"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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martes, 20 de octubre de 2015

LA LIBERTAD Y LAS CORREAS


LA LIBERTAD Y LAS CORREAS

     El pasado fin de semana estuve con un grupo de amigos en la sierra madrileña.
     El otoño desgarró los nubarrones, avivando una armoniosa gama cromática de verdes cenicientos y cobrizos, amarillos desvaídos o acristalados, suaves anaranjados, fogonazos sanguíneos y carmín, velados todos por la brillante humedad del aire. Un festín para los sentidos pasear por aquellos caminos alfombrados de hojarasca, respirando el aroma ligeramente áspero y tonificante del tomillo maduro y de los frutos del otoño.

     Durante uno de los paseos, fui testigo de una situación de la que no pude dejar de hacer una lectura en clave política, como terrible metáfora de nuestra condición social.


     Con nosotros, disfrutaban las gracias de la naturaleza dos perros juguetones. Mi ignorancia en la materia me impide informar de sus características raciales.
     Correteaban entre los peñascos. Atrapaban pequeños trofeos en forma de ramitas caídas. Se adentraban eufóricos en las frías aguas del embalse. Contendían en sus carreras, desfogando energía contenida y gozo de vivir.

     En determinado momento, la dueña de la perra tuvo que regresar anticipadamente. El animal, exultante en el disfrute de la propia libertad, ni lo advirtió. Sólo cuando nos dispusimos el resto a volver a casa, la perra sintió el abandono de su dueña y empezó a mostrar nerviosismo. Oteaba el entorno. Nos inspeccionaba a cada uno de nosotros. Respondía extrañamente reticente a nuestras muestras de afecto y seguridad.
     Sendero adelante, se debatía entre echar a correr a casa o acomodarse a nuestro paso moroso y secundar los juegos del otro perro, cuando no se rezagaba a la espera de una presencia que no llegaba.

     Al pasar cerca de la zona donde se suelen situar los pescadores, el dueño de este segundo perro le puso la correa. La perra entonces hizo aún más patente su nerviosismo, su inseguridad. Se nos adelantaba apenas, con el rabo caído, para recular inmediatamente y recorrernos uno por uno, como solicitando. El perro atado marchaba ufano, confiado. Ella, en cambio, manifestaba su desasosiego. Sólo cuando decidimos atar a los dos animales domésticos de la misma correa, la perra se tranquilizó y, hopeando ahora sí el rabo con evidente contento, continuó el resto del trayecto con trote firme y ligero, escoltando satisfecha nuestra comitiva informal, precedidos por dos hermosos animales encadenados a una misma correa.


     A menudo nos preguntamos cómo el votante mayoritario, a pesar de la situación de miseria económica y ética, de libertades restringidas y escandalosamente desiguales, a la que nos han llevado nuestros sucesivos gobernantes, se sigue sometiendo a la voluntad de líderes autócratas y los vuelve a votar una y otra vez, incondicionalmente.

     Los caminos de la libertad asustan, la inseguridad ante lo desconocido aterra, el miedo a lo diferente paraliza. Gustosamente nos sometemos a las cadenas de lo transitado y lo establecido, deponiendo voluntariamente la capacidad de administrar personalmente los caminos de la propia libertad. Qué reconfortante la seguridad de caminar dirigidos todos juntos por la correa de lo existente, renunciando a descubrir los ignotos senderos de lo posible.

martes, 14 de julio de 2015

PODEMOS HA MUERTO. VIVA PODEMOS (reflexiones en medio de la tormenta)


PODEMOS HA MUERTO. VIVA PODEMOS
(reflexiones en medio de la tormenta)

     De la oruga a la mariposa. Del grano a la espiga. De el rey ha muerto a viva el rey. Del Podemos de la gente al Podemos del cambio.

18 Octubre 2014.
Asamblea Ciudadana Sí Se Puede

     Todo lo que está vivo se transforma. La vida huye de lo estático. Completamente cierto. Pero, en el proceso, ¿no podemos encontrarnos con que el resultado de la crisálida sea un lepidóptero insignificante y parasitario? ¿No cabe la posibilidad de que la semilla germine esa hierba invasora que ponga en peligro la necesaria biodiversidad? ¿Cuántas veces, si no siempre, la sentencia con que se saluda la muerte de un rey y la entronización de su sucesor despierta las mismas sospechas de aquel refrán que predice otro vendrá que a mí bueno me hará?
     La breve historia de Podemos es la historia de una profunda y veloz transformación, la metamorfosis de un movimiento algutinante y participativo, que allá en sus inicios sólo a regañadientes abandonaba su estatus asambleario y sólo nominalmente asumía la definición de partido, únicamente como imperativo legal para su asalto a las instituciones; hasta acabar convirtiéndose en una estructura monolítica y férreamente jerárquica, definitivamente consumada mediante la aprobación de un reglamento de primarias internas de cara a las próximas elecciones generales impositivo y excluyente.
     El descorazonamiento personal frente a este proyecto no es una pataleta circunstancial ni un berrinche victimista. Corroe no sólo fibras vitales de la propia sensibilidad, sino también planteamientos éticos irrenunciables.

     He escuchado estos últimos días argumentarios en defensa del actual modelo de partido que reducen la política a un mero juego de tronos, a un simple torneo por una posición de más o menos poder, divorciando la acción política de cualquier compromiso moral.
     Todos sabemos que la política, como los negocios, es una competición amoral.
     Pero eso mismo es lo que ya tenemos, y así nos ha ido. Para lo que ya tenemos, ¿necesitábamos nuevas alforjas?
     Una auténtica regeneración democrática sólo puede ir sustentada en una regeneración ética real.
     La erradicación de la corrupción política, que no es más que la gradación última en la amoralidad general de una sociedad liberal, individualista e insolidaria, amasada en la picaresca y el nepotismo, no puede acometerse únicamente con medidas administrativas, sino con la asunción general de unos valores de tolerancia hacia el que no soy yo, de efectiva igualdad de oportunidades, de respeto mutuo.
     Esos valores no se imponen por ley ni pueden ser nunca el resultado de la victoria en una confrontación electoralista. Se crean mediante el diálogo plural y una implicación responsable y altruista en lo común, sin personalismos excluyentes en los que deponer la propia responsabilidad.
     El empoderamiento no puede reducirse a una mera estrategia de diseño para imponerse entre las jaurías de la selva.

     Otro argumento muy difundido a favor de un Podemos rígidamente controlado desde arriba (ya que toda jerarquía, incluso electa, implica necesariamente un arriba y un abajo) presupone la incapacidad del individuo como sujeto de acción conjunta y, de rechazo, impone una visión militarista.
     Conquistemos el cielo, en orden de batalla. Ya desde las alturas conquistadas, lo arreglaremos todo, lo de dentro y lo de fuera.
     Pero toda victoria es una derrota. Toda victoria deja tras de sí el hedor de la muerte, la esclavitud moral o material de los derrotados, la destrucción de aquello que hizo del primate un ser humano: la palabra.
     Sólo vence auténticamente quien convence, y en todo convencimiento auténtico, más allá de la razón, juegan un papel necesario la bidireccionalidad del diálogo, una sensibilidad permeable, la empatía y la ilusión.
     ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?

     Dejemos a los expertos, dicen. Ellos saben. Ellos dan en el clavo, los demás aclamemos. De nuevo la aristocrática visión platónica de la sociedad, estamental y estática, con filósofos gobernantes y masa sumisa y acrítica.
     Pues nombrar expertos convierte al resto en necios. Pero en la naturaleza nada es absoluto. Todo experto guarda dentro de sí un necio, así como todo necio guarda dentro de sí un experto. Lo necio y lo experto están indisolublemente unidos en la constitución de todo ser. Imposible aislar lo uno de lo otro.
     Utilizar las energías de unos pocos, por muy potentes que éstas sean, despreciando la energía constructiva de la totalidad, es una irresponsabilidad que irremediablemente conduce al agostamiento. El monocultivo, si bien ha resultado a veces muy rentable, tanto a regímenes capitalistas como comunistas, a largo plazo siempre ha terminado destruyendo el propio suelo y comprometiendo el equilibrio ecológico.

