"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

jueves, 4 de septiembre de 2014

Crónica de una novela: "La lectura"


     Comparto en este espacio el texto con que he ido presentando mi novela "La lectura" en las distintas ciudades que, hasta el momento, me han brindado voz: Barcelona, Madrid, Granada y Valencia. Vaya por delante mi más sincera gratitud.
     Como indica el título de la entrada, se trata de una crónica del largo y complejo proceso de creación de dicha obra. Espero no aburrir demasiado.



     "La lectura" pertenece a un ciclo de cuatro novelas agrupadas bajo el título genérico de "Capital del reino". Es la primera del ciclo y la única aún en ser publicada. Las cuatro son novelas independientes, de temática diversa, de distintas dimensiones y con su propio tratamiento estilístico cada una. Sin embargo, todas ellas tienen algo en común: la característica de transcurrir en la ciudad de Madrid, el intento de dar una visión global y diacrónica de una ciudad que no es la mía pero en la que, por azares y circunstancias, llevo viviendo más de veinte años.
     Desde una óptica personal y foránea, Madrid es tierra de aluvión, es fuerza centrífuga que succiona toda energía periférica sin dotar a esa potencia aglutinante de un común denominador, de una identidad en la diferencia. Madrid abigarrado, Madrid contradictorio, a Madrid lo conforman sus gentes, gentes venidas de todos los rincones, cada una aportando sus propias peculiaridades localistas y personales.

Amanecer en Madrid (1988) 
     Recuerdo que, en mi juventud, cuando alguien cogía el tren Expreso de Granada a la capital, aquel robusto tren antiguo con compartimentos cerrados y pasillo con ventanas abatibles por las que -según rezaba el cartel- era peligroso asomarse al exterior, tren que tardaba toda una noche en un trayecto de poco más de cuatrocientos kilómetros; se le decía: ¿Adónde vas?, ¿a los Madriles?, así, en plural; o ¿Qué tal por los Madriles? En plural, porque Madrid es eso, la confluencia de muchas identidades, pero ella misma carece de identidad propia, esa identidad en que otras ciudades se reconocen a sí mismas y son fácilmente reconocibles incluso por quienes nunca han estado en ellas.
     Madrid, capital del reino, carece de esos símbolos identitarios, de esas peculiaridades reconocibles, de esas festividades que cohesionan a sus miembros en un todo orgánico, de esas tradiciones comunitarias que marcan con un sello inconfundible tanto a sus habitantes como los escenarios donde transcurren sus vidas. Madrid es crisol de encuentros y desencuentros, una Babel de gentes diversas que han arribado en busca de una ilusión, de una esperanza, de un espacio o de una vida; una ciudad que, por sus dimensiones e intereses, más parece una forzada mancomunidad de barrios que una unidad dialéctica de convivencia; que impone su ritmo vertiginoso y abigarrado a su dinámica diaria. No existe Madrid sin las gentes que la habitan y le confieren su carácter caótico, exasperante a veces, siempre populoso y variopinto.

Desde mi ventana (1988)

   La acción de "La lectura", primera novela del ciclo, se sitúa en algún momento indeterminado del Madrid de mediados de los noventa.
     La anécdota, pues anécdota es más que trama, puede resumirse en un párrafo, el mismo que aparece en la contraportada del libro: A raíz del descubrimiento de un hipotético guión de cine inédito de Federico García Lorca, Estrellita de Quevedo, una anciana aristócrata mecenas del arte, convoca en su mansión de la sierra madrileña a un elenco de actores, directores, bailarines, incluso un profesor universitario, para su lectura y posible puesta en escena. Fin.
     Transcurre en medio hora escasa y en un único emplazamiento, el vestíbulo de dicha mansión. La espera es el todo.
     Y con tan poca miga argumental ¿de qué va entonces esta novela?

