"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

jueves, 12 de mayo de 2016

PUCHERO DE COLES GRANADINO (receta)


PUCHERO DE COLES GRANADINO


     Recuerdo los días invernales de mi infancia y adolescencia. Días fríos de lluvia continuada, terca, tormentosa. Días de un sol transparente, gélido como el cristal, descarnando el paisaje en formas puras y sin matices. Días en que el aliento helado de la sierra, al bajar, barría las brumas del aire, dejando una limpidez marmórea en la percepción del espacio. Días de densos nubarrones, oscuros como el latón, que ocultaban completamente las crestas nevadas del horizonte. Días en que el invierno se hacía hielo entre los adoquines y vaho espeso en la respiración de los viandantes.

     Y recuerdo la indescriptible sensación de volver a casa y, ya desde la puerta, percibir el inconfundible olor del guiso. Aquel olor de olla al fuego no sólo provocaba una tonificante reacción sensorial, el regustillo del apetito, también hablaba el lenguaje del amor con que había sido cocinado.


Plaza Nueva (Granada).


     Este invierno, templado en demasía y alarmantemente seco, ha dado paso a un tiempo que oscila entre un sol espléndido, como primicia veraniega, y jornadas de suaves aguaceros. Lo que nos está regalando una primavera de exultante y lujuriosa floración.

     La última semana, sin embargo, el clima parece haberse replegado a las brumosas grutas invernales, con cielos plomizos y lluvias racheadas, insistentes, un frío húmedo que ha vuelto a sacar los abrigos del armario. No quiero, pues, dejar pasar la ocasión de comentar uno de mis guisos preferidos entre la variada gastronomía granadina.

     Siempre me ha parecido ejemplar la adecuación de los distintos modos de preparar un puchero a los productos estacionales y a las condiciones climatológicas del momento. Ya he hablado, a este propósito, del puchero de San Antón.

     Hoy me centraré en lo que podría denominarse "la fiesta gastronómica del frío": el puchero de coles, un guiso en el que la presencia de diferentes carnes y legumbres, combinadas con la col (repollo), no sólo regala el paladar, recarga de energía el cuerpo y lo predispone para enfrentar las más bajas temperaturas.

     Hay tantas variedades de puchero de coles como hogares lo cocinan en Granada. Recuerdo que, de pequeño, dada mi afición incondicional por este plato, ciertos familiares y personas cercanas a la familia me invitaban a comerlo cuando lo ponían en su mesa. En cada una tenía un toque peculiar, ingrediente de más o ingrediente de menos, más contundente o más ligero. En todos reconocía esa base común que hace de este guiso uno de los placeres de la buena mesa.

     El puchero de coles cuya receta doy a continuación, recogida directamente de mi madre,  es quizás el más básico, aunque no por ello menos completo. Permite paladear este guiso tradicional en su más peculiar esencia.

      Anecdotario:

    Nosotros solíamos comerlo los lunes. Da la casualidad de que precisamente los lunes por la tarde era el día favorito en mi colegio para imponernos la asignatura de gimnasia. Qué difícil saltar el plinto o hacer flexiones con el puchero de coles en la barriga. Terminé aborreciendo la gimnasia, entre otras muchas razones, y adorando este guiso.

     Según contaban en casa, en plena vega granadina, cuando mi familia se dedicaba todavía a las labores del campo, la carne y el tocino sobrantes se guardaban para el desayuno del día siguiente, con un tazón de caldo del puchero, imprescindibles para soportar el trabajo de la tierra y del ganado bajo los helores de la sierra.



PUCHERO DE COLES



     INGREDIENTES (para unas seis u ocho raciones)
  • Garbanzos, 300 gr.
  • Alubias blancas, 300 gr.
  • Col (repollo), una de peso medio.
  • Una cebolla.
  • Clavo.
  • Morcillo de ternera, 750 gr.
  • Costillas de cerdo, 750 gr.
  • Pollo, medio (cuartos traseros, delanteros, o uno de cada).
  • Tocino de veta, 300 gr.
  • Morcilla fresca de cebolla.
  • Hueso de rodilla de ternera.
  • Hueso de jamón.


