador, y que no la quería cuando así pagaba su hospitalidad, ¡con una bandeja de pasteles!
     El día que a mí se me ocurrió que efectivamente mi hermana estaba hecha una vaca y que, antes que dulces, necesitaba un curso de aerobic, cambié los pasteles por un vídeo de Jane Fonda, la de Barbarella, enseñando cómo una mujer madura puede cuidar su cuerpo y mantenerse estilosa. Anda que no me miró con desprecio la señora, como sólo ella sabe hacerlo, mientras mandaba a su Sebas a por unas napolitanas para la merienda. Esa tarde no me dejó ganar ni un turno al Monopoly.

    Cuando estábamos los tres, siempre jugábamos al Monopoly, para hacer la digestión del cocido. Todavía no sé si mi cuñado prefería realmente jugar o dormir la siesta. De todas formas, con mi hermana, lo propio es decirle a todo que sí y seguirle el juego, te evitas batallas perdidas de antemano. Pero esto mejor lo sabrá él que yo, que es quien vive a diario con la Amelia y duerme en su misma cama.
     Después de todo, era entretenido. Administrando buenos fajos de falsos billetes, terminábamos creyéndonos unos Rockefeller en aquel pisito mostoleño con olor a torreznos fritos y a detergentes de pino amoniacado, bajo una bombilla nunca de más de cuarenta watios, las restantes desenroscadas. Mi hermana, para aliviar la tensión del juego, tragaba merengues y pitisús entre sorbo y sorbo de gin tonic. Sebas daba cuenta del whisky de contrabando que me proporcionaba un compañero del trabajo. Yo, mientras tanto, compraba calles y casas y hoteles, barrios enteros, tarjetas para librarme de la cárcel, lo compraba absolutamente todo. Cualquiera se despistaba un momento y ponía en entredicho el interés personal en el juego, mi hermana vigilaba que su propia voluntad fuera realmente la voluntad de todos.

     Al poco de entrar a trabajar de reponedora, Sebas le comentó varias veces que a lo mejor yo me aburría sin ella en casa, que él era meterse los garbanzos entre pecho y espalda y caer redondo en el sofá. Le preguntó por qué no se traía del Simago una barajita.
     -Así podríamos tu hermano y yo echarnos un tute -le decía.
     Pero ella le regaló un Monopoly.
     -A ver si se te pega algo y te acostumbras a traer billetes a casa.
     Él nunca pilla las indirectas, o las pilla pero le da igual. Es tan buenazo. A mí no me importaba cuidarlo los sábados que Amelia trabajaba. Es agradecido como un niño. Simple como el mecanismo de un chupete. Me relajaba verlo dormir su siesta en camiseta de tirantes, mientras yo hacía tiempo a que ella volviera y entonces, ya que había llevado los dichosos pastelitos, no los íbamos a tirar, pues nos los merendábamos.

     Pero si Amelia no trabajaba, lo del Monopoly ni se discutía. Normalmente iba ganando yo cuando la partida se interrumpía. Nunca conseguimos acabar una. Sea por el oro, sea por el moro, indefectiblemente acababa zurrándole a su hombre. Que el Sebas achispado se ponía cariñoso con ella, bofetada de mi hermana. Que se despistaba el pobre y dejaba pasar una buena calle o caía otra vez en la casilla de la cárcel, pum, patada de la Amelia.
     -Es que no te fijas.
     Tenía la mano ligera y el pronto de una Agustina de Aragón, que ni Aurora Bautista clavó tan bien el papel. Con el segundo gin tonic, acababa siempre refunfuñando de su trabajo, maldiciendo tanta precariedad, echándole en cara a su marido que nunca hubiera sabido conservar un trabajo más de tres meses seguidos, ensuciándose la boca con tales palabrotas que Sebas salía corriendo a cerrar puerta y ventana para que la roña quedara dentro. Mi hermana lo miraba con desprecio y suspiraba por el fantasma de aquel rubio electrónico del segundo.
     Yo entonces le recordaba que el mocetón, ya añudito también, vivía hoy con un joven rumano y juntos llevaban un taller de reparaciones que apenas si rentaba para pagar el alquiler y los caprichos del novio. Taco de la Amelia.
     -En esta mierda de país no había más que machos. Fue palmarla Franco y, a una patada que des, te salen mariquitas hasta en la paella.
     Mi cuñado reía bobalicón y pánfilo, o acaso místico de whisky. Yo me sonrojaba. Amelia, ante cuadro tal, daba por concluida la partida y se encerraba en el dormitorio, despotricando de tirios y troyanos, con las sílabas trabándosele en la lengua, momento que yo solía aprovechar para dar la visita por terminada. Lo que hicieran después ellos dos en su casa, no es de mi incumbencia.


