"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

miércoles, 14 de septiembre de 2016

LA TRISTEZA Y EL COLEGIO


LA TRISTEZA Y EL COLEGIO



     Septiembre de 1983.
     La imagen permanece nítida en mi memoria. Un joven de 23 años, recién aprobadas las oposiciones a cátedra de instituto, se disponía a ocupar su plaza como profesor en un pueblo de la costa almeriense. Sus ojos apenas acababan de clausurar esa etapa de subordinación y dependencia que son los largos años escolares, desde que entrara muy niño en una escuela de barrio hasta la obtención de un título universitario, más un año de exclusivo e intenso estudio preparando a conciencia una difícil oposición.

Puerto de Adra (Almería). 1984

    Era ingenuo e inexperto en los asuntos de la vida. Porque la vida de un estudiante es una vida interina, en préstamo, irreal. Te atiborra de definiciones, de fórmulas, de datos, de nombres, de fechas, de exámenes, de reválidas; siempre en el interior de ese laboratorio, reformatorio o cuartel, que son las aulas escolares, submundos que recrean una caricatura distorsionada del mundo real. Su objetivo no es potenciar tus cualidades para desarrollarte como persona y como ciudadano del mundo, sino destruir o atrofiar en ti todo aquello que no se adapta a su mundo preconcebido y amañado. No te entregan de buena voluntad el testigo de ese bien universal que es el conocimiento humanístico, acumulado a lo largo de las generaciones, te lo hacen tragar en píldoras amargas para agostar en ti cualquier veleidad de hacer de ese conocimiento un bien personal.
     A pesar de todo, iba radiante de entusiasmo. Desorientado, inseguro, falto de recursos e información, pero cargado de razones y propósitos. Su infancia y adolescencia habían sido un infierno digno del Kafka más truculento, sádicamente administrado primero por oscuras sotanas y luego por togas universitarias, no menos oscuras, rutinarias y prepotentes como viejo engranaje de relojería. Veníamos de un sistema educativo autoritario, represor, clasista y deformante. Aquel joven profesor no sabía bien cómo aplicar sus ideales al marco administrativo de su nuevo trabajo, pero sí sabía perfectamente cómo no quería hacerlo. Y se encontró con que no era el único.

Vista del instituto y el cuartel de la Guardia Civil. Adra (Almería), 1984.

     En aquel primer destino, en un instituto junto al mar, se vio rodeado de muchos otros compañeros que no estaban dispuestos a asumir la vieja rutina academicista y adocenante, que no estaban dispuestos a seguir perpetuando un sistema de trabajo sometido a escalafones autoritarios. Fueron años de intensa y viva actividad. Se ensayaban en el aula nuevas formas de estudio, más participativas, más comprensivas. Se derribaban las barreras que separaban la tarima del pupitre, el aula de los despachos, el instituto de la sociedad. En un pueblo entonces con pocas salidas y menos ofertas de ocio y conocimiento, se organizaban por las tardes talleres de teatro, de cine, de deportes minoritarios, de recuperación de técnicas y artesanías tradicionales, sin remuneración, con entusiasmo. Se organizaban excursiones, viajes, visitas que ampliaran el horizonte intelectual y vital de aquellos adolescentes, nunca como agencia turística, sino como actividad en cuya organización los propios alumnos desarrollaran el sentido de la responsabilidad y del compromiso con el grupo. En aquellos tiempos, no se cobraban dietas ni compensaciones administrativas por aquellas horas de dedicación fuera de todo horario laboral. Todo era voluntad y determinación, confianza en la capacidad de cualquier ser humano para hacer suyo su propio destino.
     Pero quedarse en aquel voluntarismo era claramente insuficiente. El marco legislativo y administrativo seguía siendo estrecho, injusto y asfixiante. Fueron años de lucha en la que todos, o una inmensa mayoría, incluso por encima de escalafones laborales e ideologías políticas, nos sentíamos implicados, porque tanto el catedrático como el interino o el agregado o el administrativo o el personal de limpieza eran miembros fundamentales de ese organismo vivo, el instituto. Si tocaban a uno, nos tocaban a todos.
     Aquellos septiembres de reanudación del curso eran para el joven catedrático de griego principios de alegría, de ilusión, de entrega. Era su vida, era él, la realización de sí mismo en puesto de trabajo que era mucho más que un trabajo.


Taller de teatro. Instituto de Adra (Almería), 1985



























     Hoy lleva más de treinta años de docencia a sus espaldas, casi los mismos durante los cuales nuestros dirigentes políticos, de uno u otro signo, han despreciado o destruido aquel potencial transformador, obsesionados primero con maniatar, dividir, difamar, debilitar y desestructurar a esos díscolos profesores, que se empeñan en saber de educación más que el ministro correspondiente (aunque el ministro en cuestión sera un dudoso economista o una marquesa o un mero tertuliano televisivo). Si la dictadura transformó las ideas pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza en una herramienta de adoctrinamiento y represión política, los tahúres de la democracia han ido haciendo de la educación un arma de destrucción partidista, un coto de amiguismo, cuando no un lucrativo negocio, destruyéndola minuciosamente, con alevosía y ruindad.
     Bien minado el terreno a lo largo de los años, la falsa crisis económica que estalló en 2008 les dio la excusa para asfixiar hasta lo imposible el sistema educativo español: recortes de presupuesto, masificación en las aulas, aumento de la carga laboral, supresión de elementos clave como la orientación o la atención a la diversidad, etc. etc. etc. La gran estafa nacional de la educación venía preparándose de antiguo, no se aplicó de la noche a la mañana. En silencio, paso a paso, se habían ido preparando las premisas oportunas, privatizaciones más o menos encubiertas, clientelismo corrosivo, desacreditación de la figura del profesor, acaparamiento de la toma de decisiones, control cada vez más absolutista sobre los elementos de promoción académica y laboral.


