"Ven. Siéntate conmigo en el césped
antes de que otro césped crezca con tu polvo y el mío."

(Omar Jayyam, Rubaiyyat)

jueves, 4 de febrero de 2016

TEMPO Y LUZ: THEO ANGELOPOULOS Y DIONISIOS SOLOMÓS


     El pasado 24 de enero hizo cuatro años de la muerte del cineasta griego Theo Angelopoulos.
     Con este motivo, recojo aquí, revisado, un artículo publicado en su día en el volumen "Τη γλώσσα μου έδωσαν ελληνική: Homenaje a la profesora Penélope Stavrianopoulou" (Fernando García Romero, Pilar González Serrano, Felipe Hernández Muñoz y Olga Omatos Sáenz, editores, 2013).


Theo Angelopoulos.
Fotografía tomada de Kinefilia; fuente:
https://kinefilia.wordpress.com/2012/01/25/muere-theo-angelopoulos/ 


TEMPO Y LUZ: THEO ANGELOPOULOS Y DIONISIOS SOLOMÓS

(un artículo de Jesús Taboada)


     "Al principio era el caos. Después surgió la luz. La luz se separó de los tinieblas, la tierra del mar. Nacieron los ríos, los lagos, las montañas, y después las flores y los árboles, los animales, los pájaros..."
     El ruido de los pasos de la madre, andando por la casa, detiene el relato de los niños en la habitación a oscuras.
     "Esta historia no acabará nunca. Siempre nos interrumpen".*
     [* Diálogo inicial de "Paisaje en la niebla", película escrita y dirigida por Angelopoulos en 1988].

Tomada de Cineclub Viena 254;
fuente: https://cineclubviena294.wordpress.com/2012/03/27/
paisaje-en-la-niebla-topio-stin-omichli-grecia-italia-francia-1988/

     El 24 de enero de 2012 moría con 76 años el director de cine Theo Angelopoulos, atropellado por una motocicleta cuando buscaba localizaciones para su próximo rodaje. A lo largo de quince películas había planteado un diálogo descarnado y lúcido con los interrogantes más profundos del ser humano: el tiempo, la luz, las entrañas de la historia -la individual y la colectiva- como sustancia del ser que somos y que busca una razón de existencia en medio de la confusa perplejidad del presente.
     Su inconformismo con unos patrones estéticos estandarizados y con un discurso oficial y unívoco crea una obra compleja que, indagando en las propias raíces nacionales y personales, tiende a lo universal, a lo esencial.
     Rasgos que comparte con Dionisios Solomós, uno de los poetas neohelénicos más sobresalientes del siglo XIX.

Retrato auténtico de Solomós, autor desconocido.
tomada de LIFO: Αφιέρωμα στον Διονύσιο Σολωμό;
fuente: http://www.lifo.gr/team/sansimera/35965

     Dionisios Solomós (1798-1857) fue el forjador de la nueva lengua literaria helena tras la instauración del Estado griego independiente, una vez liberado de la opresiva dominación otomana, casi cuatrocientos años después de la toma de Constantinopla. La antigua lengua de Homero, de Píndaro, de Sófocles, de Tucídides había sobrevivido sólo en el habla cotidiana de un pueblo sojuzgado. Y es a esta lengua popular, torturada por la esclavitud y desgastada por la sal del mar y por las inclemencias de una tierra montañosa e ingrata, a la que acude el poeta para superar el páramo cultural y la falta de identidad en que se encontraba la nueva nación en el momento mismo de su nacimiento. Solomós emprende la titánica tarea de dotar a la joven Grecia de una lengua a la altura de las grandes lenguas literarias europeas del momento, nunca imitándolas, sino rastreando en el lenguaje llano de los pescadores y de los campesinos las raíces de un pensamiento independiente.
     Dejó una obra amplia y fragmentaria, hermana de las más importantes creaciones literarias contemporáneas. Las dos primeras estrofas de su "Himno a la libertad" fueron adoptadas en 1823 como himno nacional griego. Pero su logro más indiscutible fue el camino abierto, al dotar a su pueblo de una lengua adulta que, en la autenticidad y en el compromiso con su propia historia, encuentra su razón de ser.

