"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

jueves, 17 de septiembre de 2015

CERCANÍAS (relato)


     Recupero de nuevo un antiguo relato, si lejano en el tiempo, no tan alejado de la realidad contemporánea.

Cercanías. Madrid. 1989


CERCANÍAS

    
     Siempre corriendo, siempre corriendo. Has cogido el tren de chiripas, casi sin resuello, a pique de quedar atrapada entre las puertas del vagón, que ya se cerraban. Y si pierdes éste, entonces menuda faena. El siguiente no te permite hacer directamente transbordo con el de Villalba, que ése sí que pasa con poca regularidad. No son diez minutos más, échale otra media hora por lo menos. La diferencia entre llegar tarde al trabajo o llegar a tiempo. No se puede vivir en un acelerón permanente, no hay cuerpo que lo resista. Algún día tendrás que pararte, ¿no?, aunque sea un poco. Tu madre decía que sólo los muertos se paran. ¿Es que no estamos como muertos? Todo el día corriendo como sonámbulos de casa al trabajo, del trabajo a casa, de obligación en obligación, sin un respiro. Hace que no te dedicas a ti misma un día para tus cosas, qué sé yo, una barbaridad. Si no se te apelotonaran las obligaciones y los compromisos y los problemas. O si el día tuviera unas cuantas horas más. Ya, pero si el día tuviera, qué digo yo, cinco o seis horas suplementarias, seguro que el supermercado se apropiaría de ellas para abrir más tiempo y retenerte tras el mostrador. Veces hay que ni me acuerdo ni de mi nombre. Sé que las compañeras van por ahí diciendo que soy una amargada. A ver, ¿cómo no amargarse con una vida que no es vida, sino una carrera de obstáculos? Ellas son jóvenes y tienen todavía toda la vida por delante. No tienen más preocupación que ir pasando la semana hasta que llegue el sábado por la noche y entonces pintarrajearse como monas para salir en busca de quien les caliente el golondrino, o a emborracharse. Si tuvieran hijos, como tú, eso es otro cantar. Los hijos te atan. Son una soga al cuello. Te dan satisfacciones, sí, el orgullo de ser madre, pero cuánto vale ese orgullo, a costa de todo lo demás. No, los hijos son un peso muerto. Los pares porque nadie te ha dicho lo contrario y todo el mundo te empuja a tenerlos, pero en cuanto los sueltas con la placenta colgando, hala, ahí los tienes, para que te los comas tú solita, apáñatelas como puedas. Y luego, a ser madre se aprende a calamonazos. Y nunca se aprende del todo, porque ellos aprenden más rápido que tú, que no tienes tiempo de aprender nada con ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. Y, claro, luego van y te dan cien vueltas. ¿Quién es la guapa que les replica?, ¿con qué argumentos? Si se las saben todas. Y eso que mi Vane y mi Jeremy no me han salido demasiado díscolos. Sé que en el fondo me culpan de lo que pasó. Claro, él les consentía todos los caprichos. No estaba nunca cuando se lo necesitaba, y cuando estaba les dejaba que berrearan como el que oye llover o les daba la razón para quitárselos de encima. Yo soy la mala. Qué más quisiera yo que mi Vanesa tuviera de todo y fuera como la que más. Pero, a ver, hay cosas que son prioritarias y prioritario quiere decir que sí o sí, quieras que no tienes que afrontarlo, luego vendrá lo demás. ¿Que no veo yo que a la niña le haría falta un chándal nuevo? Pues claro que sí, y a mí un abrigo, que para los fríos que están haciendo el del mercadillo es como papel de fumar. Si fuera sólo el chándal. Pero es que la letra de la hipoteca está al caer, y este mes toca recibo del gas. Y el gasto de libros este curso ha sido para mearse y no echar gota. Me río yo de la educación gratuita. Pues anda que no te meten facturitas y recibitos bajo mano. Si pudiera comprarle el chándal en el mercadillo. Pero no, tiene que ser el que venden ellos, como los libros. Tampoco voy a meter a los probrecitos en el instituto, para que se me maleen con tanto inmigrante. Bastante tienen con vivir en el barrio en que viven, que antes no era así, era un barrio de obreros, pobre pero honrado, no lleno de panchitos. El Jeremy no sé yo, se me está juntando con unas compañías. Y eso que fui yo misma quien lo animaba a salir y buscarse amigos. Desde que pasó lo que pasó, el pobre quedó tan afectado. Su padre para él era Dios. Sí, menudo Dios, Dios del trueno en todo caso. Pero mi Jeremy lo idolatraba y lo imita en todo. Ha sido su modelo, hasta en la cabezonería, que se empeñó en no hablar cuando el suceso y se tiró año y pico sin decir ni mu. Y cuando habló, mejor que hubiera seguido mudo. Pero eso deben de ser cosas de la edad. Cuando pequeños, porque son pequeños y te necesitan para todo. Cuando van creciendo, porque están en una edad difícil y entonces todos sus problemas son tus problemas, aunque para ellos el problema eres tú. Tienes que estar pendiente de los hijos aunque ellos no quieran, porque ni ellos mismos saben lo que quieren. Una esclavitud. Esclava de los hijos, del trabajo, del banco, de hacienda, del seguro, esclava del monedero, de los trenes, todo el día corriendo, poniendo parches a una vida que hace aguas y te ahoga pero no puedes permitirte el lujo de dejarte ahogar. ¿Y quieren que no estés amargada? Que te digan cómo se hace eso. Ganas me dan a veces de coger el despertador y tirarlo por el balcón, ¡hala, a la puñetera calle!, y después engurruñirme bajo el edredón y no saber más del mundo ni de nadie, ni de mí misma. Ahí os quedáis todos. Olvidadme. ¡Ah, y las facturas os las metéis por donde os quepan! Y del puesto de pan del supermercado que se encargue quien se está enriqueciendo a nuestra costa. Si no fuera porque luego empiezan a llover las facturas y las necesidades y toda necesidad termina siempre siendo cosa de dineros. Maldito dinero y quien lo inventó. Ganas te dan de irte al Corte Inglés o a donde sea y, santas pascuas, coger lo que necesitas, el chándal para la Vane, la mochila del Jeremy, el carro de la compra, y salir tan campante. Quien roba a un ladrón... Pero es que soy una tonta y ni para robar sirvo, que para eso hay que valer. Mira los mayores mangantes dónde están, todos arriba, de jefes y presidentes de todo lo habido y por haber. Los demás, la gente corriente y moliente, corriendo para coger a tiempo el cercanías y que no te descuenten del sueldo el retraso. Y encima el Paco venga a llamar, día sí y el otro también. Y yo soy tonta, que lo escucho, lo escucho y me convence y me entra una pena cuando lo oigo llorar, porque yo nunca lo vi llorar mientras fue mi marido. Verlo así, tan derrotado, aunque sea tan hijoputa, eso no lo soporto, se me abren las carnes. Y es que él no es un hijoputa, me lo han hecho así. Él era, pues qué iba a ser, un hombre, como son los hombres. Si no se sienten el sostén del universo, pues se te derrumban y quien no había huevos en el mundo a rechistarle se te convierte en una piltrafa. Cuántos no están en el paro. Pero ¿él? ¿Él? Que sea la mujer la que traiga el dinero a casa, eso no hay hombre que lo sobrelleve sin desmoronarse y sacar a relucir el ogro que todos llevan dentro. Y tú ni puedes consolarlo, porque el consuelo es cosa de maricones y no de hombres hechos y derechos, ni tampoco puedes desentenderte de él, porque toda su inquina no saben dirigirla sino contra lo que tienen más a mano, o sea, tú. Tú, que te levantas antes que el sol para estar a tu hora al frente del despacho de pan y cuando vuelves a casa es para pringarte con las mil miliquinientas que tiene una casa, y no para encontrarte con tu hombre cruzado de brazos y cara de perro, emberrinchado con el mundo y contigo, un hombre que toda su vida no ha hecho más que dejarse el pellejo en ese taller de aceros, desde que era un chaval, y no sabe hacer otra cosa. Gastas toda tu energía y tu voluntad en levantar la empresa y, cuando la empresa decide que no le rindes lo suficiente, se busca las triquiñuelas para ponerte de patitas en la calle. Yo también tuve que ponerlo en la calle, más que nada por los niños. Llegó a darme miedo. Pero él no tenía la culpa, le habían cerrado todas las puertas. Era como un lobo acosado. Si alguien le hubiera dado una oportunidad. Pero, a ver, ¿quién va a contratar a un tío ya de cincuenta?, un hombre con más arrugas ya que sesera. ¿Y voy a darle yo un desplante y no escucharlo, cuando el pobre me llama para pedirme veinte euros con que aguantar una semana más?, aunque me engañe. Sé que me engaña y los veinte euros se los funde en el vicio de los que ya no tienen más que el vicio de malvivir. Pero se hace duro oír esa voz tan vencida y no recordar. Aunque no quiera, se le revuelven a una las entrañas. ¿Qué voy a hacer? Pues darle los veinte euros que no tengo y esperar a que todo esto explote un día y te lleve por delante y se acabaron las carreras y las preocupaciones y la angustia y Dios bendito. Si no fuera por mi Vane y mi Jeremy. Y no lloro porque Dios me dio este carácter, que ni una piedra aguanta lo que yo estoy aguantando.
     Joder con los pisotones. Es que no miran ni dónde ponen los pies. Entran en tromba y les importa un carajo si arramblan contigo. Cabemos todos en el vagón, apiñados pero cabemos. ¡Ay! Ahí está, puntual como un clavo. Me parece que me ha mirado de reojo. ¡Qué rico! No sé, me reconforta verlo. Me gustaría que de grande mi Jeremy fuera así, como ese hombre. No nos conocemos de nada, no sé nada de él, ni siquiera su nombre, ni a qué se dedica. Bueno, por el estuche en forma de violín, imagino que debe de ser algo de música. Llevamos qué sé yo cuántos meses coincidiendo casi todas las mañanas en el vagón, eso es todo. Pero no hay que hablar obligatoriamente para conocerse. Puedes conocer a alguien por sus gestos, por su mirada, por su forma de estar. Y éste se ve a mil leguas que es un caballero. Guapo no es que sea muy guapo, pero tiene un atractivo, no sé, como una bondad que no es normal en un hombre. Me gusta, no para hacer lo que una mujer hace con un hombre. Mirarlo simplemente me hace bien. Me alivia del peso de vivir. Como si ese hombre fuera, no sé, como una ventana abierta por la que tirar todos los trastos que te asfixias y poder respirar. No sé si llegaremos algún día incluso a saludarnos. Cuando nuestros ojos alguna vez se han cruzado, rápidamente los agacha o mira para otro lado. Debe de ser muy tímido. Eso me da todavía más ternura, me hace sentirme buena, me limpia de toda la porquería que el mundo me va echando encima. Ya no siento ese olor agrio de tanta humanidad apelotonada en el vagón, ni la incomodidad de las apreturas. No siento que los demás me estén invadiendo el espacio. Me hace salir de mí, de todo eso que me hierve en el pensamiento, y mirar. Miro a través de la ventanilla. Veo los claros del amanecer. Veo las chimeneas del polígono, altas como cuellos de jirafa, difuminadas en el despertar de la oscuridad. Veo la hilera de coches con los faros todavía encendidos, a todo lo largo de la carretera paralela a las vías del tren, como animales somnolientos en medio del atasco. Las palomas parecen, en el ceniza del cielo, como de algodón violeta. Las torretas eléctricas dibujan un encaje melancólico en la mudez del descampado. De alguna manera, el mundo parece entonces hasta hermoso. Un día no me bajaré de este tren. Llegará a la última estación y allí cogeré otro, vaya a donde vaya, y luego otro, y otro, así hasta que nada ni nadie me conozca ni yo conozca a nadie. Me apearé en lo desconocido y aprenderé a vivir de otra manera, a vivir de verdad. Algún día.