     Hay quienes, en medio de este mar de tiburones de la economía global, ven en Podemos sólo una transitoria tabla de salvación para llegar. Sometámonos al timonel. Cuando lleguemos, abriremos de par en par las compuertas de la democracia.
     La transitoriedad, más que un alivio, supone un veneno mortal. Porque cuenta con la continuidad del sujeto y del cuerpo social, continuidad exclusiva de los libros de historia. El instante no existe, porque nuestra mente es incapaz de ser en el instante, sino en el recuerdo o en el proyecto. La percepción del instante transforma a éste en pasado, pues el proceso perceptivo se completa en el instante sobrevenido, cuando ya es futuro. Y la continuidad de los instantes en el tiempo hace de su ininterrumpida sucesión rutina, transformando la cualidad transitoria en sustancia permanente.
    No encuentro mejor resumen que un refrán griego: Nada más estable que lo provisional.

     Curioso también el maquiavelismo implícito en dicho argumento: Podemos es un medio para devolver a la sociedad lo que a la sociedad le ha sido robado. Y el fin, claro, justifica los medios.
     ¿No son esos mismos los fundamentos ideológicos de la globalización financiera, implementados por las políticas neoliberales de gobiernos cómplices, cuyas consecuencias pretendíamos combatir?
     Decía Nietzsche que, cuando miras a los ojos a un monstruo, corres el peligro de convertirte tú mismo en monstruo también.
     Necesitamos un cambio, sí, pero un cambio no sólo en el modelo económico, también en el modelo social y el ético, los tres pilares son fundamentales, indisociables. Y no hay atajos. No hay caminos perversos que conduzcan a la inocencia.
     El poeta griego y premio nobel Yorgos Seferis, diplomático activo durante la Segunda Guerra Mundial, escribía en un poema: "lo importante no es el qué sino el cómo, no el adónde sino por dónde".

     El argumento de un Podemos como vehículo instrumental (controlado y medianamente democrático) para unos fines sustancialmente diferentes de la propia herramienta (plena democracia) bebe en las mismas fuentes que la falsa dicotomía entre el fondo y la forma, entre el continente y el contenido, que el dualismo entre el alma y el cuerpo. Lo que no deja de ser un espejismo, cuando no una impostura.
     El medio es el fin, tal como el alma es el cuerpo.
    El continente no rompe el cascarón de la comunicación sino en el contenido, lo contrario es un balbuceo. Así como el contenido, incluso en el propio pensamiento, no llega a ser sino en el continente. ¿Alguien es capaz de pensar sin palabras, incluso una operación matemática?
     No puede haber un fondo ideológico sin una forma de expresión concreta que lo materialice. Y la expresión, toda expresión, incluso la escritura automática surrealista, brota de raíces que predeterminan su naturaleza.
     A propósito del lenguaje cinematográfico, Godard dijo que un simple travelling es ya una cuestión moral.
     Porque no somos hijos de lo que hacemos sino de cómo lo hacemos.

     Bien. Para ti la perragorda. Convengamos en que Podemos es sólo un método, incluso un buen método, para alcanzar las instituciones. Que los fines de la nueva política residen en último extremo en las personas.
     ¿Y por qué esa desconfianza en las personas?
     Se nos solicitó confianza ciega en unos líderes. La llamada a la fe resonó como trompeta apocalíptica en el palacio de Vistalegre.
     Después de trece años escolares sometido a las arbitrariedades de otra fe igualmente ciega y tan radicalmente incondicional, no está en mi naturaleza anularme a mí mismo en una masa de incondicionales.
     Lo confieso, me da miedo. La incondicionalidad ha conducido demasiadas veces a fanatismos, a fascismos, a totalitarismos. El mayor de los totalitarismos lleva más de dos milenios sojuzgando al hombre en la ceguera de la fe.

     Podemos, se nos dice, es un asalto a la vieja política, aprovechando las herramientas de la vieja política, para instaurar una política nueva. ¿Es posible que de lo viejo brote lo nuevo?, ¿que lo caduco engendre lozanía? ¿Es posible que de lo putrefacto surja nueva vida?
     La naturaleza y la historia nos dicen que sí. Pero también sabemos que, en toda metamorfosis, puede que del gusano surja una polilla, que de la semilla brote la cizaña, que a un rey inhumano le suceda un soberano criminal, que un cambio social acabe siendo simple transformación para que todo permanezca igual, que un ser humano cualquiera amanezca un día siendo una cucaracha.
          

     Un argumento de peso, con el que a menudo se intenta callar la boca a quienes todavía pensamos que otro mundo no sólo es posible sino también factible, se centra exclusivamente en la situación de miseria material a que han conducido las políticas neoliberales implantadas por los últimos gobiernos.
     Hoy comer y mañana aprender. Sacrifiquemos la capacidad de desarrollo integral, tanto en lo humano como en lo material, en aras de una urgencia social dramática y apremiante. Rescatemos a las víctimas de la rapiña capitalista y pospongamos el debate ideológico para mejor ocasión.
     Como si uno y otro proyecto no fueran complementarios e indivisibles.
     Sería yo un irresponsable si hiciera ojos ciegos ante la miseria a la que han conducido las políticas neoliberales a gran parte de mis conciudadanos, si olvidara que un estómago vacío es la sepultura de toda ética, de todo humanismo, de la propia democracia. Pero ¿es auténticamente responsable hacer una labor de fontanería en las infraestructuras económicas sin desatascar las superestructuras ideológicas en que se sustentan?

     Quienes así hablan, suelen tener en mente un concepto de partido como mero gestor asistencial. Entienden el Estado no como el espacio común sino como latifundio gubernamental.
     Lo asistencial genera docilidad y clientelismo. Andaluces y gallegos sabemos bastante de eso.
     Si no queremos que, en el mejor de los casos, la necesaria solidaridad social termine siendo caridad institucional, expuesta a los vaivenes de las urnas y a la ferocidad de los depredadores de lo público, no podemos hacer un viaje en solitario a por peces para hoy, tenemos que embarcarnos a aprender a tirar todos juntos de la red.
     ¿Acaso el humanismo crítico y comprometido resta fuerza al intelectualismo táctico? ¿No son fuerzas complementarias en una sociedad que se busca libre y democrática?


     ¿Soy demasiado ambicioso? En esto, sí, lo soy. Uno de los consejos convencionales que con más convicción repito a mis alumnos: Si aspiras a un cinquillo, puedes encontrarte con que has calculado mal tus fuerzas y no llegues al aprobado. Si aspiras a lo más, sacarás de ti lo más.

     ¿Es posible que una leona dé a luz una gacela?, ¿qué un águila empolle un colibrí?, ¿que un partido político estructurado internamente según modelos jerárquicos que arrinconan la divergencia sea capaz de generar un espacio público de libertad y de participación, plural y dialogante, no solamente satisfecho en lo material?

     ¿Soy utópico? ¿Extemporáneamente idealista? ¿Un derrotado? ¿Desconfiado?

     Como Odiseo, soy nadie, uno más, náufrago en medio de la tempestad. Docente, escritor, ciudadano. No aspiro a cargos ni a reconocimientos, que condicionarían mi anónima independencia. No albergo pretensiones de infalibilidad ni de adoctrinamiento.
     Sólo una persona que se pregunta. Alguien en busca de respuestas, que duda de las voces de sirena de la promoción.
     Un nadie más, agarrado al mástil roto de unos principios éticos, en medio del naufragio, para no ser arrollado por el temporal.