Edición inglesa del "Himno a la libertad" y retrato del poeta
por Yorgui Varlamou; tomada de LIFO: Αφιέρωμα στον Διονύσιο Σολωμό;
fuente: http://www.lifo.gr/team/sansimera/35965

     A pesar de los cien años que separan al cineasta del poeta y por encima de las enormes diferencias de época y de temperamento, lo que comparten en su estética y en su compromiso humano Angelopoulos y Solomós no es algo tangencial ni anecdótico. El propio director de cine incluye al viejo poeta como personaje y como referente en su película "La eternidad y un día" (1998).

Cartel para España de la película.
Tomado de DCINE;
fuente: http://www.dcine.org/la-eternidad-y-un-dia

     Su protagonista, Aléxandros, un espléndido Bruno Ganz en el papel de un escritor sexagenario, ocupado desde la muerte de su esposa en el estudio del tercer boceto del poema "Los sitiados libres" de Solomós, la víspera de su ingreso en el hospital para el tratamiento de una enfermedad terminal, conoce por casualidad a un niño albanés, inmigrante ilegal que sobrevive en las calles de una Grecia marcada por la depresión económica y social, su último contacto con la vida.
     Durante el trayecto en coche, con el que pretende devolver al niño a su hogar albanés, Aléxandros lo escucha tararear una cancioncilla popular. La canción recupera para el escritor una palabra perdida en su memoria personal (κορφούλα μου, apelativo cariñoso que el habla instrumental de la calle ha echado en el olvido). Y le dice:
     "Si tuviera tiempo, te contaría la historia de un poeta que compraba palabras".

     Poco después, ante el fluir de un caudaloso río cercano ya a la frontera, continúa:

     "Había un poeta importante, el siglo pasado, era griego. Pero creció y vivió en Italia. Un día supo que los griegos esclavizados en aquellos momentos por los otomanos, habían tomado las armas para luchar. Entonces despertó en él su patria perdida, su infancia en la isla, el rostro de su madre, que vivía allí. No se calmaba, hablaba solo. Cada noche soñaba que su madre, vestida de novia, lo llamaba".


Solomós ante el río, evocado por el protagonista: "La eternidad y un día";
tomada de El cine... Una realidad poética, blog de Ariel Luque; fuente:
 http://arielluque.blogspot.com.es/2008/08/la-eternidad-y-un-da-un-hombre-entre-la.html

     El propio Solomós, encarnado ante los ojos crédulos del pequeño en una fabulación colorista que contrasta con el tono sepia y gris, oscuro, del resto de la película, y con la brillante y casi hiriente luminosidad de las evocaciones del pasado junto a su mujer, toma una decisión trascendental:
     "Me voy a Grecia, no puedo permanecer más aquí. Después de tantos siglos, los griegos han tomado las armas. ¿Qué puede hacer un poeta? Cantar la revolución. Llorar a los muertos. Invocar la libertad perdida".

     Y concluye el relato:
     "Tomó una barca en Venecia y volvió a Grecia, a Zante, su isla. Reencontró los rostros, los colores, los perfumes, el suelo paterno. Pero no conocía la lengua. Quería cantar la revolución, pero no sabía la lengua de su madre. Entonces empezó a recorrer los barrios y los pueblos de pescadores, anotando las palabras que oía y pagando por cada palabra que desconocía. Corrió la noticia: el poeta compra palabras. Desde entonces, fuera donde fuera, se reunían los de toda la isla y lo asediaban para venderle palabras. (...) Así escribió el "Himno a la libertad". Y otros poemas. Y uno muy largo, inacabado, llamado "Los sitiados libres". Dedicó el resto de su vida a acabarlo. Pero no lo logró. Le faltaban palabras".

