"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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martes, 14 de julio de 2015

PODEMOS HA MUERTO. VIVA PODEMOS (reflexiones en medio de la tormenta)


PODEMOS HA MUERTO. VIVA PODEMOS
(reflexiones en medio de la tormenta)

     De la oruga a la mariposa. Del grano a la espiga. De el rey ha muerto a viva el rey. Del Podemos de la gente al Podemos del cambio.

18 Octubre 2014.
Asamblea Ciudadana Sí Se Puede

     Todo lo que está vivo se transforma. La vida huye de lo estático. Completamente cierto. Pero, en el proceso, ¿no podemos encontrarnos con que el resultado de la crisálida sea un lepidóptero insignificante y parasitario? ¿No cabe la posibilidad de que la semilla germine esa hierba invasora que ponga en peligro la necesaria biodiversidad? ¿Cuántas veces, si no siempre, la sentencia con que se saluda la muerte de un rey y la entronización de su sucesor despierta las mismas sospechas de aquel refrán que predice otro vendrá que a mí bueno me hará?
     La breve historia de Podemos es la historia de una profunda y veloz transformación, la metamorfosis de un movimiento algutinante y participativo, que allá en sus inicios sólo a regañadientes abandonaba su estatus asambleario y sólo nominalmente asumía la definición de partido, únicamente como imperativo legal para su asalto a las instituciones; hasta acabar convirtiéndose en una estructura monolítica y férreamente jerárquica, definitivamente consumada mediante la aprobación de un reglamento de primarias internas de cara a las próximas elecciones generales impositivo y excluyente.
     El descorazonamiento personal frente a este proyecto no es una pataleta circunstancial ni un berrinche victimista. Corroe no sólo fibras vitales de la propia sensibilidad, sino también planteamientos éticos irrenunciables.

     He escuchado estos últimos días argumentarios en defensa del actual modelo de partido que reducen la política a un mero juego de tronos, a un simple torneo por una posición de más o menos poder, divorciando la acción política de cualquier compromiso moral.
     Todos sabemos que la política, como los negocios, es una competición amoral.
     Pero eso mismo es lo que ya tenemos, y así nos ha ido. Para lo que ya tenemos, ¿necesitábamos nuevas alforjas?
     Una auténtica regeneración democrática sólo puede ir sustentada en una regeneración ética real.
     La erradicación de la corrupción política, que no es más que la gradación última en la amoralidad general de una sociedad liberal, individualista e insolidaria, amasada en la picaresca y el nepotismo, no puede acometerse únicamente con medidas administrativas, sino con la asunción general de unos valores de tolerancia hacia el que no soy yo, de efectiva igualdad de oportunidades, de respeto mutuo.
     Esos valores no se imponen por ley ni pueden ser nunca el resultado de la victoria en una confrontación electoralista. Se crean mediante el diálogo plural y una implicación responsable y altruista en lo común, sin personalismos excluyentes en los que deponer la propia responsabilidad.
     El empoderamiento no puede reducirse a una mera estrategia de diseño para imponerse entre las jaurías de la selva.

     Otro argumento muy difundido a favor de un Podemos rígidamente controlado desde arriba (ya que toda jerarquía, incluso electa, implica necesariamente un arriba y un abajo) presupone la incapacidad del individuo como sujeto de acción conjunta y, de rechazo, impone una visión militarista.
     Conquistemos el cielo, en orden de batalla. Ya desde las alturas conquistadas, lo arreglaremos todo, lo de dentro y lo de fuera.
     Pero toda victoria es una derrota. Toda victoria deja tras de sí el hedor de la muerte, la esclavitud moral o material de los derrotados, la destrucción de aquello que hizo del primate un ser humano: la palabra.
     Sólo vence auténticamente quien convence, y en todo convencimiento auténtico, más allá de la razón, juegan un papel necesario la bidireccionalidad del diálogo, una sensibilidad permeable, la empatía y la ilusión.
     ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?

     Dejemos a los expertos, dicen. Ellos saben. Ellos dan en el clavo, los demás aclamemos. De nuevo la aristocrática visión platónica de la sociedad, estamental y estática, con filósofos gobernantes y masa sumisa y acrítica.
     Pues nombrar expertos convierte al resto en necios. Pero en la naturaleza nada es absoluto. Todo experto guarda dentro de sí un necio, así como todo necio guarda dentro de sí un experto. Lo necio y lo experto están indisolublemente unidos en la constitución de todo ser. Imposible aislar lo uno de lo otro.
     Utilizar las energías de unos pocos, por muy potentes que éstas sean, despreciando la energía constructiva de la totalidad, es una irresponsabilidad que irremediablemente conduce al agostamiento. El monocultivo, si bien ha resultado a veces muy rentable, tanto a regímenes capitalistas como comunistas, a largo plazo siempre ha terminado destruyendo el propio suelo y comprometiendo el equilibrio ecológico.

     Hay quienes, en medio de este mar de tiburones de la economía global, ven en Podemos sólo una transitoria tabla de salvación para llegar. Sometámonos al timonel. Cuando lleguemos, abriremos de par en par las compuertas de la democracia.
     La transitoriedad, más que un alivio, supone un veneno mortal. Porque cuenta con la continuidad del sujeto y del cuerpo social, continuidad exclusiva de los libros de historia. El instante no existe, porque nuestra mente es incapaz de ser en el instante, sino en el recuerdo o en el proyecto. La percepción del instante transforma a éste en pasado, pues el proceso perceptivo se completa en el instante sobrevenido, cuando ya es futuro. Y la continuidad de los instantes en el tiempo hace de su ininterrumpida sucesión rutina, transformando la cualidad transitoria en sustancia permanente.
    No encuentro mejor resumen que un refrán griego: Nada más estable que lo provisional.