     El reglamento de primarias impuesto por la jerarquía supone el acta de defunción de un Podemos que abrazaba y aglutinaba frente a este otro, ensimismado en su propio espejo. Supone la metamorfosis definitiva de aquel Podemos como movimiento regenerador de la democracia española en un partido más dentro del juego de tronos del despotismo partitocrático.
     
     Cuántas personas, cuántas ideas, cuánta energía derrochadas por el camino.

     Pero el efecto más nocivo de todo este proceso ha sido la polarización y la crispación generadas dentro de los propios círculos.
     Donde en un principio se respiraba una camaradería entre ciudadanos de procedencia e ideología diversas, unidos e ilusionados en un proyecto común, personas que, como he dicho en otro lugar, buscaban sumar lo que nos une, restando lo que nos divide; hoy por hoy, las virulentas tensiones entre quienes asumen ciegamente la voz de las alturas y aquellos que difieren, no en el diagnóstico ni en el propósito, han resucitado lo peor de esa España goyesca y cainita del duelo a garrotazos.
     Sirvan de ejemplo algunos comentarios vertidos en la página Facebook del propio círculo:

     Hubo un congreso y hay una solidísima mayoría que no quiere fórmulas extrañas y un tanto onanistas. Quiere ganar las elecciones. Con Podemos, que es la herramienta creada para ello, ahí donde la izquierda cavernícola nunca ha tan solo soñado con llegar. Topos, mala gente, narcisistas, mediocres, ilusos y despistados, pueden enfilar la puerta de salida. No es obligatorio estar en Podemos.

     Aquí hay frívolos, buitres, aprovechados, trepas, narcisistas y simples tontos que se dedican a intentar hundir a Podemos, entre los aplausos de la peor prensa del Régimen.

     Habrá que plantear (y así lo pediré en una próxima reunión) la continuidad de los que, desde dentro del círculo, están intentando sabotear y destruir a Podemos. Son pocos, pero agresivos, dogmáticos, manipuladores. Pequeños talibanes de la derrota y el fracaso. No hay que tener temor a echarlos.


"Duelo a garrotazos", Francisco de Goya. Fuente de la imagen:
 https://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line...
     


     Tenía prácticamente desarrolladas estas reflexiones y tomada la decisión, cuando accedí a la lectura de los comentarios precedentes, entre otros muchos de similar cariz, que no han hecho sino confirmarme aún más.

     No dudo de que, si no existiera Podemos, habría que reinventarlo, o algo parecido. Que es absolutamente necesario en la coyuntural actual y sus fines, mis mismos fines.
     Pero ahora mismo el modelo organizativo y el fanatismo desatado dentro de los espacios de participación me asfixian y me destruyen. Me encajonan y me siento prisionero.
     Con gran dolor del corazón y de las amistades contraídas, he de tomar distancias. Necesito recuperar el significado de las palabras, lavarlas de consignas en el río de la vida.

     Podemos ha muerto. Viva Podemos.
     ¿Y ahora?

viernes, 12 de junio de 2015

EL POLÍTICO Y EL IDIOTA


       Corría febrero del 2014.

     Apenas había transcurrido un mes y pocos días desde la presentación oficial de Podemos en el madrileño Teatro del Barrio. Pablo Iglesias, conocido ya entre los movimientos sociales que, desde mayo del 2011, venían reclamando en calles y plazas una regeneración democrática y una participación directa de la gente en dicha transformación, tomaba el testigo y, apoyándose en la infraestructura organizativa de Izquierda Anticapitalista, proponía la creación de una herramienta política que diera cauce a esa necesidad de cambio democrático, social y ético.
     La presumible sinceridad y energía de su propuesta, así como su pasado activista y mediático, lograron desbordar todas las previsiones y en apenas dos días recibía el aval de más de los 50.000 apoyos requeridos para liderar aquel proyecto de participación directa en la regeneración democrática del país.

23 de mayo de 2014. Cierre de campaña
de Podemos a las elecciones europeas.

     Con aquel discurso inicial e iniciático, supo transformar la indignación en ilusión para un gran número de gentes que se negaban a seguir habitando el páramo político que veníamos arrastrando desde... tiempos inmemoriales.
     En mi barrio en concreto, la propuesta cayó como agua de mayo. El terreno venía ya abonado de antes. Y así, como ya he indicado, mes y pico después de que Pablo Iglesias concediera la rueda de prensa con la que oficialmente ponía en marcha Podemos, el Círculo de Arganzuela hacía su presentación pública en el hoy tristemente desaparecido "A tu Ritmo".

22 de febrero de 2014. Presentación
pública del Círculo PodemosArganzuela.

     En aquella ocasión, me tocó hacer de moderador en la mesa de presentación. Tanto en la propia mesa como entre los asistentes, había muchas caras conocidas, muchas caras nuevas también. En todas se transparentaba una ilusión y una unanimidad ("una sola alma") sin precedentes.
     De alguna manera, aquel acto era la consecuencia lógica de un largo proceso de confluencia que se venía desarrollando desde muchos meses atrás. Compañeras y compañeros principalmente de la Asamblea Popular 15M, de Izquierda Anticapitalista, de Frente Cívico, de ADA, junto a vecinas y vecinos a título individual, veníamos colaborando en acciones y proyectos como la Consulta por la Sanidad, el Plebiscito Ciudadano, la Alacena Popular, Alternativas desde abajo. Nos conocíamos y apreciábamos con una armonía sin suspicacias. Descubríamos que era mucho más lo que nos unía que lo que nos separaba. Ya había empezado a plantearse la necesidad de encontrar espacios de confluencia.
     Así, cuando nos reunimos quienes, a través de Facebook, individualmente habíamos ido sumándonos al proyecto de crear un Círculo Podemos en Arganzuela, no fue sorprendente encontrar tal cantidad de rostros conocidos. Pero tanto aquellos que nos conocíamos más o menos de antemano como los recién incorporados respirábamos un mismo sentimiento de camaradería y de decencia política.

     Aquel 22 de febrero, después de las magníficas intervenciones de Bibiana Medialdea, Julia Cañamero y Manuel González; en calidad de moderador del acto, expliqué brevemente mi propia visión de lo que podría o debería ser Podemos, para lo cual eché mano de mis amados griegos.
     Referí cómo, en la antigua democracia ateniense, había dos conceptos, dos términos presentes hoy en nuestra propia lengua, si bien con un significado muy distinto del original. Son las palabras "político" e "idiota".

     En principio, el término "político" significaba simplemente "ciudadano", no en la acepción restrictiva y mefistofélica que le impone el nuevo partido homónimo, sino "ciudadano como sujeto que participa activamente en lo común, en los asuntos públicos"; mientras que "idiota" significaba simplemente "particular".
     En la Atenas clásica, no había una división entre "políticos" e "idiotas", entre "ciudadanos" y "particulares". Todo hombre ateniense, pues sólo los hombres eran susceptibles de participación en la vida ciudadana, ni mujeres ni esclavos --una de las rémoras de la antigua Atenas, si no justificable, sí comprensible en el marco histórico--; todo hombre, pues, era un "político" cuando actuaba en algún asunto que incumbía a la colectividad y era un "idiota" cuando se dedicaba a sus negocios particulares, sin el más mínimo matiz peyorativo. O sea, todo ateniense, en la democracia radical de Pericles, era al mismo tiempo un político y un idiota, un ciudadano activo en la toma de decisiones y un particular que atendía sus asuntos privados.