     Aquel joven catedrático, hoy camino ya de la vejez, lleva ahora casi nueve años desplazado. Un mes de julio recibió una llamada de teléfono para comunicarle que, después de más de veinte años como docente en un instituto madrileño, debía solicitar urgentemente una plaza provisional para el próximo curso; su plaza seguía siendo nominalmente suya, pero con insuficientes horas en su materia (sin tener en cuenta los talleres y otras actividades desarrolladas en el mismo, había que reducir personal, simplemente). Desde entonces, espera cada septiembre para ver a qué nuevo instituto será asignado, si impartirá su materia o alguna otra de la que no es especialista (los alumnos, pobres ignorantes, ni lo notarán). Ya no podrá hacer un seguimiento del proceso de aprendizaje de sus alumnos, nuevos cada curso, sin completar ciclos naturales. No puede organizar proyectos educativos a largo plazo, pues nunca sabe dónde trabajará el curso siguiente. Escucha los lamentos de sus compañeros, lógicamente nuevos cada año, pero en sus lamentos no escucha indignación sino renuncia y resignación. El progresivo aumento de horas lectivas le impide prepara su actividad docente más allá de lo estrictamente académico, y siempre con premuras, entre un creciente lodazal burocrático; una hora de clase, si se es honesto, no es una hora de reloj, son por lo menos tres, entre su preparación y su seguimiento, y el día tiene sólo veinticuatro.
     Como cada año, este septiembre ha tomado posesión de su nuevo puesto de trabajo. El panorama es cada curso más opresivo, más escalofriante. Cada septiembre, comprueba cómo lo que parecía que ya no podía ser más malo siempre es susceptible de convertirse en algo peor. Desde que nuestros amados políticos se encargaron de hacer de las directivas no unos representantes de la educación ante la administración, sino representantes de la administración contra la educación, cargos venales, con dogal, se rompió todo diálogo, sólo resta acatamiento. Con la tremenda estafa que supuso este fullero y nefasto bilingüismo, impuesto por motivos puramente electoralistas, una gran cantidad de los nuevos compañeros con los que se encuentra ahora son esos jóvenes "de última generación", "la generación más preparada", jóvenes adocenados de titulitis, individualistas e insolidarios, serviles con el pesebre, sumisos hasta la depravación. Se encuentra con que el número de alumnos por aula aumenta cada año hasta niveles completamente irracionales, con horarios de pesadilla para poder dar cabida a las fruslerías de una reforma educativa urdida en las cavernas del negocio particular para someter a los estudiantes a la ley de la selva mercantil. Se encuentra con asignaturas irresponsablemente eliminadas para poder cuadrar grupos y horarios con el parco personal asignado. Se encuentra con claustros y reuniones puramente informativas, unidireccionales, que duran hasta más allá de las nueve y media de la noche, en las que ni se menciona al alumnado, como si éste no fuera el auténtico objeto de nuestra labor y atención. Se encuentra con el empecinamiento electoralista en comenzar el curso cuanto antes, aunque sea imposible su organización en los plazos previstos, y por ello estaremos una semana en clase con alumnos que no serán nuestros alumnos, simplemente para entretenerlos y que sus padres no se irriten por tener que soportarlos en casa. Se encuentra con compañeros de su edad que, acorralados bajo esa presión incesante y cada día más desproporcionada, más despótica, sólo cuentan los años, los meses y los días para la jubilación. Abandonar el barco que se hunde. Sí, puede que en las actuales circunstancias sea la única solución, piensa.
     De regreso a casa, recuerda aquel septiembre del 83, el entusiasmo, las expectativas. Cada septiembre era un comienzo, un nacimiento. Este septiembre de 2016 ha asistido a un funeral. Encerrado en su cuarto, aquel joven de 23 años, hoy camino de la vejez, siente que la tristeza lo abate, se le echa encima, aplastante, como una losa, como una tumba. Está llorando. Llorando de rabia, pero sobre todo de impotencia. Son lágrimas de verdad, no poéticas, de las que escuecen.


En el taller de teatro. Adra (Almería), 1985.


     Y, entre tanto, la señora Cifuentes, nuestra superguay presidenta de la Comunidad de Madrid, con sonrisa profiláctica y maquillaje satinado, anuncia alegremente con una mano "medidas para arreglar" el sistema educativo, mera fontanería política, mientras con la otra mano aprieta las tuercas de este garrote vil al que ha sido condenado nuestro sistema nacional de educación pública. Pues no son "medidas" lo que la educación española necesita. ¿De qué le sirve una tirita al enfermo terminal de cáncer?


miércoles, 20 de julio de 2016

26J LA DESASOSEGANTE VICTORIA DE ELPÉNOR




Acto de campaña de Unidas Podemos, Arganzuela (Madrid)
19 junio 2016



26J   LA DESASOSEGANTE VICTORIA DE ELPÉNOR


       Pasmado, que no sorprendido.
     Casi un mes ha transcurrido desde las elecciones generales del pasado 26 de junio. No puede decirse que el resultado no fuera previsible, a pesar de absolutamente todas las encuestas previas. Entraba dentro de las más pesimistas probabilidades.

     Un millón de personas, anteriores votantes de partidos de izquierda, han optado por no ejercer su derecho al voto. Otros siete millones de españoles continúan refrendando la política austericida, antidemocrática y corrupta del Partido Popular, un partido que ha obtenido el preciado honor de ser el mayor creador de desempleo y desprotección jurídica y social, el destructor sistemático de los sistemas públicos sanitarios y educativos, el mayor conculcador de los principios democráticos, el arrogante artífice de una de una siniestra mordaza judicial contra las libertades ciudadanas, el Robin Hood de los plutócratas contra esa misma población que, por miedo, por ignorancia o por desidia sigue confiándoles su voto; pero, sobre todo, el mayor semillero de corrupción y latrocinio.

     Igualmente previsible o probable habría sido la situación inversa.
     Que, ante la extrema situación de desigualdad social, abuso institucional, destrucción de servicios públicos y sociales, nepotismo y puertas giratorias, totalitarismo informativo y judicial, adulteración continuada de las bases democráticas y distorsión manipuladora del propio lenguaje, las manos que refrendaron con su voto este descalabro hubieran temblado y reculado.
     Tan posible como que quien sufre dicha política o quien tiene conciencia de su perversión hubiera dejado a un lado dogmatismos, reticencias, desencuentros, protagonismos o victimismos, empujando con su voto la vía de rectificación de esta política parasitaria.

     La noche del 26 de junio se cumplieron las más negras previsiones.
   No hubo vencedores ni vencidos, a pesar de las proclamas poselectorales.
     Ganó la abstención. Ganó la renuncia, la desidia.
     Perdimos todas y todos.

     Muchos han sido desde entonces los análisis, las explicaciones de lo ocurrido. Desde el "gilipollas" de la portada de una revista satírica hasta los argumentarios que apelan al miedo, miedo legítimo cuan letal, al desconocimiento o la desinformación, a la brutal campaña de intoxicación ejercida por los medios afines al poder, a fallos estratégicos en la campaña electoral, a incompatibilidades ideológicas.
     Todas esas razones revelan una parte de verdad, sin alcanzar ninguna a explicar la complejidad del comportamiento humano.

