"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)
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jueves, 22 de febrero de 2018

ENSALADILLA MOZÁRABE (Receta granadina)






     En tiempos marcados por un frenético y destructivo consumismo, en el que lo de hace una hora ya es antiguo, obsoleto; en medio de una deshumanización mercantilista que devora cuanto construye, la constatación de una permanencia heredada a lo largo de las generaciones puede mostrarnos, más que nostalgia del tiempo ido, la senda por la que recuperar la capacidad de erigirnos en autores de nuestra propia existencia.

     El poeta griego Yorgos Seferis, magistral referente de la poesía moderna, alineado con el simbolismo conceptual de Eliot o Pound, premio nobel de literatura en 1963, nunca dejó de reivindicar la milenaria tradición griega como nutricia raíz, necesaria para construir un futuro que no sea futilidad sin sustancia.
     No se trata de una inmovilista reconstrucción del pasado, arqueología creativa que necesariamente desemboca en férreo conservadurismo y clasicismo esclerótico. Lo que Seferis busca en esas raíces lingüísticas no es sino un plinto desde el que acometer un futuro que no nos convierta en veletas al viento.

     Sujeto de una vida azarosa que lo situó en un doble exilio, exilio exterior y exilio interior, su juventud, como él mismo puso de manifiesto en repetidas ocasiones, quedó marcada por la tragedia microasiática (1922), durante la cual las tropas turcas incendiaron y exterminaron a gran parte de la milenaria población griega de Esmirna, cuna del poeta, causando un millón de desplazados. Con posterioridad, como diplomático de carrera, vivió la mayor parte de su vida en embajadas en el extranjero, acompañó al gobierno griego en el exilio durante la ocupación nazi y participó luego en las negociaciones que desembocaron en la traumática independización de Chipre respecto a la ocupación turca, no integrándola en la nación griega sino como estado independiente.

     En su artículo La lengua en nuestra poesía, Seferis explica la necesidad de contar con el acervo heredado, poniéndolo en relación con la escena homérica de Odiseo cuando desciendie al Hades para interrogar a los muertos sobre el camino de regreso a Ítaca. Y reflexiona:
     "Mi experiencia personal me muestra que el hecho que me ayudó, por encima de cualquier otro, no fueron las reflexiones abstractas de un intelectual, sino mi fe y mi dedicación a un mundo de hombres vivos y pasados, a sus obras, a sus voces, su ritmo, su frescura. Este mundo, todo él en conjunto, me proporcionó el sentimiento de que no soy una unidad sin dueño, una paja en la era. Me dio la fuerza de resistir en medio de las catástrofes de mi destino venidero. E incluso me hizo sentir, cuando volví a ver la tierra que me engendró, que el hombre tiene raíces, y cuando las cortan duele, biológicamente, como cuando lo mutilan. [...]  Existen tendencias que consideran que nuestra tradición mira hacia obras trasnochadas y hombres trasnochados, que son cosas finiquitadas e inútiles para las necesidades contemporáneas, que no pueden ayudar en nada al hombre tecnocrático actual que conoce guerras horribles y campos de concentración más horribles; este hombre que oscila entre el estado de la bestia y el del androide. La tradición es por tanto un lastre innecesario que hay que quitarse de encima. Me parece que estas tendencias provienen de la desconfianza actual en el valor del hombre. Son los síntomas de un pánico que en nombre del hombre tiende a hacer añicos el alma del hombre".
     En un artículo titulado Una puesta en escena para Zorzal, insiste: "La originalidad es un entretenimiento juvenil que a veces debe quedar atrás".

     Al igual que la mayoría de poetas que, desde la constitución del moderno estado griego, trabajaron para hacer del habla popular la sustancia y el nervio de la joven literatura neohelénica, Seferis se emocionaba al escuchar en la calle palabras y expresiones presentes ya en los poemas homéricos. El tendero, el tabernero, el taxista, el estibador, el peón, el cabrero, el pescador, todos ellos emplean con familiaridad voces que, desde hace unos 3.000 años, han servido para nombrar el mundo.
     Las lenguas tienen eso: crean el mundo, y luego lo paladean.