     Efectivamente, hijo natural de un noble heptanesiota, Solomós se educó en Italia. Accedió al conocimiento a través de una lengua y una cultura en préstamo. En italiano escribió sus primeras composiciones y en italiano seguiría escribiendo muchos de los bocetos preliminares de sus grandes obras poéticas. Pero era griego y la llamada de la libertad fue más poderosa que cualquier interés personal.
     Sin embargo, la libertad es difícil, compleja, nunca se nos da en regalo, hay que construirla día a día con materiales heterogéneos y, a menudo, contradictorios. La libertad no trajo las bondades de la paz, sino enfrentamientos y confusión. Esa libertad a la que él cantó con palabras viejas, rescatadas del fondo de la memoria colectiva, pronto fue atropellada por intereses en conflicto, tanto individuales como partidistas, por la mortífera telaraña de la política internacional. Y nuestro poeta sufrió un doble desarraigo, el exilio existencial y el lingüístico.
     Afortunadamente, pronto comprendió que dicho desarraigo no era exclusivamente personal, sino compartido en su totalidad por el nuevo Estado griego, aún en mantillas. Quería someter a la nación a una disciplina de lengua reinventada, limpia de su pasado. Quería someterla a esquemas políticos y económicos exportados de una Europa predatoria e insolidaria, reaccionaria e imperialista.
     Con aguda clarividencia, Solomós comprendió que esa libertad tan ansiada, tanto a nivel personal como patrio, sólo sería posible mediante la infatigable búsqueda de una identidad en las propias raíces, culturales y lingüísticas, no para abandonarse a una rememoración narcisista, sino para hallar en ella la energía y la voluntad imprescindibles para un desarrollo vital auténtico.

Sello de 1996 con la imagen de Solomós y la cita:
"¿Acaso tengo en mi mente otra cosa que lengua y libertad?";
tomada de hellenicaword.com; fuente:
http://www.mlahanas.de/Greeks/NewLiteratur/DionysiosSolomos.html

     Tarea descomunal, que marcó el rumbo, pero incapaz de realización individual sin desvirtuar su propia naturaleza. A pesar del esfuerzo continuado, lo mejor de su poesía es una obra fragmentaria, plagada de silencios, de lagunas en las que la voz se detiene porque la idea, apenas vislumbrada en la mudez de esos vacíos, es demasiado poderosa para expresarse a través de palabras de uso y consumo.

     Angelopoulos vino al mundo más de un siglo después (1935), también en una época difícil en la agitada historia griega reciente, en los preámbulos de una dictadura de corte fascista, inspirada en las ideas imperialistas de Mussolini y de Hitler, a la que siguió la trágica invasión de Grecia durante la Segunda Guerra Mundial.
     En rueda de prensa concedida en Barcelona el 10 de diciembre de 2004, con motivo de la presentación de su película "Eleni", declaraba el cineasta:
     "El primer recuerdo que conservo en mis oídos es la entrada de los alemanes en Atenas en 1940. ¿Cómo olvidarlo? El primer sonido es el sonido de la guerra".


Cartel de "Eleni"; tomado de Filmaffinity;
fuente: http://www.filmaffinity.com/es/film927104.html