*     *     *

Descampado. Madrid. 1989

     No me importa tener que madrugar y coger cada mañana dos cercanías hasta Getafe y luego hacer el trayecto inverso. Prefiero dormir en casa, es más prudente. No sé por qué Nacho no puede entenderlo. Vaya bronca que se cogió ayer. Pero no tiene razón. No se trata de armarios ni de banderas, se trata de que la sociedad es así y, si quieres vivir en ella, tienes que amoldarte a sus reglas. Aunque no las compartas, Nacho. Las pataletas son cosa de críos. Desahogan, pero no resuelven nada. Si hoy no sigues de morros, te daré algo muy muy personal, para demostrarte que eres lo más importante de mi vida. Pero no me pidas que actúe contra mí mismo y contra nuestra relación. Uno de los dos tiene que conservar la cabeza fría para no descarrilar en un mundo cortado según un único patrón. No me van los idealismos, calientan la mente pero dejan el cuerpo helado. ¡Qué impertinente es la gente! ¿No pueden meterse en sus asuntos y dejar al prójimo en paz? Todas las mañanas la misma historia. En cuanto subo al tren, ya tengo en frente a esa mujer devorándome con los ojos. No es normal. Apañada va si pretende ligar conmigo ese adefesio. Hay gente que no tiene ningún recato. Podría disimular, ¿no? Joder, casi me tira el violín con la mochila. ¿Y el empeño de Nacho en que deje el violín en su casa, para no tener que transportarlo cada día? Es que no escucha, está en su mundo ideal y cualquier cosa que le digas rebota contra su sensibilidad autosuficiente. Lo que me enamora en él es lo mismo que me saca de mis casillas. Sí, porque es adorable cuando estamos juntos en Madrid, pero allí en Getafe no podemos actuar igual, y eso él no lo entiende. No podemos bajar la guardia. ¿Y si alguien nos sorprende en una actitud ambigua, algún compañero del centro cultural, algún alumno, un padre, un vecino, y descubre nuestra relación? ¿Qué pensarían si alguien nos sorprendiera saliendo juntos de su casa? Hay que ser prudentes, Nacho. ¡Y no una fisgona como ésa! ¡Menudo descaro! Es irritante sentir cada día la presión de esa mirada sobre ti. ¿Qué busca? ¿Tengo monos en la cara? ¿Cómo se puede tener tan poca discreción? Puede que puntualmente me haya visto algún gesto involuntario o algo que me haya delatado. Hay gente que tiene como un radar para reconocer a un homosexual entre un millar, parece como que los huele. Y eso que a mí no se me nota casi nada. Procuro ser duro en los gestos, no relajarme. Pero así y todo. A lo mejor es una de ésas que, en cuanto descubren tu orientación, ya no pueden despegar los ojos de ti, como si fueras un ave exótica o un prodigio de la naturaleza. ¿Quiere espectáculo? Pues que se compre una tele. ¿Lo ves, Nacho? Esto es lo que intento evitar. No me gusta ser espectáculo de nadie. No quiero que tú y yo seamos espectáculo para los demás. Lo siento, no puedo besarte donde algún conocido pueda vernos. Me pone nervioso. En esas circunstancias no te estoy besando realmente, intranquilo e impaciente como me pone la situación. ¿No son suficientes las muestras mudas de amor y el éxtasis de esos breves momentos en que tú y yo nos fundimos en uno, pero lejos de la vista del mundo, aislados en nuestra mutua pasión, apartados de las miradas maliciosas de la gente? Pensé que, tras las vacaciones en Berlín, Nacho volvería más calmado, satisfecho. Pero ha sido justo lo contrario. Su insistencia en compartir casa se ha convertido en una obsesión. No hay forma de hacerle entender que esas dos semanas hemos vivido el paraíso, ha sido hermoso, muy hermoso, porque estábamos allí, donde no nos conoce nadie y cualquier sambenito que nos cuelguen no va a afectar a nuestra vida cotidiana. Y eso que nos quedamos de piedra cuando íbamos cogidos de la mano por Kurfürstendamm y escuchamos a una familia hablando español a nuestras espaldas. Yo fui a soltar tu mano, pero tú me la agarraste más fuerte. Allí no me importó. Me paré en silencio y te besé para que nos adelantaran sin descubrir que somos compatriotas, porque nunca se sabe. En Kurfürstendamm te amé, dejé mi mano cogida a la tuya y sellé con mis labios los tuyos hasta que la familia española se hubo alejado lo suficiente. Fuimos felices en Berlín. Aquí es distinto. No se puede estar siempre de vacaciones, las vacaciones son vacaciones precisamente porque suponen un paréntesis en tus obligaciones. No se pueden mezclar las vacaciones y la obligación. ¿Te piensas que no te quiero, Nacho? Después de ocho meses de repetírtelo a diario y a pesar de todas tus rarezas, eres lo más importante para mí. Pero ¿qué ocurriría si el padre o alguno de mis alumnos descubriera que soy homosexual?, ¿si se hiciera público? ¿Podría seguir rodeando con mis brazos los brazos de un alumno para mostrarle la posición correcta del arco y el instrumento? ¿Podría seguir haciéndolo con la misma naturalidad? ¿No verían en ese gesto completamente inocente intenciones ocultas? Imagínate, Nacho, que mis alumnos vieran en mí un mariquita. ¿Qué autoridad iba a tener sobre ellos? ¿Cómo iba a poder imponer orden en clase? ¿Crees tú que el ayuntamiento te renovaría el contrato como empleado de mantenimiento si supieran todos que eres el novio del profesor de violín?
     Carajo con el niño, ha entrado en el vagón como una exhalación para apoderarse del único asiento que había quedado libre. ¿No le han enseñado modales? Toda la gente mayor que hay de pie y él, en plena energía adolescente, repantigado como una marmota, invadiendo el asiento contiguo, despachurrando la cara contra el cristal. La verdad es que tiene un cuerpo hermoso, parece una estatua helenística, Si no fuera por el gesto que le agria la cara. La adolescencia es hermosa. Presuntuosa y boba, pero hermosa. Es energía buscando concretarse a sí misma en una forma, tanteando todas las formas del ser, cortejando el no ser en un acto de afirmación suicida. Luego viene lo difícil, Nacho, renunciar. Hacerse adulto y renunciar para preservar del desgaste exterior lo único que me importa, tú, Nacho, mi amor, mi vida.