     Y dirán ustedes:
     -¿A qué trae éste a cazuela unos pormenores tan poco edificantes?
     Y posiblemente tengan razón. Pero yo no sé las palabras de la ley, sólo sé las que me salen de la boca. Yo no me siento uno, como cualquiera de ustedes, que pueden decir yo soy esto o soy lo otro. Yo soy urdimbre y no sé mostrar el hilo sino en el paño.
     Aquello de lo que se me acusa es muy simple. Lo sé. Se despacha en tres palabras. Las mismas que ese señor tan bien me acaba de reprochar con tanta economía. Lo que sucedió puede resumirse en los mismos titulares de periódico que contra mí han enseñado sus colmillos. Pero es que eso no sucedió, o no sucedió así, de cuajo. A mí me fueron pasando cosas y cosas y cosas y un buen día me desperté y eso había sucedido.
     Tranquilos. No voy a contarles mi vida, que ustedes tienen mucha ocupación aunque a mí ahora me sobre el tiempo. En realidad, el tiempo a mí siempre me ha sobrado. No es que no tenga oficio ni beneficio, como mi cuñado, aunque muchos miran mi trabajo con desprecio, como si no fuera gran cosa. Pues, incluso trabajando, el tiempo me sobraba, como si yo fuera transparente y el tiempo pasara a través de mí, sin dejar huella. A lo sumo, cansancio.

     Supongo que todos ustedes ya lo saben, lo han publicado hasta la saciedad. Trabajo en El Retiro: servicio de Orden y Mantenimiento. O sea, cada día recojo del suelo las hojas secas, los plásticos y las latas vacías, los envoltorios, los papeles, las colillas, los preservativos, la basura que otros tiran y el aire amontona.
     Hace años que espero un ascenso a Riegos y Jardines, pero no tengo padrino. Por ahora, me han prometido pasar de la escoba o el pincho a un carrito mecánico, algo es algo. Al menos, no tienes que estar todo el santo día con el espinazo como un dos, mirando al suelo.
     Claro que, después de lo que pasó, no sé si me dejarán seguir trabajando allí. No, no me quejo, lo entiendo. Es el mundo de ustedes y yo distorsiono. Siempre he acatado los vientos que soplan, si no con entusiasmo, sí con filosofía.

     Soy cabestro manso. Pero no se crean ustedes que no tengo yo también mi chispa de amor propio. Es floja miga, lo sé, pero me alimenta.
     Hay días en que un rayito de luz entre los castaños viene a sonreírme con aquel aire fresco de la Marisol de mi infancia. Días en que no todas las cosas se te dan torcidas y parece que la vida sea un camino recto. Instantes en que, sin saber por qué, se me caen todas las capas de barro, hablo en sentido figurado, claro, que limpio lo soy un rato, y entonces me miro a mí mismo y me digo:
     -Faustino, tú también tienes tu hueco en el mundo.
     Es una ilusión que, como todas las ilusiones, queda bonita para adornar las paredes pero no para vivir en ella, como nadie puede vivir en una película. En una de un boxeador, aprendí una frase de las que hacen escuela:
     -Buscaré un lugar abierto en el que poder respirar, bajo un cielo que no me condene a esta miseria.
     Y acabé trabajando en El Retiro, servicio de Orden y Mantenimiento. No, no acabé, empecé ahí y ahí sigo. No es que yo me lo planteara y lo consiguiera. Los planteamientos están bien para el argumento de una película, que empieza y acaba. Pero la vida no acaba. Empieza sin que te des cuenta y termina cuando menos te lo piensas. Entre medias, estás ahí, planteándote cosas que no pueden ocurrir, porque para cuando quisieran ocurrir ya es el momento siguiente y los planteamientos se te han quedado atrás.