     Tras sus estudios parisinos en los años sesenta, en plena dictadura de los coroneles en Grecia, Angelopoulos regresa a su patria, donde "el poeta de las imágenes" -como se le ha llamado repetidamente- emprende la realización de una filmografía densa y meditada que indaga en la historia reciente de su tierra, en busca de una identidad personal y colectiva en medio del marasmo de una historia que atropella al individuo en sus encarnizadas luchas de poder, en el marasmo de un presente arruinado por intereses partidistas y financieros.
     La Grecia de Angelopoulos no es la colorista y folclórica de las agencias de viajes, ni el localismo en blanco y negro de otras producciones internacionalmente premiadas. Su banda sonora no echa mano de un rebético populista ni sus escenarios recrean viejas tabernas portuarias de fácil costumbrismo o turísticas capillitas resplandecientes de cal en medio de un mar turquesa y lapislázuli.
     La Grecia en la que el cineasta demora su mirada es un paisaje simbólico del hombre que la habita, una Grecia que vive al ritmo pausado del gusano abriéndose paso en el suelo, al ritmo de la dura supervivencia cotidiana, al ritmo de la semilla hundida en la tierra. Su paisaje es un paisaje envejecido, de edificios ruinosos, esqueletos de fábricas, pueblos carcomidos por el tiempo, avenidas desiertas, caminos embarrados, carreteras a ninguna parte. Y el mar, siempre el mar, la luz cenicienta de un mar de invierno. La luz hiriente de la nieve. Es una tierra de deterioro y repentinos relámpagos de luz, de muerte lenta y envejecimiento rápido, que respira al ritmo pausado y fugaz del instante.
     El cine más comercial nos tiene acostumbrados a recursos narrativos que priman un desarrollo argumental lineal sobre la complejidad de lo existente, mediante elipsis de todo aquello teóricamente superfluo o accesorio, estilo que prima el qué a costa del cómo, el dictado a costa de la reflexión. Eliminando tiempos muertos, como si realmente hubiera tiempos ya definitivamente muertos y no fuera el tiempo un continuo morir, sólo trascendido por los escombros de la memoria, el cine más habitual acelera la conversión del capullo hasta abrirse en flor, eludiendo todo el proceso. Con Angelopoulos asistimos a la respiración natural de esa misma flor haciéndose a nuestra vista, siendo en el tiempo. En la rueda de prensa ya mencionada, el director explica así su elección de un cine pausado, moroso: "Los italianos beben el café, los griegos lo saborean".

Theo Angelopoulos; fotografía de Bilsel Battal, tomada en 1975;
fuente: http://www.bilselbattal.com/gallery/theo-angelopoulos-2/#prettyPhoto

     Uno y otro, Angelopoulos y Solomós, cada uno desde su propia perspectiva artística e histórica, conciben su tierra como un paisaje en niebla, paisaje de ruinas y silencios, como siluetas fantasmales bajo la fría niebla del presente, paisaje en niebla en el que rastrear el hilo perdido del pasado, el hilo perdido del conocimiento.
     El poeta intentó despejar esa niebla mediante palabras, palabras imposibles, reliquias de una historia que las había arrollado en su vorágine, las palabras de un pueblo que acababa de arrancarse las cadenas de la sumisión y de pronto se descubría a sí mismo desprotegido y débil en medio del mar infestado de monstruos de la política internacional, un pueblo anhelante de decirse a sí mismo en su propia lengua, con sus propios recursos, con su propia verdad.
     El director de cine rastreó la luz en la niebla de ese paisaje arrasado por descabelladas luchas políticas y militares, por guerras sufridas y guerras intestinas, por la continua humillación y usura de los poderosos del mundo. Caminó a tientas en la niebla, entre los escombros de un paisaje arrasado por totalitarismos ideológicos y económicos, por la injusticia social y el silencio cómplice, huérfano de utopía. Angelopoulos se adentra en esa enrarecida densidad mediante la imagen, una imagen que es tempo y luz en medio de las sombras. La luz y las sombras pueden amalgamarse en la niebla, o separarse y hacer emerger la vida del caos.
     "Al principio fue el caos... Pero ésa es una historia que siempre se interrumpe".

     El nervio que transforma la melancolía de las ruinas en aliento vivo, tanto en "Los sitiados libres" de Solomós como en "Paisaje en la niebla" de Angelopoulos, es la energía de una Grecia que, sometida y humillada una y otra vez a lo largo de los siglos, encuentra siempre en sus propias raíces y en su propia voluntad agónica el germen capaz de transformar el caos en vida, el acoso en libertad, la niebla en luz.
     Toda la historia de Grecia está presente en esas mujeres y en esos hombres de Misolongui, sitiados por los ejércitos otomanos, que en medio de las penurias y estragos del asedio, encuentran su propia libertad en la inalienable voluntad de ser.