*     *     *

Amanecer. Madrid. 1989

     Jodienda de viejos. ¿Qué les costaría? Se quitan unos cuantos sábados de salir al restaurante y me la compran a plazos. Tampoco les supondría tanto sacrificio. ¿No están siempre diciendo que soy su hijo? Pues que lo demuestren y se sacrifiquen. Yo no les pedí que me trajeran al mundo, Los dos se lo pasaron bien jodiendo, que apechuguen con las consecuencias. ¿No tienen un coche cada uno? ¿Por qué no puedo tener yo una moto? Muy sociatas, muy sociatas los viejos. Pues cojonudo, a socializar las máquinas. Coche y moto para todos. Éstos son sociatas de boquilla, de los de meter el voto en la urna y luego ejercer de déspotas en casa. Podrían vender uno de los coches y que vayan al trabajo en el mismo. Si lo están haciendo como castigo, me cago en todos sus muertos. No saben nada más que joder. Seguro que no me la compran para demostrar que ellos son los putos amos. La vieja se encabezonó en matricularme otra vez en el instituto. Pues que vaya ella al puto instituto, si tanto le gusta. Y el viejo, con la tabarra de siempre, si no quiere estudiar, que trabaje. Menudo muermo. Lo que pretende es desembarazarse de mí y ahorrarse el gasto. Pues va listo. Ellos decidieron traerme al mundo, no me consultaron. Se creen que con el talego que me dan a la semana ya han cumplido. Con eso no tengo ni para empezar. Tía, no empujes. No tiene bastante con su asiento, la gorda ésta. Ponte más ancha, anda, desparrámate más, jodida gorda. Espero que Félix me haya conseguido hoy una buena bola. El costo de la semana pasada era una puta mierda. Menos mal que luego los chavales no saben ni lo que compran. Si tuviera una moto, podría ir yo mismo al polígono a por mercancía. La Soni dice que es peligroso, pero ¿qué sabrá ella? Las tías no tienen neuronas, sólo son un agujero donde meterla. Y si encima de mujer tienes esa cara de alquitrán que repugna, entonces ni como agujero sirves. ¿De dónde habrá sacado esa túnica de colores tan chillones que hieren la vista? Para hacerse notar más, en vez de pasar desapercibida. Pues como se me acerque a venderme sus jodidas mierdas, le meto una somanta de palos que la pongo en su sitio. Qué asco me dan los negratas, y las negratas todavía más. ¿No pueden quedarse en su tierra y no venir aquí a joder la marrana? Este puto tren huele que apesta. Seguro que la negra esa hasta se ha colado sin pagar. Es que me inflan los cojones. ¿Tienen que venir a llevarse lo que es nuestro? Levantaba yo una alambrada con púas como navajas para que no se nos colaran esos putos rateros. Que su pudran todos en su jodido país. O que se maten entre ellos, que es lo único que saben hacer. Y a mí los viejos que me compren de una puta vez la moto, para no tener que aguantar más estos vagones infestados de gentuza. Menos mal que ya está aquí la siguiente parada y me piro.

*     *     *

Extrarradios. Madrid. 1992.

     Se está achicharrando el cielo. El cielo es el mismo aquí y en las desnudas sabanas de mi tierra. El sol es el mismo, achicharra el día, ciega el vagón en que vamos. Así empieza una vida. Rojo sangre, como una antorcha furiosa para desterrar las tinieblas. Ya no tengo miedo. Vi el horror. Atravesé el horror. No me asusta el desamparo de este desierto humano. Quien ha dejado de tener raíces no está desamparada, porque el fuego del sol cuando se enfría se hace piedra. Ni esas miradas de rechazo ni las de compasión ni las no miradas pueden hacer ya nada contra la dureza del diamante. El diamante dormía su ceniza apagada en las entrañas de mi tierra y se hizo cristal. Luego vinieron los crueles dioses blancos, obligándonos con sus rifles a arrancar de la tierra la pureza del diamante. Se llevaron los diamantes y dejaron los rifles. Dejaron la muerte a sus espaldas, la avaricia del poder y el fratricidio. Aquí como allí, el sol consume su violencia cárdena en el ascenso y el cielo de nuevo pálido hincha su buche de pelícano y aletea. El cielo de la sabana ignoraba la codicia que se había adueñado de la oscuridad. Este cielo enfermo ignora la oscuridad de esos rostros codiciosos de sí mismos, en el interior de un vagón. El cielo de la sabana me condujo a la barraca donde reuní a los más pequeños para limpiar de sus rostros y de su destino la ignorancia. El tren me lleva a un nuevo día. Fui feliz en el poblado más miserable, enseñando a niños que apenas si comían barro a decirse a sí mismos. Fui. Me hice a mí misma al infundir la palabra y la razón en los limpios ojos del desconcierto. Un día llegaron ellos, los hijos bastardos del diamante, con sus rifles y con sus cachorros de la muerte. Incendiaron la barraca. Violaron a las niñas. Raptaron a los niños para masacrar en ellos la luz de la inocencia y transformar esa luz en furia homicida. Algunas pudimos salir huyendo. Huyendo de horror en horror, de masacre en masacre, de alambrada en alambrada, de rechazo en rechazo, nos hicimos duras como el diamante, gastamos el miedo. El miedo que interroga en la mirada de ese anciano no tiene respuesta. No tiene respuesta porque tiene demasiadas capas protectoras que le impiden llegar al vacío esencial. El miedo de los hombres se alimenta de sus dependencias; de su monedero, de su familia, de su trabajo, de los afectos, de los odios, de las ambiciones, de ideales, de patrias. Yo no tengo patria. Nosotras no tenemos patria. Teníamos una tierra bajo el sol con la que fuimos entablando un duro diálogo de generación en generación a través de los siglos. Los dioses blancos llegaron con el furor de una pesadilla y rompieron el diálogo, sembraron alambradas, encadenaron nuestras manos y nuestros pies, bebieron nuestra sangre con sus colmillos de vampiro y, cuando se fueron, dejaron como herencia la semilla de la avaricia y la crueldad. Ardía la tierra, parecía competir con el sol. La tierra nos achicharró capa a capa todos los miedos, dejándonos el vacío esencial de la existencia.
     Los ríos, tantos meses secos igual que serpientes desfallecientes, en la estación de las lluvias se revolvían de nuevo y desbordaban voraginosos sus cauces con furia de renacer. Los leones y el baobab entonces, la gacela y la lanza del cazador, la tierra y el aire henchían de vida desatada. El tiempo allí era estación de lluvias y estación de sequía, el sol y la luna, el parto y el entierro. Se abren las puertas de este vagón y una tromba de gente invade el poco espacio vacío. Pero sus rostros no traen la felicidad ni la regeneración, traen el desgaste. El tiempo de los hombres en este vagón es el continuo desgaste medido no por la tierra y sus criaturas, sino por números, números que no son nada. Los números pulverizan el tiempo de los hombres, lo descuartizan en moneda de cambio. Muestro mi brazo ensortijado de relojes, ofrezco a su consideración diversos modelos, todos ellos voraces del tiempo natural, del tiempo de la vida. Unos me responden con una mirada de suspicacia, otros con molestia ostensible, algunos con desprecio, la compasión está demasiado manchada de protagonismo, el odio esconde una indefensión pavorosa. Pero no me miran a mí, ni a los relojes. A través de mí, se miran a sí mismos. Porque yo soy vacío, soy garza que no sabe de fronteras. No tengo patria, la tiene quien tiene miedo, y esa cáscara se me cayó por el camino. El sol trepa con su hocico extenuado por las espaldas gastadas de las fábricas y los talleres. Yo te saludo, sol. Te saludo y te brindo el llanto de ese bebé que en el pecho de la madre busca cobijo a las amenazas de este aire hacinado, y te brindo la mirada perdida en el vacío de ese anciano, ausente y solo en medio de la multitud.