     Curioso también el maquiavelismo implícito en dicho argumento: Podemos es un medio para devolver a la sociedad lo que a la sociedad le ha sido robado. Y el fin, claro, justifica los medios.
     ¿No son esos mismos los fundamentos ideológicos de la globalización financiera, implementados por las políticas neoliberales de gobiernos cómplices, cuyas consecuencias pretendíamos combatir?
     Decía Nietzsche que, cuando miras a los ojos a un monstruo, corres el peligro de convertirte tú mismo en monstruo también.
     Necesitamos un cambio, sí, pero un cambio no sólo en el modelo económico, también en el modelo social y el ético, los tres pilares son fundamentales, indisociables. Y no hay atajos. No hay caminos perversos que conduzcan a la inocencia.
     El poeta griego y premio nobel Yorgos Seferis, diplomático activo durante la Segunda Guerra Mundial, escribía en un poema: "lo importante no es el qué sino el cómo, no el adónde sino por dónde".

     El argumento de un Podemos como vehículo instrumental (controlado y medianamente democrático) para unos fines sustancialmente diferentes de la propia herramienta (plena democracia) bebe en las mismas fuentes que la falsa dicotomía entre el fondo y la forma, entre el continente y el contenido, que el dualismo entre el alma y el cuerpo. Lo que no deja de ser un espejismo, cuando no una impostura.
     El medio es el fin, tal como el alma es el cuerpo.
    El continente no rompe el cascarón de la comunicación sino en el contenido, lo contrario es un balbuceo. Así como el contenido, incluso en el propio pensamiento, no llega a ser sino en el continente. ¿Alguien es capaz de pensar sin palabras, incluso una operación matemática?
     No puede haber un fondo ideológico sin una forma de expresión concreta que lo materialice. Y la expresión, toda expresión, incluso la escritura automática surrealista, brota de raíces que predeterminan su naturaleza.
     A propósito del lenguaje cinematográfico, Godard dijo que un simple travelling es ya una cuestión moral.
     Porque no somos hijos de lo que hacemos sino de cómo lo hacemos.

     Bien. Para ti la perragorda. Convengamos en que Podemos es sólo un método, incluso un buen método, para alcanzar las instituciones. Que los fines de la nueva política residen en último extremo en las personas.
     ¿Y por qué esa desconfianza en las personas?
     Se nos solicitó confianza ciega en unos líderes. La llamada a la fe resonó como trompeta apocalíptica en el palacio de Vistalegre.
     Después de trece años escolares sometido a las arbitrariedades de otra fe igualmente ciega y tan radicalmente incondicional, no está en mi naturaleza anularme a mí mismo en una masa de incondicionales.
     Lo confieso, me da miedo. La incondicionalidad ha conducido demasiadas veces a fanatismos, a fascismos, a totalitarismos. El mayor de los totalitarismos lleva más de dos milenios sojuzgando al hombre en la ceguera de la fe.

     Podemos, se nos dice, es un asalto a la vieja política, aprovechando las herramientas de la vieja política, para instaurar una política nueva. ¿Es posible que de lo viejo brote lo nuevo?, ¿que lo caduco engendre lozanía? ¿Es posible que de lo putrefacto surja nueva vida?
     La naturaleza y la historia nos dicen que sí. Pero también sabemos que, en toda metamorfosis, puede que del gusano surja una polilla, que de la semilla brote la cizaña, que a un rey inhumano le suceda un soberano criminal, que un cambio social acabe siendo simple transformación para que todo permanezca igual, que un ser humano cualquiera amanezca un día siendo una cucaracha.
          

     Un argumento de peso, con el que a menudo se intenta callar la boca a quienes todavía pensamos que otro mundo no sólo es posible sino también factible, se centra exclusivamente en la situación de miseria material a que han conducido las políticas neoliberales implantadas por los últimos gobiernos.
     Hoy comer y mañana aprender. Sacrifiquemos la capacidad de desarrollo integral, tanto en lo humano como en lo material, en aras de una urgencia social dramática y apremiante. Rescatemos a las víctimas de la rapiña capitalista y pospongamos el debate ideológico para mejor ocasión.
     Como si uno y otro proyecto no fueran complementarios e indivisibles.
     Sería yo un irresponsable si hiciera ojos ciegos ante la miseria a la que han conducido las políticas neoliberales a gran parte de mis conciudadanos, si olvidara que un estómago vacío es la sepultura de toda ética, de todo humanismo, de la propia democracia. Pero ¿es auténticamente responsable hacer una labor de fontanería en las infraestructuras económicas sin desatascar las superestructuras ideológicas en que se sustentan?

     Quienes así hablan, suelen tener en mente un concepto de partido como mero gestor asistencial. Entienden el Estado no como el espacio común sino como latifundio gubernamental.
     Lo asistencial genera docilidad y clientelismo. Andaluces y gallegos sabemos bastante de eso.
     Si no queremos que, en el mejor de los casos, la necesaria solidaridad social termine siendo caridad institucional, expuesta a los vaivenes de las urnas y a la ferocidad de los depredadores de lo público, no podemos hacer un viaje en solitario a por peces para hoy, tenemos que embarcarnos a aprender a tirar todos juntos de la red.
     ¿Acaso el humanismo crítico y comprometido resta fuerza al intelectualismo táctico? ¿No son fuerzas complementarias en una sociedad que se busca libre y democrática?