Manuscrito de "Los sitiados libres", tomada de hellenicaword.com;
fuente: http://www.mlahanas.de/Greeks/NewLiteratur/DionysiosSolomos.html

     Toda la historia de Grecia está en el rostro de esos críos, Voula y Aléxandros, que se lanzan a buscar un padre al que no conocen, del que sólo tienen vagas referencias, un padre mítico más allá de la frontera; viajeros a través de un paisaje degradado por una industrialización deficiente y subsidiaria, un paisaje de cemento y barro. Viajan en busca de una Ítaca que tiene por nombre Alemania, una Alemania que sometió a Grecia al hambre y el exterminio bajo el dominio nazi y hoy vuelve a dejar caer sobre la cuenca del Egeo todo el peso implacable y voraz de su armamentística financiera.
     Voula y Aléxandros se escapan de casa en busca de un padre donde no existe. Y lo encontrarán, lo encontrarán en el propio viaje, en el conocimiento inmediato de las cosas y de las personas. Lo encontrarán, dejando atrás la propia infancia, en el árbol de la vida, surgiendo de entre la niebla para esos ojos que en el trayecto han aprendido a ver.


Imagen final de "Paisaje en la niebla"; tomada de Film Crit Hulk! Hulk Blog!; fuente:
https://filmcrithulk.wordpress.com/2012/01/27/hulk-you-google-a-gizes-theo-angelopoulos/

     Tanto Angelopoulos como Solomós buscan las claves perdidas de un futuro que escape a la irracionalidad del presente. Uno y otro llegan al mismo puerto. Lo único que puede arrancarnos de la niebla del presente es el autoconocimiento. La fronda del árbol se alimenta de las propias raíces. Somos fruto de lo que otros hombres han sido. Somos semilla de lo que otros hombres serán.
     Al ser preguntado en rueda de prensa en Barcelona sobre la relación entre el presente y el pasado, a propósito de su película "La eternidad y un día" (1998), Angelopoulos responde:
     "No se puede decir que vivimos sólo el presente, sino con todo el bagaje que llevamos con nosotros. No podemos desembarazarnos de él. Y sería una lástima cortar ese cordón umbilical. Estamos en el presente, en el pasado y en el primer instante del futuro. Así que estoy condicionado por mi pasado".

     Palabras que coinciden con las de Emilio Lledó en "El silencio de la escritura" (2011):
     "Todo lo que hacemos y, por supuesto, todo lo que vive nuestro cuerpo se sostiene, entiende y justifica sobre el fondo irrenunciable de lo que hemos sido. Ser es, esencialmente, ser memoria".



Angelopoulos con la Palma de Oro del festival de Cannes 1998, concedida
a su película "La eternidad y un día"; fotografía tomada de AFP/Archivo; fuente:
http://mexico.cnn.com/entretenimiento/2012/01/25/el-director-de-cine-griego-theo-

angelopoulos-muere-en-accidente

     No otra cosa que la memoria, la memoria para crear futuro, era lo que buscaba Solomós en aquellas palabras que habían sobrevivido a las catástrofes del tiempo, palabras en las que pervivía lo más auténtico de un pueblo que se disponía a ser.
     Pero la vida nos tiende continuas trampas en la percepción de lo inmediato y es fácil caer en lo anecdótico, en lo superficial, en lo folclórico. Para llegar al conocimiento de lo esencial, hemos de indagar en la memoria de la memoria, remontarnos al origen, no ya individual, sino allí donde la palabra y la mirada tuvieron origen.
     De este modo, para dar forma a esa voz rudimentaria y auténtica que pervive entre los pescadores y agricultores del Heptaneso, al tiempo que se empapa de las ideas estéticas y filosóficas de los poetas románticos germanos, Solomós rastrea la memoria más profunda de esas palabras. Y lo hace en la voz poderosa y antigua de Homero, un nombre perdido en las nieblas de un pretérito sin escritura y sin retórica, antepasado común de todos los griegos, de dimensión universal, primer exponente del grito agónico del hombre ante los páramos de la muerte y de la crueldad de Ares, fatalismo sólo superado por el reconocimiento del otro como hermano en el dolor y en la caducidad de lo existente.
     Pero en Homero encontramos también la voluntad para superar los obstáculos que tratan de impedirnos el regreso a Ítaca, el regreso al origen.