*     *     *

Aluche. Madrid. 1989

     Tengo miedo. Esta madrugada he sentido otra vez punzadas. Ya nadie me hace caso, pero es verdad. Está ahí, oigo sobre mi cabeza los aletazos de ese pájaro de presa y sé que esta vez no se irá sin mí. Mis hijas tienen sus propias preocupaciones y quehaceres familiares, es lógico, no me quejo, me tienen atendido. Amalia viene un par de días a la semana y me deja el frigorífico y la despensa con todo lo necesario. Laura me limpia la casa cuando puede, la pobre tiene demasiado con su trabajo y los hijos. Laura vive lejos, pero me visita siempre que encuentra ocasión y acude siempre que se la necesita. No me puedo quejar. Pero se han cansado de escucharme, cansa escuchar la enfermedad, sobre todo cuando la enfermedad es ese pájaro invisible que te acecha y te ronda. Si les digo lo de las punzadas, me dirán lo de siempre. Que vaya a urgencias. Pero no volveré al hospital. Si vuelvo, saldré amortajado, lo presiento. No quiero despedirme de este mundo huérfano de mis recuerdos materiales, de mis libros, de las cosas con las que he convivido y entre las que he sido. Ya no soy nada. Soy desgaste. Soy impotencia. Soy miedo. Qué esfuerzo esta mañana vestirme. Atarme los cordones de los zapatos, una hazaña. Tengo miedo de que ese pájaro de presa advierta que ya no puedo ni atarme los cordones de los zapatos y se abalance sobre mí. No me creen. Y me da miedo que no me crean, porque el deterioro es tan evidente que su incredulidad sólo puede ser disimulo para no soliviantarme; en caso contrario, me darían soluciones, no excusas. Y, si es tan evidente, ¿qué hago en este tren tan atestado de gente, acudiendo a una revisión médica que no puede sino confirmar lo que ya sé? Porque tengo miedo. No quiero irme todavía. No encuentro el momento de aceptar que he dejado de ser, que me he convertido en no más que un organismo abismándose a la extinción. Había decidido no acudir a la cita. Total, para que no me hagan caso y vuelvan a darme largas como siempre. Pero esta madrugada volví a sentir las punzadas, parecía que iban a perforarme. Como si el infame pájaro hubiera clavado ya sus garras en mí. Por un momento viví el horror, el horror de la extinción, tan suave, como planeando. Y tuve miedo. Yo, que he afrontado con audacia tantos riesgos y tantos contratiempos en un trabajo que era una lucha a dentelladas por la supervivencia. Vencía la ansiedad y el vértigo del abismo con una temeridad suicida. Pasé momentos de auténtico espanto. Pero aquello no era miedo. Entonces no advertía la sombra de esa ave de presa sobre mí ni sus fríos aleteos helaban mis insomnios. Los recuerdos siempre fueron boyas del ser en las diferentes etapas del vivir. Hoy los recuerdos me despojan todavía más de mí mismo. Porque me hablan de ausencias, de gente a la que amé y ya no está, de amigos cuyo afecto enfrió la distancia o el deceso, de cosas por las que me esforcé y hoy han perdido toda su trascendencia. Los recuerdos hoy son huecos devorando como incansables roedores los escenarios de la existencia. Y quisiera remontar el curso de los recuerdos y recuperar el calor y la energía de lo vivido. Pero no tengo fuerzas, ni para atarme los zapatos. Mi cuerpo ya apenas si tiene fuerzas para vestirse y subir a este vagón, camino de una cita médica donde esa enfermera tan cariñosa me dirá, como siempre, nos casará usted a todas, abuelo; y el joven médico en prácticas, que todavía no sabe nada de los áridos paisajes que hay en la pendiente contraria, me dará su veredicto como golosina a un niño, pero si está usted hecho un roble. No me creo las palabras, pero me reconforta el timbre afectuoso de la evasiva.
     El revisor viene a pedirnos el billete. Con su uniforme reglamentario, parece el ángel anunciador del final de toda ruta. Los demás parecen ignorarlo. Como si sólo vieran el titular pero no tuvieran tiempo o el ánimo de detenerse en los detalles. Esa joven que, al levantarse precipitadamente, ha tropezado con mi bastón y, si no fuera por la aglomeración, casi se cae ni me ha mirado ni ha mirado al revisor. No mira sino la impaciencia que la urge a precipitarse hacia las puertas todavía cerradas. Nadie mira lo que importa. Eso sólo nos acordamos de mirarlo cuando la muerte nos va pisando los talones. He pronunciado su nombre. Tengo miedo.

*     *     *

Desde mi ventana. Madrid. 1989

     No llego a tiempo, no llego a tiempo. Otra vez no, por favor. No puedo llegar tarde hoy también al rodaje. El ayudante de producción ya me amenazó con despedirme si volvía a retrasarme. Desde que la cadena hizo economías y suprimió el servicio propio de recogida y transporte, llegar a tiempo es un infierno, casi dos horas entre autobús, tren y el metro. No puedo más. Anoche caí rendida en la cama. Estaba agotada. El rodaje se prolongó más de lo previsto, otra vez. ¿Y todavía quieren que tenga buena cara? No llego, no llego. No he oído el despertador. Ni he podido desayunar. Es cuestión de vida o muerte. No puedo perder este trabajo. Después de todo lo que me ha costado que alguien se fijara en mí para un papel. La angustia de tantos meses de espera ha desembocado en la angustia del apremio. Venga, por favor, vamos. Acelera. Por Dios, que vaya más rápido este cacharro. Llegaré tarde. Ya debía estar en maquillaje. ¿Se puede maquillar la angustia? Ahora mismo sólo tengo ganas de llorar. ¿Por qué vamos tan despacio? Eran más de las doce cuando llegué a casa, ni siquiera tuve ganas de cenar. Meterme en la cama y ya está. ¿Por qué será que cuando más cansada estás el propio cansancio te impide dormir? Tuve que tomarme un valium. No he oído el despertador. Si no viviera allá tan lejos, tan incomunicada. Pero ¿quién puede pagarse un alquiler más cercano a Madrid? Y si encima pierdo este trabajo. No puedo comerme las uñas. No debo. Parece que ya llegamos. Venga, venga, acelera. ¡Dios, qué lentitud! Lo que tarda en pararse. ¿Y ahora? Que abran las puertas. Venga, rápido. Tengo que salir corriendo. A empujones, como sea. No puedo llegar tarde hoy también. Otra vez no, por favor.