Cartel presentación en Barcelona
     "La lectura", como pórtico de ese fresco literario sobre la capital del reino, son sus personajes, su mundo interior, las interrelaciones de ese grupo de individuos en un espacio cerrado, un lugar de tránsito, como lo es la vida.
     Pero, al mismo tiempo, es una reflexión sobre los límites de la comunicación entre individuos, sobre los límites del conocimiento de uno mismo y de los otros, sobre los límites también de la propia escritura como proceso de conocimiento y espacio de diálogo.
     Y esto, que dicho así suena extremadamente teórico, lo vivimos durante casi trescientas páginas de una manera carnal, en la que las palabras buscan mimetizar los objetos, asumir el timbre de las distintas voces, ser la savia de esos personajes aislados en su propia mismidad, acariciar su rico mundo interior.


      La génesis de la novela ha sido larga y compleja.
     El primer boceto de la obra data de 1983, hace ahora más de treinta años. Completamente absorbido entonces en la preparación de oposiciones a cátedra de instituto y para aliviar un poco la tensión del estudio, me concedí la libertad de escribir rápidamente un volumen de nueve relatos cortos, con la idea de presentarlos a un concurso organizado por la universidad de Granada. Afortunadamente, no gané, y menos mal. Visto a la distancia, se hizo justicia. Sin embargo, algunos de aquellos cuentos han sido el germen de obras futuras.
     "La lectura" nació entonces como un relato breve, apenas veinte folios, un somero ejercicio sobre la incomunicación, tremendamente esquemático, sin ubicación espacial ni temporal. Ni siquiera sabíamos qué esperaban aquellas personas reunidas no se sabía dónde ni para qué.

     Lo que sí superé con creces fue la oposición. Y así, tras unos años como profesor de griego en un instituto de Almería, obtuve el traslado a Madrid, donde pude compaginar mi tarea de docente con otra de mis pasiones: estudiar cine y teatro.
     Llegué a conocer un poco de primera mano ese mundillo de la farándula, un microcosmos que, como cualquier otro gremio o grupo humano, reproduce a escala reducida el macrocosmos general.
     Durante las clases de interpretación, la práctica reiterada de ejercicios de improvisación teatral me hizo ver la realidad desde una óptica muy pesimista.

Presentación en Madrid,
con Lola López y Pilar González
     Para quien desconozca "el método Stanislawski", dichos ejercicios de improvisación han de enfrentar a un protagonista y a un antagonista. Cada uno debe tener su propio deseo, urgente y necesario. Para satisfacerlos, cada cual necesita obligatoriamente al otro. Los deseos de ambos tienen que entrar en contradicción, por lo que la improvisación resulta la puesta en práctica de todas las estrategias posibles e imaginables para la consecución de esos dos deseos recíprocos y antagónicos. Para conseguirlo, todo vale. Y es en esa tensión de deseos enfrentados donde radica el conflicto dramático, fiel exponente de las motivaciones que en la vida cotidiana nos hacen actuar. Con este planteamiento, toda acción, incluso la más desinteresada, la más altruista, la más sublime, termina reduciéndose a estrategia para satisfacer un deseo personal.
     Aplicado a la realidad, dicho esquema conduce a un desenlace desolador. Si todo se reduce a estrategia particular, ¿lo colectivo no es más que un espejismo ilusorio?, ¿campo de batalla maquillado de grandilocuentes gorgorismos?, ¿laberíntico desencuentro entre egoísmos particulares? El amor, la amistad, el compromiso, ¿todo ello se reduce a simple estrategia oportunista?
     El panorama era tan claustrofóbico como el escenario de aquel viejo cuento, que decidí retomar y a cuyos personajes doté entonces de una identidad. Aproveché la experiencia acumulada y los convertí en un grupo de actores citados no se sabía dónde para la lectura de no se sabía qué obra de teatro.
   Conforme reescribía, esa visión del mundo tan descarnada se iba transmitiendo al relato. Pero algo dentro de mí se negaba a asumir un existencialismo tan determinista. Tenía que superarlo, sin traicionar la propia lógica del texto, quería encontrar algún modo de superarlo. Y la propia trama me llevó a un desenlace imprevisible.
  Lo único que puede sacarnos del círculo vicioso de nuestra propia individualidad es la solidaridad, no esa solidaridad escrita con letras mayúsculas en proclamas y alegatos, frecuentemente al servicio de intereses particulares, sino la solidaridad más generosa y más desinteresada, la que no tiene nada que ganar con su cumplimiento, la solidaridad menuda y a pie de calle, la solidaridad silenciosa del día a día, la espontánea solidaridad de una palabra amiga, la solidaridad anónima, la solidaridad como utopía, la solidaridad de un gesto casi clandestino y sin contrapartidas de ningún tipo.
     Desde ese momento, el relato no fue la simple descripción de una situación. El relato llevaba una dirección y un objetivo.
     Ganó en complejidad, sí. Pero su realización seguía siendo algo acartonada. Había algo que no acababa de cuajar en aquel texto. Era aquélla una época en que todavía se utilizaba la máquina de escribir y el papel carbón para las copias. Hacer el más mínimo cambio en un escrito suponía tener que volver a reescribirlo todo entero. Por lo que te pensabas muy bien incluso el cambiar una coma.