Retrato de Solomós, de Georgiou Iakovidi, y placa conmemorativa;
tomada de 
LIFO: Αφιέρωμα στον Διονύσιο Σολωμό;
fuente: http://www.lifo.gr/team/sansimera/35965

     Aunque las huellas estilísticas de Homero en la poesía de Solomós no son especialmente significativas, sí tenemos constancia de su interés por el autor nominal de la "Ilíada" y la "Odisea".
     Desde sus inicios en Italia, Homero ejerció una influencia directa en la conformación de la propia sensibilidad del poeta. Lo que le atrae especialmente de Homero es su capacidad para animar la naturaleza insensible, para insuflarle un aliento vivo del que también el hombre participa directamente, sin ese divorcio entre el hombre y la naturaleza que la civilización occidental ha llevado a cabo.
     Una de las ideas más felices del Solomós de la madurez es el autoconocimiento mediante la fusión del individuo con las corrientes de la naturaleza; concepto recurrente en sus últimas composiciones, que halla su plasmación más depurada en su poema "Pórfiras".

     Homero está igualmente presente en el cine de Angelopoulos al menos en una de sus películas más personales y más desgarradoras, "La mirada de Ulises" (1995), película simbólica sobre el regreso a los orígenes como forma de autoconocimiento. En ella, un cineasta de origen griego, interpretado por Harvey Keitel, inicia un viaje desde su tierra natal a través de los Balcanes, en busca de tres rollos de película sin revelar rodados por los pioneros del cine griego, los hermanos Mannakis. Viaje iniciático en busca de la primera mirada cinematográfica, mirada inocente, sin contaminar aún por el uso de la industria y por los totalitarismos ideológicos; viaje que conducirá al protagonista, a través de los horrores de las guerras de los Balcanes, a una Ítaca imposible, imposible porque la visión traumática de la brutalidad humana ha achicharrado los ojos del viajero, les ha matado la inocencia.

Fuente:
http://www.amazon.es/La-Mirada-De-Ulises-DVD/dp/B0030IL56C

     En cuanto a influencia formal, el lenguaje cinematográfico parece, en principio, lo más alejado del formalismo estructural de la antigua épica homérica. Y, sin embargo, esos planos secuencia del cine de Angelopoulos, enormes y fluidos, rítmicos en su lentitud contemplativa, parecen responder formalmente al esquema compositivo del hexámetro homérico.
     La caudalosa serenidad de su narrativa visual acoge sin disonancias pequeñas acciones secundarias que se insertan naturalmente en ese suave discurrir de cotidianidad telúrica.
     En "La eternidad y un día", aparte de la fábula colorista sobre el poeta comprador de palabras, numerosos episodios tangenciales dan densidad universal a la anécdota del argumento, momentos como la cremación del pequeño Selim por el grupo de niños albaneses; o la danza de los novios -pequeño cuadro antropológico- por las calles y por el puerto del pueblo adonde el protagonista acude para encomendarle el perro a su antigua sirvienta, Urania; o el recorrido nocturno en autobús, acompañado de su joven amigo albanés, en cuya interior se suceden, como en un desfile onírico, la ruptura de una pareja, la interpretación de un cuarteto de cuerda, incluso la presencia como pasajero del propio Solomós.
     Con su cuidada equidistancia entre lo simbólico y lo realista, estos motivos más o menos ajenos a la trama argumental confieren al recorrido vital de los dos protagonistas una dimensión universal y humana, trascendiendo la anécdota, con la misma fuerza expresiva de las antiguas comparaciones homéricas.