     Y, sin embargo, con ser deprimente, la noche del 26J puso de relieve algo mucho más desasosegante. La rapidez del olvido. La endeblez de nuestros principios. El pragmatismo que nos encadena.
     Estamos acostumbrados a representarnos el largo y terrible siglo XX a partir de películas o novelas que nos muestran la historia como un conflicto entre buenos y malos, como el resultado de la acción de determinados monstruos individuales, como ciénaga donde sucumben víctimas anónimas, omitiendo siempre el silencio aquiescente de las masas cuyas espaldas sustentaron al monstruo en la posición óptima para ejercer su vileza destructiva.
     La corriente involucionista e insolidaria que recorre el mundo y gangrena de nuevo a la vieja Europa, como respuesta irracional a una crisis forjada por el propio poder financiero en su propio beneficio, no es en absoluto ajena a la sociedad española ni a la política ejercida con sectario autoritarismo por el Partido Popular. España no necesita un Donald Trump, un Le Pen, una ultraderecha neonazi como la austríaca. Los tiene dentro desde hace más de ochenta años, ininterrumpidamente, con traje de paño o traje de Armani.

     No hay más ciego que el no quiere ver, o el que tiende los ojos allende las fronteras sin considerar lo que tiene en casa.
     ¿De qué nos escandalizamos cuando nos escandalizamos de la insolidaridad europea con unos refugiados cuyo infierno personal ha alentado la propia Europa con sus injerencias políticas y su mercado armamentístico? ¿Quién ha sembrado tanto odio y tanto miedo al extranjero entre los pobres europeos como para rechazar a quienes huyen de la muerte? No han sido partidos neofascistas o agrupaciones xenófobas, ha sido la precariedad a la que nos ha conducido la economía neoliberal impuesta de manera implacable y el miedo a perder lo que nos queda.
     España siempre fue tierra de acogida. Pero históricamente hemos antepuesto siempre la caridad a la solidaridad. Luego hemos llenado las vallas metálicas que nos separan del otro, del otro que nos necesita, con cuchillas afiladas y gases lacrimógenos.

     Tod@s somos Niza. Tod@s somos París. Tod@s somos Charlie Hebdo. Nos solidarizamos contra atentados terroristas que son consecuencia de la política belicista fraguada en las Azores.
     Pero nos inhibimos cuando son 50 homosexuales los que son tiroteados en Orlando. Afortunadamente, en España el tema está superado. La fiesta que arrastra a más gente en la capital de España es el día del Orgullo gay. Sólo ese día. El resto del año, el número de ataques fascistas contra el colectivo LGTB en Madrid no ha dejado de aumentar desproporcionadamente, con los vítores alentadores de la jerarquía eclesiástica.
     Son los mismos grupos xenófobos y violentos que de día en día van haciéndose cada vez más fuertes en puntos estratégicos de la capital, léase Tetuán o Legazpi, ante el desinterés o la connivencia de unas fuerzas policiales que gustosamente escoltan sus manifestaciones con emblemas y gestos anticonstitucionales.
     Ah, bueno. Pero en España no tenemos un Amanecer Dorado. No lo necesitamos, ¿para qué? Se robaría el espacio con el PP.

     La destrucción de la justicia internacional mediante oscuros tratados institucionales transoceánicos tiene su triste correlato español en una reforma judicial impuesta autoritariamente, que deja todavía más inoperante la supuesta separación de poderes y aniquila la justicia universal.
     El brazo judicial de la derecha histórica española se ha lanzado a apartar de la carrera judicial a quien intente romper la telaraña interior de intereses creados.
     Persigue discriminatoria y ferozmente la libertad de expresión con claros objetivos partidistas. Se enjuician como terrorismo las bromas quizás inoportunas, las opiniones satíricas, las funciones de titiriteros, siempre y cuando presenten un cariz crítico con el sistema vigente. No se toman en consideración las amenazas de muerte personales a políticos de izquierdas, ni los deseos expresos de lanzar una bomba sobre una multitud de manifestantes.
     Se enjuicia con extrema dureza a quien roba una barra de pan, pero los defraudadores millonarios y las escandalosas tramas de políticos corruptos brindan en sus yates con champán.

     Escuchamos conmiserativos en los noticiarios,que una vez más un error policial ha acabado en EEUU con la vida de un inocente, generalmente un negro. Y nos echamos las manos a la cabeza cuando esta población acosada responde con la misma moneda.
     Pero eso sucede en un país esencialmente racista. Lo hemos visto en innumerables películas. Aquí en España eso no ocurre, al menos no que yo sepa. Claro, porque cuando paseamos por la calle no hablamos con acento latino, ni tenemos facciones magrebíes, ni somos negros, ni pertenecemos a etnias históricamente vilipendiadas. En consecuencia, no somos objeto de las habituales redadas policiales.

     Convivimos en silencio con el horror, alimentando con nuestro silencio "el huevo de la serpiente".
     Aquí no pasa nada. Yo no soy gay, ni refugiado, ni torturado, ni moro, ni un muerto de hambre. Ni me he enterado. No han venido a por mí ni lo he visto en las noticias.


Yorgos Seferis


     Yorgos Seferis, poeta griego que vivió de cerca la política internacional de mediados del siglo XX, como diplomático agregado del gobierno griego, al que acompañó en su exilio durante la ocupación alemana, usó en algunos de sus poemas un personaje homérico secundario. Como otros muchos elementos de su poesía, este personaje enriquece su propia naturaleza literaria con una fuerte carga simbólica, que el propio poeta reveló en alguno de sus interesantes artículos.
     Se trata del personaje de Elpénor, en contraposición tanto a Odiseo como a Tersites.

     Para quienes tengan olvidados a estos personajes, hago un breve recordatorio.
     Tersites aparece en La Ilíada. Es un simple soldado, fanfarrón y despreciable. Frente a los héroes dialogantes de la clase nobiliaria, clase a la que iba dirigido el poema, Tersites carece de nobleza alguna, es egoísta, pendenciero y adulador.
     Odiseo, también llamado Ulises, juega un papel fundamental en la guerra contra Troya, con todos sus claroscuros. En La Odisea es el ser sufriente que lucha contra los monstruos que se le interponen para regresar a su hogar. Su dura travesía es la del hombre que fuerza y construye su propio destino.
     Es en La Odisea donde aparece brevemente el pobre Elpénor. En su regreso a Ítaca, la tripulación de Odiseo recala en la isla de Circe, una hechicera que, mediante el vino y la comida, convierte a sus hombres en cerdos, a Elpénor entre ellos. Odiseo, con la ayuda del dios Hermes, logra dominar y doblegar la voluntad de Circe, quien devuelve a los cerdos su naturaleza humana.
     No sólo eso, ella misma indica al héroe el modo de navegar hasta el Hades, la región de los muertos, para que éstos le expliquen el camino de regreso. Una de las escenas más poderosas de La Odisea, puesta de relieve por el propio Seferis: la necesidad de mantener el contacto con nuestros muertos, de partir de nuestras raíces, de no renegar de nuestro pasado para emprender nuestro porvenir.
     La víspera de la partida, Circe ofrece a la tripulación una cena de despedida. Al amanecer, a punto ya de zarpar el barco, Elpénor despierta en la azotea del palacio, bajo los efectos todavía de toda la comida ingerida y de todo el vino bebido. Atribulado, quiere correr hacia el barco con las velas ya desplegadas. Pero, en su tribulación, cae por la barandilla de la azotea y muere golpeándose contra el pavimento.
     Ignorantes de lo ocurrido, los compañeros de Odiseo llegan al Hades, donde al primero que encuentran es la sombra de Elpénor. Éste les suplica que, al volver a la isla de Circe, lo sepulten e hinquen su remo en la arena, como monumento conmemorativo de su absurda muerte.