(Madrid, febrero 1998)

miércoles, 22 de julio de 2015

TSATSIKI Y MELITSANOSALATA (dos refrescantes recetas griegas)


     Desde que comenzara este tórrido verano, tenía en mente aliviar un poco la densidad del blog con algunas recetas ligeras y apropiadas para estos meses de calor.
     ¿Y qué mejor que un par de platos griegos?, con su inconfundible sabor mediterráneo, su simplicidad ejemplar, su inconfundible presencia bajo el urbano cielo violáceo de Atenas (cuando la contaminación no lo enturbia), o bajo un emparrado en un pueblecito de montaña, mientras un bouzouki transforma en música la cercana luminosidad del mediodía, o en una taberna insular junto al turquesa translúcido del Egeo.


     Sin embargo, en momentos tan terribles para esa tierra hermana y para el sueño común de una Europa solidaria y democrática, dudaba si, de alguna manera, no suponía una frivolidad por mi parte.

     Pero si algo me ha enseñado la cultura griega, tanto esa inmensa cultura milenaria continuamente renovada bajo la actualidad de cada momento histórico, como la pequeña cultura de la cotidianidad y el permanente exilio interior, es que la autenticidad del hombre no se encuentra sólo en la monumentalidad del pensamiento puro sino también en el amor a la vida a través de sus dones más inmediatos: la luz sobre una roca desnuda, el aroma de un café en un pequeño puerto recóndito, el gozo de la comida compartida, la amistad, la amistad sin contrapartidas y sin intrusiones, Epicuro, la conciencia de la propia naturaleza mortal para que el miedo no nos paralice ni nos impida disfrutar de este jardín de encuentro que es la vida, caótico y efímero, pero divino, humano, terriblemente humano.

Llegando a Atenas,
con la Acrópolis al fondo.


     Durante este último mes hemos vivido la encarnizada destrucción del sueño europeísta.
     Lejos de ser un espacio de cooperación y desarrollo, de solidaridad y democracia, Europa ha dejado caer las máscaras y hemos vuelto a reencontrarnos con su auténtico rostro: un rostro manchado de intolerancia, de arbitrario autoritarismo, de despotismo brutal, de bárbara ferocidad egoísta, de impunes masacres, de humillación y prepotencia, una salvaje contienda hegemónica, huera soflama autocomplaciente que no duda en devorar a sus propias criaturas, un delirio crematístico, xenófobo, monstruoso, que desdice y aplasta una vez más sus más excelsos postulados culturales.
     La crueldad depredadora con que la banca alemana y sus miserables acólitos han acorralado al pueblo griego, hasta la asfixia moral y material, no ha sido sólo un contubernio entre tahúres, sino la más inhumana demostración de poder expeditivo y antidemocrático. De golpe de estado alemán lo ha definido el premio nobel de economía Paul Krugman: "Matar el proyecto europeo". El ex ministro griego Yanis Varoufakis, singular como un titán portador del fuego y como él encadenado a la roca de la impotencia por su temeraria filantropía, no dudó en comparar el resultado de las negociaciones greco-germanas con el golpe militar que llevó a la dictadura de los Coroneles en 1967, un auténtico golpe de estado "con bancos en lugar de tanques". Sus palabras resuenan con la tajante rotundidad del vencido, que no derrotado: "La eurozona es un lugar incómodo para personas decentes".
     Paso a paso, hemos asistido a una demolición de los farisaicos discursos europeístas, que ha dejado desnuda y manifiesta la ruindad de un proyecto financiero que subordina la hegemonía económica a los principios de respeto y humanidad.
     Se engaña quien siga pensando que ha sido una negociación económica entre estados soberanos. El ensañamiento y la encarnizada obcecación con que se ha impuesto al pueblo griego la asfixia material sólo es comparable a las más brutales atrocidades bélicas cometidas por estados europeos, de tan triste recuerdo en la historia reciente, y especialmente contra la propia Grecia.
     Lo más vergonzoso de todo el proceso, sin duda, el apasionado posicionamiento pro germano de los gobiernos más afectados por la supuesta crisis, víctimas y cómplices necesarios en la hipócrita solución de los negros caballeros de la Troika a una crisis creada por la propia política económica continental. Lo más ruin, su despreciable mezquindad al pisotear al hermano griego únicamente por razones electoralistas; el más gallito, nuestro propio presidente, reviviendo viejas alianzas de tan infausta memoria.

Vista del golfo Sarónico,
desde la colina de Filopapo.

     En medio de la profunda tristeza que estas noticias me producen, escucho una hermosísima canción griega, Θεός αν είναι (Si existe Dios), interpretada por Jaris Alexíou, con música de Goran Bregovic, y la mente me transporta de inmediato al interior de un estrecho camarote que, al ocaso, zarpaba del puerto de Hiraklion (Creta) hasta el populoso Pireo. Compartí camarote con un desconocido, un desconocido que, como yo, resultó ser profesor, en su caso de matemáticas, en un Liceo heleno. Sentados en las literas, mientras el rojo sangre del sol en el mar irrumpía por el sucio ventanuco, no tardamos en entablar conversación, como aquellos héroes anónimos que, nada más encontrarse, se interrogaban mutuamente. Porque el conocimiento del otro es el único camino para derrotar al posible enemigo que en el amigo habita.
     Me retrotrae a otra travesía de Lesvos al mismo puerto ateniense, y cómo al amanecer, embocando ya la entrada al Pireo, con la mayoría de los pasajeros en cubierta, vi a un hombretón, un griego avezado, ajeno por completo al bullicio del inminente desembarco, sentado sobre su propia maleta, tranquilamente leyendo. Por encima de su hombro, pude ver lo que leía: Gramsci. La fuerza de aquella imagen me inspiró un poema en el que lo definí como un Heracles contemporáneo, curtido en la derrota de monstruos, tanto los monstruos que nos amenazan desde dentro como los que nos amenazan desde fuera, con la serenidad que confiere la constatación de que los trabajos nunca cesan y con la confianza en la fuerza de la autenticidad, probada en los caminos de los días y en los caminos de la mente. La salida del sol bendijo de repente el golfo Sarónico y coronó su frente arrugada.
     Revivo un instante antiguo, tan sencillo y grandioso en su simplicidad como el crujir del pan cuando es repartido. Era mi primer aterrizaje en tierra griega y me encontraba en plena plaza Sýndagma, fascinado por el caótico y abigarrado bullir de gentes, con el mapa de la ciudad en la mano y mi parco bagaje de treinta o cuarenta palabras, intentando orientarme en aquel dédalo fascinante. Espontáneamente, un par de griegos que por allí pasaban me preguntaron en inglés si necesitaba ayuda. Les respondí en su propia lengua. El timbre de su voz no se hizo más complaciente, pero su mirada estableció un afectuoso puente de entendimiento. La sonrisa con que se despidieron fulgía con la breve y rotunda intensidad de algunos de los más hermosos fragmentos de la lírica arcaica griega.
     Con benévola sonrisa, rememoro una anécdota de cariz bien distinto, pero no menos sintomático. Durante una larga estancia en Atenas, diversas circunstancias me llevaron a trabajar de comparsa en una función de teatro, representada en las afueras de la ciudad una calurosa noche de julio. Mi papel se reducía a porteador mudo de la parihuela donde era transportado a escena el rey persa muerto. La solemne gravedad del texto de Esquilo contrastaba con la realidad de la troupe, frívolas estrellas de seriales televisivos griegos.
     El regreso lo hice en el coche del director, con la primera actriz como copiloto. Circulábamos, avanzada ya la noche, por una gran autovía de varios carriles, testigo igualmente mudo de una encendida discusión en la parte delantera del automóvil. La diva, y también pareja del joven y apuesto director, una exuberante rubia oxigenada, le reprochaba con temperamental vehemencia que hubiera mirado y sonreído a otra durante el ensayo general. A gritos y empujones, lo amenazaba si es que volvía a reincidir: να σε σκοτώσω, να σε σκοτώσω (que te mato, que te mato), sin escatimar insultos y codazos a su indiferente don Juan. Con lo que el coche no dejaba de dar bandazos entre los distintos carriles de la autovía. Milagrosamente llegamos sanos y salvos a nuestro destino.
     La anécdota podría haberse insertado con toda naturalidad en cualquier comedia de enredo española, o en la excelente "Balas sobre Brodway" de Woody Allen, o en el neorrealismo italiano más costumbrista, pero la lengua en que la viví era la misma de Homero, de Aristófanes, de Teócrito, de Solomós, de Seferis; una lengua sin duda mucho más de la calle, más vulgar, pero no menos valiosa. Porque, en palabras de Claudio Magris, "la vulgaridad también exige respeto, ser melindrosos es un pecado contra la vida".