     ¿Soy demasiado ambicioso? En esto, sí, lo soy. Uno de los consejos convencionales que con más convicción repito a mis alumnos: Si aspiras a un cinquillo, puedes encontrarte con que has calculado mal tus fuerzas y no llegues al aprobado. Si aspiras a lo más, sacarás de ti lo más.

     ¿Es posible que una leona dé a luz una gacela?, ¿qué un águila empolle un colibrí?, ¿que un partido político estructurado internamente según modelos jerárquicos que arrinconan la divergencia sea capaz de generar un espacio público de libertad y de participación, plural y dialogante, no solamente satisfecho en lo material?

     ¿Soy utópico? ¿Extemporáneamente idealista? ¿Un derrotado? ¿Desconfiado?

     Como Odiseo, soy nadie, uno más, náufrago en medio de la tempestad. Docente, escritor, ciudadano. No aspiro a cargos ni a reconocimientos, que condicionarían mi anónima independencia. No albergo pretensiones de infalibilidad ni de adoctrinamiento.
     Sólo una persona que se pregunta. Alguien en busca de respuestas, que duda de las voces de sirena de la promoción.
     Un nadie más, agarrado al mástil roto de unos principios éticos, en medio del naufragio, para no ser arrollado por el temporal.


     El reglamento de primarias impuesto por la jerarquía supone el acta de defunción de un Podemos que abrazaba y aglutinaba frente a este otro, ensimismado en su propio espejo. Supone la metamorfosis definitiva de aquel Podemos como movimiento regenerador de la democracia española en un partido más dentro del juego de tronos del despotismo partitocrático.
     
     Cuántas personas, cuántas ideas, cuánta energía derrochadas por el camino.

     Pero el efecto más nocivo de todo este proceso ha sido la polarización y la crispación generadas dentro de los propios círculos.
     Donde en un principio se respiraba una camaradería entre ciudadanos de procedencia e ideología diversas, unidos e ilusionados en un proyecto común, personas que, como he dicho en otro lugar, buscaban sumar lo que nos une, restando lo que nos divide; hoy por hoy, las virulentas tensiones entre quienes asumen ciegamente la voz de las alturas y aquellos que difieren, no en el diagnóstico ni en el propósito, han resucitado lo peor de esa España goyesca y cainita del duelo a garrotazos.
     Sirvan de ejemplo algunos comentarios vertidos en la página Facebook del propio círculo:

     Hubo un congreso y hay una solidísima mayoría que no quiere fórmulas extrañas y un tanto onanistas. Quiere ganar las elecciones. Con Podemos, que es la herramienta creada para ello, ahí donde la izquierda cavernícola nunca ha tan solo soñado con llegar. Topos, mala gente, narcisistas, mediocres, ilusos y despistados, pueden enfilar la puerta de salida. No es obligatorio estar en Podemos.

     Aquí hay frívolos, buitres, aprovechados, trepas, narcisistas y simples tontos que se dedican a intentar hundir a Podemos, entre los aplausos de la peor prensa del Régimen.

     Habrá que plantear (y así lo pediré en una próxima reunión) la continuidad de los que, desde dentro del círculo, están intentando sabotear y destruir a Podemos. Son pocos, pero agresivos, dogmáticos, manipuladores. Pequeños talibanes de la derrota y el fracaso. No hay que tener temor a echarlos.


"Duelo a garrotazos", Francisco de Goya. Fuente de la imagen:
 https://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line...
     


     Tenía prácticamente desarrolladas estas reflexiones y tomada la decisión, cuando accedí a la lectura de los comentarios precedentes, entre otros muchos de similar cariz, que no han hecho sino confirmarme aún más.

     No dudo de que, si no existiera Podemos, habría que reinventarlo, o algo parecido. Que es absolutamente necesario en la coyuntural actual y sus fines, mis mismos fines.
     Pero ahora mismo el modelo organizativo y el fanatismo desatado dentro de los espacios de participación me asfixian y me destruyen. Me encajonan y me siento prisionero.
     Con gran dolor del corazón y de las amistades contraídas, he de tomar distancias. Necesito recuperar el significado de las palabras, lavarlas de consignas en el río de la vida.

     Podemos ha muerto. Viva Podemos.
     ¿Y ahora?

sábado, 21 de marzo de 2015

ESPINACAS AL AJILLO (receta) - EL RETORNO DE PERSÉFONE




Espinacas al ajillo



     Los almendros han florecido, y un poco después los ciruelos.
     Los jacintos en flor y los narcisos traen de la mano una nueva primavera.

Almendro en flor


     En esta sociedad eminentemente urbana, idiotizada por el infantilismo Disney y por un consumismo banal y compulsivo, que nos narcotiza con su agresiva propaganda, la primavera no suele ser más que un cromo paisajístico y la ocasión de nuevas compras. No en vano, grandes superficies y centros comerciales adelantan en su interior la llegada de ese optimismo irracional que identificamos con la estación florida y con la adquisición de nuevas prendas apropiadas para temperaturas más benignas.


Narcisos

     En la antigüedad, mis amados griegos buscaban en el simbolismo del mito y en las prácticas rituales un sentido personal y colectivo a la influencia de los cambios estacionales sobre el hombre y sobre la naturaleza.