     De niño, ya me decía a mí mismo muchas veces:
     -Me iré, me tengo que ir. A algún lugar donde no me ahogue.
     En aquella entreplanta de alquiler con vistas a un oscuro patio de luces, mi única ventana al universo eran las pelis de la tele. Me quedaba embobado con la bondad natural de El libro de la selva, aunque siempre me entristecía que al final Mowgli escogiera encerrarse en la aldea. Yo siempre me he identificado con Baloo, no en lo gordo, claro, que soy lo contrario, a pesar de los cocidos de la Amelia; en lo otro. Soñaba con esa selva en la que monos, hipopótamos y chicos podían ser amigos y fraternizar en los obstáculos. Nuestro piso, lo único que tenía de selva eran sus habitantes.
     Entre las sotanas escolares, mientras buscaba en el reloj un aliado aunque siempre encontraba su desesperante parsimonia, me acordaba de Sonrisas y lágrimas y me creía que yo también revoloteaba feliz por las verdes colinas austríacas, cantando y brincando como una cabra, de la mano de Julie Andrews. Hasta que la palmeta me devolvía al terror del aula y al bisbiseo de las negras túnicas paseándose vigilantes entre los pupitres, señalando con índice admonitorio el mapa mudo de la península ibérica, bajo el retrato de Franco y el intimidatorio crucifijo.
     ¡Ay, cuando estrenaron Jesucristo Superstar! Ted Neeley fue mi religión. Sus ojos estrábicos, su mentón firme, su tristeza desmelenada. La soledad en el bullicio, la belleza de la soledad. El amor. Me vi la película por lo menos cinco veces. Deseaba ardientemente ir yo también en ese autobús al desierto y aliviar con mis caricias sus lágrimas y su angustia.
     Las películas de los sábados me abrían ventanas al mundo, pero no al mundo de los mapas, que también. Niágara, Kilimanjaro, Cartago, Alejandría, Madagascar, estampas para el álbum de la felicidad. Una ventana a ese otro mundo que no es estrecho, ni oscuro, ni autoritario, ni asustadizo. Cuando de nuevo encendían las luces de la sala, yo me decía:
     -Me voy, me iré, tengo que irme.
     Pero nunca me fui, no tuve valor.

     Bueno, sí. Recuerdo una mañana. Era lunes. Los lunes mamá nos limpiaba los zapatos Gorila y yo aproveché que ella los estaba restregando para coger de la nevera media tripa de salchichón, provisión para mi escapada al fin del mundo. Salí de casa hecho un ocho maragato, arriero de lejanos caminos.
     Pero siempre he sido un niño responsable. Me marchaba de casa para recorrer mundo, no para hacer novillos. Primero la escuela y luego la vida.
     En clase de geografía, yo me sentía en el preámbulo de un viaje a lo desconocido, un intrépido Errol Flyn pirateando a cielo abierto. En clase de matemáticas, me puse a calcular cuánto podría durarme media tripa de salchichón. En clase de latín, se me cernió un nubarrón en el horizonte: no había cogido un cuchillo de casa. No se puede cortar el salchichón con La guerra de las Galias. En clase de F.E.N., me dio por pensar en mi madre, me pregunté si me echaría de menos como Aurora Bautista en La tía Tula, o si estaría demasiado atareada gritándose con mi hermana como para notar mi ausecia. En clase de francés, abrumado por los contratiempos e incertidumbres del proyecto, me sentía como un Sansón, despatarrado entre lenguas bárbaras.
     Aquel lunes volví a comer el cocido en casa. El salchichón regresó de extranjis a la nevera. Mi retorno al hogar no fue como el del hijo pródigo, porque nadie llegó a enterarse de nada. No sabiéndolo nadie, aquello no había sucedido. El sábado siguiente, en el Florida, echaron una de indios y vaqueros. A mí me gustaban más los indios, con mucho menos uniforme, y más hombretones. Además, siempre terminan perdiendo, como yo. Al salir, volví a decirme:
     -Me iré, tengo que irme.
     Pero quien acabó yéndose no fui yo, sino mamá, a Benidorm.