     Importante:
     No nos olvidemos de echar en remojo la víspera los garbanzos y las alubias.

    Debido a la cantidad de ingredientes, algunos de ellos voluminosos, sobre todo las carnes y la col una vez cortada, es aconsejable cocinar el puchero en una cacerola grande. Si no se dispone de ella, utilizaremos dos: a medida que vamos añadiendo nuevos ingredientes, para hacerles sitio, pasamos a la segunda cacerola las diferentes carnes, los huesos y el tocino. La mitad del primer caldo resultante la utilizaremos para seguir cociendo las viandas separadas, tras añadir más agua a ambas cacerolas, hasta cubrir. Posteriormente, iremos intercambiando los caldos, colándolos, para que se mezclen. Es más engorroso, pero efectivo.

     Aunque el puchero de coles, como cualquier guiso, puede hacerse en menos de una hora con la olla a presión, yo prefiero hacerlo a su amor, con la olla destapada y vigilando cada paso.

     En cualquier caso, empezaremos poniendo a cocer el morcillo, ya que es de las carnes la que más cochura necesita, junto con el tocino y los huesos, bien cubierto todo con agua.
     La cantidad de huesos será proporcional al gusto de cada cual, según se prefiera un sabor a animal más acentuado o más equilibrado con el resto de ingredientes vegetales. Para esta receta concreta, he utilizado dos huesos pequeños de rodilla de ternera y uno de jamón, suficientes para dar sabor sin encubrir el gusto suave de la col, aunque sí su olor desagradable. Asimismo, he prescindido del hueso de espinazo, redundante con las costillas.

     Dejamos hervir el morcillo, el tocino y los huesos a fuego lento, una hora aproximadamente, quitando de vez en cuando la espuma marrón que se forma en la superficie.
     Ya en Madrid, aprendí a usar para este cometido la espumadera (conocida en Granada como "rasera"). Mi madre, sin embargo, lo hacía con una cuchara. Finalmente, he vuelto a las lecciones maternas. Limpiando el caldo con una cuchara, no sólo retiro la espuma sino también parte de la grasa que va subiendo a la superficie, clarificándolo.
     En caso de guisarlo en olla a presión, habrá que esperar a que dicha espuma adopte un color más blanco antes de taparla, y entonces dejar cocer un cuarto de hora desde que arranque la válvula.



     Entre tanto, aprovechamos para picar la col en trozos pequeños, no demasiado, del tamaño de un mechero o de un billete de metro. Pelamos la cebolla, en cuya superficie hincamos unos ocho o diez clavos de olor. Escurrimos las legumbres y les damos un agua directamente bajo el grifo.



     Pasado este primer tiempo de cocción, incorporamos los garbanzos, las alubias, la col, la cebolla y el costillar de cerdo.
     Opcionalmente, sería el momento de añadir otros ingredientes igualmente adecuados, como un puerro entero, o una rama de apio, un nabo, una zanahoria (bien en rodajas, bien entera), o una cabeza de ajos (limpia de la piel externa y de raíces), un tomate entero, laurel. Yo prefiero prescindir de todo ello, para evitar la semejanza de sabor con otros guisos similares, así como para no perturbar el homogéneo color avellana del guiso final.
     Si lo hacemos en olla abierta, dejaremos cocer a fuego suave entre una hora y hora y cuarto, eliminando siempre la capa de espuma marrón que se volverá a formar en la superficie. Si lo cocinamos en olla a presión, quitamos la espuma del primer hervor y luego la cerramos y dejamos cocer unos quince minutos desde que la válvula empiece a silbar.



     Pasado este tiempo, pinchamos las costillas para comprobar que la carne empieza a quebrarse, no estar tan compacta. Si estamos guisando en dos recipientes, apartamos el costillar a la segunda olla. En caso contrario, lo dejamos estar y añadimos el pollo sin piel.
     Si hemos decidido hacerlo con patatas, es el momento de incorporarlas al guiso, peladas y cortadas en cascos gruesos.
     Volvemos a cocer a fuego lento, una hora aproximadamente; unos quince minutos en olla a presión, acordándonos siempre de limpiar de espuma la superficie.
     Pasado este tiempo, comprobamos que las legumbres estén tiernas, pero sin llegar a partirse, y retiramos la cebolla y las restantes verduras enteras que hayamos incorporado para dar sabor.