Presentación en Granada,
con Ana Gámez

     Y un día me informaticé, un poco a regañadientes y un poco con curiosidad. La posibilidad de revisar continuamente un escrito, corregirlo, tachar esto, añadir aquello, volver sobre mis pasos, cortar y pegar, y tenerlo en todo momento presentable y legible, me permitió una libertad de escritura antes desconocida. Comencé a pasar todo lo que llevaba escrito en papel al ordenador. En cada caso, era un proceso completo de reescritura.
     Y le llegó el turno a aquel viejo grupo de actores reunidos en algún lugar cerrado para la lectura de una obra teatral. Con más experiencia de la vida, los personajes fueron adquiriendo carnalidad, complejidad emocional, incluso un nombre.
     A medida que avanzaba, me iba dando cuenta de que el resultado no era un monólogo interior anónimo, como fuera mi intención inicial, sino muchos monólogos interiores simultáneos, tantos como personajes y más, interactuando en todo momento entre sí.
     Reflexionar sobre ello me llevaba una y otra vez a una reflexión sobre el propio proceso de escritura, cuánto hay en él de personal y cuánto de condicionado, sobre la relación entre el que escribe y el que lee. Y esas reflexiones se me fueron colando como de soslayo en el propio cuerpo del relato, como si fueran un personaje más, un personaje que soy yo mismo pero tampoco soy yo, sino todos los personajes que hay en mí en el momento de la escritura, todos los personajes que a través de todas mis lecturas me han conformado como sujeto mental, un nuevo personaje que comenta, interpela, debate, se involucra, sirve de vaso comunicante entre la realidad literaria y la otra realidad.

Feria del libro de Granada,
firma de ejemplares
     De dichas reflexiones surgió el título definitivo: "La lectura", en doble referencia al motivo de esa reunión que da argumento a un relato que entretanto había dejado de ser relato para convertirse en una novela corta; y, por otro lado, en referencia a ese diálogo entre el proceso de escritura y el hipotético lector que articula el texto sin condicionarlo, sino abriéndolo a perspectivas múltiples.
     Con ese nuevo contenido, paseé la novela por algún que otro concurso. En alguno, incluso quedó entre las finalistas.
     Y fue pasando el tiempo y yo, embarcándome en nuevos retos.


     No hace muchos años, concebí la idea de agrupar varias novelas en un ciclo, "Capital del reino", desde la perspectiva ya explicitada anteriormente. Para ello, reuní un par de obras ya escritas junto a otros dos proyectos aún en fase preparatoria. El primer texto seleccionado, el que serviría de preámbulo a ese fresco madrileño, fue precisamente "La lectura", que hasta ese momento se desarrollaba en un limbo espacial.
     