     Las democracias modernas han tomado prestado el nombre a la antigua lengua ateniense. Pero, a la hora de estructurar un marco participativo real, optaron más bien por el modelo republicano de la antigua Roma: un modo de participación a través de representantes electos, un sistema que escamoteaba la voz al pueblo, a la plebe, a la turba plebeya, a todos aquellos que padecían las crisis económicas de un imperio mantenido a base de costosos ejércitos, a todos aquellos cuyos gritos de protesta eran silenciados con espectáculos de circo y cuya aclamación del líder patricio era comprada con una hogaza de pan.
     Siguiendo dicha tradición romana, hemos divorciado ambos términos, convirtiendo al "político" en un profesional del clientelismo y en "idiotas" a todos los demás.
     Ya era hora de que dejáramos de ser sólo idiotas y asumiéramos también nuestra condición de políticos, de ciudadanos. Ya era hora de que tomáramos como ciudadanos las riendas de lo común, de lo que es de todos. Ya era hora de que construyéramos auténtica democracia.
     Podemos había nacido para ser esa herramienta que devolviera a los meros idiotas su condición de políticos. El propio Pablo lo había definido con un vocablo que en principio se me resistía al oído, pero cuyo significado no podía dejar de inducirme al asentimiento: el ya famoso y preterido empoderamiento.

17 de mayo de 2014. Podemos Arganzuela.
Acto electoral para las europeas.

     En aquellos momentos iniciales, Pablo Iglesias aludía o citaba con bastante frecuencia a los antiguos griegos, lo que conectaba directamente con mis más profundas convicciones, así como a Maquiavelo, lo que me chirriaba bastante. Pero él es el profesor y podía ser que a mí se me hubieran escapado aspectos fundamentales del pensador florentino, tan sabiamente anotado por Napoleón. Con el andar de los meses, Pablo ha ido disminuyendo las referencias a la Atenas clásica en beneficio del segundo.

     Sucede esto, sobre todo, desde el momento en que Podemos apartó a un lado sus pretensiones de ser una herramienta integradora de transformación social y de dignificación ciudadana y pasó a ser una máquina de guerra electoral, articulándose para ello con un criterio que no es mi intención aquí ni analizar ni enjuiciar.
     En principio, esta metamorfosis no debe presuponer necesariamente el abandono de una ideología o de unos principios, pero sí de una perspectiva pedagógica: el empoderamiento que hace de cualquier idiota un ciudadano, con lo que de nuevo vemos alejarse aquel ideal clásico de democracia participativa que en un antiguo poema califiqué como "la rebelión de las lombrices que se saben mariposas".

     Podría ser que tenga yo idealizada la antigua Atenas y su sistema democrático.

Atenas vista desde la colina del Filopapo.

     Evidentemente, no fue la panacea. Muchos aspectos concretos de su realización merecen un juicio negativo, nunca condenatorio sin antes haberlos situado en su contexto histórico.
     La democracia ateniense no es un modelo a reproducir fielmente. Es una idea, un ideal, un horizonte, una utopía. Y utopía no es "un lugar que no existe" y por lo tanto algo imposible, sino "un lugar que aún no existe", es el objetivo que va a marcarnos en todo momento la ruta, impidiéndonos perder el rumbo.
      Como en el poema de Kavafis, es nuestra Ítaca, nuestro destino, allí donde queremos llegar, tras habernos hecho durante el trayecto ricos en conocimiento y en dignidad. Pero, si prescindimos de ese objetivo lejano, de esa Ítaca en el horizonte, de esa utopía, atentos sólo a objetivos prácticos más inmediatos, o bien iremos dando bandazos a la deriva, según el cambiante soplar de los vientos, o bien nos estancaremos en el inmovilismo narcisista.

     Es el mismo inmovilismo que ha lastrado la mayor parte de las democracias modernas, creadas todas tras procesos más o menos revolucionarios burgueses, encaminados no a transformar sino a adaptar las antiguas estructuras de poder feudales a la nueva realidad de dominio industrial y financiero. Las constituciones en que se basan parten de un "pacto entre caballeros", pacto en que el común de las gentes nunca ha participado sino como refrendo borreguil y mudo, pacto que ha usurpado siempre el espacio propio del debate.

     A diferencia de las actuales, la democracia en Atenas no fue un decreto pactado en despachos cerrados y sacralizado mediante una constitución inamovible.
     El proceso que llevó, en el siglo V a.c., a la instauración de la democracia en la antigua ciudad-estado de Atenas había comenzado a principios del siglo VI a.c. con una circunstancial revolución que hoy calificaríamos de "burguesa", revolución controlada por el poder dominante para dar salida a la crisis económica de una población prácticamente esclavizada por las deudas y la falta de recursos. El encargado de su redacción, Solón de Atenas, junto a otras medidas de impulso económico que sentaron las bases para el posterior desarrollo comercial de la ciudad, prohibió la esclavitud por deudas (entonces, claro está, el FMI no existía todavía; de lo contrario, nunca habría permitido tamaña tropelía) y redistribuyó la estructura política para dar cabida en la Asamblea a las clases superiores no nobiliarias. Como apunte anecdótico, tras su confección, el propio Solón se autoexilió durante diez años, para que su presencia no interfiriera ni condicionara la aplicación de su programa.
     Esas medidas aliviaron momentáneamente la tensión social. Pero el camino hacia la democracia radical de Pericles, ya bien entrado el siglo V a.c., fue largo y tortuoso, pasando incluso por un largo período de tiranía, la cual curiosamente regaló al pueblo algún que otro derecho y ciertas mejoras sociales, de cara a debilitar el poder real de la casta nobiliaria.
     Luego, con el retorno de la libertad, vendría Clístenes, quien diseñó sobre el papiro una auténtica revolución popular a la que llamó democracia.
     Esa constitución, sin embargo, era una hoja de ruta, no las tablas de la ley conservadas en alcanfor dentro del tabernáculo. Su naturaleza fue transformándose a tenor de los tiempos hasta el brillante período de la democracia radical de Pericles, con sus luces y sus sombras.
     Y siguió transformándose luego, para bien o para mal, pero nunca idéntica a sí misma, sino maleable a las circunstancias sociales cambiantes; mostrando así que una auténtica democracia no puede perpetuarse como herencia histórica sin replantearse continuamente su propia naturaleza para responder a las necesidades del momento.

La Acrópolis desde calle Eolou,
en las inmediaciones del antiguo
ágora, núcleo de la vida política.

     ¿Qué aspectos de aquella democracia son los que me mueven a hacer de ella un horizonte vital?
     Aquí podría citar detalles concretos, como la rendición de cuentas bajo amenaza de ostracismo; o los sistemas complementarios de elección mediante sorteo para evitar personalismos autocráticos; o la obligación para los más ricos de sufragar diversos gastos públicos, con la opción de un intercambio de bienes para quienes se quisieran escaquear de sus obligaciones tributarias alegando su inferioridad económica frente a otros ricos.
     Pero, más que un concienzudo análisis político o histórico, es la filosofía que subyace a aquella estructura sociopolítica lo que despierta mi entusiasmo.
   
     Para explicar esa base ético-filosófica de la antigua democracia ateniense, nada mejor que un texto transmitido por Tucídides, justamente considerado el padre de la historia. En el segundo libro de su "Historia de las guerras del Peloponeso", reconstruye un discurso efectivamente pronunciado por el propio Pericles en el segundo año de aquella terrible guerra que durante casi cuarenta años enfrentó cruelmente a Atenas y sus aliados (regímenes democráticos) contra Esparta y los suyos (regímenes oligárquicos).
     No puede olvidarse ni que es un ejercicio de retórica política, y por lo tanto parcial, ni el contexto de guerra en que se produjo. El discurso describe aquel ideal democrático en unos términos que sólo pueden despertar la admiración y el respeto. Son de esas pocas palabras que devuelven la dignidad al ser humano, a pesar de todas sus torpezas y sus mezquindades. Bajo el pragmatismo de la circunstancia, alienta en ellas una sinceridad que no puede ser sino desesperada, dentro de los muros de una ciudad asediada por los curtidos ejércitos espartanos. La sinceridad de la utopía.