     Estábamos un buen día a la mesa, los cuatro, y soltó a bocajarro:
     -Mañana me voy. Tengo billete de autobús.
     No se habló más. No sé si entre ellos lo tenían hablado. En aquel momento, a la noticia respondió el silencio. Papá siguió sorbiendo fideos. Pero el blanco de los ojos se le fue poniendo rojizo. No lloró, porque él era funcionario del ayuntamiento, católico, apostólico y romano, y llorar era cosa de ateos y maricones.
     Tampoco dijo nada cuando nos recogió al día siguiente a la salida del colegio y, como si no hubiera pasado nada, nos llevó a comer al San Ginés, lugar de penitencia para él, para su remilgada pulcritud, escenario de feria para nosotros, entre albañiles y mozos del mercado. Para entonces, el pobre tenía ya los ojos de huevo duro que se le quedarían por el resto de sus días.
     Mamá siempre había ido a misa porque había que ir, pero su auténtico dios resultó ser el dinero. Al tiempo que ella, también desapareció del barrio don Fructuoso, dueño de la pequeña agencia inmobiliaria de Camino Viejo de Leganés, en cuyo escaparate apareció un cartel: cerrado por traslado negocio a Benidorm.
     En los cinco años que duraron sus negocios, de mamá recibimos tres tarjetas postales. Una desde la metrópoli alicantina:
     -¿Todos sanos? Yo más rica que un morcón. Abrazos.
     Y otras dos desde Valencia, con menos información aún sobre sus actividades.

     Volvió. Igual que se había marchado. Ni se disculpó, ni nos explicó, ni mostró habernos echado de menos. Como si volviera de la peluquería. Entró en lo que había sido su dormitorio y dejó maletas en la cama. No preguntó por el que había sido su esposo, ni cómo murió ni cómo había vivido esos últimos años. Se aposentó ante el televisor, en el que había sido el sillón de papá, y le dijo a Amelia con su acostumbrada afabilidad:
     -No te pintes así, que pareces una puta.
     Para qué queríamos más. La respuesta de mi hermanan no se hizo esperar. No recuerdo exactamente el vinagre que salió de su boca. Pero sí que recuerdo bien el iracundo desplante de la mamá pródiga, con tildes sacadas de los espacios dramáticos de la tele:
     -¡Que soy tu madre!
     Aquella fue la primera de un interminable rosario de broncas entre las dos. Y mi mundo estrecho se estrechó todavía más.

     No es que sus años de ausencia hubieran sido precisamente agua de rosas, no señores. Papá era como un pececito fuera del agua. Mamá se le había llevado la voluntad. Le había desbaratado su construcción de vida, la racionalidad de su universo teocrático. Ante la enormidad del suceso, se amilanó. No supo reaccionar. Nunca le reprochó nada. Ni siquiera preguntaba por ella. Recibió aquellas tarjetas postales, tan escuetas, como se recibe a Dios, imponderablemente.
     Amelia me lo zarandeaba a vocinazos. Gritaba como una fiera enjaulada que aquella casa parecía una tumba y remataba su fuga con un portazo. Se iba hecha una furia y volvía al cabo de unas horas dando algún que otro traspié. En el ínterin, nosotros dos permanecíamos en la penumbra del silencio, como conejos acobardados por la tormenta.
     Yo no me atrevía a irme también y dejar solo a papá en su capilla de desvalimiento. Tampoco sabía cómo entrar en aquella cripta de soledad. Yo era testigo mudo de un drama en el que no se me había asignado papel.
     El papel protagonista siempre lo tuvo Amelia, una vara de mando despótica y caprichosa. Papá parecía ajeno a todo, invulnerable al poder destructivo de las palabras, también a su poder balsámico, un alma en pena a la espera de abandonar este cautiverio. Vivir con él fue arrastrar un fardo de silencio cuesta arriba.