     En Elpénor, Seferis ve al hombre común, cuyo único horizonte vital es la propia satisfacción, la comida y la bebida. Ve al hombre ignorante, satisfecho de su propia ignorancia, realizando actos imprudentes a satisfacción propia e inmediata,, sin medir sus consecuencias. Elpénor es "sumiso y condescendiente", es "callado y silencioso", procura no llamar la atención, generalmente pasa desapercibido. Es "mediocre" y  está "echado a perder por un sentimentalismo muy primario". No es el heroico Odiseo ni el ruin Tersites. Es el hombre anónimo, que se rebela contra su anonimato con lo único que lo identifica: su herramienta de trabajo, su herramienta de sumisión, la herramienta que lo hermana con los demás remeros.

     Lo grave de Elpénor y de los innumerables Elpénores con los que a diario convivimos no es lo que son, poca cosa, sino lo que el propio Seferis explica de la siguiente forma: "No olvidemos que estos hombres inofensivos, precisamente por ser fáciles, a menudo son los mejores portadores del mal que en otra parte tiene su fuente".


     Por acción o por omisión, el pasado 26 de junio ningún partido obtuvo la victoria electoral sino Elpénor, sumiso, dócil, medroso y primario, portador involuntario del mal que en otros tiene su origen.

miércoles, 22 de junio de 2016

EN EL AIRE (relato)









EN EL AIRE


        No digas que no lo sabías.
     Mejor habrías gastado una de aquellas bromas tuyas, sorpresivas y brillantes, que a los otros desconcertaban y a mí me rendían a tu vitalismo tan inconsciente como radical. Para cuando los demás reaccionaban ante el impacto de tu ingeniosa lozanía y a mí me habías empujado un poco más hacia esa fruta en sazón que es la aceptación de la vida, sin restricciones, sin condiciones, tú ya te habías cansado de tu propia ocurrencia, te habías limpiado emocionalmente de lo que ya considerabas viejo y gastado, y andabas ocupado en cuerpo y alma con otro nuevo hallazgo.
     ¿Cómo podía sorprenderte todo tanto? Todo te era nuevo, todo insólito. La piedra milenaria era algo inerte hasta que tú le descubrías la energía de lo fabuloso. Un puesto callejero de comida rápida podía ser la entrada secreta al jardín de los sentidos, si el lenguaje de la noche inundaba el mapa de tus venas. La música más banal alcanzaba a reproducir la armonía cósmica cuando tu irrefrenable vehemencia se apoderaba de su rítmico latir rutinario. Querías probarlo todo, mancharte con todo, empaparte en todo. No sólo mirarlo. Tocarlo, palparlo, hurgarlo, lamerlo, olerlo, ceñirlo, restregarte todo tú contra la piel del mundo.
     Necesitabas estar rodeado de gente. Siempre has necesitado espectadores de tus requiebros con la vida. No sólo cuando actuabas. Cuando no ejercías de actor, también. En realidad, sólo eres tú cuando actúas. Fuera de un escenario, eres múltiple, eres todos. En las aceras de la ciudad o en las tabernas del ocio, todas las posibilidades de tu propia realización están presentes en ti simultáneamente, te es imposible escoger, escoger es decir no a la inmensa diversidad de lo no elegido. No necesitas el aplauso de los demás, necesitas su mirada para leer en ella el que eres en cada momento, para no perderte en la frondosa multiplicidad de ti mismo.
     Había quienes te tildaban de teatrero. No sabían hasta qué punto estaban equivocados, ni siquiera sabían cuánta verdad ocultaba en el fondo ese reproche condescendiente. E incluso aquellos que te lo decían como auténtico reproche, en algún momento determinado, también ellos terminaban rendidos y desconcertados ante el candor de tu fabuloso entusiasmo. ¿Sabes?, la palabra entusiasmo significa estar poseído por la divinidad. Y eso eras exactamente tú, un cuerpo expuesto a la divinidad de lo existente, pasión en llamas que podía calcinar tu pobre naturaleza si no era compartida en el crisol de los afectos y de la amistad.
     Siempre has necesitado templar tu vitalismo incendiario en el frescor de las risas ajenas, aliviar la tensión sensorial prodigándote en tus múltiples personajes. Necesitas de los demás para ser tú sin llegar a ahogarte a ti mismo. ¿Me necesitabas a mí también?, ¿y de qué manera? ¿Qué papel me tenías asignado en el relámpago de tus equilibrismos emocionales? Los demás te hacían réplica a tu imperioso interrogante. ¿Qué era yo?
     Nunca me hiciste partícipe de tu verbena mundana, tampoco me quisiste ausente. ¿Qué me querías?, ¿cómplice en la sombra? Si en público me negabas cualquier tipo de reciprocidad, no era por ocultar la llama de tu deseo a la indiscreción ajena. Siempre has sido transparente, incluso cuando protegías tu intimidad de la prensa sensacionalista con poses premeditadas.
     Nunca me involucraste en tus comparsas, aunque siempre procurabas que estuviera cerca. Incluso cuando más distante te me mostrabas, en último caso, siempre recurrías a la complicidad de mi mirada, ¿buscando tal vez una aprobación ya de antemano segura? Desde el corazón de tu círculo de admiradores y comparsas, me envolvías con la mirada, me besabas con la mirada, me acariciabas con la mirada, me estrujabas con la mirada, me lamías con la mirada, con la mirada me mordías, me chupabas, con natural desvergüenza, restregabas tu necesidad de calor humano contra mi necesidad de ti, siempre con la mirada, entre un auditorio que te aplaudía, te zarandeaba, te lisonjeaba, y terminaba siempre luego dejándote solo y exhausto, exhausto en mis brazos.