Ante la frontera, fotograma de "La eternidad y un día"; tomada de
Textos en red: "Angelopoulos y algunas afinidades electivas, de Pere Albertó;
fuente: http://textos30.rssing.com/browser.php?indx=15104577&item=162

     Otro elemento característico de la antigua épica griega, en su calidad de poesía oral, poesía anterior a la escritura, es el uso reiterativo de ciertas frases o expresiones formulares, repeticiones que para el oyente dan continuidad al conjunto y actualizan en cada nueva aparición toda la carga simbólica y expresiva que les es inherente.
     Ciertos elementos simbólicos en el cine de Angelopoulos cumplen una función similar a dichas repeticiones formulares. Tal como éstas dibujaban un paisaje reconocible para la recepción de esa poesía recitada, dirigida a un auditorio y no a un lector individual, la reiteración de unos mismos elementos simbólicos en diversas películas de Angolopoulos, como variaciones temáticas de un mismo motivo musical, invocan un cierto paisaje conceptual, trazan el mapa de una conciencia individual que no por ello deja de participar de un mundo plural y complejo.
     Recordemos a este respecto el grupo de actores ambulantes, totalmente anacrónicos en un mundo industrializado, portadores de una verdad ancestral que el mercado desprecia, deambulando a la deriva en un viaje a la extinción, fundiéndose con el mar a lo largo de la orilla, presentes tanto en "El viaje de los comediantes" como en "Paisaje en la niebla", hermanos estilísticos de esa escalofriante escena del director de cine muriendo ante un mar que todavía sigue registrando su cámara, en "La mirada de Ulises".

"La mirada de Ulises", muerte del director; tomada de Stratos Photos;
fuente: http://stratostzo.com/?page_id=530

     No menos recurrente es la irrupción en la serenidad del relato de colosales fragmentos de estatua, cuya aparición no deja de producir un sobresalto perturbador, como vestigios de un mundo roto y caduco cuyas consecuencias todavía pesan sobre nuestras espaldas, lo que nos recuerda inevitablemente aquellos versos de Seferis, versos terriblemente significativos en boca de un griego: "He despertado con esta cabeza de mármol entre las manos,/ que me extenúa los codos y no sé dónde apoyarla". Así, una enorme mano de mármol mutilada sobrevuela unos edificios costeros, cual garra descomunal sobre la presa, en "Paisaje en la niebla".

"Paisaje en la niebla"; tomada de undíadePrimavera;
fuente: http://undiadeprimavera.blogspot.com.es/2012/01/paisaje-en-la-niebla.html

     El mismo efecto desestabilizador produce en "La eternidad y un día" esa colosal cabeza de mármol, emergiendo del mar como una monstruosa Afrodita petrificada, metáfora de ese día junto a la mujer, perdido en las nieblas de la memoria, cuya hiriente luminosidad, sin embargo, parece no tener respuesta para las densas sombras del presente. O la estatua derribada y rota de Lenin, la muerte de la utopía, viajando en barco a ninguna parte, en "La mirada de Ulises".

"La mirada de Ulises"; tomada de Periódico Irreverentes.org; fuente:
http://periodicoirreverentes.org/2015/07/09/angelopoulos-una-mirada-griega/


     Tampoco escapa Solomós a esta fascinación por el motivo recurrente, a modo de clave simbólica, en el entramado del discurso poético. Especial relevancia otorga el poeta a la imagen de "una mujer investida en luna", presente ya en el temprano poema "El sueño" y luego ampliada en "Lambrós" y en el segundo bosquejo de "Los sitiados libres", así como en "El cretense". En cada aparición, su presencia trasciende la realidad material, para hacerse expresión plástica de una realidad ontológica, personificación de una inefable plenitud física y espiritual.
     La armonía del universo, presente en cada una de sus criaturas, pero inaudible en medio del ruido de los acontecimientos que conforman una vida, se hace "eco dulcísimo" para el náufrago del poema "El Cretense"; o bien se materializa en el canto del "pájaro dorado" del poema "Pórfiras"; en el fragmento 23 del segundo esbozo de "Los sitiados libres" adopta la forma de un "sonido innúmero".