     Cuando se le escapó el último suspiro y regresó mamá, al silencio sucedió el estruendo. Llegó manola la señora y el hambre se encontró con las ganas de comer. Amelia se había hecho con el imperio de una plaza abandonada. Mamá sencillamente exigía las prerrogativas que su condición de madre y viuda le conferían. En un par de semanas, en nuestra casa había estallado la tercera guerra mundial.
     Aquello era irrespirable. Mamá exigía su estatus dominante mientras viviéramos al amparo de su pensión de viudedad. Amelia, con la rabia y el despecho de una reina destronada, redobló sus trotes en celo General Ricardos arriba y abajo. Para mí, estaba ya claro que ni Jesucristo Superstar ni el rubio aspirante a electrónico del segundo iban a sacarme de allí.
     Los estudios no iban conmigo. Tenía cosas más importantes que resolver dentro de mí. Quería huir, huir de mí mismo, encontrarme en ese que quería ser y para el que no encontraba escenario fuera de las películas.
     Una mañana me armé de valor y pregunté en el ayuntamiento por un antiguo compañero de papá. Debí de darle pena al hombre. Gracias a él conseguí que me contrataran en Orden y Mantenimiento, que, dicho en palabras de andar por casa, resultó ser de barrendero.
     Al principio, no teníamos este uniforme amarillo de plástico. Entonces parecía un militar con aquel mono color sucio. El amarillo limón vino con los espectaculares cambios tras la muerte del Caudillo.


     De nuevo me voy por las ramas, ¿verdad? Al grano, Faustino. No impacientes a estos señores. Enseguida entro en materia.
     ¿De qué estaba hablando? Ah, sí, del uniforme de trabajo... Me han preguntado ustedes si conocía de antemano al agredido. No, rotundamente no.
     ¿Si nunca antes había contratado sus servicios? Miren ustedes. Mi mundo es recoger la basura en El Retiro y evitar en lo posible las trampas que nos va tendiendo la vida. Los sábados, cuando Amelia y Sebas se encierran en su dormitorio, me meto en un cine y dejo que la película viva por mí.
     Celia Johnson tampoco se marcha con Trevor Howard, pero la melancolía de la despedida es hermosa, no araña como la melancolía real. Qué redención de soledad cuando soy en la pantalla una Joan Fontaine desconocida enviándole una carta anónima a Louis Jourdan. Y cuando Dirk Bogarde dice Te quiero, sin atreverse a decirlo, junto a los canales putrefactos de Venecia, la muerte es dulce, tan dulce como podría serlo la vida.
     No siempre quedan entradas para la Filmoteca, desde que se puso de moda. Entonces me meto en cualquier cine, el primero que pillo. Las películas no son las de antes. Pero yo tampoco. Bueno, yo sigo siéndolo más que ellas. Mucho ruido y pocas nueces. Yo, ruido poquito, y nueces ninguna. La verdad, me dejan más bien indiferente tantas carreras, tantas persecuciones, tantas explosiones, tantos puñetazos, tanta sangre y tanta víscera, y tan poco por dentro. Atontan. Pero me resigno. Es lo que hay. ¿Para qué llevar la contraria?

     Nunca he contratado los servicios personales de nadie. Y sin contrato, tampoco. No soy gallo avezado, más bien palomo cojo. Pero tampoco es que sea un alma cándida. Sin entrar ahora en pormenores de gallinero, podría decirles que mi vida íntima también ha tenido sus granitos de pimienta.
     En el banquete de bodas de la Amelia, estaba yo orinando cuando entró un primo del novio, el más fanfarrón y el más viejuno. Me miraba con descaro mientras meábamos juntos. Yo me estaba poniendo nervioso y esa cosa también se me iba poniendo nerviosa y empezó a crecer. La mano subrepticia del primo la ayudó a desahogarse. No disfruté. ¿Cómo iba a disfrutar, pensando que en cualquier momento pudiera entrar su mujer? Aunque ¿cómo iba a entrar ella en el baño de hombres? Pero ¿y los demás?
     Recuerdo también, fue al poco de entrar a trabajar. Un día de servicio coincidí solo en los vestuarios con Eleuterio. Ya ves, pues no hace años que el hombre se jubiló. Estaba yo ya en calzoncillos para ponerme el mono cuando él empezó a ponderar mi bulto y a hacer suposiciones sobre el tamaño de lo que aquella prenda escondía. Pasaré por alto detalles que ensucian más que aclaran. Nos la desahogamos mutuamente. Eleuterio parece que disfrutó. Yo no supe reaccionar. Aquello no salía en las películas.
     Eleuterio y el primo, ¿cómo no recordarlos? Aparte del suceso que todos ustedes ya conocen, son mis dos únicas experiencias físicas con otra persona. Me depararon un placer instantáneo, tan mezclado de miedo que no me sirvieron de renglón para escribir mis días.