     ¿Recuerdas cuando alguno de tu séquito, que no te amaba, sólo se complacía en tus jaranas, te echaba los brazos al cuello y te hablaba al oído, rozando su cara con tu cara, y os reíais, concediéndole graciosamente tú el deleite de la confidencia exclusiva; o cuando te agarraban maquinalmente de la cintura para escenificar una correspondencia afectiva que no suponía mayor implicación; o cuando, durante alguno de aquellos viajes improvisados a las tabernas del Pireo o a los barrios de la costa, en la intimidad del coche, tu compañero de asiento echaba su cabeza, una cabeza rendida por tantas horas atrasadas de sueño, en la cueva de tu clavícula, deliciosa cercanía tan deseada, mientras yo quedaba a tu otro lado, mirando, sólo mirando aquel gesto de los otros que para ellos era apenas nada, purpurina festiva, y para mí habría significado entonces trascender la caducidad de la circunstancia y rozar el infinito con la punta de los dedos, mientras permanecía inmóvil, rígido, sólo mirando, sonriendo apenas, sólo anhelando, conteniendo el anhelo, porque el amor era demasiado y lo excesivo aplasta?
     ¿Recuerdas cómo nos conocimos? ¿Recuerdas nuestro primer beso? ¿Recuerdas aquel primer amanecer cuya luz nos sorprendió entrelazados?

     No, así no. Fuera nostalgia. Ahora mismo sería demasiado fácil. No quiero lo fácil. Contigo nunca me refugié en lo fácil, lo quise todo. Tuve que hacerme mucho más grande de lo que en realidad era y he sido siempre para que todo tú cupieras en mí, ¿o la libertad que tu existencia sembró en el hombre adusto y exigente que siempre he sido rompió mis resortes más firmes y me hizo crecer a dimensiones hasta entonces desconocidas? No quiero hoy recurrir a lo fácil, no debo. Quiero comprender. En medio de este dolor que es otra forma de amor a ti, quizás la más viva, el orgasmo de la renuncia está poniendo a prueba la resistencia de este cuerpo enfermo. El sol, cuando muere en el mar, incendia la vida con los tonos más insólitos, todo lo que él roza arde. Necesito comprender.
     Rememoro el primer roce de nuestros cuerpos y en la memoria de aquel estremecimiento hallo hoy la energía que la enfermedad ha ido degradando inexorablemente. Digo mentalmente tu nombre, tal como lo escuché por primera vez de tus propios labios, y la voluntad de vida crece dentro de mí en ondas concéntricas que poco a poco se apoderan de mis miembros debilitados, me desbordan, invaden el espacio cerrado de este avión que me está devolviendo a mis orígenes, logran romper la ventanilla para sumir su propio estremecimiento en el blanco cegador de unas nubes que me ocultan esa ciudad que definitivamente estoy abandonando, donde tú aún estás.
     Tu transparencia nos eximía de luchar con la opacidad de las palabras. Los sobreentendidos son otra forma de conocimiento, un conocimiento no manipulado por la arbitrariedad de la palabra. No digas que no conocías la profundidad de mis sentimientos. Esa máscara de sorpresa gratuita es demasiado vulgar. Afortunadamente, tu rostro no está hecho para las máscaras, todas ellas se te desprenden con una facilidad asombrosa. Como a un dios antiguo, siempre se te reconocía bajo la apariencia que adoptaras. Tus disfraces eran lenguajes diáfanos para ti y para mí, puertas secretas a una intimidad sin murallas. Disfrázate también ahora, en el desenlace de la separación, si esa es tu voluntad, pero no quieras convencerme de lo que tus ojos desmienten y desmentía el temblor de tu mano cuando la levantaste para acariciar por última vez esta cara demacrada que finalmente no llegaste a rozar. Mejor habría sido un adiós sencillo y definitivo como un corte de cuchillo. Duele. No pudre.

     Estaba terminando de preparar la maleta esta misma mañana, terminaba de eliminar todo lo prescindible para este último viaje, y apareciste de repente. No te esperaba. Ya nos habíamos despedido anoche con una cena tan cortés como entrañable, en aquel restaurante junto al pequeño puerto donde un día tú...
     Anoche nos despedimos sin dramas, sin reproches, sin malas caras, casi sin una lágrima, educadamente, con esa educación formal de la que realmente tú y yo nunca hemos hecho gala. Todo estaba bien. Dolía, pero el dolor del amor da sentido a los dolores de la enfermedad. Consumamos la despedida con un apretón de manos. Sí, hasta en eso hemos discurrido por caminos propios. Nos conocimos con un beso profundo y nos despedimos dándonos la mano. Pero has aparecido esta mañana, cuando ya no te esperaba.
     Estaba terminando de preparar la maleta y me sobresaltó el timbre de la puerta. Eras tú, resoplando. ¿Venías corriendo? ¿Y por qué corrías? ¿Temías que ya me hubiera ido? Cuando te vi esta mañana, desencajado el rostro no sólo por la carrera, no puedo negar el orgullo que sentí, una alegría incontrolable revolucionó mi organismo, ahora tan delicado. No achaques sólo a la enfermedad aquella crisis física que me atacó en tu presencia. La alegría mata, pero tan dulcemente. Te tenía ante mí, empapándome de tristeza con tu mirada, dándome a probar en tus labios temblorosos la pócima del deseo, encabritando con tu belleza indecisa los resortes oxidados del entusiasmo. ¿Recuerdas lo que esa palabra significa? Todo lo divino en ti me estaba poseyendo por última vez. Pero mi energía menguante no fue capaz de tan intensa posesión y el cuerpo respondió desmoronándose. Habría bastado de tu parte un simple vaso de agua para los venenos que me mantienen con vida. No era necesario ese desnudo tuyo tan desmañado, tan fuera de lugar. Esa voluntad de entrega asumida como un débito.
     La verdad siempre encuentra grietas por las que escapar de las trampas que le tendemos y la verdad, en este caso, fue tu miedo súbito a tocar lo que podría contagiarte, ¿contagiarte de qué? ¿Aún no has comprendido la naturaleza de esta enfermedad que durante un mes interminable me retuvo en el hospital, me retuvo treinta días en una cama que te esperó en vano, me retuvo en la ausencia de ti, en tu silencio, y terminó firmando luego mi sentencia?
     Sólo me había acercado a ti para devolverte la ropa arrojada al suelo y decirte Vístete. Busqué en esta garganta que ya no domino el timbre más entrañable para decirlo, pero me negaste incluso la opción a esa frase. Sólo había dado un paso hacia ti cuando te apartaste con un gesto de rechazo, te refugiaste en el sillón con lágrimas en los ojos, hecho un ovillo, desnudo, indefenso, acorralado en tus obsesiones siempre contradictorias, tan vulnerable, pidiéndome comprensión a tus miedos. No me sentía con fuerzas para protagonizar aquel melodrama. Quise pedirte que te fueras, que no enturbiaras tu límpido recuerdo con retruécanos de serie televisiva. No podía. Mi boca se resistía a pronunciar esa palabra, Vete, de cualquier manera. Entonces rompiste el silencio para explicarme que, en el fondo, no conocías realmente la profundidad de mis sentimientos, que la auténtica profundidad de tus propios sentimientos tampoco habías llegado a comprenderla hasta hoy, hasta ese preciso amanecer en que despertaste y viste tu cama vacía de mí para siempre. Yo debía entender, era yo el que debía entender la violencia que el miedo ejerce contra tus propios impulsos.
     Te tenía delante de mí, hermoso en tu indefensión, entrañablemente ridículo en tu desnudez, atormentado por la violencia de tus más hondas contradicciones, destrozando la frágil armonía de una triste despedida previamente organizada, y deseé con toda mi alma escapar de este cuerpo casi consumido, hundir los navíos del regreso y dar marcha atrás, volver a aquel primer encuentro en que te vi y todo mi organismo se desprendió de las corazas de la honorabilidad para amarte.