     Pero, sobre todo, la canción de Jaris Alexíou me hace presentes en el alma a mis grandes amigos griegos, aquellos con los que he compartido... casi todo, mi otra familia.
     Y vuelvo a estar con ellos en el paraninfo de la madrileña facultad de Geografía e Historia, interpretando en una sola voz y en una sola alma música y poesía de Seferis, Ritsos, Elytis, Sikelianós, Karyotakis... O cierro los ojos y vuelvo a sentir la intimidad de su presencia durante una cena armonizada por la conversación cordial y la música, que es la voz primordial del mundo.
         Soy de nuevo aquel neófito que, entre los almendros en flor de la Complutense, descubría como una revelación la eternidad de la lengua griega, a través del amor y el respeto de nuestra profesora y amiga del alma, mi querida Penélope. Querría hoy volver a visitar su antiguo piso del barrio de Goya para desnudar juntos, con la delicadeza y el fervor del amante, los más hermosos versos de la poesía griega moderna, invocando en el diccionario y en la memoria personal las voces castellanas más adecuadas para traicionar lo menos posible su autenticidad, traducciones que no dejábamos de mimar y pulir con aliento unánime durante el laborioso y más mecánico proceso de la publicación en voluminosos monográficos, Πιο κοντά στην Ελλάδα (Más cerca de Grecia), elaborados con más rigor y entusiasmo que con medios o ayudas oficiales.
     Las lágrimas corren por mi cara, lágrimas de rabia, de impotencia, de memoria lacerada por la bárbara crueldad que contra el pueblo griego se está cometiendo por parte del omnívoro poder financiero, con la necesaria complicidad de gobiernos vendidos a su propio afán electoralista.

     Entonces siento que no es una frivolidad hablar de comida en este trance, sino una responsabilidad: recordar la humanidad que compartimos, recordar que el hombre no es hombre cuando somete al otro sino cuando comparte el gusto de los dones sencillos, recordar que todos participamos de un mismo temor por la propia indefensión y un mismo aliento de vida.

Algunos hombres son tan pobres
que lo único que tienen es dinero.



TSATSIKI
(ensalada de pepino con salsa de yogur)

     Una de las más populares ensaladas griegas, asequible hoy en muchos supermercados, sin dejar de ser un burdo sucedáneo de una receta bien simple y asequible.
     He de confesar que, en España, tuve que experimentar con los productos locales hasta conseguir aquella textura compacta. Lo que aquí explico es el resultado de esa experimentación.


          Ingredientes
  • Pepinos (3).
  • Yogur natural (2, si es auténticamente griego; 4, en caso contrario).
  • Ajo (1 diente).
  • Aceite de oliva (medio vasito de yogur).
  • Limón (una mitad).
  • Sal.
  • Aceitunas negras (opcional).

     Por un lado, pelamos los pepinos y o bien los rallamos o bien los cortamos en cuadraditos, según el gusto. Luego los dejamos escurriendo sobre un colador, con un poco de sal, para que suelten el máximo líquido. Con un par de horas basta, aunque yo prefiero hacerlo la víspera, para asegurarme que el tsatsiki quede lo más compacto posible.


      Por otro lado, vamos preparando la salsa de yogur.
     Téngase en cuenta que esos productos que en los supermercados se anuncian como yogur griego constituyen una más de las grandes estafas de la publicidad comercial. Nada más lejos de la realidad que un yogur a base de añadirle grasas animales o vegetales para conseguir la densidad de un auténtico yogur griego.
     Si se dispone de esos cremosos y acidulados yogures griegos, perfecto. En caso contrario, mi consejo es comprarlos de cualquier marca y, también la víspera, volcarlos sobre un colador forrado de papel cocina, para que suelten el máximo de suero posible. El resultado no desmerece demasiado.


     No mucho antes de consumirse, se prepara la salsa, batiendo bien con la varilla el yogur, el diente de ajo rallado, el zumo de medio limón, sal y el aceite. Batir a mano, nunca con batidora eléctrica, hasta que la salsa tenga un aspecto blanco completamente homogéneo.
     Con esta cantidad de ajo, aceite y limón, se obtendrá una salsa de sabor suave, no demasiado intenso, digerible para estómagos delicados. Si se tiene preferencia específica por cualquiera de los ingredientes, puede cambiarse tranquilamente la proporción.


     Una vez terminada la salsa, basta con mezclarla bie con el pepino escurrido para obtener un refrescante y apetitoso tsatsiki, con el que acompañar cualquier otro plato de sabor más contundente o simplemente tomarlo de aperitivo.


     Es bastante frecuente adornar el tsatsiki con unas cuantas aceitunas negras. El contraste entre el intenso sabor oliváceo a salmuera de las aceitunas de Kalamata y el frescor del tsatsiki es realmente espectacular, efecto no tan potente con las aceitunas negras nacionales, por lo que suelo prescindir de ellas. Es una opción personal, ni siquiera un consejo.

     El tsatsiki es realmente bueno y suficiente en sí, lo que no es óbice para que podamos utilizarlo como complemento para un canapé frío, por ejemplo sobre una loncha de lomo a la sal, o como base para una ensalada más completa como primer plato, mezclándolo  por ejemplo con lechuga y apio muy picaditos y atún.


MELITSANOSALATA
(crema de berenjena)

     Aunque la traducción literal sería ensalada de berenjena, en realidad tiene más de crema que de ensalada, tal como lo entendemos por estos lares.

      Esta receta guarda para mí un significado especial.
     Mi entusiasta iniciación al griego moderno no pudo encontrar mejor anfitriona que mi querida Penélope. No nos enseñó una lengua como mera herramienta comunicativa, instrumental. Se nos daba ella misma en la lengua, nos transportaba al corazón de Grecia a través de la palabra, tanto lo más excelso como lo más cotidiano, más como experiencia vivida que como materia de conocimiento. Apolo y Diónisos hablaban por su boca, pero no subidos en altos coturnos, sino con la naturalidad del gesto cotidiano.
    Desde el primer momento nos habló únicamente en griego, rompiendo de manera radical nuestro hábito filológico de meros traductores y dándonos así alas para volar libremente en la rica inmediatez del diálogo.
     Una de sus primeras clases consistió en la explicación de esta receta, tal como ella misma la había cocinado tantas veces. No utilizó ni un solo término castellano. Amante de la lengua y de la cocina, mis cinco sentidos pendían de sus palabras. Lógicamente, nada más llegar a casa, puse en práctica lo que más o menos había comprendido con mi todavía pobre conocimiento de esa lengua. El resultado, sin embargo, no desmerecía de otras melitsanosalatas probadas anteriormente. Ella misma me confirmó más tarde la presente receta.


     Ingredientes
  • Berenjenas (3 o 4, según tamaño).
  • Ajo (1 diente).
  • Limón (1 cuarto).
  • Aceite (50 cl.).
  • Sal.

     Lavamos las berenjenas y les cortamos la peana con cuidado de no pincharnos. Las asamos enteras en el horno, previamente calentado a 160º / 180º, dándoles un cuarto de vuelta cada quince minutos. Una hora en total, más o menos, hasta que al tocarlas, con cuidado de no quemarnos, las notemos blanditas. Eso sí, conviene cacular la temperatura ni demasiado baja ni demasiado fuerte como para que la piel no llegue a rajarse y se reseque la carne de la berenjena.


     Una vez templadas, cortamos las berenjenas y, con la ayuda de una cuchara, extraemos el interior. Sobre un colador, troceamos la pulpa de la berenjena asada, ayudándonos con un cuchillo o unas tijeras de cocina. Les añadimos una pizca de sal y las dejamos reposar un par de horas para que suelten parte del líquido.