     Hace ya muchos años, experimenté un atisbo de ese reencuentro del presente con el pasado, aunque en un terreno no tan poético, pero no por ello menos identitario, el gastronómico.
     En casa, solíamos comer una ensaladilla de bacalao, prima hermana del remojón con que en Granada suele acompañarse el plato típico de San Antón, el puchero de habas secas. Pero donde el remojón funciona como acompañamiento, la ensaladilla de bacalao constituía un plato principal. No la considerábamos una comida excepcional, sino de repertorio. Mi madre la había aprendido de la suya, y ésta de la suya a su vez. Se comía con gusto, un plato de sabor intenso y refrescante.
     En un pueblo cercano a Granada, rehabilitaron un antiguo molino como centro de investigación gastronómica tradicional, con servicio de restaurante. La recepción consistía en una visita guiada a las distintas dependencias y utensilios de un viejo molino tradicional, para pasar luego a un menú de distintas variedades de platos rescatados de fuentes antiguas. Entre ellos, uno en concreto me tocó la fibra sensible: era la misma ensaladilla de bacalao que hacía mi madre, pero aquí denominada ensaladilla mozárabe. Tomé nota.

     Cuando hoy lo como, no sólo como un plato equilibrado, saludable, refrescante y sabroso; en cada bocado, junto con la memoria personal de las comidas familiares, saboreo las inquietudes y los desvelos de hombres que vivieron siglos antes que yo y que me transmitieron todos los interrogantes que seguir planteando al futuro. Con su simplicidad y falta de artificio, con el buen maridaje de sus ingredientes, de tan diversas procedencias, me señala el camino de la sencillez y la tolerancia para hacer frente a los retos humanos de un consumismo alienante y codicioso.



ENSALADILLA MOZÁRABE





     Ingredientes (para unas 6-8 raciones)

  • Bacalao, 300 gr.
  • Pimientos de asar, 3.
  • Naranjas de mesa, 3.
  • Cebolletas, 3 o 4.
  • Aceitunas aliñadas, 200 gr.
  • Comino.
  • Vinagre.
  • Aceite.

     La víspera, debemos acordarnos de poner el bacalao en remojo, e ir cambiándole el agua cada ocho horas. Para este plato, procuro escoger unas tajadas no demasiado gruesas, preferiblemente sin espinas. En el mercado, podemos encontrar a un precio algo más módico estas tajadas bajo la denominación de migas de bacalao; pero, atención, no deben confundirse con las "migas de bacalao", generalmente envasado, consistentes en pequeños trocitos de bacalao desmigado, ya que entonces, al asarlo, resultaría demasiado seco.
     También la víspera, asaremos los pimientos, bien en horno a alta temperatura (unos 200º) o en plancha con un fuego vivo, dándoles en ambos casos la vuelta cada cierto tiempo, unos diez o quince minutos por cada lado; y así hasta que estén tostados por fuera y blandos por dentro, procurando que no se rajen y suelten el líquido resultante del asado. Una vez asados, los reservamos en un recipiente en el frigorífico.




     Bien desalado el bacalao y asados los pimientos, iniciamos la preparación de la ensaladilla con tiempo suficiente como para que macere al menos un par de horas antes de consumirla.
     Comenzamos limpiando los pimientos de la piel y las semillas, y a continuación cortándolos bastamente con los dedos en pequeñas tiras. Si hemos tenido el cuidado de conservar el propio caldo del pimiento asado, podremos utilizarlo, una vez colado, para añadir un punto de sabor al aliño final.




     A continuación, ponemos la plancha a fuego máximo y, mientras se calienta, escurrimos bien el bacalao y lo secamos, tajada por tajada, con papel de cocina o un paño. Cuando la plancha haya alcanzado una buena temperatura, vamos asando las tajadas, un par de minutos por cada lado, y de una en una, para que la temperatura no descienda demasiado si ponemos mucha cantidad y, en ese caso, se cueza el bacalao en lugar de asarse.
     Una vez asado el bacalao, lo cortamos con la tijera de cocina o con cuchillo en tiras medianas y lo reservamos.




     A renglón seguido, limpiamos de raíces y de la capa exterior tres o cuatro cebolletas y las cortamos en medias lunas.
     Escogemos tres o cuatro naranjas de mesa. Las pelamos, procurando que quede el mínimo de blanco en torno a los gajos, y las cortamos en cuadraditos. La manera más fácil y rápida es hacerlas rodajas y, superponiendo dos o tres rodajas, ir haciéndoles luego cortes longitudinales en estrella.




     Mezclamos en una ensaladera todos estos ingredientes, el pimiento, el bacalao, la naranja, la cebolleta y las aceitunas aliñadas (yo las suelo escoger con aliño de ajo y tomillo, tipo las de Jaén, que le confieren un aroma especial a monte). Conforme vamos añadiendo un nuevo ingrediente, vamos revolviendo para que éstos se mezclen bien y el resultado sea lo más homogéneo posible.