     Te vi bailar aquella noche, ¿lo recuerdas? Eras hermoso con aquella camisa blanca completamente entreabierta. El sudor subrayaba las suaves ondulaciones de tu torso. Te cimbreabas con la indolencia de un visillo acariciado por una brisa suave. Yo nunca antes había permanecido tan embobado mirando a alguien, tan descaradamente absorto. Me cogiste de la mano en un gesto audaz y divertido, ¿Bailas? La plaza lucía guirnaldas de papel y una fina cala de luna. La música de buzukis y baglamás perfumaba el aire fresco de la noche con melodías de silvestre sensualidad. ¿Bailas? Las luces de los farolillos temblaron por mí. Te dije No sé bailar, amedrentado y excitado al mismo tiempo. Tu desenfado jovial derribó mis defensas y di contigo cuatro pasos de ganso sobre las baldosas regadas. Te manché el pantalón, ¿lo recuerdas? Allí descubrí tus dientes, radiantes por la risa. Tus dientes iluminaron la noche y despejaron la oscuridad que había sido mi fiel compañera durante tantos años.

     No digas que no conocías la auténtica profundidad de mis sentimientos. Fuiste el artífice generoso de mi aceptación de la vida. Jugamos bien, sin cartas marcadas, al todo por el todo. No me niegues con justificaciones inútiles la verdad de lo vivido. No quieras poner tiritas al dolor en carne viva. Mejor ser una de esas estatuas destrozadas por el tiempo en cuya ruina se adivina aún el ideal de la mano que le dio forma.

     Porque tú fuiste mi artífice. El hombre que huyó de una vida malgastada en la estrechez de lo correcto, que derribó la cimentación de compromisos sobre los que había levantado sus días, que renegó al fin de seguir nadando a contracorriente de sí mismo en aras del beneplácito ajeno, aquel hombre que aceptó la propuesta de trasladarse a la filial comercial en esta tierra más como huida de lo viejo que viaje hacia lo nuevo, aquel hombre que había venido aquí prácticamente con lo puesto, sin mudas en la maleta ni en el pensamiento, aquel hombre despojado de atributos se aferraba todavía a viejos formalismos, como muletas sin las que no se atrevía a caminar. Tú le dijiste ¿Bailas? y él, sin saber cómo, neófito de sí mismo, tiró las muletas y aprendió a andar, aprendió a volar, quería decir bailar, aprendió a ser, ser en ti. Pues nadie puede llegar nunca a uno mismo sino en el otro. ¿Ves?, tú que siempre me estabas llamando maestro, con más afecto que ironía, como quien dice viejo sin decirlo, ¿ves?, también tú fuiste maestro para mí. Porque nadie puede enseñar sino aprendiendo, sin reciprocidad no hay conocimiento.
     Hoy en el aeropuerto he aprendido una de las lecciones más difíciles: cómo caminar cuando ya estás muerto. Llevaba impresa en mi retina, como un sudario, la última visión de tu cara. No veía nada delante de mí. Te veía a ti, tal como te había visto por última vez en aquel desangelado vestíbulo del aeropuerto antes de darme la vuelta definitivamente. Tú habías impuesto a tu cara la máscara fúnebre del protocolo. Incluso enmascarado en aquella estatuaria inexpresividad, tu belleza resplandecía. Ni un abrazo, ni un último contacto. La rigidez de lo concluso. Una rigidez en la que afloraba una lágrima a punto de brotar y, como siempre, me negaste incluso la bendición de ese regalo, temeroso siempre de que la evidencia de tus sentimientos te haga vulnerable. Siempre tuve que conocerte no por tus gestos, sino por la esquinas de tus gestos. Allí donde tu frágil voluntad se debilita y tu ser siempre bullente escapa de sus diques. ¿Miedo al contagio, dices?
     Me iba alejando de ti, caminando en dirección al control de pasaportes, y cada pie me pesaba como si a cada paso se me fueran hundiendo más y más en el barro. Te suponía a mis espaldas, mirando cómo me alejaba por aquel corto pasillo que era la entrada al no verte nunca más. Algo en mí, en aquel cuerpo que se arrastraba hacia la extinción, esperaba que en algún momento tu voz se alzara reclamándome, o simplemente me diera a beber un último sorbo de ti con alguna ocurrencia intrascendente, simplemente mi nombre, esperaba al menos escuchar por última vez mi nombre pronunciado por tu boca, como si fuera un ¿bailas? que hundiera amorosamente la semilla en la tierra, esa boca que repentinamente me lanzaba una guirnalda de rosas cuando en medio de las bromas de los presentes me hacías objeto de una atención distinta, la misma boca que saboreaba con delectación mi nombre, en un murmullo, cuando el amanecer nos sorprendía desnudos entre una tempestad de sábanas.
     Avanzaba entre viajeros anónimos, expectantes de futuro, ante funcionarios para cuya mirada yo sólo era un pasajero, un número en una lista, siguiendo la cola hasta el detector de metales. Sentía tus ojos en mi nuca. Me taladraban. Me penetraban con infinita amargura, con infinita bondad. Con gran esfuerzo, me negaba a volver la cabeza para verte una última vez. En el fondo de mí, tu constante impaciencia me decía que a lo mejor ya te habías ido, que muy bien podías no haber sido capaz de esperar hasta el final. Al mostrar el pasaporte y vaciar en la bandeja mis bolsillos, sentí que me vaciaba totalmente de ti, que me vaciaba de mí, sentí el tajo de lo definitivo. Y, en un instante de desfallecimiento, me temblaron las rodillas y estuve a punto de dar media vuelta, echar a correr hacia atrás, volver a tus... ¿Te habría encontrado aún ahí detrás? No quise comprobarlo. No tuve el valor de comprobarlo.