       Transcurrido este tiempo, sólo nos queda batir bien, ahora sí, con batidora eléctrica, la pulpa de la berenjena, el diente de ajo picado, el zumo de un cuarto de limón y el aceite. Una vez obtenida una crema homogénea, de ligero color caqui, con el áspero y ambiguo sabor de la berenjena concentrado y suavizado por el resto de ingredientes, probamos y rectificamos de sal.

     La melitsanosalata está lista para tomarla tal cual, untada en rebanaditas de pan, como aperitivo, o directamente como guarnición de otro plato. Como en el caso del tsatsiki, la proporción de ingredientes puede variar según el paladar de cada uno.


     Esta receta es la base, excelente tal cual, a la que se le pueden añadir posteriormente ingredientes diversos para hacer de ella un entrante completo. La he comido mezclada con cebolla muy picadita, adornada con aceitunas, con anchoas. La imaginación es libre.


     Vaya desde aquí mi reconocimiento y amor a ese pueblo caótico y siempre indómitamente ejemplar.

     Για σας, Salud.

martes, 14 de julio de 2015

PODEMOS HA MUERTO. VIVA PODEMOS (reflexiones en medio de la tormenta)


PODEMOS HA MUERTO. VIVA PODEMOS
(reflexiones en medio de la tormenta)

     De la oruga a la mariposa. Del grano a la espiga. De el rey ha muerto a viva el rey. Del Podemos de la gente al Podemos del cambio.

18 Octubre 2014.
Asamblea Ciudadana Sí Se Puede

     Todo lo que está vivo se transforma. La vida huye de lo estático. Completamente cierto. Pero, en el proceso, ¿no podemos encontrarnos con que el resultado de la crisálida sea un lepidóptero insignificante y parasitario? ¿No cabe la posibilidad de que la semilla germine esa hierba invasora que ponga en peligro la necesaria biodiversidad? ¿Cuántas veces, si no siempre, la sentencia con que se saluda la muerte de un rey y la entronización de su sucesor despierta las mismas sospechas de aquel refrán que predice otro vendrá que a mí bueno me hará?
     La breve historia de Podemos es la historia de una profunda y veloz transformación, la metamorfosis de un movimiento algutinante y participativo, que allá en sus inicios sólo a regañadientes abandonaba su estatus asambleario y sólo nominalmente asumía la definición de partido, únicamente como imperativo legal para su asalto a las instituciones; hasta acabar convirtiéndose en una estructura monolítica y férreamente jerárquica, definitivamente consumada mediante la aprobación de un reglamento de primarias internas de cara a las próximas elecciones generales impositivo y excluyente.
     El descorazonamiento personal frente a este proyecto no es una pataleta circunstancial ni un berrinche victimista. Corroe no sólo fibras vitales de la propia sensibilidad, sino también planteamientos éticos irrenunciables.

     He escuchado estos últimos días argumentarios en defensa del actual modelo de partido que reducen la política a un mero juego de tronos, a un simple torneo por una posición de más o menos poder, divorciando la acción política de cualquier compromiso moral.
     Todos sabemos que la política, como los negocios, es una competición amoral.
     Pero eso mismo es lo que ya tenemos, y así nos ha ido. Para lo que ya tenemos, ¿necesitábamos nuevas alforjas?
     Una auténtica regeneración democrática sólo puede ir sustentada en una regeneración ética real.
     La erradicación de la corrupción política, que no es más que la gradación última en la amoralidad general de una sociedad liberal, individualista e insolidaria, amasada en la picaresca y el nepotismo, no puede acometerse únicamente con medidas administrativas, sino con la asunción general de unos valores de tolerancia hacia el que no soy yo, de efectiva igualdad de oportunidades, de respeto mutuo.
     Esos valores no se imponen por ley ni pueden ser nunca el resultado de la victoria en una confrontación electoralista. Se crean mediante el diálogo plural y una implicación responsable y altruista en lo común, sin personalismos excluyentes en los que deponer la propia responsabilidad.
     El empoderamiento no puede reducirse a una mera estrategia de diseño para imponerse entre las jaurías de la selva.

     Otro argumento muy difundido a favor de un Podemos rígidamente controlado desde arriba (ya que toda jerarquía, incluso electa, implica necesariamente un arriba y un abajo) presupone la incapacidad del individuo como sujeto de acción conjunta y, de rechazo, impone una visión militarista.
     Conquistemos el cielo, en orden de batalla. Ya desde las alturas conquistadas, lo arreglaremos todo, lo de dentro y lo de fuera.
     Pero toda victoria es una derrota. Toda victoria deja tras de sí el hedor de la muerte, la esclavitud moral o material de los derrotados, la destrucción de aquello que hizo del primate un ser humano: la palabra.
     Sólo vence auténticamente quien convence, y en todo convencimiento auténtico, más allá de la razón, juegan un papel necesario la bidireccionalidad del diálogo, una sensibilidad permeable, la empatía y la ilusión.
     ¿Recuerdas cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?

     Dejemos a los expertos, dicen. Ellos saben. Ellos dan en el clavo, los demás aclamemos. De nuevo la aristocrática visión platónica de la sociedad, estamental y estática, con filósofos gobernantes y masa sumisa y acrítica.
     Pues nombrar expertos convierte al resto en necios. Pero en la naturaleza nada es absoluto. Todo experto guarda dentro de sí un necio, así como todo necio guarda dentro de sí un experto. Lo necio y lo experto están indisolublemente unidos en la constitución de todo ser. Imposible aislar lo uno de lo otro.
     Utilizar las energías de unos pocos, por muy potentes que éstas sean, despreciando la energía constructiva de la totalidad, es una irresponsabilidad que irremediablemente conduce al agostamiento. El monocultivo, si bien ha resultado a veces muy rentable, tanto a regímenes capitalistas como comunistas, a largo plazo siempre ha terminado destruyendo el propio suelo y comprometiendo el equilibrio ecológico.

     Hay quienes, en medio de este mar de tiburones de la economía global, ven en Podemos sólo una transitoria tabla de salvación para llegar. Sometámonos al timonel. Cuando lleguemos, abriremos de par en par las compuertas de la democracia.
     La transitoriedad, más que un alivio, supone un veneno mortal. Porque cuenta con la continuidad del sujeto y del cuerpo social, continuidad exclusiva de los libros de historia. El instante no existe, porque nuestra mente es incapaz de ser en el instante, sino en el recuerdo o en el proyecto. La percepción del instante transforma a éste en pasado, pues el proceso perceptivo se completa en el instante sobrevenido, cuando ya es futuro. Y la continuidad de los instantes en el tiempo hace de su ininterrumpida sucesión rutina, transformando la cualidad transitoria en sustancia permanente.
    No encuentro mejor resumen que un refrán griego: Nada más estable que lo provisional.

     Curioso también el maquiavelismo implícito en dicho argumento: Podemos es un medio para devolver a la sociedad lo que a la sociedad le ha sido robado. Y el fin, claro, justifica los medios.
     ¿No son esos mismos los fundamentos ideológicos de la globalización financiera, implementados por las políticas neoliberales de gobiernos cómplices, cuyas consecuencias pretendíamos combatir?
     Decía Nietzsche que, cuando miras a los ojos a un monstruo, corres el peligro de convertirte tú mismo en monstruo también.
     Necesitamos un cambio, sí, pero un cambio no sólo en el modelo económico, también en el modelo social y el ético, los tres pilares son fundamentales, indisociables. Y no hay atajos. No hay caminos perversos que conduzcan a la inocencia.
     El poeta griego y premio nobel Yorgos Seferis, diplomático activo durante la Segunda Guerra Mundial, escribía en un poema: "lo importante no es el qué sino el cómo, no el adónde sino por dónde".