     Sólo nos falta el aliño final. Para ello, mezclamos en un cuenco una generosa cantidad de aceite de oliva (unos 100 ml.), una cucharadita de vinagre (si es de Jerez, excelente), un pelín de sal y media cucharadita de comino molido. Si hemos reservado el caldo de los pimientos, éste sería el momento de incorporarlo.
     Como siempre, la cantidad de estos ingredientes variará en función de los gustos personales, más o menos avinagrado, con más o menos sal, etc.
     Vertemos el aliño sobre la ensaladilla y la removemos nuevamente para que toda ella tome el sabor. Probamos y rectificamos de sal.




     Y, una vez convenientemente reposada, del cuenco a la mesa.




jueves, 12 de febrero de 2015

HABAS DE SAN ANTÓN (receta)


     El pasado 17 de enero se celebró, como cada año, el día de San Antón, patrón de los animales.

     Esto me retrotrae a tiempos en que los días no se calculaban con guarismos convencionales, sino de acuerdo con el latido de la tierra y los hábitos vecinales, bajo el patronazgo de santos nominales y simbólicos que, en realidad, ponían sólo rostro a un conocimiento del medio mucho más ancestral.
     Todavía me parece oír la voz de mi madre, de mi abuela, de las mujeres que rodearon mi infancia y adolescencia:
     "Santa Lucía (13 de diciembre) acorta las noches y alarga los días".
     "San Sebastián (20 de enero) saca a las mocitas a pasear". Siendo este santo el patrón del comercio, las tiendas ese día echaban el cierre a mediodía, festejándolo por la tarde.
     "San Antón (17 de enero) saca los viejos al sol".
     La vida entonces, al margen de relojes y calendarios, se medía según el ritmo de la tierra y las estaciones.

     Una de las tradiciones que afortunadamente ha conservado y potenciado mi ciudad es la de conmemorar dicho día con un puchero especial: las habas de San Antón. Tanto es así que actualmente, durante toda esa semana, resulta de lo más habitual que dicha comida forme parte de la carta en la mayoría de restaurantes granadinos.


     ¿Qué tiene de especial? La incorporación de un ingrediente bastante infrecuente, las habas secas.

     Igual que los refranes del santoral, este puchero conserva la memoria de aquel tiempo en que todavía no violentábamos los procesos naturales del clima y de las cosechas. Entonces se guardaban los ajos en largas ristras artesanales; se secaban los pimientos al sol, ensartados en hilera; los tomates, cortados por la mitad y expuestos al sol, se secaban en los terrados y azoteas; se hacía conserva en almíbar con los melocotones y otras frutas estacionales; el lomo, los chorizos, las morcillas se guardaban en manteca. No había frigoríficos. Era un ingenioso recurso para conservar estos productos durante el invierno, cuando el reposo de la naturaleza los apartaba del mercado.

     No había supermercados que en cualquier época del año nos metiesen por los ojos productos de cualquier parte del planeta, imponiendo a la tierra los ritmos demenciales de la oferta y la demanda, diezmando y arrasando importantes áreas productivas en países sometidos a la dominación económica, destruyendo y envenenando el aire que respiramos con un pantagruélico trasiego de mercancías en medios de transporte que no dejan de acelerar de un modo completamente suicida el cambio climático.

     Nuestro reloj biológico ha dejado de ser biológico, ahora responde a una voraz lógica capitalista que no sólo distorsiona nuestro organismo sino también nuestra percepción de la realidad, nuestra capacidad de respuesta a las agresiones del totalitarismo financiero global, distorsiona nuestra relaciones con los otros, con el planeta, con el entorno que habitamos.


          HABAS DE SAN ANTÓN

     Las habas de San Antón, haciendo de la necesidad virtud, respondían a la lógica del momento. Se aprovechaban las habas secas que habían sobrado de la siembra, que comenzó un par de meses atrás (el día de Todos los Santos). Se utilizaban las partes más perecederas de la matanza del cerdo, recién finalizada. Era un alimento nutritivo y completo para soportar los rigores del invierno.
     Para contrarrestar el exceso de grasa, se acompañaba y se sigue acompañando con una curiosa ensalada de bacalao y naranja, llamada "remojón", de ascendencia mozárabe, cuya frescura representa el contrapunto perfecto.