     Extraigo algunos fragmentos que me parecen más relevantes. Habla Pericles en un acto oficial ante la tumba de los caídos durante el primer año de guerra, no lo olvidemos:

     Usamos un régimen de gobierno que no envidia las leyes de los vecinos, siendo nosotros mismos más bien ejemplo para algunos que imitadores de los demás. Se lo ha llamado con el nombre de democracia por no residir el poder en unos pocos sino en la mayoría. Y, en virtud de las leyes, hay igualdad para todos en las disensiones particulares; mientras que, para los asuntos comunes, en lo tocante a la dignidad, a cómo cada uno es estimado en algo, no se prefiere antes a alguien por su clase social que por sus méritos; ni tampoco, en caso de pobreza, ha sido rechazado, por la oscuridad de su condición social, el que tiene algo bueno que ofrecer a la ciudad.
(Tucídides, "Historias", II, 37)

     Amamos la belleza con sencillez y la sabiduría sin afectación. Usamos la riqueza como ocasión para la acción más que como motivo de jactancia. Y no consideramos deshonroso para alguien el ser pobre, sino muy deshonroso no hacer algo por huir de ella. Nos es factible atender al mismo tiempo los asuntos privados y los públicos, y quienes se dedican a los diferentes oficios están en condiciones de conocer los asuntos públicos no de una manera insuficiente. Pues somos los únicos en considerar al que no participa para nada en política no un hombre apacible sino inútil. Nosotros además analizamos y reflexionamos con exactitud sobre los hechos, no considerando las palabras un perjuicio para la acción, sino más bien el no haber hablado previamente, antes de ir a la acción con todo lo necesario. Pues también nos diferenciamos en esto: ser los más audaces y al mismo tiempo hacer cálculos sobre lo que vamos a emprender; a los demás la ignorancia les procura valor y el razonamiento, pereza.
(Tucídides, "Historias", II, 40)

     Resumiendo, digo que la ciudad entera es maestra de Grecia y que, a mi parecer, cualquier hombre entre nosotros podría acceder a una personalidad autosuficiente en muchísimos aspectos y con los mayores atractivos dentro de su versatilidad.
(Tucídides, "Historias", II, 41)


     Como decía anteriormente, con el transcurrir de los meses, las referencias a la antigua tradición griega prácticamente han desaparecido del discurso de Podemos. Y no sólo las referencias.

Octubre 2014. Asamblea Ciudadana.
Vistalegre. 

     En la pugna entre el carácter pedagógico y transformador y la urgencia del "asalto a los cielos", se impuso esta segundo opción, dejando muchas ideas, muchas iniciativas, muchas gentes muy válidas y capaces por el camino. Donde antes se buscaba el debate y el consenso, la participación directa en toda toma de decisiones; ahora, con la excusa de la efectividad política, entendiendo de nuevo política como un ejercicio reservado a iniciados o expertos, prima el pragmatismo conservador de una estructura vertical y representativa. Donde antes reproducíamos el tejido humano en una pluralidad de voces, ahora asentimos mudos a una concepción unívoca.

Asamblea Ciudadana. Vistalegre.
Compañeros de Podemos Arganzuela.

     Lo más grave es que las tensiones y suspicacias generadas en dicho proceso han arruinado la capacidad dialogante que dio origen a los Círculos, dejando a su paso batallas perdidas entre partidarios de uno u otro modelo. Pues toda batalla, aun la ganada en las urnas, manipulables como son todas las urnas, siempre es por naturaleza batalla perdida. Lo que cualquier batalla deja tras sí sólo puede ser derrota, derrota de aquello que nos hace personas: la capacidad de diálogo.

     La coincidencia de las recientes elecciones autonómicas (en las que Podemos, cual producto de supermercado, participaba como "marca propia") y las municipales (para las que en muchas ciudades se ha optado por confluencias ciudadanas) ha dejado un panorama complejo, que cada cual interpreta desde sus propios prejuicios; en general, con un horizonte mediato y oportunista que, por temor a abandonar el nido, prescinde de altos vuelos.

6 de mayo de 2015.
En el acto electoral Ahora en Común

   ¿Seremos capaces de desnudarnos de prejuicios y volver a sentarnos a reflexionar sobre la dura travesía hasta esa Ítaca en la que todos seamos sujeto y objeto de nuestro devenir individual y colectivo?


     ¿Podrá seguir siendo Podemos la herramienta para que dejemos de ser sólo idiotas y actuemos también como políticos?
     La transformación interna que supuso, primero, la Asamblea Ciudadana de Vistalegre y el posterior conjunto de decisiones y actuaciones que han llevado a la construcción de Podemos como partido político, ¿es sólo un atajo populista hacia la utopía o es el abandono efectivo de la utopía en aras de un supuesto pragmatismo?  

jueves, 22 de enero de 2015

CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO, de nuevo


     Durante mi última estancia en Granada, me topé en mi misma calle con una imagen urbana que no sólo ejemplifica el peso real de la iglesia en la vida cotidiana de la ciudad, siempre en incestuoso maridaje con las altas instituciones provinciales, sino que además sintetiza en una metáfora viva la oscurantista cosmovisión cristiana, históricamente impuesta con palmeta y amenazas, cuando no con el método más expeditivo de las armas.

Calle Carril del Picón. Granada.

     El colegio de los Hermanos Maristas, donde sufrí una infancia y adolescencia castradas por unos métodos pedagógicamente más que dudosos, se construyó, al parecer, en el solar de una antigua fábrica de chocolates. En los años sesenta, poseía varios pabellones de aularios, bordeados de frondosas moreras cuyas hojas cogíamos a hurtadillas en primavera, a pesar de la expresa prohibición, para alimentar los gusanos de seda; amén de tres grandes patios, una enorme piscina sin agua, que hacía las veces de cancha deportiva, un cuidado jardincillo de seto y caquis, una espaciosa capilla, gimnasio...

     Ya en los setenta, como respuesta al aumento demográfico consiguiente a la migración urbana generalizada, la fachada de muro ladrillado y la explanada de entrada al colegio fueron reemplazadas por un nuevo pabellón gris de aspecto carcelario.

     Más tarde, con los conciertos educativos, el colegio abrió sus generosos brazos ecuménicos a una mayor cantidad de alumnos, ahora subvencionados por el Estado pero siempre sujetos a la obligación de determinados desembolsos extraordinarios, para lo cual fueron desapareciendo las moreras y los caquis junto con la mayoría de los antiguos espacios de recreo.

     La última reforma acometida fue para construir, bajo los mismos pies de los estudiantes, un aparcamiento subterráneo de pago. Negocio lucrativo en una ciudad con un tráfico endiablado.

     Sin embargo, las dos salidas del parking daban a calles de dirección única, lo que devaluaba su capacidad mercantil. La solución dada por los siervos del voto de pobreza y de humildad se inscribe en la mejor tradición de El Corte Inglés, quien en su momento forzó las recientes ordenanzas municipales, protectoras de la entonces más que diezmada vega granadina, poniendo como condición para su implantación en la ciudad la construcción de la autovía de circunvalación a las mismas puertas de su establecimiento, en medio de lo que en otro tiempo fuera una feraz tierra de cultivo.

     Pues nada, revaloricemos ese parking subterráneo, confiriéndole una mayor accesibilidad, aunque el tráfico urbano quede todavía más colapsado en pleno centro ciudadano. Ya Dios nos lo premiará en la otra vida. De la noche a la mañana, la antigua calle de un único sentido, multiplicándose a sí misma como los panes y los peces, pasó a tener dos. Hasta aquí, lo habitual.

El polémico arzobispo de Granada, Javier Martínez.
Foto: Granada Laica. Aparecida en
ElPlural.com/Andalucía | 21/01/2015


     Curiosamente, la otra salida del aparcamiento desembocaba justo en un paso de peatones. Salomónica solución: se desplaza un par de metros dicho paso de peatones, con el resultado de que ahora quien lo cruza no se da de bruces con una salida de vehículos, sino con el tronco de uno de los árboles plantados de antiguo a lo largo de la acera.