     Finalmente, cocemos la morcilla.
    Suele hacerse en el propio puchero. Sin embargo, prefiero utilizar un cazo aparte, con agua, a fuego muy lento. Así evito que la grasa de la morcilla manche el guiso, y prevengo la posibilidad de que la piel se raje al hervir y suelte el contenido, mezclándose éste con toda la comida y dándole así un desagradable aspecto oscuro, manchado. Unos diez minutos de cocción serán suficientes.
     Hay quien también le echa unos chorizos de guiso. Particularmente me disgusta en este puchero en concreto la acidez de la grasa del chorizo, así como el rojo del pimentón, en un plato que sobresale precisamente por su cremosidad y homogeneidad en la trabazón.

     Como la mayoría de los platos de cuchara, el puchero de coles resulta más trabado si lo cocinamos la víspera. Los distintos ingredientes se asientan y equilibran. Además, al enfriar, podremos retirar la capa de grasa que se solidifica en la superficie, quedando de este modo un puchero más suave y saludable, pero no menos sabroso.



     Directamente si lo comemos de inmediato, y antes de calentarlo si lo comemos al día siguiente, retiramos las carnes, huesos y tocino a otra olla (paso innecesario si lo vamos cocinando en dos cacerolas a la vez; aunque en este caso deberíamos mezclar los dos caldos para obtener un sabor uniforme en ambos).
     Quitamos con el cucharón el exceso de caldo y, colándolo bien, cubrimos con él las carnes y el tocino. De este modo, podremos mantenerlas a fuego mínimo hasta su consumición, sin que se enfríen. Y nos quedará además para otro día un riquísimo caldo de lo más nutritivo.

     Por último, trituramos un cucharón de puchero y lo volvemos a incorporar a la olla, antes de darle el último hervor.



     En mi tierra, servimos primero el puchero con las legumbres y, como segundo plato, las diferentes carnes con el tocino y la morcilla: la famosa "pringá".

     ¿Quién dijo que el paraíso no está en la tierra?, por mucho que el frío arrecie.

jueves, 28 de abril de 2016

RÉQUIEM POR LAS HUMANIDADES




RÉQUIEM POR LAS HUMANIDADES

Friso del altar de Pérgamo (Pergamonmuseum, Berlín).


     En el actual adacadabra de pactos postelectorales, la política institucional ha dejado en evidencia sus limitaciones y sus insuficiencias.

     La famélica democracia española, dando la espalda a la ciudadanía como sujeto activo de su propio destino, basó sus principios constitucionales en el turbio juego político, que no es sino el negocio político de los que nunca han dejado de entender lo público sino como cortijo en propiedad; un oscuro negocio que, lejos de buscar el bien común, desde la varita mágica del prestidigitador de turno, persigue la perpetuación de una situación de desigualdad y de perversión moral históricas; un perverso juego de poltronas, al que la inmensa mayoría asistimos como comparsa decorativa.
     Votamos, cuanto toca, cuando nos lo permiten, como hinchas viscerales. Como devotos irreconciliables del Real Madrid o del Barcelona CF. Como jurado pasional y veleidoso de un concurso amañado a mayor gloria del propio espectáculo, en el que no parece que nos jugásemos la vida sino la honra, esa perversa virtud tan castiza.
     Una exquisita élite de expertos de la nada, de catedráticos omniscientes y de tahúres de cuello blanco imponen su macabro despotismo, haciéndonoslo tragar a cucharaditas, o en preciosas grajeas envueltas en los satinados celofanes de unos medios de comunicación venales cuando menos, cómplices necesarios. La inteligencia colectiva, sin excepción, es expulsada a los arrabales de lo estrafalario o de lo peligroso, brutalmente acosada por las jaurías mercenarias y por las confusas melopeas de los titulares de prensa, rabiosos titulares con los que entretener, despistar e hipnotizar a la gran masa acrítica.