Presentación en Valencia,
con Lola Andrés y Román de la Calle
     Desde ese momento, la novela tuvo una localización, Madrid. Se convirtió en microscopio donde analizar una célula representativa de ese cuerpo general que es la capital del reino. Los personajes entonces ahondaron en la propia historia personal, que hunde sus raíces en puntos tan distantes como Cataluña, Galicia, Extremadura o Argentina, sin llegar a crear un espacio cosmopolita en ese lujoso vestíbulo de una mansión señorial en la sierra madrileña.
     Una vez escrito el ciclo completo, volví a revisar las cuatro obras en su conjunto. Con la distancia que impone el texto definitivamente concluso, o así me lo parecía entonces, descubrí que en ese torrente verbal que es "La lectura" se habían colado numerosos preciosismos lingüísticos que no aportaban gran cosa, más bien entorpecían el fluir narrativo. Me puse al trabajo tan ingrato y tan necesario de poda. Si escribir es difícil, tachar no lo es menos.
   
     Y taché, vaya si taché. Tuve que sujetar con firmeza la brida poética. Pero, conforme iba eliminando palabras, frases y párrafos o redundantes o allí presentes sólo por su sonoridad, esos vacíos iban siendo ocupados por las voces concretas de cada uno de los personajes.
   Durante mucho tiempo, habían convivido conmigo, me habían acompañado en el complejo proceso de la vida, se habían nutrido de mis experiencias, de mis decepciones y de mis entusiasmos. Habían dejado de ser una imagen mental o literaria. Quise saber más sobre ellos, sobre su realidad material y espiritual. Empecé a interpelarlos directamente, confrontándolos con un mundo que, entre tanto, había entrado en una de sus crisis más terribles, poniendo en entredicho sus mitos de progreso y democracia.
     En dichas circunstancias, el mensaje de solidaridad al que llegaban casi inesperadamente los personajes los iba desvistiendo del disfraz literario. Lo concreto se iba imponiendo sobre la generalización. El detalle iba ganando terreno al concepto. Porque estamos amasados en el día a día, no somos frases ni aforismos, sino materia orgánica que piensa, siente y padece. Esa concreción en la individualidad de cada personaje se extendió al propio espacio físico, a los objetos, a la materialidad del relato, que de ese modo había dejado totalmente de ser un ejercicio de escritura para convertirse en una vivencia interior.

Granada, plaza de la Trinidad
(1989)
   Un elemento que acabaría siendo fundamental en la novela hizo su aparición precisamente entonces, tan tardíamente. Hasta ese momento, no me había planteado siquiera qué obra de teatro era esa para cuya lectura estaban convocados los personajes. Brotó de mí mismo, de mis entrañas granadinas. Ideé un guión cinematográfico de Federico García Lorca, recién descubierto por una universidad extranjera. Lorca, mucho antes que yo, se había llevado Granada a Madrid, como un personaje más de "La lectura", la llevó consigo como una forma de mirar el mundo, no con las cadenas narcisistas de un paraíso perdido. Su hipotético guión póstumo, para el que surgió incluso un hipotético título que crea otro juego de espejos con el propio relato, "Carnaval sin máscaras", se convirtió así en el punto focal que da cohesión a lo que es heterogéneo por naturaleza.


     El resultado de ese largo proceso es este libro que un editor de Barcelona se ha atrevido a publicar con tanto primor y tanta osadía.

Presentación en Barcelona,
con Alberto Trinidad


     Esto no es todo, pero ya está bien por hoy. Gracias por vuestra paciencia y espero que disfrutéis conociendo a esos personajes tanto como he disfrutado yo descubriéndolos en mí mismo y en el trato con las cosas y con las personas.


Vídeo de la presentación realizada en Madrid el pasado 6 de abril de 2014. Primera parte: intervienen Pilar González y Lola López

Vídeo de la presentación realizada en Madrid el pasado 6 de abril de 2014. Segunda parte: interviene Jesús Taboada