Parking HH. Maristas



     Desde que el chamán, en los albores de los tiempos, alzó su brazo iracundo para controlar el miedo existencial de aquella indefensa manada al fondo de la caverna, la historia de la humanidad es el ininterrumpido intento de superar el miedo al dolor y a la muerte, bajo el paraguas nada inocente de idealizados seres superiores. Pero hay paraguas y parasoles.

     La antigua concepción griega del origen de la vida ponía su énfasis en la existencia de un caos primordial que, impulsado por el poder del deseo, generó en la materia un orden, dando así lugar a todas las formas de lo vivo, incluidos los dioses. Una especie de big bang en clave poética. De este modo, la materia informe cobra cuerpo en una naturaleza motriz, nunca estática, marcada por el binomio vida/muerte, muerte que es semilla de nueva vida, vida que lleva en su propia naturaleza la semilla del morir, una naturaleza de la que forman parte y contrapunto tanto los hombres caducos como los dioses inmortales. Dioses que, de este modo, representan una imagen idealizada tanto de los propios hombres como de la permanencia generacional de lo existente. Pobre consuelo, respetuoso con el precario equilibrio biológico, que no promete sino lo propio de su propia condición.

     Frente a esta imagen del mundo, la tradición judeocristiana impone una visión mucho más dictatorial, encabezada por un ser totalitario, completamente ajeno a la vida, que hace vida de la nada para inmediatamente condenarla a la nada. Yahvé no forma parte de la vida. La crea, como por juego, para ponerse a sí mismo a prueba y poner a prueba el propio juguete. Como un prestidigitador, la crea Él solito y, por lo tanto, la crea a su gusto, a imagen de sí, una imagen devaluada, claro, una imagen perecedera, cuyo miedo existencial y dependencia la hagan más dócil.

     ¿Qué es, entonces, para la tradición judeocristiana la vida? El tránsito de la nada a la nada, de la no vida a la muerte, paso de peatones de una acera a la otra, tránsito sádicamente peligroso, plagado de sufrimientos que hagan más apetecible esa nada final; carrera de obstáculos a mayor gloria de su promotor, valle de lágrimas entre cimas cuya imponente altura nunca deja penetrar la luz.

     Pero, claro, los antiguos mitos griegos buscaban explicar la totalidad del mundo al individuo, de esa inquietud nació el pensamiento, como arte y como conocimiento.

     Los mitos judeocristianos fueron redactados para imponer al mundo una ideología patriarcal y un contrato social de estructura netamente hegemónica y piramidal.

     El nuevo testamento transformó el antiguo tanto como la tan aclamada transición transformó una dictadura en democracia, dejando a los mismos personajes pero con vestimenta más actualizada, repartiendo el poder unipersonal en un más que curioso triunvirato, paloma incluida.

     La cultura occidental es el resultado de la angustia vital latente bajo el sinsentido impuesto como dogma y como ley. Dios nos echó a la vida pero nos prohibió conocerla, saborearla. Nos puso delante la vida, pero sólo para probar si éramos capaces de rechazarla, de renunciar a sus dones, no a sus pesares. Nos ordenó pasar por ella como de puntillas, corriendo ciegos hasta toparnos con la muerte, para no contaminarnos de vida, bajo amenaza de los castigos más tremebundos.

     Igual que ese paso de peatones, cuyo uso, dictado por las normas de urbanidad, nos conduce directamente a toparnos de bruces contra un obstáculo vial: uno de los olmos de la acera.



     No quiere esta reflexión ser denuncia. De darse una solución oficial, ya sabemos quién llevaría las de perder, ese pobre olmo que, como el de Machado, lleva años reverdeciendo cada primavera, incluso bajo el aire envenenado de un tráfico infernal.

     Sigamos mirando para otro lado y topémonos, amigo Sancho, una vez más con el árbol de la Iglesia.

     O atrevámonos a cruzar, incluso contra las normas mismas, hacia ese otro árbol prohibido del conocimiento.  

lunes, 17 de noviembre de 2014

¿HIPOCRESÍA? ¿BUROCRACIA? ¿EDUCACIÓN?


     Como cada año al inicio de curso, he tenido que confeccionar la programación anual de la asignatura de griego para mi centro de trabajo. En ella, junto a los datos técnicos sobre el temario, la temporalización, la metodología didáctica, los criterios de calificación, etc. etc.; encabeza el documento un apartado de importancia capital. Se trata de los OBJETIVOS. Ellos serán la hoja de ruta de ese apasionante diálogo en el aula entre el profesor y los alumnos, marcarán o deberían marcar el rumbo de la propia asignatura. Y, sin embargo, dicho rumbo a veces nos enfrenta a escollos difíciles de salvar con auténtica franqueza y honestidad.


     Entre dichos objetivos, publicados en el abstruso lenguaje de todo Boletín Oficial, algunos de ellos se desnudan formalmente de tecnicismos para proclamar un europeísmo idealizado. Cito textualmente:
     "La materia de Griego en el Bachillerato aporta las bases lingüísticas y culturales precisas para entender aspectos esenciales de la civilización occidental, como resultado de una larga tradición grecorromana".
     Su estudio debe tender a inculcar en los alumnos "el ejercicio de la ciudadanía democrática, desde una perspectiva global; y adquirir una conciencia cívica responsable, inspirada por los valores de la Constitución española, así como por los derechos humanos, que fomente la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa".
     A través del estudio de la lengua griega, mis alumnos han de imbuirse de aquel ideal humanístico que, allá por el siglo XIV, tomó el relevo a la antigüedad clásica y ha venido inspirando los valores más auténticos de la civilización occidental, de los que tan frecuentemente hacemos gala en Ateneos y Foros institucionales, y tan frecuentemente desmentidos por la realidad histórica. Valores como la igualdad, la equidad, la libertad, la democracia, el respeto a todo ser humano, la cooperación, la hospitalidad.

     Alentado por dichos objetivos, me presento en el aula, en ese complejo alambique de las naturales tensiones entre la adolescencia inquieta y la reflexión didáctica. Me dispongo a hablar del sagrado sentido de la hospitalidad en la Grecia antigua. La escena que le servirá de comentario pertenece a La Ilíada homérica.
     En el transcurso de una de tantas batallas durante los diez años que duró la guerra de Troya, se enfrentan en pleno campo Diomedes y Glauco, griego el uno y el otro troyano. En medio del fragor de las armas, de los gritos de la pelea, de la sangre derramada, en medio de la tremenda crueldad del dios de la guerra,siguiendo los códigos de honor nobiliarios, Diomedes, espada ya en alto, pregunta a Glauco por su linaje y éste le responde. De ese modo, ambos se descubren hermanados por un antiguo pacto de hospitalidad intercambiado por sus respectivos progenitores. En medio de aquel escenario de muerte y destrucción, renuevan aquellos votos fraternales e invocan a la propia naturaleza mortal de todos los seres vivos con una hermosísima metáfora que acabaría convirtiéndose en lugar común: "Como las generaciones de las hojas, así también las de los hombres".
     El abrazo que rubrica esa hermandad de destino que nos define y nos iguala se ha convertido en uno de los valores incontestables de nuestra civilización occidental. Es un desafío a la irracionalidad predatoria, un ideal de concordia, de humanidad, de hospitalidad.
     Reviviremos en clase ese sentimiento de que todos, como las hojas de los árboles, estamos abocados a la muerte pero también al reverdecer de la vida, cada primavera. Y es esa naturaleza común la que debería hacernos derribar fronteras, desigualdades, racismos, discriminaciones, xenofobias.
     Pero las noticias de los periódicos hablan un lenguaje muy diferente.

campo de golf ante la valla fronteriza en Melilla.
Foto: José Palazón / Prodein,
aparecida en El diario.es el 23-10-2014

     El pasado mes de octubre, el Consejo Europeo puso en marcha en la vieja Europa un operativo policial coordinado contra la población migrante, en clara vulneración del artículo 9 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. La justificación de estas redadas racistas es la realización de un estudio sobre migración ilegal, sus rutas y sus mafias, para combatirlas. El operativo, irónicamente nombrado con palabras tomadas del clásico latín, Mos Maiorum, alentará la xenofobia y el racismo que lentamente va abriéndose paso al socaire de la actual crisis económica y social.
     Nos enteramos de que estas operaciones racistas vienen sucediéndose desde hace unos años en la curtida Europa del euro, la misma que infla sus arcas de divisas gracias a los escenarios turísticos de su propio pasado.
     En sus museos, Glauco y Diomedes vuelven a preguntarse cada día sus respectivos nombres, con las consecuencias ya conocidas. Pero no podemos oírlos. Como protección contra el deterioro, están encerrados en una urna hermética.