     Aquellos que se autoproclamaron pastores únicos de la ilusión, también ellos se han erigido en depositarios absolutos, cuando no absolutistas, de la verdad, negando a su entusiasta rebaño otra voz que el balido aclamatorio, aplastando mediante el escarnio, el sectarismo y el ostracismo toda voz disidente; y ello en aras de un supuesto beneficio táctico.
     Han abandonado como inútil fardo la urgencia de hacer de la masa votante, mediante las luces y las sombras de la razón, una colectividad de auténticos ciudadanos, de personas comprometidas con la solidaridad pública y el bien común, en beneficio de una maquiavélica estrategia política para asaltar los cielos, posponiendo sine die aquel cacareado empoderamiento en que el individuo dejaría de ser un ente aislado en su mismidad para hacerse miembro activo de la colectividad que habita y conforma.
     Decía Pericles, por boca del historiador Tucídides, que, en la antigua democracia ateniense, al que no parcitipaba de los asuntos de la ciudad, de lo público (no otra cosa significa la palabra "política"), no se le consideraba un hombre pacífico, sino inútil. En su supersónico asalto a los cielos, los paladines de la regeneración democrática nos dejaron aquí, a ras del suelo, masa atónita que no podemos sino mirar con desconsuelo y escepticismo la impotente soledad de unos héroes aupados por feroz hinchada, refrenados en su particular batalla por la charanga electoralista.
     Olvidaron que la única manera de llegar al qué es a través del cómo. Su energía arrolladora ha quedado, hoy por hoy, atrapada en la tenebrosa telaraña del juego político institucional.

     A día de hoy nos vemos ante la más que probable eventualidad de una nueva convocatoria electoral, como herramienta para dar una salida al actual estancamiento en el desentendimiento, los personalismos y las rivalidades. Asistimos impotentes con los brazos cruzados al callejón sin salida de ese espectáculo de poses y muecas de los protagonistas de este esperpéntico guiñol, en el que incluso se persigue con saña brutal la libre expresión de unos titiriteros.
     Entre tanto, contradiciendo las rimbombantes declaraciones de recuperación económica jaleadas por el gobierno interino, las ejecuciones de desahucio siguen expulsando a la gente de sus casas con inclemente brutalidad, los centros públicos de enseñanza continúan asfixiándose en la precariedad y el nepotismo, el sistema sanitario público va siendo mermado cada día más en recursos y en prestaciones, el pequeño comercio sigue cerrando establecimientos en catastrófico alud, el constante aumento del paro aplasta a una cuarta parte de la población, expulsa a muchos a la miserable aventura del exilio y la supervivencia, condena a gran parte de la población activa a la incertidumbre laboral y a aceptar como un regalo del cielo condiciones que la acercan a la esclavitud, con sueldos que apenas dan para una precaria subsistencia, en tanto el 1 % que acapara la riqueza nacional sigue aumentando sus beneficios año tras año, la tasa de suicidios no deja de crecer, hacemos gala de la más repugnante hipocresía e insolidaridad al desentendernos y alejar de nosotros como a un apestado al que, huyendo de las bombas o de la miseria, nos solicita el don sagrado de la hospitalidad.
     No se me ocurre descripción más precisa del momento actual que aquel título feliz de una de las obras más clarividentes de Sánchez Ferlosio: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

Auriga de Delfos (Museo de Delfos).

     La única salida factible a esta escenificación democrática vendría de la mano de una auténtica educación general que nos limpiara de prejuicios y lugares comunes, que nos dotara de una mirada crítica y ponderada, que nos pertrechara de herramientas adecuadas para aprender a mirarnos a la cara a nosotros mismos y a mirar al otro en nosotros. Una educación que no sería sólo una escuela, sino un modo de vida.
     Pero, bien sea por la urgencia del presente (como si todo presente no fuera urgencia, no fuera el instante fugaz entre el fardo del ayer y la incertidumbre o la incapacidad de un mañana), bien por  el particular interés en mantener la situación dada, la educación en España ha sido históricamente más o menos sometida al negocio de la política, a la férula inquisitorial de los dogmas clericales y patrioteros, al control de esas élites de expertos perpetuadores del dominio de unos pocos sobre la mayoría, como cantera de peones dóciles y agradecidos, cantera en la que el educador es concebido como simple capataz del gran amo.