     La diosa Afrodita, feliz encarnación de esa pulsión de vida que recorre todo organismo, no sólo traía el celo sexual a la naturaleza entera, sino también la conciencia de la futilidad del mismo deseo y de sus propias criaturas.
     Las mujeres atenienses, para la llegada de la primavera, plantaban en pequeños tiestos los jardines de Afrodita, que no eran huertos ornamentales, sino un puñado de semillas de flores silvestres, de crecimiento tan rápido como rápido era su agostamiento. Símbolo del poder efímero no sólo  del deseo sino también de la propia existencia individual.

     Las metamorfosis que, según el mito, dieron origen a diversas flores conservan aún ese sabor agridulce de la trágica belleza primaveral.

Jacintos.

     Apolo, dios de la luz, de la armonía, del equilibrio, ardió en deseos por un joven mortal, Jacinto. Y su amor fue correspondido. Pero el viento Bóreas había sucumbido también a los encantos del muchacho. Rabioso de celos ante la felicidad de la pareja, cuando ambos se entretenían lanzando el disco, sopló tan violentamente que logró desviar su trayectoria, de forma de que el disco acabó golpeando a Jacinto en plena frente.
     El dolor y la impotencia de Apolo ante aquella cabeza ensangrentada, ante aquel cuerpo inánime fueron tremendos. Un dios puede compartir amor, pero no compartir su propia naturaleza inmortal. Desolado, metamorfoseó el cuerpo amado en la flor del jacinto, que en su radiante belleza perecedera nos recuerda cada primavera los límites de ese amor que mueve el mundo.


Narcisos blancos.

     Por el contrario, Narciso fue un joven de hermosura irresistible, pero tan pagado de sí y tan soberbio que no se hacía eco de los deseos y sentimientos que iba provocando a su alrededor. Con arrogancia despectiva, evitaba todo contacto, siquiera verbal, con cualquiera que mostrara el más mínimo interés hacia su persona. Incluso una diosa, Eco, se vio atrapada en la red de esa belleza singular. Rechazada con impertinente vanidad por Narciso, ella se dejó consumir en su propio deseo insatisfecho, hasta no quedar de sí sino el eco, que desde entonces va repitiendo mecánicamente los desplantes de los hombres.
     Ello colmó la paciencia de los olímpicos, quienes castigaron a Narciso, haciendo que al ir a beber de una fuente en las soledades del monte se enamorase de su propio reflejo en el agua. El deseo de sí mismo fue tan imperioso como imposible de consumar, pues cada vez que iba a acariciar esa imagen amada, el agua rozada por sus dedos se ponía en movimiento, desbaratando el dibujo. Narciso no pudo apartarse de la orilla, ni para comer ni para beber. Ya a punto de expirar, los dioses se apiadaron de él y le dieron nueva vida bajo la apariencia de la flor que lleva su propio nombre.
     La belleza sin generosidad es estéril.

     Pero quizás el mito estacional más trascendente sea el del retorno de Perséfone.

     Perséfone es esa señora oscura e inmisericorde, esa reina implacable de las terroríficas regiones de ultratumba, dueña de los infiernos, que hizo de la joven diosa griega el cristianismo medieval. De esa forma la religión oficial erradicó toda traza de pensamiento pagano, degradándolo en su esencia, condenándolo a un mensaje terrorífico. Es el mismo mecanismo mediante el cual la antigua palabra griega divinidad (daimon) terminó transformándose en demonio.

     Para los antiguos griegos, Perséfone era la joven hija de Deméter. Deméter, hermana de Zeus, diosa madre, quien obsequió a los hombres con los beneficios de la agricultura. Entre madre e hija había un lazo afectivo tan intenso que las hacía inseparables. En su felicidad era feliz la tierra. Pero Hades, dios del subsuelo, donde habitan las almas de los muertos, hermano de la propia Deméter, se enamoró de su sobrina Perséfone y quiso hacerla su esposa. Con la complicidad de su hermano Zeus, raptó a la muchacha cuando ésta se encontraba recogiendo flores, narcisos precisamente.
     Ignorante Deméter, corrió desesperada en busca de su hija por toda la tierra, pero no podía encontrarla. En su ausencia los campos dejaron de dar cosechas. El grano no germinaba. La vida languidecía sobre un suelo yermo. El propio Zeus, ante el temor de un colapso de la existencia terrenal, tuvo que confesar su complicidad en el rapto. Deméter exigió furiosa la vuelta de Perséfone, y así le fue comunicado a Hades, quien ofreció a la joven la elección entre su madre y él. Ella eligió a la madre. Y Hades la dejó partir, no sin antes ofrecerle unas granadas maduras, fruta de otoño, para el trayecto de vuelta. Citándome a mí mismo:
Por las sendas tortuosas del regreso
 Perséfone probó el fruto del granado.
     Eso la obligó a que cada otoño tuviese que regresar junto a Hades, al interior de la tierra, hasta que, pasado el invierno, la primavera la trajese de nuevo junto a Deméter.

     En una sociedad agraria, Deméter y Perséfone nos recuerdan con su cíclica felicidad no sólo que el grano debe ser sepultado bajo el suelo para que germine, sino nuestra propia transitoriedad, abocados todos a perecer y a germinar en nuevas vidas.


     En lo personal, la llegada de la primavera me está asociada, entre otras cosas, con la lujuriosa belleza de la vegetación y con la memoria de ciertos placeres culinarios.