     INGREDIENTES (para unas ocho raciones)

  • Habas secas, 400 gr.
  • Garbanzos, 500 gr.
  • Un tomate.
  • Una cebolla.
  • Un puerro (opcional).
  • Oreja de cerdo, 2.
  • Rabo de cerdo, 2.
  • Costillas de cerdo, 750 gr.
  • Tocino salado, un trozo.
  • Un hueso de espinazo salado.
  • Un hueso de jamón.
  • Comino.

     Importante. No nos olvidemos de echar la víspera en remojo las habas y los garbanzos.

     La primera operación consiste en "escogotar" las habas. Es ésta una de esas palabras que desde la infancia he oído en boca de los míos, jamás he visto escrita, y menos en un diccionario. Siempre he supuesto que sería "descogotar"; o sea, quitar el cogote. De ninguna de las dos formas la he encontrado en ningún diccionario. Se trata de ir quitando a cada haba con un cuchillo esa pestaña negra que cierra su parte superior.

escogotando las habas
     
     Entretanto, habremos puesto en la cazuela, cubiertos de agua, el rabo, la oreja, las costillas, el tocino, los huesos de espinazo y de jamón. Los dejamos hervir, retirando la espuma sucia que va emergiendo. Cuando ésta vaya adquiriendo un color blanco mustio, retiramos del fuego, apartamos la carne y tiramos el agua de la cocción.
     En un agua limpia y ya caliente, volvemos a echar todas las carnes, junto con los garbanzos, las habas, el tomate, la cebolla, el puerro y una pizca de comino molido. Dejamos hervir a fuego lento, limpiando la superficie de vez en cuando de la espuma que se vaya formando.

     Transcurrida más o menos una hora, apartamos la verdura y la colamos por el chino, presionándola para que suelte los jugos sobre el puchero.


     Dejar la cazuela a su amor, más o menos otra hora, hasta que las legumbres estén tiernas, siempre a fuego suave.
     Otra posibilidad es hacerlas en olla exprés. En este caso, el tiempo es más o menos unos 25 minutos, repitiendo con la hortaliza el mismo proceso, pero al final de cocción. Si tengo tiempo, yo prefiero el método tradicional. Queda un guiso más trabado.

     Por último, sacamos un par de cucharones de puchero, con algunos garbanzos y algunas habas. Suelo aprovechar para eso también los pellejillos sueltos de habas, que suelen flotar en la superficie. Los trituramos bien y los incorporamos al guiso. Probamos entonces y rectificamos de sal. Siempre al final, ya que tanto el espinazo como el hueso de jamón y el tocino aportan algo de sal. Si no lo dejamos para el final, corremos el riesgo de salarlo en demasía.


          REMOJÓN

     Toda haba de San Antón que se precie debe ir acompañada de su correspondiente remojón.

     INGREDIENTES
  • Naranjas, 4.
  • Miga de bacalao, 300 gr.
  • Cebolletas, 4 o 6, dependiendo del grosor (preferiblemente las más delgadas).
  • Aceitunas aliñadas, 250 gr. (nunca en vinagre).
  • Aceite.

     Importante. Igual que con las legumbres, bajo ningún concepto podemos olvidarnos de poner la víspera en remojo las migas de bacalao, así como cambiarle una o dos veces el agua.

     Para su elaboración, cortamos en fina juliana la cebolleta y el bacalao ya desalado y en crudo. Pelamos las naranjas y, en rodajas, las vamos cortando en pequeños triangulitos. Mezclamos el picado con las aceitunas y lo regamos con un chorrito de aceite, no mucho.


     Teniendo en cuenta que el bacalao debe quedar con un punto de sal un pelín subidito, probar el remojón y rectificar de sal una vez haya reposado.


     Como la mayoría de los guisos de cuchara, tanto el puchero como la ensalada adquieren su textura y sabor apropiados una vez bien reposados, por lo que suelo prepararlos la víspera.

     El puchero de San Antón , acompañado del remojón, se sirve como primer plato con la legumbre y el caldo juntos, no como el cocido madrileño.
     El haba seca tiene un pellejo recio que, una vez cocida, permite fácilmente extraer en la boca su cremoso interior. Hay quien no desperdicia nada, ni siquiera este pellejo. Yo particularmente prefiero irlo retirando.


     Como segundo plato, se sirven las carnes con el tocino, lo que en Granada llamamos "la pringá".



     En tiempos tan sedentarios, después de comida tan suculenta, es aconsejable una buena siesta o, si el tiempo invita a ello, preferiblemente un buen paseo, mejor si es en buena compañía. Mesa compartida, mesa enriquecida.

     Buen provecho.