     La última agresión contra la agónica educación pública española, en ese secular afán controlador de sus sucesivos gobiernos, tiene el rimbombante título de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE).
     Cómo le gusta al poder la vacuidad de la grandilocuencia.
     Una ley concebida por mercaderes para el propio beneficio del sacrosanto mercado. Una ley que nos hace retroceder de golpe a los años más oscuros y represivos de nuestra historia contemporánea. Una ley clasista, discriminatoria y antipedagógica. Una ley que, desde su concepción y durante su tramitación de urgencia, fue repudiada por todos los partidos políticos restantes, quienes se comprometieron solemnemente a derogarla en cuanto estuviera en sus manos.
     El No a la LOMCE hinchó su buche de pavo real en mítines y declaraciones públicas por toda nuestra geografía durante toda la campaña electoral. No eran saludos al sol. Era una certeza. Esta ley la vamos a parar. Sin embargo, pasadas las elecciones, las promesas, que son aire, se las lleva el viento, y acá que viene Pedro con las rebajas. En las negociaciones para un posible pacto de gobierno, la tan cacareada derogación inmediata queda reducida a la mera paralización de su implantación; o sea, dejamos las cosas como están, y a ver qué pasa.
     Lo que pasa ya lo sabemos. No encuentro mejor formulación que aquel refrán griego: nada más estable que lo provisional.

Ruinas del templo de Apolo (Delfos).

     No obstante, no es mi intención aquí el análisis de la LOMCE, sino resaltar uno de sus aspectos más deplorables.
     De acuerdo con el concepto mercantilista que la inspira, las humanidades en ella quedan relegadas a la mera subsistencia, como residuos inútiles para el mercado laboral. Asignaturas como la filosofía, el latín, el griego, la música, las enseñanzas artísticas, la literatura, se ven postergadas, arrojadas como esclavos gladiadores a matarse entre sí por la mera subsistencia para diversión de los palcos patricios, vilipendiadas casi en un plan de estudios concebido como criba empresarial.
     ¿Para qué sirven en el mundo actual, tecnificado y fútil, alguien como Spinoza, Lucrecio, Homero, Bach, Bergman, Hölderlin, Beethoven, Sartre, Leonardo, Safo, Valle Inclán o Cervantes?
     Bueno, a Cervantes sí se le saca dinero. A pesar de la desidia funcionarial con que nuestros ínclitos padres de la patria casi se han desentendido de la ocasión de su mayor conocimiento y comprensión, al celebrarse el cuarto centenario de su muerte. A pesar de todo, y a pesar de lo prolijo de su prosa, Cervantes sigue siendo rentable. Al menos, sus huesos. Aunque pocos lo lean y menos aún aprendan de la grandeza y del realismo de su locura utópica.

     Este desprecio hacia las humanidades no es novedad. Todas las reformas educativas, sin excepción, han ido ahondando la brecha entre el conocimiento humanista y el científico, divorciándolos, enfrentándolos en lucha desigual, condenando a las humanidades a una inanidad cada vez más famélica.
     Las mentalidades conservadoras han pervertido históricamente el sentido de las humanidades, transformándolas en una férula domesticadora, en un florilegio ideológico sin contexto, reduciéndolas a mero ejercicio memorístico, lo más alejado del espacio de debate que siempre debieron ser.
     Las mentalidades más progresistas, encegecidas por la fe en la técnica y en el progreso, mayormente el progreso material, son expertas en menospreciar las humanidades, confundiendo el pensamiento clásico con el clasicismo, el humanismo con la retórica, supeditando la palabra a la ecuación.
     Y así nos vemos, en un erial, tan parecido al de aquel famoso poema de Kavafis, que parece que el viejo poeta de Alejandría hablara de nosotros y de nuestro ahora. Nos hemos reunido todos en el desierto, con nuestras mejores galas, para recibir a los bárbaros. En el fondo, esperamos de ellos una posible salvación. Pero los bárbaros no llegan. En medio de esta tristeza cariacontecida, puede que acaso los bárbaros estén ya entre nosotros, sean nuestro viejo mundo,

Estela funeraria (Museo de Atenas).