     Mi compañera de asiento ha bajado la bandeja individual y está escribiendo en un diario, eso decía la cubierta: Diario. Fuera, las nubes me niegan la visión de esa ciudad por cuyas calles tú irás caminando con paso impaciente, ¿hacia dónde?, hacia un mañana del que yo ya no formaré parte, ¿o sí?
     Comenzó a llover, ¿lo recuerdas? De pronto una tormenta de verano despobló la plaza pero tú seguías bailando. Me mirabas fijamente mientras el agua te empapaba. Alzabas al cielo la cara y dejabas que las gotas rebotaran en tus dientes entreabiertos. Me clavaste con los ojos al suelo y no pude correr yo también a cobijarme bajo los soportales. ¿Lo recuerdas? Me mirabas fijamente y seguías bailando bajo la lluvia. Me mirabas pasando tus manos por la camisa empapada, donde comenzaron a transparentarse tus pezones, tu vientre profundo, y tú eras consciente de ello. Me cazabas bajo la lluvia. Mi vieja naturaleza se resistía a ser presa, a abrazar la alegría. Pero dijiste Estoy empapado. Como siempre. Siempre dejas a tu alrededor una nebulosa de sobreentendidos.
     No digas que es miedo al contagio. Si al menos lo hubieras dicho con todas las palabras, Tengo miedo a contagiarme, yo habría tenido la oportunidad de vestir tus palabras de nobleza; si no me lo hubieras hecho sentir, abriendo ojos como platos y luego reculando con gesto retorcido, corriendo a refugiarte en el sillón, cuando yo sólo iba a devolverte la ropa y decirte Vístete, esto no tiene sentido.
     Cómo me aborrecí a mí mismo en aquel momento por no poder aborrecerte. ¿Miedo al contagio?, ¿qué contagio?, ¿desde cuándo el cáncer contagia? ¿Miedo a tocar la textura de la muerte?


      Sólo veo nubes y cielo desde la ventanilla del avión. A veces las lágrimas me nublan la vista. Pero, aun con los ojos turbios de lágrimas, sigo viendo el azul, no el azul del cielo, sino el de aquellos primeros días, cuando trotabas a mi alrededor como un animalillo impaciente y yo me negaba a dar crédito a lo que más anhelaba. Entonces me arranco con rabia la lágrima aún detenida en el párpado, ¿me arranco la lágrima o tu recuerdo? Como si tu recuerdo pudiera arrancarse.
     Tu recuerdo está sembrado en mi piel, se ha hecho uno con mi piel, sustancia de mi sustancia, el sabor de tus pezones, la resistencia de tu vientre, la fuerza de tus muslos en torno a mi garganta, tu lengua entrando en mi boca, el aroma a océano de tus axilas, el salvaje latido de tu corazón en mi mejilla, el peso suave de tu respiración sobre mi pecho, la dureza de tus dientes resbalando por mi espalda, tu saliva abriéndome en canal, tus dedos arrancándome a puñados la carne, la hoguera de tu aliento avivándose en mi nuca, en mi oído, en la comisura de la boca, demorando el mordisco y la pleamar con que unos labios se hacen beso en otros labios.

     Qué vergüenza. No he podido evitar derramar esa cosa gelatinosa que en los aviones llaman comida. El azafato ha acudido diligente a limpiar el desperfecto, restando importancia al incidente, con amabilidad de prospecto. Las agresiones de la enfermedad son tan evidentes. Pero es la enfermedad de que tú ya no estés a mi lado la que me ha destrozado la precisión en los movimientos cotidianos. Ahora mismo podría coger el avión con las manos y lanzarlo como un gorrión a gorjear en tu ventana, pero apenas puedo llevar con firmeza la cuchara a la boca. Duele esta impotencia física, pero menos que la otra impotencia.
     ¿Recuerdas aquella gripe brutal que te postró unos días en cama? Cómo temblabas, cuánto miedo a la enfermedad, qué desamparo. Con qué gratitud y qué abandono te entregaste a mis cuidados. ¿Recuerdas cómo te acurrucabas en mi regazo, como traspasándome una fiebre con la que luchabas a palmetazos? Siempre temiste a las enfermedades, las enfermedades del cuerpo y la enfermedad social, la enfermedad que nos conmina entre los muros de uno mismo.
     Tengo en el bolsillo de la chaqueta, junto al corazón, una fotografía tuya. No necesito sacarla, la conozco de memoria. Es la única cosa tuya que conservo. Mentira, conservo otra. Otro recuerdo tuyo aún más evidente. No te preocupes, nada comprometedor. Una pequeña cicatriz junto al labio. Quisiste devorarme pero nunca te atreviste a completar lo que deseas.
     En la fotografía, posas ante una cascada de buganvillas, desnudo de cintura para arriba, y muestras con orgullo tu presa, las llaves de mi casa. Fuiste el vendaval que limpió mi vida de sus ruinas, que trajo a mi tierra baldía las semillas de los océanos.