Ciruelo en flor.

     Antes de que las multinacionales mercantiles abolieran los productos temporales, condenando al planeta a una asfixia acelerada por las emisiones tóxicas de los mastodónticos medios de transporte necesarios, durante mi infancia, con la primavera se vestía de color la mesa. Las espinacas, las alcachofas, la primeras lechugas irrumpían con la primavera; aparición estelar, por esperada, en los menús del día a día. Un poco antes, igual que el florecer de los almendros y de los ciruelos, la vega granadina nos había regalado esas primeras habas pequeñitas y jugosas, tan codiciadas por la gastronomía local.

     Hay recuerdos sensoriales asociados a un sabor, a un aroma, a una textura, al aspecto de una determinada comida. Recordemos la inconmensurable memoria evocada en Proust por una sencilla magdalena mojada en té.

     Sin ánimo de emulación, la sopa de garbanzos con yerbabuena me retrotrae a una infancia cuyos ocios estivales mi madre aliviaba de vez en cuando, cuando las obligaciones se lo permitían, llevándonos a los hermanos a una piscina pública. El placentero desgaste físico del agua y del sol era luego reconfortado a la vuelta con una sopa tonificante y aromática, previa a la indolencia de la siesta.

     El sabor de esas habas tiernas granadinas en crudo me hace revivir el gozo sencillo de hacer de la comida una fiesta, cuando la rutina de las cenas se rompía en casa con la aparición de las primeras habas. Esa noche no se nos daba a los niños una cepa rápida, amenizada por la canción de buenas noches de la Familia Telerín, antes de acostarnos temprano.
     Nos sentábamos todos alrededor de una mesa cuyo centro estaba ocupado por tres fuentes: una, con habas enteras, sin pelar; otra, con tortas saladillas; la tercera, con trozos de bacalao salado, también en crudo o un poco desalado y ligeramente tostado a la plancha. La conversación de los mayores y los niños era un sereno espacio común, demorado por el ejercicio de ir pelando cada uno sus habas, que comíamos acompañadas de pequeñas lascas de bacalao y torta. Aquel maridaje de la fresca cremosidad del haba, el intenso sabor del bacalao, la esponjosa textura de la saladilla...

     ¡Qué difícil hoy día tomar una sopa de genuino pollo de corral!

     Cuando mi abuela y tíos vendieron la huerta donde nací y nos trasladamos a un piso en el centro de Granada, nuestros hábitos culinarios lógicamente cambiaron, aunque tampoco tanto. Por mi familia paterna, otros tíos seguían criando animales en sus huertas y, para navidad, siempre nos regalaban un gallo, vivo. Aquel caldo condensaba en mi boca toda la memoria del paraíso abandonado.

     En mi recuerdo actual, aquella irrupción de lo rústico en un ambiente completamente urbano no sólo me devuelve un gozo culinario, también la alegría y la comicidad de la circunstancia. Pues hasta noche buena el gallo, con las patas atadas, vivía unos días en el interior de la pila de fregar.

     Resultaba un anacronismo aquel animal en aquel espacio tan poco rural, pero a los niños lógicamente nos encantaba. Recuperábamos algo. Cómo disfrutábamos y cómo nos reíamos cada vez que el animal muy de madrugada nos despertaba con su insistente kikirikí, amplificado en el silencio nocturno del patio de vecinos. No importaba que nos despertase tan pronto. Al fin y al cabo, aunque todavía no hubiese llegado noche buena, estábamos ya de vacaciones y ese despertador extemporáneo era el mensajero de nuestro ocio vacacional.

     A los niños, como protección, ya entonces se nos apartaba de la terrible realidad de la existencia. Así, llegado el momento, no estuve a la altura de las circunstancias.
     Ciertamente, para pasar del gallo vivo a la sopa sobre la mesa, era imprescindible matarlo primero, tarea que siempre realizaban entre mi madre y mi abuela, en ausencia nuestra. Cuando llegué a la primera adolescencia, mi madre me pidió una navidad que sustituyera a la abuela y le sujetara yo al gallo las patas, mientras ella le daba el tajo sobre un barreño donde recoger la sangre. No tuve el valor de negarme, pero tampoco tuve el valor de verlo.
     Sujeté aquellas patas fuertes a mi espalda. En cuanto sentí en mis manos las sacudidas del animal, resistiéndose a morir, lo solté asustado. El gallo corrió aleteando por toda la casa, con la cabeza colgando, rociando de sangre por el pescuezo seccionado suelos, paredes, muebles.
     Es increíble lo que tarda un cuerpo en obedecer a la muerte y detenerse. Vista desde hoy, la escena tiene su comicidad, la misma de las antiguas comedias griegas como contrapunto catártico de la tragedia.


     Las espinacas al ajillo es una receta que mi madre aprendió de la suya, y ésta de la suya, quien a su vez lo había aprendido de su madre. Las comíamos por primavera. Venían del mercado en pequeños manojos prietos, exuberantes de verdor, apiñados de hojuelas sucias de barro, al ser una hortaliza de hoja pequeña y tallo corto, que crece muy cerca de la tierra. Entonces no venían envasadas en bolsas de plástico y lavadas por máquinas automáticas.

     Sigo cocinándolas con cierta frecuencia según su receta. Cada vez que las como, la veo a ella, a mi madre, pacientemente dándoles un agua tras otra, en la misma pila donde habían vivido los gallos antes de ser sopa navideña, lavando escrupulosamente una y otra vez un ingente montón de espinacas, pues es verdura que mengua mucho al cocinarse.
     La sigo viendo, con su característica meticulosidad, separando de cada manojo una a una las hojas, sin tallo.