     Puede que tengan razón quienes así piensan y las humanidades sean realmente un lastre en este feroz mercado global que habitamos.
     Puede que, en mi amor por esas personas que a lo largo de los siglos hicieron del pensamiento libre la razón última de su humanidad, sea yo el equivocado, y realmente no puedan aportarnos ya nada a los virtuales habitantes del siglo XXI. El amor es ciego, todos lo sabemos, y puede equivocarse. ¿Por qué no?
     Mi frente tiene ya arrugas. Mis pelos blanquean desde hace años. Pero sigo sin tener certezas. Las dudas me acechan en cualquier formulación. Mi ojo no se adapta al resplandor de las verdades absolutas. Mi pie resbala en todo aquello que se proclama auténtico, científicamente comprobado. Sólo confío ciegamente en mi ignorancia, por ella sí pondría la mano en el fuego, y en mi repugnancia a la infalibilidad de cualquier adalid de la verdad única.

     Sí, puede que ellos tengan razón y las humanidades sean poco útiles, nada rentables, ni económica ni pedagógicamente, un lujo prescindible.
     Sin embargo, pienso en lo que habría sido mi vida si no hubiera encontrado apoyo en el universo inútil de las humanidades y un escalofrío me recorre el espinazo.

Hermes de Praxíteles (Museo de Olimpia)

     Qué habría sido mi vida si Epicuro no me hubiera limpiado del miedo, enseñándome a aceptar el mecanismo de la vida en la complementariedad de la muerte; si no me hubiera enseñado a disfrutar los dones de la vida sin ambicionar la esclavitud de las cosas prescindibles, sin angustiarme en la impotencia ante lo que sobrepasa mi propia naturaleza; si no me hubiera enseñado el don más preciado de todos, la amistad, que no es desinteresada, es recíproca.

     Qué habría sido mi vida si Mozart no me hubiera enseñado a sonreír en medio de la tristeza y a no olvidar, en medio de la alegría, no sólo las lágrimas propias, sino también las ajenas; si no me hubiera enseñado a escuchar, en la sencillez de los acordes, la armonía del mundo, y que el mundo también es disonancia.

     Qué habría sido mi vida si Cernuda no me hubiera enseñado a custodiar la dignidad de lo auténtico en medio del esperpento y de las miserias de la vida y de la historia; si no me hubiera despojado de romanticismos de baratillo para mostrarme la sublime divinidad de lo caduco, y que la única libertad auténtica es la de estar preso en otro, otro cuyo nombre es imposible oír sin escalofrío.
     Si Juan de la Cruz no hubiera domeñado las palabras de la plaza para despojarlas de la mugre de su uso y así dar voz a esa chispa cósmica, latente en todo ser vivo, que transforma al amado en la amada y a la amada en el amado, con un balbuceo verbal que remite a la energía originaria del ser, voluntad de ser que todavía no tiene programa ni diccionarios.
     Si ambos poetas no me hubieran enseñado que el amor, el amor de verdad, no aquel con el que nos aclimatamos a romanceros y películas, es una inmersión sin paracaídas en las más profundas dimensiones del propio ser, que necesita al otro como referente, pero nunca como objeto, y menos aún como instrumento, si no quiero desgastar esa pulsión de vida en la arenisca de la rutina.

     Qué habría sido mi vida si Goya y el Greco no me hubieran enseñado a mirar la realidad sin los convencionalismos deformantes de la mímesis realista.

     Qué habría sido mi vida si Johann  Sebastian Bach no me hubiera enseñado a templar el fuego de mi pasión en la medida de la razón intrínseca, propia, mostrándome en sus pentagramas la lógica de la emoción, la razón trascendida en emoción, sin dogmatismos ni efectismos alienantes.