     Mi vecina de asiento me ha visto dejar caer la cabeza y, apartándose el walkman del oído, me ha preguntado si me encuentro bien. Sólo le he dicho Gracias. Siento que las palabras me abandonan, las palabras de usar cada día. Las palabras de la memoria, que son las palabras de la carne, devoran a las otras, las destruyen, las palabras que necesita un cuerpo terminal para salir con dignidad del mundo.
     Un día dijiste, lo recuerdo, que siempre escogemos aquello que nos destruirá. Pero es que no escogemos. Nunca escogemos. De pronto, alguien nos deslumbra con un desgarrón en el telón del mundo y alcanzamos a ver la claridad que se esconde más allá del decorado que habitamos. Ya no hay marcha atrás. Hemos roto la ilusión escénica.
     Cuando esta mañana cogimos el taxi al aeropuerto y tú representaste el papel de consorte perfecto, llevando mi maleta, abriéndome la puerta del vehículo, dando instrucciones al taxista, tú, que siempre fuiste tan descuidado en los formalismos, principalmente conmigo, tan irreflexivo, tan impulsivo, tan irresponsable, tan conmovedoramente caprichoso, tan candorosamente infantil; cuando esta mañana me tomaste de la mano para salir del taxi, ya en el aeropuerto, supe que, aunque te hubieras forzado a acompañarme hasta la partida, tú ya te habías ido de mi lado, andabas muy lejos de mí. Porque todas aquellas atenciones no eran brindis al amor, sino servicio a un enfermo. ¿O había también algo de lo otro?
     En la cafetería del aeropuerto, mientras hacíamos tiempo con un frappé, no aparté ni un instante los ojos de tus ojos. Tú mirabas el ir y venir de pasajeros, evitando en todo momento mi mirada. Cuando ibas a beber, hacías un quiebro forzado de cabeza hacia el vaso, para excluirme de tu campo de visión. Si en ese momento hubieras dicho una palabra, la que fuera, sólo oír tu voz, me habría desmoronado. Habría sido incapaz de continuar. Te habría gritado que me dejaras morir en un rincón de ti, debajo de tu cama, donde en el último suspiro me lloviera el aroma de tu cuerpo. Afortunadamente no dijiste nada. Sí, sí que dijiste algo. Peor aún. Aquel comentario, Te curarás pronto y volverás, ¿verdad?, sin mirarme a la cara, sabiendo los dos como sabemos que eso es imposible.

       Acabo de abrir los ojos y encontrarme el rostro del azafato casi pegado al mío.
     Me creía dormido y esta recogiendo los adminículos de la comida con sumo cuidado. Con una sonrisa encantadora se ha disculpado por despertarme. Yo he sacado los acentos más cálidos a esta ronquera ya permanente para decirle que no dormía, y darle las gracias. ¿Se encuentra bien?, me ha preguntado. En su voz vibraba una cordialidad sincera. Perfectamente, gracias.
    Hasta tal punto son evidentes los estragos de la enfermedad. Pero qué dolorosa es, cuando amamos, la cordialidad de aquellos a los que no amamos. Nos hace añorar la otra.
     No digas que hasta esta mañana no has sabido realmente cuánto me amabas. No quieras atemperar la inmensidad del presente frivolizando sobre lo vivido. La desmesura de este dolor está a tenor de la desmesura que fue nuestro gozo. No podría ser de otra manera. ¿Seré capaz de no sucumbir al analgésico de la añoranza?, ¿de no disfrazar el vacío con los trampantojos del consuelo? ¿Sabré vivir la renuncia con la magnanimidad con que me desnudé de la estrechez de mi personaje para bailar contigo y recibirte en mí?
     Después de esa hora interminable en la sala de embarque, creía que ya tenía controlados todos los resortes de la tristeza. La desnudez de la sala de espera no hacía sino reproducir mi propia desnudez interior. No había llevado conmigo ni un periódico, nada. Vacío de posesiones, vacío de entretenimientos, vacío de ti. Miraba a través de las cristaleras la pista pavimentada donde esos inmensos pájaros metálicos se mueven con la parsimonia de fabulosos seres mitológicos, y me decía a mí mismo: Él pertenece a lo que tiene aliento, tú a lo que despide sus últimos hedores, antes de ser de nuevo tierra.
     Salí a la inmensidad de la pista de despegue arrastrando los pies, sereno en la derrota. Caminaba erguido hacia la escalerilla del avión, como el que marcha voluntariamente hacia el ataúd, entre pasajeros poseídos por las fiebres del viaje. Sus risas, sin ellos saberlo, eran mis plañideras secretas. Llanto sin empatía para dignificar las ciénagas del alma sin respuestas.
     Al pie ya del avión, el bufido de los motores calentándose destruyó de repente el silencio del cielo, destruyó el silencio de la voluntad, destruyó mi serenidad tan artificialmente construida, y me abofeteó con la evidencia del final irreversible. Me rompí. Involuntariamente, mis ojos se alzaron arriba, hacia las nubes, al aire, como si allí estuviera el gorrión de la vida gritándome ¿Bailas? y abriéndome en sus alas el calor de su cobijo.


     El hospital había avisado a la tripulación de mi estado físico y rápidamente descendió el azafato para sostenerme con su brazo y conducirme amablemente hasta el asiento. Creyó que era una crisis orgánica y no emocional. No quise sacarlo de su error.
     ¿A esto es a lo que tenías miedo?, ¿al paulatino proceso de pérdida?, ¿a que mi enfermedad nos redujese a convencionalismos?, ¿a los formalismos de la rutina?, ¿al desmoronamiento de la pasión?, ¿al desgaste de los sentimientos puros?, ¿a la muerte del amor en las resignaciones del cariño? Hiciste bien. El amor no sobrevive en los cauces trazados del compromiso. Es ya otra cosa.
     Tú, con todos tus titubeos, tus inconsistencias, tus alegrías desmesuradas, tus abatimientos sin fondo, tu melancolía sin objeto, tu explosivo vitalismo, seguías los dictados de tu propia naturaleza. ¿Recuerdas cómo al principio negabas siempre estar persiguiéndome cuando te hacías el encontradizo? Siempre fuiste transparente, y yo quería además que te quitases esa máscara completamente traslúcida que te protege frente a la violencia del mundo.
     No he podido contener las lágrimas. No quiero contenerlas. Tú ardes en cada una de ellas. Es una forma de seguir sintiéndote, físicamente. Me están mirando. Piensan que a la enfermedad del cuerpo se añade ahora el desmoronamiento de la voluntad.
     Miro desde la ventanilla cómo el sol incendia las nubes. Las nubes me impiden ver las calles por las que tú habrás emprendido tu nueva travesía. Las nubes me dicen que hemos matado el amor, para que el amor sobreviva. Su fulgor, fulgor de ocaso, rebota a través de la ventanilla en este cuerpo que a cada instante va degradándose inexorablemente. Y, en esa luz claudicante, amo mi cuerpo porque tú un día lo miraste con deseo y juntos ardimos bajo la lluvia estival que despobló la plaza...


     El amor es totalitario. El amor no puede sobrevivir a su propio ocaso. Es fogonazo que deja de ser cuando los ojos se aclimatan. Porque el amor es acceso a la violencia interior que se hizo mundo. Cuando el amor se enfría, ya es historia. La historia puede explicarnos, pero no revivir la energía del origen...

     ¡Ah!
     Perdona. He sentido una punzada que me taladraba el vientre, como un barreno incandescente atravesándome de parte a parte. No te preocupes, no pongas esa cara, como si te estuviera viendo. De este dolor, no eres tú la causa. La carcoma avanza lenta, imparable. La carcoma devora el cuerpo, pero sólo el cuerpo, nunca lo vivido, y mucho menos lo amado.


                                                                                     (Atenas, agosto 1997)