ESPINACAS AL AJILLO


Ingredientes (para unas 4 raciones):

  • Espinacas, 1 k. (frescas, en manojo o empaquetadas, evitar las congeladas)
  • Longaniza / Chistorra, 300 gr.
  • Pimientos secos, 2.
  • Ajos, 2 o 3 dientes.
  • Pan, 3 o 4 rebanadas.
  • Pimentón dulce.
  • Vinagre.
  • Aceite.
  • Huevos.

     En primer lugar, escaldamos las espinacas en agua con sal. La receta puede igualmente hacerse prescindiendo de este paso; es decir, incorporando las espinacas directamente a la sartén, en crudo. El resultado es un sabor final a vegetal mucho más intenso, pero algo desagradable para ciertos paladares. Yo he terminado optando por escaldarlas primero.
     Para ello, ponemos agua con sal a hervir en una olla suficientemente amplia. Una vez en ebullición, introducimos las espinacas y las dejamos hervir a fuego suave unos diez minutos. Que queden con su consistencia original de hoja, pero con un fuerte color verde brillante. Las escurrimos y reservamos.


     En la sartén, entre tanto, sofreímos primero un poco la longaniza cortada en trozos de un par de centímetros. Esta longaniza es un embutido típico de Granada, muy parecido a la chistorra, pero de sabor menos ácido. Perfectamente puede sustituirse por la más habitual chistorra.
     Apartamos y reservamos la longaniza, no demasiado tostada, y en ese mismo aceite freímos ligeramente un par de pimientos secos. Éstos son unos pimientos dulces tradicionalmente secados en ristra, muy parecidos a la variedad de pimiento del pimentón. Pueden sustituirse por ñoras, de sabor menos intenso pero bastante parecido. Eso sí, téngase en cuenta que deben freírse a fuego muy suave, dándoles vueltas y sólo hasta que oscurezcan, sin llegar a ennegrecer. El pimiento tiene en su piel azúcares que, si lo freímos demasiado, llegan a amargar.
     Apartamos los pimientos y, en el mismo aceite, freímos enteros dos o tres dientes de ajo gordos y sin piel, cantidad variable según gusto personal. Les vamos dando vuelta a fuego suave, hasta que el exterior adquiera un color tostado. Los apartamos junto con los pimientos secos.
     Siempre en el mismo aceite, freímos tres o cuatro rebanadas de pan y las apartamos.


     Antes de incorporar el pan frito a los pimientos con los ajos, añadimos a éstos una o dos cucharaditas de café de pimentón dulce. Terminamos con un chorrillo de vinagre, mayor o menos cantidad según gusto. Particularmente, prefiero usar el vinagre de manera casi testimonial, para que no predomine sobre el resto de ingredientes pero aporte el frescor justo a la densidad del ajo y el pimentón. Incorporamos entonces un vaso de agua, un poco de sal, y lo pasamos todo bien por la batidora.
     Mi madre lo hacía a mano, con el almirez. En este caso, me he rendido a la comodidad, lo confieso. Batimos hasta obtener una crema homogénea y reservamos junto con la longaniza.

     Colamos entonces el aceite usado y lo volvemos a incorporar a la sartén. Sólo un fondo, generoso pero no abundante. Una vez caliente, rehogamos en él un poco las espinacas escaldadas y escurridas. Unos diez o quince minutos, para que evaporen parte del agua de la cocción y asimilen mejor la salsa.


     Incorporamos a las espinacas la longaniza y el triturado. Removemos para que se mezcle todo bien y dejamos freír a fuego suave unos diez minutos, de modo que la espinaca absorba los restantes sabores y evapore parte del agua, hasta quedar bien trabado el guiso pero no demasiado espeso. Probar entonces y rectificar de sal.


     Puede cocinarse la víspera o en el momento.

     Antes de servir, cuajamos uno o dos huevos por persona. Para ello, vamos abriendo con la paleta huequitos en las espinacas y cascando un huevo en cada hueco. Los rociamos con una pizca de sal y, tapando la sartén con una tapadera que permita la salida del vapor, siempre a fuego suave para que no se pegue, los dejamos hasta que la clara cuaje pero no la yema, más o menos tiempo según el gusto de cada cual.

     Al servir, hay que tener cuidado de que los huevos no se rompan. Yo emplato primero los huevos, extraídos cuidadosamente con la espumadera, y luego los completo con el resto de espinacas alrededor.



     En una horas, con la primavera llegarán a Madrid las Marchas de la Dignidad, reclamando pan, trabajo, techo y dignidad para todos, sin los cuales es como vivir en tierra yerma, abandonada por Perséfone. Traigámosla entre todos en un grito de justicia y de equidad. Rescatemos a Perséfone del reino de las sombras.

     Y el domingo, andaluces, a votar con conciencia y con memoria.

     Buen provecho. 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Teatro y Democracia


     El teatro nació de la fiesta y fue expresión feliz de la democracia.

El cielo de la Acrópolis. Atenas.

     El dramaturgo norteamericano Arthur Miller dijo: El teatro no puede desaparecer porque es el único arte donde la humanidad se enfrenta a sí misma. Esa naturaleza especular del teatro está ya presente en sus orígenes mismos.