     Qué habría sido mi vida si Prokofiev no me hubiera mostrado que, incluso en un siglo tan brutal y materialista como el pasado, marcado por los totalitarismos y los genocidios más atroces, es posible rescatar la hermosura de lo clásico, la alegría vitalista de lo clásico, cuando lo clásico brota de una autenticidad sin escuela.
     Si, casi al mismo tiempo, el compositor romántico que, llevando la lógica romántica hasta sus últimas consecuencias, desbarató el discurso ya apergaminado del romanticismo, abriendo así la música a la contemporaneidad, Gustav Mahler, no me hubiera dado esa lección de grandeza, no con la grandeza de su obra, sino al confesar, desde las alturas del reconocimiento público, que acaso el joven Schoenberg tuviera razón sobre él, ya que el tiempo es futuro y el futuro siempre pertenece a los que vienen después.

     Qué habría sido mi vida si Sófocles no me hubiera planteado que, en las luchas de poder, que son el motor de cualquier sociedad, el conflicto entre la realidad del individuo y la realidad de la comunidad nunca va a resolverse con discursos oficiales ni edictos autoritarios, sino con una infatigable búsqueda de la verdad última, por recóndita y molesta que ésta sea.

     Qué habría sido mi vida si Visconti no me hubiera enseñado que, detrás de los panegíricos y de las letrinas de todo régimen, detrás de los salones donde la apolillada aristocracia invita a bailar a la burguesía advenediza, son personas quienes hacen la historia, hombres y mujeres con nuestras miserias y nuestros anhelos; que no son dioses, cuando caen comprobamos que no son dioses, son hombres y mujeres de carne y espíritu herido; que en la fruta podrida también palpita  un corazón.

     Qué habría sido mi vida si Camus no me hubiera enseñado que, en la azarosa e intrascendente existencia material, abocados como estamos al continuo deterioro y a la extinción definitiva, lo único que puede rescatarme de la desesperación existencial es no dejarme aplastar por el trampantojo de las convenciones, de los dogmas oficiales, no dejarme infestar por la peste de la indiferencia, sino comprender y sostener lo específicamente humano del otro desde mi propia humanidad.
     Si Heráclito no me hubiera enseñado que la esencia del tiempo es destruir las obras del hombre, empezando por la obra del propio filósofo, con esa imagen descarnada y brutal de un pie pisando al descuido las construcciones de arena que un niño hace a orillas del mar.
     Si Virginia Woolf no me hubiera enseñado a escuchar la música callada e inefable en la incesante erosión del oleaje sobre nuestras vidas.
     Si Proust no me hubiera enseñado que el tiempo, que siempre es tiempo perdido, vida desgastada en el desconcierto y en la ansiedad del deseo, existencia incompleta, amalgamada, puede, sin embargo, ser tiempo rescatado en la conciencia sensible de nuestro propio ser, no como un concepto definitivo, sino como un devenir azaroso y complejo.

     Qué habría sido mi vida si el viejo Sócrates, el ciudadano Sócrates no me hubiera enseñado que toda verdad es arbitrariedad sancionada por la pereza social, y la única verdad es nuestra extrema ignorancia sobre nosotros mismos y sobre nuestro entorno; y, a pesar de todo, la absoluta necesidad de imprimir a fuego en nuestros corazones la máxima délfica: Conócete a ti mismo.


Vista del Partenón desde la colina de Filopapo (Atenas).

     Qué pobre, qué falta de recursos, qué inconsistente, qué manipulable habría sido mi vida sin todos ellos. Mucho más de lo que ya lo es.

     Da escalofrío sólo pensarlo. El escalofrío del sepulcro.

jueves, 31 de marzo de 2016

COLORES (galería fotográfica)




COLORES




"Kandinsky afirma que el amarillo es el color de la vida.
... Se comprende ahora por qué ese color hace tanto daño a los ojos".
(E. M. Cioran)























"Vivir aplastado por la multiplicidad de las cosas y de los colores.
O fundirse en ella para abrazar el abismo".









"La arena de la orilla
es amor de tierra y agua".


















































"En la arena se yerguen las grandes obras de los hombres.
Y, como un niño, el Tiempo con el pie las derriba".
(Kostas Karyotakis)












Fotografías tomadas en Gijón y Oviedo, marzo 2016.