     No hace mucho que España, tierra de iberos, de fenicios, de griegos, de romanos, de visigodos, de árabes, alzó en su frontera sur vallas defensivas contra el otro. El trato al vecino no ha sido desde entonces precisamente exquisito ni generoso, sobre todo con el necesitado. Como gesto de bienvenida, no nos hemos detenido a preguntarle su nombre, sólo su documentación. En medio de la paz, Diomedes deja de preguntar su nombre a Glauco y entabla una guerra. La aristocrática legalidad lo ampara.
     Sin embargo, y a pesar de la dudosa legalidad, violencia tan explícita contradice el espíritu de esa escena homérica, elevada al rango de cultura patrimonial. Y el Comisario de Derechos Humanos del Consejo de Europa nos da un tironcillo de orejas. Nada grave. Podemos seguir hospedando al vecino que irrumpe en nuestra casa en alguno de esos humanitarios Centros de Internamiento de Extranjeros, antes de costearle un traslado cómodo de nuevo a su lugar de origen. 

La valla de Melilla.
Foto: Robert Bonet,
aparecida en El diario.es el 16-10-2014

     De nuevo en el aula, ante personas que también han leído las noticias de los periódicos o han oído hablar de ellas en Facebook o en Twitter, personas que en su fogosa adolescencia son interrogantes vivos ante la compleja realidad del ser humano; ante mis alumnos, me vienen a la memoria los objetivos de mi presencia allí: "inculcar el ejercicio de la ciudadanía democrática, desde una perspectiva global; y adquirir una conciencia cívica responsable, inspirada por los valores de la Constitución española, así como por los derechos humanos, que fomente la corresponsabilidad en la construcción de una sociedad justa y equitativa." El subrayado lo pone mi propia mente.

     El mismo gobierno que me dicta esos valores como objetivo es el que, al mismo tiempo, dicta la orden de impedir la entrada al vecino por procedimientos expeditivos. Esa identidad de sujeto ¿convierte en mera burocracia administrativa la redacción de aquella programación por la que debe guiarse mi tarea docente? Sería desalentador.
     No puedo creer que se trate de un simple ejercicio de hipocresía, no debo creerlo.

     Curiosamente, la palabra "hipócrita" es palabra griega. Con ella se designaba a los actores en la antigua Atenas democrática. Significa "el que se esconde por debajo"; o sea, el que se esconde bajo la máscara, ya que los antiguos actores griegos interpretaban sus papeles siempre con la máscara propia de su personaje. Evidentemente, "hipócrita" no era entonces un término despectivo. ¿Cómo ha llegado a serlo?
     La máscara del actor, además de proporcionarle una pequeña bocina con la que proyectar su voz mucho más lejos, anulaba los rasgos individuales de su persona, borraba lo particular del individuo, para expresar lo general, para hacerse voz de esa comunidad democrática. La máscara actual se ha cerrado sobre sí misma. Ya no sirve de megáfono público, sino de pantalla para proteger lo particular en su feroz individualismo. Son las leyes del mercado.

     Entonces pienso que, en ese sentido antiguo de la palabra, sí que puedo ser un perfecto hipócrita, portavoz o megáfono, no adoctrinando, sino permitiendo que mis alumnos se asomen a través de mí a aquel mensaje de Homero y vuelvan con esa imagen en la retina a su realidad cotidiana.
     Glauco y Diomedes sellaron sus respectivos dones de hospitalidad reconociéndose hermanos en una naturaleza mortal compartida, y ello en medio de una sangrienta carnicería ante los muros de Troya. El aula no es una torre de marfil, no debe serlo. Es un microcosmos dentro de ese macrocosmos general en el que mis alumnos y yo hemos desayunado con las noticias de los periódicos antes de venir al instituto. Un microcosmos en el que, igual que Glauco y Diomedes, podemos renovar los votos por una sociedad más justa, más equitativa, más humanitaria.
     Y hacerlo con las primitivas palabras griegas.

Puerta de los Leones,
entrada al recinto fortificado de Micenas

viernes, 26 de septiembre de 2014

Teatro y Democracia


     El teatro nació de la fiesta y fue expresión feliz de la democracia.

El cielo de la Acrópolis. Atenas.

     El dramaturgo norteamericano Arthur Miller dijo: El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma. Esa naturaleza especular del teatro está ya presente en sus orígenes mismos.

     Es opinión aceptada de antiguo que el teatro occidental surgió en Grecia a partir de festividades y celebraciones de raigambre popular, eminentemente agrarias, muchas de las cuales todavía hoy perviven no sólo en suelo griego, en manifestaciones como las murgas de Cádiz, las coplillas dialogadas, los trovos de los festivales alpujarreños.
     Festejos populares de remota tradición, en los que el individuo se reconocía miembro y partícipe de una colectividad, con enfrentamientos rituales entre lo viejo y lo joven, entre hombre y mujer, entre el invierno que muere y la primavera que nace, entre el jornalero y el capataz, competiciones líricas o musicales, confluyeron y cristalizaron en torno al siglo sexto antes de cristo en una manifestación artística que visualizaba ante los espectadores la epifanía de una divinidad de signo agrario, Diónisos, como expresión dialéctica de la propia colectividad, encarnada en el coro.

Representación del "Orestes"
 de Yannis Ritsos.
Universidad Complutense.

     No resulta baladí el momento histórico en que se produjo el nacimiento del teatro, así como determinada manifestación artística es siempre consustancial a la sociedad que la produce y consume.

     Es innegable el hecho de que nuestra civilización contemporánea es una civilización visual. Hemos nacido a la imagen, desterrando a la palabra a una posición subalterna. Eso no puede dejar de tener sus consecuencias. La inmediatez y el menor esfuerzo con que una imagen aporta una información más completa que cualquier enunciado verbal, junto con su apabullante impacto sensorial, amplía el caudal informativo y atrapa nuestra atención, sí. Pero el discurso visual, por su propia naturaleza dinámica, es más reacio a la reflexión, más proclive a la manipulación. Responde perfectamente a las necesidades de una sociedad de mercado.

     La épica homérica bebía en los anhelos y las contradicciones de una casta nobiliaria, heredera de soñadas glorias micénicas, que dominaba sin contestación los pequeños núcleos urbanos que se preparaban ya a entrar en la historia.
     Agamenón, líder indiscutible de la coalición que puso sitio a la ciudad de Troya, Agamenón, pastor de pueblos, respondía a las inquietudes de los jefes de tribu que iban viendo cómo sus súbditos comenzaban a reclamar en voz baja el papel de ciudadanos. Las tribulaciones de Ulises de regreso a Ítaca marcaban el camino a una casta que veía en peligro sus privilegios heredados ante la irrupción en el horizonte de nuevos valores comerciales.
     Y cuando las tensiones ciudadanas estallaron, dando lugar a un nuevo marco social que restaba poder e influencia a esta nobleza hereditaria, o al menos la ponía en cuestión, cuando no fue sometida al destierro, el refugio de dicha oligarquía en el individualismo y en los intereses particulares dio voz a la lírica arcaica griega, tan fragmentariamente conocida y tan hermosa.