     Es opinión aceptada de antiguo que el teatro occidental surgió en Grecia a partir de festividades y celebraciones de raigambre popular, eminentemente agrarias, muchas de las cuales todavía hoy perviven no sólo en suelo griego, en manifestaciones como las murgas de Cádiz, las coplillas dialogadas, los trovos de los festivales alpujarreños.
     Festejos populares de remota tradición, en los que el individuo se reconocía miembro y partícipe de una colectividad, con enfrentamientos rituales entre lo viejo y lo joven, entre hombre y mujer, entre el invierno que muere y la primavera que nace, entre el jornalero y el capataz, competiciones líricas o musicales, confluyeron y cristalizaron en torno al siglo sexto antes de cristo en una manifestación artística que visualizaba ante los espectadores la epifanía de una divinidad de signo agrario, Diónisos, como expresión dialéctica de la propia colectividad, encarnada en el coro.

Representación del "Orestes"
 de Yannis Ritsos.
Universidad Complutense.

     No resulta baladí el momento histórico en que se produjo el nacimiento del teatro, así como determinada manifestación artística es siempre consustancial a la sociedad que la produce y consume.

     Es innegable el hecho de que nuestra civilización contemporánea es una civilización visual. Hemos nacido a la imagen, desterrando a la palabra a una posición subalterna. Eso no puede dejar de tener sus consecuencias. La inmediatez y el menor esfuerzo con que una imagen aporta una información más completa que cualquier enunciado verbal, junto con su apabullante impacto sensorial, amplía el caudal informativo y atrapa nuestra atención, sí. Pero el discurso visual, por su propia naturaleza dinámica, es más reacio a la reflexión, más proclive a la manipulación. Responde perfectamente a las necesidades de una sociedad de mercado.

     La épica homérica bebía en los anhelos y las contradicciones de una casta nobiliaria, heredera de soñadas glorias micénicas, que dominaba sin contestación los pequeños núcleos urbanos que se preparaban ya a entrar en la historia.
     Agamenón, líder indiscutible de la coalición que puso sitio a la ciudad de Troya, Agamenón, pastor de pueblos, respondía a las inquietudes de los jefes de tribu que iban viendo cómo sus súbditos comenzaban a reclamar en voz baja el papel de ciudadanos. Las tribulaciones de Ulises de regreso a Ítaca marcaban el camino a una casta que veía en peligro sus privilegios heredados ante la irrupción en el horizonte de nuevos valores comerciales.
     Y cuando las tensiones ciudadanas estallaron, dando lugar a un nuevo marco social que restaba poder e influencia a esta nobleza hereditaria, o al menos la ponía en cuestión, cuando no fue sometida al destierro, el refugio de dicha oligarquía en el individualismo y en los intereses particulares dio voz a la lírica arcaica griega, tan fragmentariamente conocida y tan hermosa.

     Ninguna de estas dos manifestaciones artísticas, ni la lírica tradicionalista o individualista, ni la épica nobiliaria, servían plenamente como marco identitario a las ciudades estado que iniciaban el largo y complejo camino a la democracia, creación paulatina mediante la cual el súbdito iba haciéndose cada vez más ciudadano, y no regalo envenenado de una casta dominante.

Museo de la Acrópolis.

     Una de tantas ironías con las que la antigua civilización griega atemperaba su exacerbado sentimiento trágico de la existencia: fue precisamente un tirano, Pisístrato, quien, buscando legitimidad en el populismo para arrinconar y mantener a raya la oposición de una nobleza hermana en el destierro, halagó al pueblo que sustentaba su poder introduciendo en Atenas el culto a una divinidad eminentemente agraria, propia del pueblo llano y casi ausente del Olimpo nobiliario, Diónisos.
     Las herramientas de cualquier tiranía populista para perpetuarse nunca han cambiado: represión de la disidencia y adocenar al común con unas migajas de bienestar narcotizante y con festejos gregarios que no cuestionen la legitimidad de quien los promueve.
     Sin embargo, ese gesto de magnificencia dadivosa, la introducción de un dios propio de las clases sociales en las que se sustentaba la tiranía, como mal menor, y la celebración de dicha divinidad mediante las representaciones dramatizadas que le eran propias, traería unas consecuencias imprevistas, que sobrevivirían y se desarrollarían plenamente a la caída del propio tirano.
     Pues, derrotada la tiranía después de cuarenta años, el pueblo ateniense emprendió una ruta irreversible hacia la participación ciudadana en las decisiones colectivas. No había ejemplo que imitar, no había modelo. La democracia tuvo que ir creándose a sí misma, no sólo en cuanto estructura política, sino como espacio de convivencia y participación.

     No es casual que el teatro se convirtiera en la expresión más depurada de esa nueva sociedad.
     Por su propia naturaleza dialéctica, el teatro sacaba a la luz las contradicciones y antagonismos en que dicha sociedad se asentaba. Era un diálogo inmediato de la colectividad consigo misma, un espacio de reflexión sobre el difícil vivir en común. La tragedia tensa la cuerda del arco del hombre en acción. La comedia desnuda al grupo de prejuicios y fanatismos. Llevando la carcajada a ras del suelo o derribando de su coturno al héroe en la encrucijada, tragedia y comedia se convertían en espejo vivo de esa multitud congregada ante un escenario donde el actor dejaba de ser él mismo para ser la máscara, el otro que podría ser yo pero no soy yo, y en el otro reconocernos como individuos inmersos en un mundo plural.