     Y así, entre tris tras, más tras que tris, se me han ido escurriendo los años. Pero no lo digo para dar pena. Dar pena cansa, porque la pena de los otros te ata a la espalda más piedras de las que te quita.
     Nunca he sido un Casanova. Incluso me ha faltado valor para ser Faustino. Me ha faltado valor y me ha sobrado miedo.
     En mi adolescencia, el miedo no era personal. Estaba en el aire, lo respirábamos todos. Ni siquiera reparabas en él, de puro cotidiano. El miedo puede enmierdar el cuerpo más hermoso. Pero es incapaz de meter sus zarpas en la belleza de lo que no puede tocarse con los dedos.
     Mi pubertad bullía bajo aquella voluntaria costra de silencio y, con estos buenos abanicos que Dios me ha puesto a cada lado de la cara, escuchaba atento los murmullos soterrados bajo el miedo.
     Había oído hablar del oscuro trasiego en las butacas del cine Carretas, en las butacas del antiguo Doré. De vez en cuando caía algún que otro correveidile sobre el mariposeo que rodeaba los bailes del Consulado. Hacerle a uno la americana era perderse más allá de Ventas, donde vivían muchos yanquis de Torrejón.
     Mi oído era un radar que sumaba angustia al deseo. En la soledad de la sala de cine, en cambio, las aristocráticas campiñas inglesas de El mensajero exoneraban a la belleza de tanta porquería.
    Casto lo fui a machamartillo. Más por miedo que por convicción. Si Amelia había terminado en el altar junto a Sebas, con una barriga de año bisiesto, bien podría yo haber terminado como Susan Hayward gritando ¡Quiero vivir! tras los barrotes de la cárcel.
     El miedo a las leyes ciegas y sordas de la justicia y a las leyes implacables de los hombres era real, pero todavía peor era el miedo a uno mismo. El miedo al rechazo.
     Cuando uno rechaza los riesgos de la vida, la vida te rechaza a ti. No es resignación. Es conformidad a lo que no tiene vuelta de hoja. ¿O sí la tiene? Yo antes creía que no, hasta aquella mañana.


     Después de tantos años viviendo en el entresuelo, trabajar al aire libre, entre árboles y fuentes, podría parecer el paraíso, y puede que lo sea. Por si acaso se me olvida, los demás a diario se encargan de recordármelo.
     El portero, chismoso como no podía ser menos, siempre me da los buenos días con la misma cantinela:
     -Los hay con suerte, macho, cobrar por pasarse el día en el campo.
     El dueño de la pastelería, cuando su Adelaida no está delante, siempre me guiña un ojo con picardía mientras me hace el envoltorio:
     -¿Qué, Faustino? ¿Ya vamos a Móstoles? ¿Y ese trabajo...? Pues anda que no verás tú achuchones y mandanga allí en El Retiro, ¡y en butaca de principal!
     Hasta la marisuspiros de mi hermana, cada vez que el Sebas me pregunta por mi trabajo:
     -¿Trabajo? Lidiando con un público querría verlo yo a éste.
     Todos me envidian. Y no digo yo que no. Pero también están los fríos de enero, cuando el termómetro no se atreve ni a decir la temperatura. Y la chicharrera sofocante del verano cayéndote a plomo sobre la cabeza. Están los dedos agrietados, los sabañones, la cintura que cruje de andar agachado, los labios cuarteados, las zancadillas de los compañeros para hacerse con los mejores turnos o las zonas más resguardadas. Trabajar cansa, sea donde sea. Te va destruyendo poco a poco.