     Ninguna de estas dos manifestaciones artísticas, ni la lírica tradicionalista o individualista, ni la épica nobiliaria, servían plenamente como marco identitario a las ciudades estado que iniciaban el largo y complejo camino a la democracia, creación paulatina mediante la cual el súbdito iba haciéndose cada vez más ciudadano, y no regalo envenenado de una casta dominante.

Museo de la Acrópolis.

     Una de tantas ironías con las que la antigua civilización griega atemperaba su exacerbado sentimiento trágico de la existencia: fue precisamente un tirano, Pisístrato, quien, buscando legitimidad en el populismo para arrinconar y mantener a raya la oposición de una nobleza hermana en el destierro, halagó al pueblo que sustentaba su poder introduciendo en Atenas el culto a una divinidad eminentemente agraria, propia del pueblo llano y casi ausente del Olimpo nobiliario, Diónisos.
     Las herramientas de cualquier tiranía populista para perpetuarse nunca han cambiado: represión de la disidencia y adocenar al común con unas migajas de bienestar narcotizante y con festejos gregarios que no cuestionen la legitimidad de quien los promueve.
     Sin embargo, ese gesto de magnificencia dadivosa, la introducción de un dios propio de las clases sociales en las que se sustentaba la tiranía, como mal menor, y la celebración de dicha divinidad mediante las representaciones dramatizadas que le eran propias, traería unas consecuencias imprevistas, que sobrevivirían y se desarrollarían plenamente a la caída del propio tirano.
     Pues, derrotada la tiranía después de cuarenta años, el pueblo ateniense emprendió una ruta irreversible hacia la participación ciudadana en las decisiones colectivas. No había ejemplo que imitar, no había modelo. La democracia tuvo que ir creándose a sí misma, no sólo en cuanto estructura política, sino como espacio de convivencia y participación.

     No es casual que el teatro se convirtiera en la expresión más depurada de esa nueva sociedad.
     Por su propia naturaleza dialéctica, el teatro sacaba a la luz las contradicciones y antagonismos en que dicha sociedad se asentaba. Era un diálogo inmediato de la colectividad consigo misma, un espacio de reflexión sobre el difícil vivir en común. La tragedia tensa la cuerda del arco del hombre en acción. La comedia desnuda al grupo de prejuicios y fanatismos. Llevando la carcajada a ras del suelo o derribando de su coturno al héroe en la encrucijada, tragedia y comedia se convertían en espejo vivo de esa multitud congregada ante un escenario donde el actor dejaba de ser él mismo para ser la máscara, el otro que podría ser yo pero no soy yo, y en el otro reconocernos como individuos inmersos en un mundo plural.

Representación del "Ayax"
de Yannis Ritsos.
Universidad Complutense.

     El teatro nos recuerda que no vivimos solos, aislados. Las tensiones entre el interés particular y el de la colectividad, entre las normas del corazón y las normas que regulan la convivencia, entre el bien común y el bien individual, entre los vencedores y los vencidos, entre el justo prescindible y el injusto sobresaliente, entre la honradez ante uno mismo y el precio del prestigio pueden abocar al desvarío y la ruina o resolverse en un acto de autoconocimiento. En el teatro, todos somos juez y parte, reo y verdugo. La distancia del espectador respecto a lo representado era la distancia de la asamblea ciudadana respecto a las decisiones a adoptar, un espacio de transparencia y reflexividad.

     La antigua civilización griega, a diferencia de otras civilizaciones que dogmatizan y tratan de imponer una moral restrictiva, perseguía el equilibrio en todas sus manifestaciones. Concebía la vida como un frágil acorde entre contrarios.

Columnas del templo de Apolo.
Delfos.
     El mayor santuario de la antigüedad, aquel que representaba los valores más altos a los que aspiraba el mundo griego, el oráculo de Delfos, embebió a toda la sociedad griega antigua en unos códigos de conducta, procedentes de antiguos clanes nobiliarios, pero depurados por el transcurrir de la historia. Extendió un ideal de vida encarnado en la figura del dios Apolo, dios de la razón, de la armonía, del equilibrio. En las puertas de acceso estaban esculpidas las dos máximas que inspiraron a Sócrates su programa ético: conócete a ti mismo y todo en su justo medio.
      Sin embargo, esa exaltación de la razón, tan brillantemente expresada en las airosas columnas del Partenón, no podía estar completa sin la presencia en Delfos de Diónisos, dios de la pasión, de la irracionalidad, de la exaltación, de la locura, de aquellas fuerzas oscuras que laten en el subconsciente humano, el dios del teatro. Diónisos nos dice a la cara que no somos únicamente razón e inteligencia. El otro polo de nuestra naturaleza tiende a la satisfacción de las pulsiones de vida y a la fascinación por la muerte, impulsos tan necesarios como el anhelo racional.
El Partenón
visto desde la colina del Areópago
     Y así como Diónisos completó el discurso de Apolo en Delfos, Apolo dotó a la expresión teatral dionisíaca de instrumentos artísticos para hacer del escenario auténtica mímesis del cosmos humano. En la Atenas democrática, cada primavera, durante tres días, los festivales anuales de las Grandes Dionisias ponían en escena los dramas del ser humano como animal político y como particular, ante la atenta mirada de la asamblea de los ciudadanos. Los habitantes de la ciudad, sin distinción de clases ni de géneros, aplaudían o silbaban, aprobaban o denigraban, participaban activamente en la dialéctica propuesta a través de aquellos espectáculos que eran espejo de su propio vivir difícil y contradictorio.

     El desarrollo económico de la Atenas democrática la convirtió en un imperio que, si bien seguía profundizando en la democracia interna, tenía comportamientos cada vez más tiránicos con sus aliados estratégicos, al tiempo que entraba en conflictos de intereses con la otra gran potencia económica y militar entonces, Esparta y sus aliados. Las tensiones entre ambos bloques de poder llevaron a una cruenta guerra entre las diferentes ciudades estado que conformaban las dos ligas en conflicto, la Guerra del Peloponeso, una guerra que duraría treinta años y cuyo final dejó un panorama desolador en la mayor parte de la Grecia antigua.

Yelmos. Museo de Olimpia

     Atenas salió derrotada y humillada mediante la imposición de un régimen dictatorial de treinta tiranos, un sangriento régimen de terror y corrupción que en menos de un año fue derrocado y reinstaurada la democracia. Pero ¿qué democracia?
      Estragados por tres decenios de guerra y por los excesos demagógicos en los momentos más críticos de la contienda, el pueblo ateniense abrazó la paz como un narcótico, la democracia como una rutina. Ésta se hizo cada vez más formal, más cuestionada, más conformista, a medida que los ciudadanos dedicaban su atención más a los asuntos particulares que a la administración común.
     La tragedia, ante ese público que empezaba a desentenderse de lo colectivo, se fue haciendo cada vez más evasiva, más formalista, hasta extinguirse en el virtuosismo técnico. La comedia, que anteriormente había desnudado al ágora de retóricas haciendo sarcasmo carnavalesco de la vida pública, fue poco a poco prescindiendo del coro, metamorfoseándose en amable y autocomplaciente mirada sobre el ámbito de lo particular, para terminar desembocando en diferentes manifestaciones de feria y entretenimiento que apenas han dejado huella en la historia cultural de occidente.
     La voz de Diónisos se fue apagando junto con la voz de la colectividad en la asamblea ciudadana.

     Como otros géneros artísticos de la antigüedad, el teatro ha sobrevivido hasta nuestros días, transformándose y adaptándose para ser expresión formal de la sociedad que lo produce, de sus intereses y prioridades.

Teatro de Epidauro

     En una época en que el teatro sobrevive entre la sobreprotección institucional a determinadas tendencias afines y el desamparo general de la creatividad artística, en medio del adocenamiento cultural de una sociedad, primero estragada de consumismo, desamparada luego y sumida en la miseria por los gurús de las finanzas y el expolio, ¿qué realidad es la que nos muestran las carteleras teatrales contemporáneas a unos espectadores en desbandada?