Casa de Solomós en Zante, 1997; tomada de LIFO:
Αφιέρωμα στον Διονύσιο Σολωμό; 
fuente: http://www.lifo.gr/team/sansimera/35965 


     Theo Angelopoulos y Dionisios Solomós, cada uno desde su propia lenguaje artístico, rastrean en la memoria patrimonial las razones de un presente caótico, cuyos acontecimientos sobrepasan y arrollan al individuo. Ambos buscan el conocimiento del presente en el propio pasado histórico, pero ninguno de los dos permanece en un localismo autocomplaciente. Ese conocimiento de lo propio es la energía y la brújula para un desarrollo integral del ser, como ser universal.
     En carta fechada en 1833 a su amigo Tertsetis, Solomós escribe, a propósito de los jóvenes poetas que lo adoptan como modelo:
     "Me alegro de que tomen como punto de partida las canciones populares; sin embargo, querría que el que maneje la lengua de los kleftés la use en su esencia y no en su forma. ¿Me comprendes? En cuanto a la poesía, Yorgos, ten cuidado, porque es bueno por supuesto que uno eche raíces sobre esas huellas, pero no es bueno que se detenga ahí; tiene que elevarse verticalmente, hasta la cima".


Estatua de Solomós, Zante, 1833;
fuente: http://www.lifo.gr/team/sansimera/35965

     Tanto Solomós como Angelopoulos, partiendo de los específica y genuinamente griego, tienden a una plenitud estilística y conceptual que traspasa fronteras físicas y culturales y, a través de los personajes y la acción, interroga a la confusa universalidad del ser.
     La conversión de la metafísica en física a través de la creación artística, como respuesta a la trágica condición mortal de todo lo vivo, condicionaron la obra de Solomós, condenándola a un estado fragmentario, inconcluso. Sin embargo, como señala el poeta Kostas Tsirópoulos, "incluso los vacíos, los silencios de los poemas, enseñan y predisponen tanto a poetas como a lectores al destino imperfecto del hombre y a la naturaleza trágica del silencio que envuelve el mundo".

     Las lagunas mudas en la poesía de Solomós y los silencios estilísticos del cine de Angelopoulos remiten a preguntas esenciales, a la conciencia profunda de nuestra condición mortal, a los fundamentos perecederos de todo lo vivo. Pues no hay camino al cosmos sino a través del caos.
     Inminente ya el ingreso en el hospital del protagonista de "La eternidad y un día", visita éste a su madre en la residencia donde ella malvive con su propia desmemoria y le plantea, a un oído dormido que ya no escucha, las preguntas que lo acosan:
     "¿Por qué, madre? ¿Por qué nada salió como esperábamos? ¿Por qué? ¿Por qué pudrirnos, indefensos, entre el dolor y el deseo? ¿Por qué he vivido en el exilio? ¿Por qué sólo regresaba cuando se me concedía la gracia de hablar mi lengua?, cuando reencontraba palabras perdidas o extraía del silencio palabras olvidadas. ¿Por qué sólo entonces oía el eco de mis pasos? Dímelo, madre. ¿Por qué no supimos amar?"

     ¿Por qué no supimos amar?
     El ser humano está compuesto de materiales múltiples, escombros que se resisten a una mirada unitaria; porque vive en el tiempo, y el tiempo es desgaste, pérdida, confusión.

Bruno Ganz e Isabelle Renauld, "La eternidad y un día";
tomada de Intermedio.net; fuente:
http://intermedio.net/epages/e4e2dc13-4334-4c42-...

     En las imágenes últimas de la película, el anciano poeta interroga al fantasma de la mujer, evocada durante todo el metraje a través de un recuerdo, el recuerdo de un día feliz y luminoso compartido por ambos hace ahora treinta años, aunque vivido entonces por él como de manera casual, recuerdo puesto en marcha por la relectura de una carta antigua. El tiempo hundió en las cenizas del presente aquella carta, aquel día, a aquellos que fueron, aquel amor. Revivido desde el final de sus días, interroga al recuerdo de la mujer:
     "¿Cuánto dura el mañana?"

     ¿Cuánto dura la esperanza?, ¿cuánto dura la conciencia de la felicidad?, ¿cuánto dura la propia felicidad?

     Ella responde:
     "Una eternidad y un día".