     El argumento de un Podemos como vehículo instrumental (controlado y medianamente democrático) para unos fines sustancialmente diferentes de la propia herramienta (plena democracia) bebe en las mismas fuentes que la falsa dicotomía entre el fondo y la forma, entre el continente y el contenido, que el dualismo entre el alma y el cuerpo. Lo que no deja de ser un espejismo, cuando no una impostura.
     El medio es el fin, tal como el alma es el cuerpo.
    El continente no rompe el cascarón de la comunicación sino en el contenido, lo contrario es un balbuceo. Así como el contenido, incluso en el propio pensamiento, no llega a ser sino en el continente. ¿Alguien es capaz de pensar sin palabras, incluso una operación matemática?
     No puede haber un fondo ideológico sin una forma de expresión concreta que lo materialice. Y la expresión, toda expresión, incluso la escritura automática surrealista, brota de raíces que predeterminan su naturaleza.
     A propósito del lenguaje cinematográfico, Godard dijo que un simple travelling es ya una cuestión moral.
     Porque no somos hijos de lo que hacemos sino de cómo lo hacemos.

     Bien. Para ti la perragorda. Convengamos en que Podemos es sólo un método, incluso un buen método, para alcanzar las instituciones. Que los fines de la nueva política residen en último extremo en las personas.
     ¿Y por qué esa desconfianza en las personas?
     Se nos solicitó confianza ciega en unos líderes. La llamada a la fe resonó como trompeta apocalíptica en el palacio de Vistalegre.
     Después de trece años escolares sometido a las arbitrariedades de otra fe igualmente ciega y tan radicalmente incondicional, no está en mi naturaleza anularme a mí mismo en una masa de incondicionales.
     Lo confieso, me da miedo. La incondicionalidad ha conducido demasiadas veces a fanatismos, a fascismos, a totalitarismos. El mayor de los totalitarismos lleva más de dos milenios sojuzgando al hombre en la ceguera de la fe.

     Podemos, se nos dice, es un asalto a la vieja política, aprovechando las herramientas de la vieja política, para instaurar una política nueva. ¿Es posible que de lo viejo brote lo nuevo?, ¿que lo caduco engendre lozanía? ¿Es posible que de lo putrefacto surja nueva vida?
     La naturaleza y la historia nos dicen que sí. Pero también sabemos que, en toda metamorfosis, puede que del gusano surja una polilla, que de la semilla brote la cizaña, que a un rey inhumano le suceda un soberano criminal, que un cambio social acabe siendo simple transformación para que todo permanezca igual, que un ser humano cualquiera amanezca un día siendo una cucaracha.
          

     Un argumento de peso, con el que a menudo se intenta callar la boca a quienes todavía pensamos que otro mundo no sólo es posible sino también factible, se centra exclusivamente en la situación de miseria material a que han conducido las políticas neoliberales implantadas por los últimos gobiernos.
     Hoy comer y mañana aprender. Sacrifiquemos la capacidad de desarrollo integral, tanto en lo humano como en lo material, en aras de una urgencia social dramática y apremiante. Rescatemos a las víctimas de la rapiña capitalista y pospongamos el debate ideológico para mejor ocasión.
     Como si uno y otro proyecto no fueran complementarios e indivisibles.
     Sería yo un irresponsable si hiciera ojos ciegos ante la miseria a la que han conducido las políticas neoliberales a gran parte de mis conciudadanos, si olvidara que un estómago vacío es la sepultura de toda ética, de todo humanismo, de la propia democracia. Pero ¿es auténticamente responsable hacer una labor de fontanería en las infraestructuras económicas sin desatascar las superestructuras ideológicas en que se sustentan?

     Quienes así hablan, suelen tener en mente un concepto de partido como mero gestor asistencial. Entienden el Estado no como el espacio común sino como latifundio gubernamental.
     Lo asistencial genera docilidad y clientelismo. Andaluces y gallegos sabemos bastante de eso.
     Si no queremos que, en el mejor de los casos, la necesaria solidaridad social termine siendo caridad institucional, expuesta a los vaivenes de las urnas y a la ferocidad de los depredadores de lo público, no podemos hacer un viaje en solitario a por peces para hoy, tenemos que embarcarnos a aprender a tirar todos juntos de la red.
     ¿Acaso el humanismo crítico y comprometido resta fuerza al intelectualismo táctico? ¿No son fuerzas complementarias en una sociedad que se busca libre y democrática?


     ¿Soy demasiado ambicioso? En esto, sí, lo soy. Uno de los consejos convencionales que con más convicción repito a mis alumnos: Si aspiras a un cinquillo, puedes encontrarte con que has calculado mal tus fuerzas y no llegues al aprobado. Si aspiras a lo más, sacarás de ti lo más.

     ¿Es posible que una leona dé a luz una gacela?, ¿qué un águila empolle un colibrí?, ¿que un partido político estructurado internamente según modelos jerárquicos que arrinconan la divergencia sea capaz de generar un espacio público de libertad y de participación, plural y dialogante, no solamente satisfecho en lo material?

     ¿Soy utópico? ¿Extemporáneamente idealista? ¿Un derrotado? ¿Desconfiado?

     Como Odiseo, soy nadie, uno más, náufrago en medio de la tempestad. Docente, escritor, ciudadano. No aspiro a cargos ni a reconocimientos, que condicionarían mi anónima independencia. No albergo pretensiones de infalibilidad ni de adoctrinamiento.
     Sólo una persona que se pregunta. Alguien en busca de respuestas, que duda de las voces de sirena de la promoción.
     Un nadie más, agarrado al mástil roto de unos principios éticos, en medio del naufragio, para no ser arrollado por el temporal.


     El reglamento de primarias impuesto por la jerarquía supone el acta de defunción de un Podemos que abrazaba y aglutinaba frente a este otro, ensimismado en su propio espejo. Supone la metamorfosis definitiva de aquel Podemos como movimiento regenerador de la democracia española en un partido más dentro del juego de tronos del despotismo partitocrático.
     
     Cuántas personas, cuántas ideas, cuánta energía derrochadas por el camino.

     Pero el efecto más nocivo de todo este proceso ha sido la polarización y la crispación generadas dentro de los propios círculos.
     Donde en un principio se respiraba una camaradería entre ciudadanos de procedencia e ideología diversas, unidos e ilusionados en un proyecto común, personas que, como he dicho en otro lugar, buscaban sumar lo que nos une, restando lo que nos divide; hoy por hoy, las virulentas tensiones entre quienes asumen ciegamente la voz de las alturas y aquellos que difieren, no en el diagnóstico ni en el propósito, han resucitado lo peor de esa España goyesca y cainita del duelo a garrotazos.
     Sirvan de ejemplo algunos comentarios vertidos en la página Facebook del propio círculo:

     Hubo un congreso y hay una solidísima mayoría que no quiere fórmulas extrañas y un tanto onanistas. Quiere ganar las elecciones. Con Podemos, que es la herramienta creada para ello, ahí donde la izquierda cavernícola nunca ha tan solo soñado con llegar. Topos, mala gente, narcisistas, mediocres, ilusos y despistados, pueden enfilar la puerta de salida. No es obligatorio estar en Podemos.

     Aquí hay frívolos, buitres, aprovechados, trepas, narcisistas y simples tontos que se dedican a intentar hundir a Podemos, entre los aplausos de la peor prensa del Régimen.

     Habrá que plantear (y así lo pediré en una próxima reunión) la continuidad de los que, desde dentro del círculo, están intentando sabotear y destruir a Podemos. Son pocos, pero agresivos, dogmáticos, manipuladores. Pequeños talibanes de la derrota y el fracaso. No hay que tener temor a echarlos.


"Duelo a garrotazos", Francisco de Goya. Fuente de la imagen:
 https://www.museodelprado.es/coleccion/galeria-on-line...
     


     Tenía prácticamente desarrolladas estas reflexiones y tomada la decisión, cuando accedí a la lectura de los comentarios precedentes, entre otros muchos de similar cariz, que no han hecho sino confirmarme aún más.

     No dudo de que, si no existiera Podemos, habría que reinventarlo, o algo parecido. Que es absolutamente necesario en la coyuntural actual y sus fines, mis mismos fines.
     Pero ahora mismo el modelo organizativo y el fanatismo desatado dentro de los espacios de participación me asfixian y me destruyen. Me encajonan y me siento prisionero.
     Con gran dolor del corazón y de las amistades contraídas, he de tomar distancias. Necesito recuperar el significado de las palabras, lavarlas de consignas en el río de la vida.

     Podemos ha muerto. Viva Podemos.
     ¿Y ahora?