Representación del "Ayax"
de Yannis Ritsos.
Universidad Complutense.

     El teatro nos recuerda que no vivimos solos, aislados. Las tensiones entre el interés particular y el de la colectividad, entre las normas del corazón y las normas que regulan la convivencia, entre el bien común y el bien individual, entre los vencedores y los vencidos, entre el justo prescindible y el injusto sobresaliente, entre la honradez ante uno mismo y el precio del prestigio pueden abocar al desvarío y la ruina o resolverse en un acto de autoconocimiento. En el teatro, todos somos juez y parte, reo y verdugo. La distancia del espectador respecto a lo representado era la distancia de la asamblea ciudadana respecto a las decisiones a adoptar, un espacio de transparencia y reflexividad.

     La antigua civilización griega, a diferencia de otras civilizaciones que dogmatizan y tratan de imponer una moral restrictiva, perseguía el equilibrio en todas sus manifestaciones. Concebía la vida como un frágil acorde entre contrarios.

Columnas del templo de Apolo.
Delfos.
     El mayor santuario de la antigüedad, aquel que representaba los valores más altos a los que aspiraba el mundo griego, el oráculo de Delfos, embebió a toda la sociedad griega antigua en unos códigos de conducta, procedentes de antiguos clanes nobiliarios, pero depurados por el transcurrir de la historia. Extendió un ideal de vida encarnado en la figura del dios Apolo, dios de la razón, de la armonía, del equilibrio. En las puertas de acceso estaban esculpidas las dos máximas que inspiraron a Sócrates su programa ético: conócete a ti mismo y todo en su justo medio.
      Sin embargo, esa exaltación de la razón, tan brillantemente expresada en las airosas columnas del Partenón, no podía estar completa sin la presencia en Delfos de Diónisos, dios de la pasión, de la irracionalidad, de la exaltación, de la locura, de aquellas fuerzas oscuras que laten en el subconsciente humano, el dios del teatro. Diónisos nos dice a la cara que no somos únicamente razón e inteligencia. El otro polo de nuestra naturaleza tiende a la satisfacción de las pulsiones de vida y a la fascinación por la muerte, impulsos tan necesarios como el anhelo racional.
El Partenón
visto desde la colina del Areópago
     Y así como Diónisos completó el discurso de Apolo en Delfos, Apolo dotó a la expresión teatral dionisíaca de instrumentos artísticos para hacer del escenario auténtica mímesis del cosmos humano. En la Atenas democrática, cada primavera, durante tres días, los festivales anuales de las Grandes Dionisias ponían en escena los dramas del ser humano como animal político y como particular, ante la atenta mirada de la asamblea de los ciudadanos. Los habitantes de la ciudad, sin distinción de clases ni de géneros, aplaudían o silbaban, aprobaban o denigraban, participaban activamente en la dialéctica propuesta a través de aquellos espectáculos que eran espejo de su propio vivir difícil y contradictorio.

     El desarrollo económico de la Atenas democrática la convirtió en un imperio que, si bien seguía profundizando en la democracia interna, tenía comportamientos cada vez más tiránicos con sus aliados estratégicos, al tiempo que entraba en conflictos de intereses con la otra gran potencia económica y militar entonces, Esparta y sus aliados. Las tensiones entre ambos bloques de poder llevaron a una cruenta guerra entre las diferentes ciudades estado que conformaban las dos ligas en conflicto, la Guerra del Peloponeso, una guerra que duraría treinta años y cuyo final dejó un panorama desolador en la mayor parte de la Grecia antigua.

Yelmos. Museo de Olimpia

     Atenas salió derrotada y humillada mediante la imposición de un régimen dictatorial de treinta tiranos, un sangriento régimen de terror y corrupción que en menos de un año fue derrocado y reinstaurada la democracia. Pero ¿qué democracia?
      Estragados por tres decenios de guerra y por los excesos demagógicos en los momentos más críticos de la contienda, el pueblo ateniense abrazó la paz como un narcótico, la democracia como una rutina. Ésta se hizo cada vez más formal, más cuestionada, más conformista, a medida que los ciudadanos dedicaban su atención más a los asuntos particulares que a la administración común.
     La tragedia, ante ese público que empezaba a desentenderse de lo colectivo, se fue haciendo cada vez más evasiva, más formalista, hasta extinguirse en el virtuosismo técnico. La comedia, que anteriormente había desnudado al ágora de retóricas haciendo sarcasmo carnavalesco de la vida pública, fue poco a poco prescindiendo del coro, metamorfoseándose en amable y autocomplaciente mirada sobre el ámbito de lo particular, para terminar desembocando en diferentes manifestaciones de feria y entretenimiento que apenas han dejado huella en la historia cultural de occidente.
     La voz de Diónisos se fue apagando junto con la voz de la colectividad en la asamblea ciudadana.

     Como otros géneros artísticos de la antigüedad, el teatro ha sobrevivido hasta nuestros días, transformándose y adaptándose para ser expresión formal de la sociedad que lo produce, de sus intereses y prioridades.

Teatro de Epidauro

     En una época en que el teatro sobrevive entre la sobreprotección institucional a determinadas tendencias afines y el desamparo general de la creatividad artística, en medio del adocenamiento cultural de una sociedad, primero estragada de consumismo, desamparada luego y sumida en la miseria por los gurús de las finanzas y el expolio, ¿qué realidad es la que nos muestran las carteleras teatrales contemporáneas a unos espectadores en desbandada?