     Pero todo trabajo también tiene resquicios por donde la película de la vida deja entrever otros posibles argumentos.
     De vez en cuando pasan ellos, los que corren sin objetivo, como sonámbulos de la barahúnda en que vivimos. Hermosos como mirlos de rama en rama.
     Una impalpable serenidad hermosea a esos que, a pecho descubierto sobre la hierba, beben un sol festoneado de sombras, como ángeles dormidos sin Dios que los encadene.
     El esfuerzo de la tarea encuentra un sorbo de alivio en la belleza circundante y entonces escucho en mi cabeza el tintineo de la alegría. No muevo ni una mano, ni un dedo. Los pétalos de la felicidad se mustian si los tocas.


     ¿Y esa sonrisa de suspicacia? ¿Piensan que divago?
     Al grano, Faustino. Estos señores ya han encontrado en sus libros la sentencia que más se acomoda a la voz de sus amos. Estás haciéndoles perder el tiempo.

     No recuerdo si era lunes o martes, entre semana. Un día más en el flujo del calendario. Los castaños ya habían abierto sus caperuchones en flor. Yo iba recogiendo papeles con el pincho. Él estaba recostado contra el tronco de un árbol. Había dejado caer a sus pies una hoja del 20 Minutos. Yo la pinché y a la bolsa. Sin el menor reproche, sin intrusismo alguno. Era mi trabajo.
     Hasta aquel momento no me había fijado en él. Hasta aquel momento nunca me había deslumbrado tanto una cercanía como la cercanía de esa belleza indolente. Tanta luz, tanta hermosura. Tiró a posta otra hoja. Yo la pinché, como recoge el creyente en su lengua a Dios. Tiró a sus pies el resto del periódico. Y sonrió. ¿A alguno de ustedes les ha sonreído alguna vez el sol?
     Me temblaron las manos. Él se enderezó. Mis piernas estaban rígidas. Me cogió una mano. Mi corazón se desbordó como las cataratas del Niágara y por primera vez en mi vida me sentí hermoso como una Marilyn Monroe ceñida de rojo. Conducido por su seguridad, nos adentramos entre las celindas. Y el velo del templo se rasgó.

     No sé cómo pude sobrevivir a su ternura infinita. La felicidad absoluta achicharra. Te desposee de ti, de todas tus sombras. Mientras lo veía alejarse, entre las hojas de los arbustos, yo era otro.
     Tampoco duré mucho en mi reciente metamorfosis. Apenas las dos horas que tardaron los policías en devolvérmelo esposado. Me preguntaron si era mía la cartera que obraba en su poder. Me preguntaron las circunstancias del robo. Él dijo que yo se la había dado a cambio de sus favores. Por el sólo favor de su sonrisa, le habría dado todo.
     No, tampoco era menor, aunque muchos lo han dicho luego. Bien que indagaron aquellos policías hasta cerciorarse completamente de la edad del indocumentado. Tampoco pudieron escribir en sus papeles que yo le había hecho aquellos moratones al forzarlo, el muchacho los culpaba a ellos. El que parecía el jefe pronunció entonces la palabra mágica: escándalo público, y me pusieron a mí también las esposas.

     No soy inocente, no soy culpable. No busco ni comprensión ni indulgencia. Hablo porque siempre he tenido la boca cerrada.
     ¿De verdad creen que están juzgándome? Ya han juzgado por ustedes. Otros que no son ustedes, aunque ustedes están a su servicio, han puesto ya la sentencia en sus bocas.
     ¿Qué pueden hacerme? ¿Con qué van a saciar su afán de revancha? ¿De qué quieren privarme?
     Podrán privarme de una libertad que nunca he sabido en qué emplear, de un trabajo que me parte los riñones, de una reputación que siempre he ido cobrando en calderilla. Pero nunca, nunca podrán quitarme la alegría de haber conocido el abrazo de un ángel.


(Madrid, 1994)